lunes, 10 de junio de 2019

LA PRIMERA EPÍSTOLA A TIMOTEO (6)


El Orden de la Casa de Dios
(1 Timoteo 2 y 1 Timoteo 3)

 (d) La supervisión (obispado) en la iglesia de Dios (Capítulo 3, versículos 1-13)

(V. 1). El apóstol ha hablado de la posición relativa de hombres y mujeres, y de la conducta conveniente a los tales en la casa de Dios. Esto prepara el camino para la enseñanza en cuanto a la supervisión (obispado) en la casa de Dios. El apóstol dice, "Si alguno aspira ejercer supervisión, buena obra desea"[1].
En el discurso del apóstol a los ancianos en Éfeso, tres cosas se nos exponen caracterizando la supervisión (obispado). Primeramente, los supervisores (obispos) deben mirar por sí mismos y "por todo el rebaño". Ellos deben procurar que su propio andar, y el andar del pueblo de Dios, pueda ser digno del Señor. En segundo lugar, ellos han de "apacentar la iglesia del Señor." Ellos piensan, no solamente en el andar práctico del pueblo de Dios, sino que procuran el bienestar de sus almas, para que ellos puedan entrar en sus privilegios cristianos y hacer que sus almas progresen en la verdad. En tercer lugar, ellos han de 'velar' sobre el rebaño para que pueda ser guardado de los ataques del enemigo exterior, así como de las corrupciones que puedan surgir dentro del círculo cristiano por medio de hombres perversos que desvían las almas del Señor tras sí (Hechos 20: 28-31).
Tal era la obra de supervisión (obispado), y el apóstol habla de ella como de una "buena obra". Hay el testimonio de la gracia de Dios que ha de fluir desde la casa de Dios, y el apóstol ha hablado ya de esto como "bueno y agradable delante de Dios". Hay también el cuidado de aquellos que componen la casa de Dios, para que su conducta sea la que conviene a la casa. Y su cuidado por las almas también es una "buena obra".
Es importante recordar que el apóstol no está hablando de "dones", sino de un oficio local para el cuidado de la asamblea. La Cristiandad ha confundido los dones con los oficios o cargos. En la Escritura ellos son muy distintos. Los dones son dados por la Cabeza ascendida y son 'puestos' en la iglesia (Efesios 4: 8-11; 1 Corintios 12:28). Siendo así, el ejercicio del don no puede estar limitado a una asamblea local. El oficio de supervisor (obispo) es puramente local.
Además, no hay nada en esta enseñanza en cuanto a la ordenación de individuos para estos oficios. Timoteo y Tito pueden ser autorizados por el apóstol para ordenar (o "establecer") ancianos (Tito 1:5), pero no hay instrucción para que ancianos designen ancianos, o para que la asamblea elija ancianos.
El hecho de que estos siervos fueran autorizados por el apóstol para establecer ancianos prueba claramente que, en la época del apóstol, había asambleas en las cuales no había supervisores designados. Ellos carecían de ancianos debidamente designados a causa de la falta de autoridad apostólica (directa o indirecta) para designarlos. Es claro, entonces, por la Escritura, que no puede haber ancianos designados oficialmente excepto por un apóstol o sus delegados. El hecho de que el hombre designe ancianos u ordene ministros sería mostrar que se actúa sin la autorización de la Escritura.
Esto no implica que la obra del supervisor no pueda ser hecha, o que no existan aquellos que son aptos para la obra en un día de crisis. La obra de los supervisores nunca fue más necesaria que hoy en día, y aquellos que están calificados de manera escrituraria para la obra pueden, en sencillez, servir al pueblo del Señor en su propia localidad; y es bueno que nosotros reconozcamos a los tales, teniendo siempre en mente la fuerza exacta de las palabras del apóstol, cuando dice, "Si alguno aspira ejercer supervisión, buena obra desea."[2]. El apóstol no habla de un hombre deseando el 'cargo' a fin de sostener una posición o para ejercer autoridad, sino del deseo de ejercer esta "buena obra". A la carne le agrada el cargo, y la posición, y la autoridad, pero rehuirá la "obra". Cuando esto se ve, tendríamos que admitir que existen pocos que tienen el deseo que el apóstol contempla.

(Vv. 2, 3). Las cualidades que deberían caracterizar a los tales son claramente expuestas ante nosotros; y, como uno ha dicho, 'Las instrucciones incluso en cuanto a los ancianos y diáconos no son, por decirlo así, meramente para su propio bien; ellas nos muestran el carácter que Dios valora y busca en Su pueblo.' (F. W. Grant).
El carácter moral del anciano debe ser irreprensible. Debe ser marido de una sola mujer, un requisito que tendría especial aplicación a aquellos surgiendo del paganismo con su poligamia. Un hombre convertido, aunque no debía ser rechazado porque tenía más de una mujer, sería inepto para la supervisión (obispado). Además, un tal (el supervisor) tenía que ser sobrio en el juicio, prudente en sus palabras, decoroso en conducta, hospedador. Él debía ser apto para enseñar, sin implicar necesariamente que tuviera el don de maestro, sino que tuviese aptitud para ayudar a otros en sus ejercicios espirituales. No debía ser una persona dada a exceso en el vino o en la violencia al actuar; por el contrario, él debía ser amable, no contencioso y libre de avaricia.

