domingo, 2 de septiembre de 2012

NUESTRA ACTITUD HACIA EL DINERO Y LAS COSAS QUE TENEMOS


Empezando en Mateo capítulo 5, tenemos una colección de las enseñanzas, tal vez más claves del Señor Jesucristo. Estas han venido a conocerse como "el sermón del monte" y si­guen hasta el final del capítulo 7. Para mí es de gran interés notar que de estos 111 versículos, el Señor dedica nada menos que una séptima parte para decirnos cómo debemos utilizar lo que poseemos.
      Antes de leer este artículo, reto al lector PRIMERAMENTE a leer lo que dijo el Señor mismo en Mateo 6:19-34.
      Asumiendo que ya ha leído el pasaje, mire­mos con detenimiento los siete puntos que Cristo nos da:
1.     No nos hagamos tesoros aquí en la tierra:
     Cuando miro la tendencia que existe en mi propio corazón, me doy cuenta de lo fácil que es utilizar mi dinero, mis cosas, mis riquezas ¡para amontonar un "tesoro"! Pero si quiero seguir al Señor, El me ordena no construir mi propio "imperio", mi casa, mi carro, o lo que sea. Esto no quiere decir que no puede ser la voluntad del Señor que tengamos tales cosas; ¡claro que sí! Pero no deben ser mi tesoro. Hacer lo contrario, no sólo es inmadurez espiritual, sino deso­bedecer flagrantemente a nuestro Señor...

2.      Hagamos tesoros en el cielo:
            ¿Por qué? Porque son los UNICOS que duran, ¡los únicos que valen la pena! Dijo un misione­ro que fue martirizado en este siglo: "No es ningún tonto el que pierde lo que no podrá guardar, para obtener lo que no podrá perder" (Jim Elliot).
            Bueno, ¿pero cómo puedo hacer un tesoro en el cielo? Parte de la respuesta está en 1ª Timoteo 6:6-10 y 17-19: "...Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadi­vosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir...". Y en la parábola de Lucas 16, el Señor nos muestra que podemos utilizar riquezas materiales para hacernos tesoros en el cielo, si las empleamos para otros a nuestro alrededor.
3.      Tengo que ver la realidad desde el punto de vista de Dios:
            Confieso que al principio no entendí por qué el Señor habló de "los ojos" en la mi­tad de este tema. Pero claro: si mi perspec­tiva es la de Dios, si yo veo mi vida y mis riquezas como Dios las ve, tendré una verdadera luz que me guie cómo obrar. Pero, advierte Cristo, "si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas? ¡Terminaré por malgastar lo que el Señor me ha dado!

4.      No puedo servir a dos señores:
            El Señor se toma el trabajo de advertirnos que es IM­POSIBLE servirle a El y a las riquezas. No dice que es difícil, o que no podremos servirles bien. Dice que terminantemente no se puede. Si amamos lo uno, aborrece­remos lo otro. ¿Palabras fuertes? Es Cristo mismo quien lo afirma; y es El, quien nos presenta este ultimátum: "escogeos hoy a quién sirváis", a tu salario, a tu moto, a tu educación universitaria, a tu apartamento o a mí".

5.      No os afanéis por la comida, el vestido o el cuerpo:
            Es interesante notar que Jesús se limita a mencionar estas tres cosas y no más. A un escriba que quiso seguirle, el Señor le advirtió ¡que ni en guarida de zo­rros le garantizaba dormir! (Mateo 8:20). El Omnipotente Dios del universo promete hacerse cargo de nuestras necesidades bási­cas, y podemos confiar completamente en El. Y si en su gracia nos da techo, dinero, transporte u otras cosas, debemos ver esto como una bendición adicional, ¡no como algo que nos debe!
6.     Nuestro Padre sabe de qué tenemos necesi­dad:
     "Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo... como el padre. . . se compadece Jehová de los que le temen" (Salmo 103). Y es importante que Dios promete hacerse cargo de nuestras necesidades, no de nuestros deseos. ¿Estoy dispuesto a aceptar que mi Padre sabe mejor que yo? ¿A dejar que El decida lo que necesito?
7.     Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia:
     En este verso está el secreto del creyente que prospera porque "...todas estas cosas os serán añadidas" (Mateo 6:33). Aquí está el llamado de Jesucristo. ¿Estoy dispuesto a pagar el costo? La promesa es grande, pero el costo también. ¿A quién serviré?
Sendas de Vida, 1986, Volumen 4, Nº 1.

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