lunes, 10 de junio de 2019

EL TRIBUNAL DE CRISTO

Pregunta:  Los santos, ¿serán juzgados, o solamente manifestados, en el Tribunal de Cristo? y añade: Me turba, a veces, el pensar que, en el tribunal de Cristo, todos los secretos y deseos de mi corazón serán descubiertos ante todos.

Respuestas:
A) En primer lugar, léase cuidadosamente los siguientes versícu­los que nos ayudarán a situar el problema: 1 Corintios 4:5; 2 Corintios 5:10; Romanos 14:12; Colosenses 3: 24-25. El versículo en Juan 5:24, es decisivo en este aspecto, y nos permite afirmar que los creyentes no seremos condena­dos: "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi Palabra y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna; Y NO VENDRÁ A CONDE­NACIÓN, más pasó de muerte a vida." (Juan 5:24 - RVR1909).
Por el contrario, en vez de ser juzgados, juzgaremos al mundo y a los ángeles (1 Corintios 6: 2-3). Tal como es el Señor, tales somos también nosotros los creyentes: somos como el juez, y a todos sus santos Él nos concede el honor de ejecutar el juicio sobre los reyes, los nobles, las gentes (o naciones) y los pueblos (Salmo 149: 7-9).
De modo que, para el creyente, ya no se trata de juicio alguno, pues Cristo lo llevó en la cruz en toda su intensidad y, gracias al valor infinito de su precioso sacrificio, realizado "una vez para siem­pre" (Hebreos 10), somos eternamente unidos a Aquel que llevó nuestros pecados y la condenación que éstos merecían. Resulta, pues, que los creyentes no seremos nunca juzgados por nuestros pecados. (¡Con cuánta gratitud deberíamos acercarnos siempre al Señor!) No obstante, NUES­TRO SERVICIO será apreciado por el Maestro.
Las obras de todos los hombres - santos o pecadores - serán probadas, examinadas, según el criterio de Dios. El día manifestará todas las cosas, el fuego revelará la obra de cada cual; actos, pen­samientos, intenciones, motivos y acusaciones, nada permanecerá ocul­to. Sólo subsistirá lo que la gracia divina haya producido en nues­tros corazones. Apreciaremos las cosas como Cristo las ve, y las en­juiciaremos conforme a Su criterio.
Cabe pensar que este tribunal de Cristo existirá durante mil años por lo menos. Prueba de ello la tenemos en el hecho de que el juicio de las naciones (Mateo, 25) se verificará a principios del milenio, y el de los muertos después de este período. Aquella manifestación de las personas se refiere, por cierto, todos los seres humanos, pero no todos comparecerán forzosamente en el mismo momento; lo que po­dríamos llamar 'la sesión del tribunal' se prolongará. Pero, como hemos dicho, para el creyente salvado ya, no se juzgará su persona, sino sus obras; recibiremos, o perderemos según el caso de cada cual, nuestra recompensa o galardón (1 Corintios 3: 14-15).

B) A nuestro amado lector le turba, o preocupa, el pensar que todos los secretos de su corazón serán revelados ante todos en el tribunal de Cristo.
Es cierto que el Espíritu Santo declara que el Señor sacará a luz las obras encubiertas de las tinieblas, y "manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios." (1 Corintios 4: 5). Pero, notemos que la Palabra de Dios no dice a quién seremos manifestados. ¿Acaso nos impresionaría e importaría más la apreciación de otro hombre que no la del Señor? Con tal que yo sea aprobado por Cristo, no debe importunarme lo que dirán, o pudieran decir, los hombres.
Si el pensar que los más recónditos motivos de mi corazón serán revelados ante los hombres me preocupa más que el ser manifestados a Cristo, esto prueba que estoy todavía muy ocupado con mi pobre persona y que carezco de rectitud: es un estado que conviene exami­nar y juzgar cuanto antes.
Y, pensándolo bien, si tal pensamiento nos puede ayudar a guar­darnos de otras caídas y tentaciones, demos gracias al Señor por ello. Por lo demás, ¿nos restará algo de nuestra salvación el que nuestras faltas y pecados sean manifiestos ante todos? David y el apóstol Pe­dro, ¿son acaso menos bienaventurados porque millones de almas leyeron el relato de sus caídas y graves pecados? ¡Por cierto que no! Ellos saben que la lista de sus pecados no hace más que magnificar la gracia de Dios y el precio de la sangre de Cristo.
No nos ocupemos de nosotros mismos - a no ser para examinar­nos -; ocupémonos más de Cristo, hermanos, y no tendremos seme­jantes preocupaciones. Por lo demás, ¡que la idea del tribunal de Cristo nos santifique, que nos infunda mayor humildad, que nos haga ser más vigilantes, que nos ayude a enjuiciar diariamente nues­tra conducta y a manifestar mayor diligencia e integridad en nuestro servicio!

Traducido de "Le Messager Evangélique"
 Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1955, No. 17.-

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