martes, 1 de diciembre de 2015

Doctrina: El pecado (Parte XIII)

XIII. Conclusión.


Hemos pasado mucho tiempo desarrollado este tema y de seguro no hemos alcanzado profundizar sino algunos milímetros en  este profundo mar. Hemos dejado las bases para que cada creyente pueda seguir indagando en este tema y pueda personalmente profundizarlo.
Es muy probable que no todos estén de acuerdo en este tema de cómo se abordó, pero no por eso es menos cierto que los temas tocados, creemos que se ajustan a lo que la Escritura dice al respecto; sin embargo, en nuestra flaqueza podemos haber cometido errores, pero aun así es deber de cada creyente indagar y corregir esos “desajustes” con Biblia en mano, ya que ella y solo con ella, y no lo que diga “fulano de tal” o ese “pastor Tanto” es lo que cuenta, para refutar lo descrito en los artículos que preceden esta conclusión.
Los puntos principales que hemos tocado se refieren a la naturaleza propia del hombre, ya que esta “enfermedad” adquirida por voluntad propia de un hombre (recordemos que de Eva fue engañada y el hombre, no) nos ha traído la trágica consecuencia de estar separados de Dios por la eternidad, a causa de ese pecado. Y hemos visto que Dios no se quedó “con los brazos cruzados” cuando sucedió esto, sino que salió a buscar al hombre y “a exigirle explicaciones por lo que había hecho” (cf. Génesis 3:9,13), y al no quedar satisfecho, proveyó los medios para acercarse a Él  y la promesa de un mediador que vendría. Y cuando Él vino,  los suyos no le conocieron (Juan 1:11) sino que lo mataron de la forma más cruel e infame que existe, por medio de la crucifixión.
A consecuencia del pecado, el hombre vive en la más abyecta oscuridad, y toda luz  externa no es apreciada, sino que es apagada para que “no hiera sus ojos”, es decir, para que sus obras malas no sean expuestas al escrutinio Divino.
El hombre (bajo el poder de Satanás) creyendo que había destruido esa fuente de luz y que por segunda vez trastocaba los planes divinos, pensó que había vencido, pero no contaban que esto era parte del plan de Dios (cf. Hechos 2:23), que por medio de la muerte del cordero perfecto, el hombre pudiese tener redención.
Esta nueva vida de los rescatados, porque tenemos la vida del Cordero de Dios, debe apreciarse, por eso se nos dice que somos luz del mundo (Mateo 5:14), que somos lumbreras para demostrar a otros que se puede salir y estar en la “luz admirable” (1 Pedro 2:9).  Pero al tener esta condición humana, en donde el “viejo hombre” (Efesios 4:22) intenta volver a hacer lo que antes le deleitaba, nos lleva a pecar. No por ello perdemos lo que se nos ha otorgado por la imputación de la obra de Cristo. Es cierto que perdemos de estar en comunión con Dios, pero nuestro Paracleto, nuestro ayudador, intercesor, vela por nosotros (1 Juan 2:1), pero de parte nuestra se debe mostrar el arrepentimiento por los pecados cometidos y con el fuerte propósito de no volver a cometerlos.
Cerrando esta conclusión, diremos que cuando el Señor Jesucristo venga a por los suyos, todo vestigio de pecado ya no existirá, seremos semejante a él (Filipenses 3:21).

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