domingo, 1 de junio de 2014

ABRAHAM, AMIGO DE DIOS

 (Juan 15: 8-17; Santiago 2: 20-23)
           


Consideremos las palabras del Señor a Sus discípulos en Juan 15: 8-17, palabras por las cuales revela la relación de "amigos" en la cual les introduce, y también la obra que quiere realizar en sus corazones para que gocen plenamente de esta relación. ¿Qué dice el Señor? Nos llama "amigos". "Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer." Esto es lo que distingue a un amigo: le doy a conocer todo. ¿Tenemos un amigo, alguien a quien damos este título? Sin duda, conocemos a muchas personas a quienes estimamos y a quienes manifestamos nuestro afecto. Pero, entre ellas hay solamente algunas, una o dos tal vez, a quienes damos el título de amigos. ¿Por qué? Es que un amigo verdadero es alguien en quien tenemos una confianza tal que no le escondemos nada, pues estamos seguros de que no abusará de nuestra confianza y guardará para sí todas las cosas que le confiemos en la intimidad. Si nos traicionara, se acabaría nuestra amistad con él; nuestro corazón sería tanto más sensible cuanto que nuestra amistad habría sido más real y viva. La amistad traicionada es una cosa que no podemos aguantar.
Pues bien, el Señor nos coloca en la relación de amigos con Él, y es una relación amplia e íntima. A algunos de nuestros amigos les diremos ciertas cosas; a otros les confiaremos algo más. Pero para que nos confiemos plenamente en un amigo, es necesario que nuestra amistad con él no tenga límites. Esto es lo que caracteriza nuestra relación con el Señor: "todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer."
Pero, como sabemos, una amistad ha de ser mutua. Por eso, Jesús dice en el versículo 14: " Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando." Es necesario que la obediencia nos caracterice, como Él se caracteriza por la fidelidad. Y ¿quiénes son aquellos a quienes el Señor escoge para hacer de ellos sus amigos? ¿Quiénes son? Lo sabemos los creyentes, y al pensar en el amor de Dios hemos de humillarnos hasta el polvo. Sus "amigos" son aquellos que no tenían inteligencia, estaban sumidos en el pecado, bajo el poder de Satanás, arruinados hasta tal punto que habían perdido el conocimiento moral de Dios y no discernían lo que Dios ha hecho en este mundo como Creador. ¿Dónde está la inteligencia? ¿Dónde están la sabiduría y la ciencia del hombre? Las cosas que debería conocer, ya que fue creado por Dios, son aquellas en las cuales está más degradado. Pero, los creyentes somos amigos de Dios. No olvidemos, sin embargo, que para llegar al disfrute o gozo de esta relación, hemos de pasar mucho tiempo en la escuela de Dios.
La historia de Abraham nos presenta algo de esta educación por la cual Dios hace pasar los creyentes. Observemos, de paso, que en toda la Palabra, no hay más que una persona, de la cual se ha dicho que su fe le fue contada, o "imputada por justicia" (Génesis 15:6). Lo vemos en el libro del Génesis; Dios no lo dice de otros hombres, pero lo repite en la epístola a los Hebreos.
¿Cuál era el nombre que Dios le daba a Abraham? ¿El hombre bendito de Dios? Lo era. ¿El hombre que recibió las promesas? También lo era. ¿El hombre que conoció al Dios Todopoderoso? Era verdad. Pero Dios no le llama así; le llama "su amigo". Pero, para que llegase a comprenderlo y a gozar de esta relación, tuvo que pasar, durante años, por muchas experiencias y pruebas. Dios había decidido hacer de él Su amigo. Abraham no lo comprendía. Por eso empezó para él su educación en la escuela de Dios, y Dios le dijo: "Vete de tu tierra y de tu parentela" (Génesis 12:1). Quería bendecirle; era una cosa preciosa, y bien comprendemos que el corazón de Abraham se aferra a esta promesa de bendición. Abraham creía que Dios quería bendecirle; pero Dios quería hacerle comprender que Él mismo se encargaba de todo. Examinemos su vida.
