domingo, 3 de mayo de 2015

SERVICIO

EL CARACTER SACERDOTAL DEL SERVICIO


 BAJO la dispensación de la ley, la distinción entre los sacerdotes y el pueblo estribaba en la designación de Dios. Únicamente una tribu fue se­parada en Israel para el servicio del sacerdocio. A ninguno que no fuese de la tribu de Leví se le permitía ocupar­se en esa obra. Con la introducción de la dispensación de la gracia y la for­mación de la iglesia, fue constituida una nueva orden sacerdotal. Desde Pentecostés en adelante no hay tal dis­tinción en la mente divina, como exis­tió en tiempos pasados. No existe en el Nuevo Testamento la menor suges­tión de que un simple hombre o alguna casta de hombres hayan sido designados por Dios para actuar con privilegios sacerdotales a favor de los otros miembros de la iglesia. La distinción entre clérigos y laicos es extraña al Nuevo Testamento. Que existen an­cianos, sobreveedores o pastores divinamente señalados, es completa­mente otro asunto. Con referencia al servicio del sacerdocio, el apóstol Pedro muestra claramente que en la iglesia el oficio de sacerdote es co-extensivo con todos los cristianos que la constituyen. Primeramente describe a todos los creyentes como "un sa­cerdocio santo", y luego como "real sacerdocio". Dirigiéndose a todos los santos, dice: "Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados una casa espiritual, y un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo. Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, gente santa, pueblo adquirido, para que anunciéis las vir­tudes de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable" (1 Pe­dro 2:5 y 9). Cualquier sacerdocio humanamente ordenado o selecciona­do en la iglesia, es contrario a la mente de Dios y deshonra el servicio Sumo-Sacerdotal de Cristo. Y es por esta razón especialmente que el hecho de que cualquier hombre se erija en sacerdote entre sus semejantes y Dios, es usurpar la posición y función de Cristo. Únicamente Él es nuestro medio de acceso a Dios. "Hay... un Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre" (1 Timoteo 2:5). Teniendo un Sumo Sacerdote sobre la Casa de Dios, podemos acercarnos a Él. Tenemos confianza para entrar al santísimo por su sangre (Hebreos 10: 19,22). Cualquier otro supuesto medio de acercamiento es un engaño y una trampa. "¿Robará el hombre a Dios?" Sin embargo es lo que hacen aquellos que, con su asunción eclesiástica, pretenden actuar entre Dios y el hom­bre y presumen colocarse en el lugar solamente posible para su Hijo. Él es el Único medianero Sumo Sacerdote. El otro único sacerdocio abarca a cada creyente y es completamente distinto del Suyo. Con referencia a éste, el apóstol Juan, en la doxología introduc­toria del Apocalipsis, dice: "A Aquel que nos ama, y nos ha lavado de nues­tros pecados en Su misma sangre, y nos ha constituido reyes y sacerdotes para el Dios y Padre suyo, a Él sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén" (vv. 5-6, V.M.). Esta doxología es la alabanza de todos los santos.
Caracterizado como santo, nuestro sacerdocio es hacia Dios; nuestra mi­sión es ofrecer sacrificios espirituales a Él. Caracterizado como real, nues­tro sacerdocio es para con el hombre; estamos para anunciar (manifestar) ante el mundo las excelencias de Cris­to. En cada caso, sea hacia Dios o hacia el hombre, nuestro servicio es rendido a Dios. Consideremos pri­meramente el servicio de nuestro sa­cerdocio bajo su aspecto de santo. "Vosotros también, como piedras vi­vas, sed edificados una casa espiritual y un sacerdocio santo". En conse­cuencia, los creyentes somos un tem­plo y a la vez sacerdotes en el templo. Cual sacerdotes santos hemos sido designados para ofrecer sacrificios espirituales. Estos son variados en carácter. En el Antiguo Testamento tales sacrificios figuran en contraste con los del altar. En los Salmos los sacrificios espirituales son constante­mente mencionados. Hay sacrificios de justicia (4:5; 51:19); sacrificios de gozo (27:6); sacrificios de acción de gracias (50:14; 107:22); los sacrificios de un espíritu quebrantado y un cora­zón contrito (51:17). Oseas exhorta al Israel apóstata a volverse a Dios, reconociendo su inquietud y ofrecer "como novillos, los sacrificios de nuestros labios" (14:2, V. M.). En la Epístola a los Hebreos se nos exhorta a ofrecer sacrificios de alabanza a Dios continuamente, el cual es "fruto de labios que confiesen a su nombre".