(Vv. 4, 5). Además, tenía que ser uno que gobernara bien su casa, teniendo a sus hijos en sujeción - exhortaciones que indican claramente que el supervisor (obispo) tenía que ser un anciano, no solamente casado y poseyendo un hogar, sino que teniendo hijos.

(V. 6). No debía ser un neófito (N. del T.: palabra vernácula empleada en la literatura desde Aristófanes en adelante, en la LXX y en papiros, en el sentido original de 'recién plantado' (en griego: neos, phuö), de Comentario al Texto Griego del Nuevo Testamento de A.T. Robertson, Editorial Clie - otra traducción: "recién convertido" - LBLA). Un cristiano joven puede ser usado por el Señor para predicar a los demás tan pronto como se convierte, pero que un tal tome el lugar de un supervisor (obispo) obviamente sería incorrecto, y conduciría probablemente a su caída "en la condenación en que cayó el diablo" (LBLA). Uno dijo verdaderamente que la condenación en que cayó el diablo fue que 'se exaltó a sí mismo pensando en su propia importancia' (J. N. Darby).

(V. 7). Finalmente, el supervisor debe tener un buen testimonio de los de afuera, de lo contrario él caerá en descrédito y en lazo del diablo. El lazo del enemigo es entrampar al creyente en alguna conducta delante del mundo, de modo que ya no pueda más lidiar con una conducta cuestionable entre los santos.

(V. 8). El apóstol nos da además los requisitos necesarios para los diáconos. El diácono es un ministro, o uno que sirve. Del capítulo 6 de los Hechos de los Apóstoles aprendemos que su obra especial es descrita como "servir las mesas" y, tal como muestra la relación, esto se refiere a la satisfacción de las necesidades corporales y temporales de la asamblea, en contraste a la obra del supervisor (obispo) el cual está más especialmente preocupado en satisfacer las necesidades espirituales. No obstante, no es menos necesario que el diácono tenga requisitos espirituales. Los escogidos para la obra de diácono, en la iglesia primitiva en Jerusalén, debían ser hombres "de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría" (Hechos 6:3 - Versión Moderna). Aquí aprendemos que, al igual que los supervisores, ellos tenían que ser "honestos" ("serios" - VM), "sin doblez" ("de una sola palabra" - LBLA; "no de dos lenguas" - VM), no dados a mucho vino o a codicia.

V. 9). Además, ellos debían caracterizarse por guardar "el misterio de la fe con limpia conciencia". Guardar la doctrina correcta no es suficiente. La ortodoxia sin una conciencia pura indicaría cuán poco la verdad tiene poder sobre aquel que la posee; por eso cuán impotente es una persona tal para afectar a los demás.

(v. 10). Asimismo, los diáconos deben ser aquellos que han sido probados y han demostrado, mediante la experiencia, ser irreprensibles en su propia conducta y, de este modo, ser capaces de lidiar con asuntos que necesariamente tendrían que encarar en su servicio.

 (Vv. 11, 12). Sus mujeres también debían ser "honestas" ("serias" - VM), no calumniadoras, y fieles en todo. El carácter de ellas es mencionado especialmente, en vista de que el servicio de los diáconos, al tener que ver con las necesidades temporales, podía dar ocasión para que las esposas hicieran alguna maldad a menos que fuesen "fieles en todo". Al igual que los supervisores (obispos), los diáconos han de ser maridos de una sola mujer, gobernando bien sus hijos y sus casas. Se reitera, estas exhortaciones implican que el diácono no es un hombre joven, sino uno que está casado y tiene hijos, y de este modo es un hombre con experiencia.

(V. 13). En caso de que se pudiera pensar que el oficio de un diácono era inferior al de un supervisor (obispo), el apóstol declara especialmente que los que ejercen bien el oficio de diácono ganan para sí un grado honroso, y mucho denuedo en la fe que es en Cristo Jesús - una verdad, tal como se ha señalado a menudo, ilustrada notablemente en la historia de Esteban (Hechos 6: 1-5, 8-15).


[1] N. del T.: traducción de la Versión Inglesa del Nuevo Testamento de J. N. Darby; la versión RVR60 traduce: "Si alguno anhela obispado, buena obra desea."
[2] N. del T.: traducción de la Versión Inglesa del Nuevo Testamento de J. N. Darby

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