lunes, 10 de junio de 2019

LA OBRA DE CRISTO (4)

EN EL PASADO, EN EL PRESENTE Y EN EL PORVENIR

II.La Encarnación del Hijo de Dios


La encarnación es el gran fundamento de todo el evangelio. Sin la encarnación no habría evangelio, ni esperanza, ni Dios. Quien niegue esta verdad no tiene derecho a llevar el nombre de cristiano. En ninguna otra época se ha acentuado y propagado tanto la negación de esta gran verdad fundamental como ahora en la nuestra. Individuos que se tienen por eruditos, y creen que su saber supera al de las generaciones pasadas, niegan hoy la revelación y niegan el milagro y también la encarnación. Nega­ción que hacen no sólo ateístas osados, sino también algunos que pretenden ser predicadores del cristia­nismo, figuran entre los más fervientes adirentes a esta creencia. Aludimos a Reginald Campbell y a los que le siguen en lo que han dado en llamar la “Teo­logía Moderna.” Los centenares de ministros evan­gelistas, que cuando recientemente estuvo este señor en América lo recibieron en palmas y le ofrecieron su simpatía y cooperación, entusiasmados con sus astutas infidelidades, se han hecho, a los ojos de 2 San Juan 10, cómplices de su pecado. Además, existe ese otro sistema anticristiano al que han denomina­do “Ciencia Cristiana.” En sus llamadas produccio­nes filosóficas, que en realidad no son sino satánicas, combate la revelación de Dios y niega que Jesucristo estuviera encarnado. En ese pernicioso libro “Ciencia y Salud,” al que pudiéramos conceder inspiración, no inspiración celestial sino mundial, fe afirma que “la virgen María se formó la idea de Dios y que a su ideal le dio el nombre de Jesús;” y también que “Jesús fue el hijo que María tuvo de la comunión que ella por sí misma efectuó con Dios.”
En esta época de apostasía sirva de consuelo a los creyentes el recordar que la Biblia predice que la doctrina de Cristo, su persona y su obra, serán re­futadas inmediatamente antes de la venida del Señor. La era se aproxima. Estas negaciones, lejos de de­crecer, se harán cada vez más numerosas.

¿Y cuál es el propósito de la encarnación? Por la encarnación Dios, el Dios invisible, se manifestó tangente al hombre. Cristo nuestro Señor es la ima­gen de Dios, del Dios invisible. Nadie ha visto jamás a Dios; Dios se manifestó a nosotros por medio del Unigénito que está en el seno de Dios Padre; y Jesucristo, que es el único que radica en el Padre, pudiera decirnos: “El que me ha visto, ha visto al Padre” Jn. 14.9.
Los atributos de Dios los manifestó Cristo en la encarnación. Contemplamos la santidad de Dios en esa vida santa que El pasó en la tierra para la glorificación del Padre. Cristo demostró su omnisciencia. Penetraba lo íntimo en el hombre, cuyas ideas y pensamientos conocía; probó la virtud de Dios do­minando los elementos, ordenando al viento y a las olas, transformando el agua en vino: tenía virtud sobre las enfermedades, sobre el demonio y sobre la muerte. Él nos reveló el amor y la caridad divina.
De igual manera por la encarnación Cristo nos trajo la Palabra de Dios. “Dios, habiendo hablado muchas veces y en muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” He. 1.1. Cristo confir­mó la ley de los profetas, y por consiguiente el cri­ticar el Antiguo Testamento es atacar la autoridad y la infalibilidad del Hijo de Dios. También nos re­veló Cristo la voluntad de Dios, nos hizo conocer al Padre y que había una vida eterna, y el castigo pe­renne y consciente que espera a los malos. Predijo los acontecimientos futuros concernientes a El mismo y a su reino, el fin de la era y su vuelta visible al mundo.
La encarnación fué necesaria en anticipación a su obra como sacerdote de su pueblo, porque des­pués de su muerte en la cruz y después de su resu­rrección había de ser el Sumo Sacerdote de la mise­ricordia y de la fe. Tal lo es ahora. Leemos en el segundo capítulo de los Hebreos, que Cristo se hizo carne y sangre para poder ser el misericordioso y fiel Pontífice. Cristo sintió la tentación de todas las cosas tal como la sentimos nosotros mismos; todas, menos la tentación del pecado. Y quiso sufrirla para así po­der mejor simpatizar con nuestras debilidades y socorrer a los que cayeran en tentación. Todo esto iba El a serlo, y lo es en efecto; la segunda persona, el último Adam, la cabeza de la Iglesia, la cabeza de la nueva creación; todas estas cosas y muchas otras hacían necesaria su encarnación.

Lo que no Pudo Cumplir la Encarnación
No obstante, el gran propósito de la encarna­ción del Hijo de Dios era realizar la obra de reden­ción, y para realizarlo fue que vino Cristo al mundo. El vino para poder cumplir la gran obra de expia­ción, después de una vida en que glorificó al Padre, confirmó su santa ley y vindicó los derechos de Dios como legislador. En breve frase nos dice San Juan lo que el Hijo de Dios vino a cumplir: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” El pecado, esa abominación, había de echársele del camino. Había que hacerse la propiciación del pecado. Se imponía la necesidad de un sacrificio que glorifi­cara la santidad de Dios y exaltara su reino de jus­ticia. Había de hacerse la paz. Habían de pagarse los pecados de muchos y había de sufrirse el peso de sus penas.
La encarnación en sí, la maravillosa y por siempre bendita humillación sufrida por el Hijo de Dios al tomar forma humana, la santidad de su vida, sus amorosas palabras llenas de vida y de paz, todo esto y todos los actos de amor y misericordia que guiaron a Cristo, no podía por sí solo realizar la expulsión del pecado. La encarnación trajo un Dios al hombre, mas no podía nunca devolver el hombre a Dios Santo. La encarnación no bastaba a redimir el pecado ni era suficiente para que un Dios lleno de santa rectitud diera en justicia su misericordia al caído y al extraviado. Esta gran obra de redención podía cumplirse sólo por la muerte de Cristo en la cruz, y para esto fue que El vino al mundo; para redimir al pecador por su propio sacrificio. El Autor y Príncipe de la vida vino al mundo a ofrecer la suya para rescatar la de muchos. El buen Pastor apareció para inmolarse por su rebaño, Únicamente por su muerte pudiera haberse realizado la gran obra de la redención.

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