Tampoco debemos olvidarnos "de ha­cer bien y de la comunicación", "por­que de tales sacrificios se agrada Dios" (13:15-16). En esto la iglesia en Filipos estableció un buen ejemplo. Pablo habla de las donaciones (dádivas) que ellos le enviaron por intermedio de Epafrodito, como "olor de suavidad, sacrificio acepto, agradable a Dios" (Fil. 4:18).
Pero sobre y ante todo debe operarse la presentación de nuestros cuerpos "cual sacrificio vivo, santo, agrada­ble a Dios, que es nuestro razonable servicio" (Romanos 12:1). Y esto debe­mos hacerlo constantemente. Si no­sotros mismos no somos consagrados a Dios, nuestros otros sacrificios son sin valor. Cuando las iglesias de Macedonia enviaron una ofrenda de ayuda a sus pobres hermanos en Judea, ellos primeramente se dieron a sí mismos al Señor (2 Corintios 8:5). El espíritu del dador determina el carácter de la dá­diva.
Los santos constituyen también, como hemos observado, un real sa­cerdocio. Poco después que el pueblo de Israel hubo salido de Egipto, el Señor declaró por medio de Moisés que si ellos obedecían su voz y guardaban su pacto, serían para El un peculiar tesoro, un reino de sacerdotes y una nación santa (Ex. 19:5-6). El fracaso del pueblo en cumplir las condiciones, ha resultado en su desechamiento tem­porario. No obstante llegarán a ser un reino terrenal de sacerdotes para Dios, aunque momentáneamente les ha sido quitado y entregado a gente que lleve fruto de él. Esa gente es la iglesia, el pueblo santo del cual habla el apóstol Pedro. Como ya hemos no­tado, Cristo nos ha constituido en un reino para ser sacerdotes para con su Dios y Padre (Apocalipsis 1:6).
El poder soberano de tal reino no es ejercitado aún por la iglesia. Pablo acusa a los santos de Corinto de pre­tender reinar antes de tiempo. Dice: "Sin nosotros habéis llegado a reinar: y yo quisiera que en efecto reinaseis, para que nosotros también reinásemos con vosotros" (1 Corintios 4:8, V.M.). En el siglo venidero reinado y sacer­docio estarán perfectamente combina­dos. Ya se encuentran coligados en el sacerdocio de Cristo. Su sacerdocio es según el orden de Melquisedec, el cual reunía en sí ambos oficios: rey de Salem y sacerdote del Altísimo. Así", cuando Dios establezca su Rey sobre su santo monte de Sion, y el mundo que todavía le rechaza se incline ante su señorío, El "será sacerdote en su solio; y consejo de paz será entre am­bos a dos" (Zacarías 6:13, RV 1909). Vale decir, que reinado y sacerdocio se juntarán en armonía perfecta (cf. Apocalipsis 20:6).
Los reyes de la tierra han tratado vez tras vez combinar en ellos mis­mos el imperio con las funciones sa­cerdotales y así" controlar al propio tiempo los asuntos de los hombres y los de su conciencia. Si ello fuera factible, la combinación sería fortísima, pero en todos los casos el resul­tado ha sido el fracaso. Los hombres han buscado constantemente de esta­blecer una Iglesia Estadual y así unir los poderes político y religioso, pero en lugar de residir entre ellos el con­sejo de paz, la historia de las nacio­nes, en este respecto, ha sido una de constante fricción y guerra declarada. Solamente el Hijo de Dios armonizará los dos. Su trono será el de un Rey-Sacerdote en el perfecto ejercicio de esta doble función. Sus siervos, asociados con El, ya sea Israel sobre la tierra o la iglesia en los cielos, serán un reino de sacerdotes. En el presente siglo somos un real sacerdocio, no para el ejercicio de un poder gubernamental sino para difundir las excelencias de Cristo. Como sacerdocio santo, so­mos llamados a rendir un servicio no manchado por contaminación alguna. Como sacerdocio real debemos repre­sentar dignamente al Señor en nuestro servicio ante el mundo. De esta ma­nera estaremos preparados para el día cuando, en el pleno despliegue de los poderes de su reinado, reinaremos con El cual reyes y le serviremos cual sacerdotes.

Traducido del inglés por F.A. Franco
Sendas de Luz, 1968

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