Abraham pensó: «Dios me llama a dejar la casa de mi padre, bien; pero ¿por qué no llevaría conmigo a aquellos que la componen?» Y, en efecto, salieron todos juntos. Dios no dijo nada. Pero, al llevar a su padre con él, era evidente que era su padre quien conduciría la marcha. Leemos: "Y tomó Taré a Abram su hijo…" (Génesis 11:31). Y no leemos: «Y tomó Abraham a Taré...» Pues bien, esto no concordaba con el plan de Dios. No habiendo Taré recibido un llamamiento de Dios, él anda hasta estar cansado, y se detiene, no va más lejos. Y cuando él se detiene toda la caravana se detiene también.
Este es el primer paso en falso de Abraham. Cuando el corazón confía en la bendición, no tiene dirección práctica, y la bendición no impide el yerro. Se quedó pues en Harán; allí adquirió mucha riqueza, muchos bienes, sus rebaños se multiplicaron. Y Abraham pensaba: «estamos gozando de la bendición de Dios...» Murió su padre. Entonces, Abraham tomó la decisión de salir de Harán, y de ir a la tierra que Dios le había prometido. Tenía setenta y cinco años. Entonces es cuando Dios empieza a contarnos su historia; entonces Abraham camina en la dependencia de Dios y prosigue su camino hasta que llega a Canaán.
Pero había llegado el momento de arreglar y juzgar lo que había pasado en Harán. Allí, Abraham había adquirido muchos bienes. Sobrevino un hambre rigurosa, y todas aquellas riquezas fueron un estorbo para él.
¡Cuántas veces ocurre esto! Cuando uno goza de la bendición de Dios en una mala posición, todas aquellas cosas llegan a ser un estorbo. Es necesario que Dios ponga Sus propios pensamientos en nuestros corazones para dirigirnos; y si añadimos nuestros pensamientos, un día u otro debemos juzgarlo.
Muchas almas hacen esta experiencia, y llegan a decir: Recuerdo un tiempo en que me parece que gozaba mucho más de las cosas de Dios, y en que todo iba mejor para mí. No comprenden que no estaban en la posición que Dios deseaba para ellos, y que Él quería hacerles juzgar todas las cosas en las cuales habían andado hasta entonces.
Sobreviene el hambre en aquella tierra. Abraham considera entonces la dificultad con sus propios pensamientos: ¿Habrá un país en el cual no haya necesidad de la lluvia para fertilizar la tierra? Así es como razona. Luego sale para Egipto, donde está a punto de perder a su mujer. ¿Qué hubiera sido entonces de las promesas de Dios? Obrar sin Dios puede tener fatales consecuencias; se arriesga todo para tener una mejor posición. Abraham lo estaba perdiendo todo; entonces, Dios le reprende y le pone de nuevo en el buen camino. Sube de nuevo a Bet-el donde hace un altar, exactamente en el mismo lugar que antes. Viene después el momento en el cual Abraham y Lot deben separarse. Esta vez. Abraham ya no repara en la bendición exterior, material, mientras que Lot elige el único lugar de Canaán parecido a Egipto, y se establece en Sodoma. Obrar así era buscar una bendición tangible, en vez de quedarse en el camino del Señor, y, por consiguiente, vemos su fin tan triste. Pierde todo, allí donde había ido con muchos bienes y rebaños. En cambio, Abraham permanece solo en una tierra en la cual no había nada que atrajera los sentidos. Entonces, Jehová le dice: "toda la tierra que ves, te la daré a ti y a tu simiente" (Génesis 13:15 – VM). Dice Dios: "y a tu simiente"; había algo más que en la promesa de bendecirle. Es que Dios quería impedir que Abraham hiciera otro paso en falso. Dios había guardado hasta entonces esta promesa de posteridad, para dirigir los pensamientos de Abraham hacia Él, y no hacia la bendición de la cual era el objeto. Luego le hace encontrar a Melquisedec, y es como si le colocara más cerca de Él. Después le dice: "No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande" (Génesis 15:1). Abraham responde: "Señor Jehová, ¿qué me darás…?" ¿Era ésta la pregunta de un amigo, de uno que confía plenamente? No; el corazón del patriarca sigue aferrado a la bendición. Entonces Dios le declara una cosa nueva: "Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia" (Génesis 15:5). La primera vez le había dicho que su posteridad sería "como el polvo de la tierra" (Génesis 13:16). En ambos casos se trata de una cantidad inmensa, ilimitada; con todo, cuando es cuestión de una posteridad gozando de bendiciones terrenales, es comparada con el polvo de la tierra, mientras que cuando se trata de una posteridad que tenga su herencia en el cielo, Dios se sirve de las estrellas como punto de comparación. Aquel pueblo gozará de una bendición según el corazón de Dios.
Pero transcurren los meses, pasan los años sin que Abraham vea el cumplimiento de las promesas de su Dios. No se produce ningún cambio. Cada noche, cuando sale de su tienda y levanta la vista al cielo, las innumerables estrellas parecían decirle: «tu descendencia será como las estrellas del cielo.» Y en esta larga espera, ¿desfallece su fe? ¡No!, porque está escrito: "Abraham CREYÓ A DIOS, y le fue contado por justicia" (Santiago 2:23).
Largo tiempo después —pues Abraham había gozado de su hijo Isaac durante muchos años— Jehová le dice: "Toma ahora a tu hijo, tu ÚNICO,... y ofrécelo allí en holocausto" (Génesis 22:2). Reparemos en esta expresión: tú único; Dios no hacía caso alguno de Ismael; pero le pide a Abraham que entregue en Sus manos todo cuanto le había dado hasta entonces, aquel en quien descansaban todas las promesas de Dios. Abraham le había preguntado a Dios: "¿Qué me darás?"; ahora es Dios quien le pide: «Dame todo, ofrece a tu hijo, tu único.» ¿Qué le quedaba, pues? Dios SOLO. Tal era el punto, el estado, hasta el cual Dios le había conducido, paso a paso, para llevarle a confiarse plenamente en Él. Abraham obedece. Pero Dios le detiene en el momento mismo en que iba a degollar a su hijo. "Dios se proveerá", había dicho Abraham; y Dios le da la plena certidumbre de que lo hará, y se reserva el dar la plena explicación o significación de lo que había dicho.
Después de esto, el ángel de Jehová le dice a Abraham: "Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar" (Génesis 22: 16-17). Finalmente era llevado a esta posición de "amigo" a la cual Dios deseaba conducirle (Santiago 2:23). Pero, como lo vemos, fue llevado a esta posición paso a paso; no fue la obra de un día, sino de muchos años. Dios le había llevado a confiar plenamente en Él. Entonces, Dios y Abraham pueden mirar al mismo objeto. ¡Cuán precioso era, para Abraham, el poder gozar de todo lo que encerraba el corazón de Dios!
«No has perdonado a tu hijo», dice Dios, «pues bien, yo tampoco perdonaré a mi Hijo, mi Único» (Romanos 8:32). Él nos ha dado a Su Hijo, ¿cómo no nos ha de dar también todas las cosas juntamente con Él? Una vez entrado Abraham en la tierra prometida, Dios le habla de darle una descendencia numerosa como el polvo de la tierra, y luego le hace entrever una descendencia celestial... "numerosa como las estrellas de cielo". Finalmente, cuando está Abraham en el monte de Moriah, le habla otra vez de una descendencia numerosa como la arena que está a la orilla del mar. Se trata entonces de las naciones que serán bendecidas en Su nombre. De modo que tenemos a Israel, a la Iglesia de Dios, y a los gentiles, evocados, presentados poco a poco.
Pero —para terminar— notemos una cosa, y es que la revelación que Dios nos da de Sus pensamientos va mucho más allá de nuestros pensamientos, y, además, la bendición sobrepasa siempre lo que esperábamos. ¡Cuán precioso es, para los creyentes, saber que Dios obra de esta manera!
 "VIDA CRISTIANA", Año 1968, No. 95, y a su vez de “Gracia y Verdad”

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