domingo, 2 de marzo de 2014

¡Ancianos! ¡Pastores! ¿Cuál es su trabajo?

DIOS AMABA a su pueblo Israel con amor fuerte y profundo. Habla de él como su "especial tesoro" (Ex. 19:5) y como "ovejas de su prado". Conside­raba a Israel como "un rebaño" que necesitaba cuidado constante y tierno. "Hizo salir a su pueblo como ovejas, y los llevó por el desierto como un re­baño. Los guió con seguridad, de mo­do que no tuvieron temor;... los pas­toreó con la pericia de sus manos" (Sal. 78:52, 53,72). Y ¿quién como Moisés y Josué, para apacentar ese pueblo tan grande? y Samuel, David, Salomón y muchísimos reyes, todos levantados de parte de Dios para cui­dar a Su rebaño. En la historia de Israel encontramos que unos eran pas­tores fieles, otros descuidados e in­fieles. El profeta Ezequiel en su profecía lamenta, diciendo que los pastores de la nación en ese tiempo eran muy rebeldes e indiferentes. Les culpaba del alejamiento de Dios y del lamentable estado espiritual de ese pueblo. Faltaban al no cuidar las "ovejas de su prado". ¡Cuán impor­tante es el apacentar al pueblo de Dios! "Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí, yo estoy contra los pastores; y demandaré mis ovejas de su mano" (Ezequiel 34:10).
Cuando el Señor Jesús vino a este mundo como el Salvador, su propio pueblo lo rechazó. "A lo suyo vino, y los suyos, no le recibieron" (Jn. 1:11). Miró a Israel como "ovejas sin pas­tor", y tuvo compasión de él. Los pastores (escribas, fariseos-los enseñadores de la ley; los guías espiritua­les del pueblo) eran infieles y descui­dados para apacentar el rebaño. El Señor Jesús en su enseñanza a los dis­cípulos, describe a los fariseos etc., como "ladrones y salteadores" (Jn. 10:1). No eran verdaderos pastores. Pero El vino como "El Buen Pastor y amó a las ovejas. Aquellos que le re­cibieron, que creyeron en él y que eran sus discípulos, El les llama "su redil" (Jn. 10:16) -- eran judíos. Luego dijo "También tengo otras ovejas, que no son de este redil; aquellas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño y un pastor" (Jn. 10:16). Aquí, el Señor Jesús habla de "otras ovejas". Son las de los gentiles, aquellos que tenían que creer en él. El "rebaño" es la iglesia que el Señor ganó por su propia sangre. Este rebaño es com­puesto de todos los salvos, sean judíos o gentiles, todos los que han sido re­dimidos con la sangre preciosa de Cristo. Y El es el Pastor de ellos; Aquel que dio su vida por las ovejas.
Ahora, en gloria, sentado a la dies­tra de Dios, El es "el Gran Pastor de las ovejas" (Heb. 13:20). Su obra cons­tante e incesante es la de cuidar fiel­mente a los suyos; les ama con amor eterno. Llevará y guiará este rebaño por todo el desierto de este mundo hasta el redil y eterno descanso de Dios. El cuidado y pastoreado de sus ovejas, el Señor Jesús lo lleva a cabo, por medio de aquellos que él ha esco­gido como pastores o ancianos. Lee­mos en Efesios (4:10,11) que "él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros pastores y maestros. " Los pri­meros dos ya cumplieron su ministe­rio, los últimos tres siguen y segui­rán hasta la venida del Señor. Entre los dos grupos de evangelistas y maes­tros, encontramos a "los pastores". ¿Quiénes son éstos? Son aquellos que el Señor Jesús ha escogido y levantado por su Espíritu para cuidar al rebaño. El apóstol Pedro aclara en su primera Epístola capitulo 5 que los ancianos de la iglesia son los que tienen que cuidar y apacentar "la grey de Dios". Los ancianos son hermanos maduros en la fe cristiana y de sano entendimiento espiritual. Estos son "los pastores" a quienes el apóstol exhorta" apacen­tad la grey de Dios que está entre vo­sotros, cuidando de ella, no por fuer­za, sino voluntariamente, no por ga­nancia deshonesta, (los pastores no son asalariados) sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey" (1 Ped.5: 2-3).
¿En qué consiste la obra de apacen­tar el rebaño? Es obra espiritual, aunque hay que cuidar también las co­sas materiales. En la Iglesia nunca debemos pensar que el anciano lleva un titulo como tal, u ocupa un puesto. La Palabra de Dios nos enseña que el anciano o pastor es uno que cumple una obra. Vamos a enumerar algunas de estas obras.
(a)      "Ellos velan por vuestras almas" (Heb. 13:17). Los ancianos son hombres de oración que interceden delante de Dios a favor de su pueblo, porque en el tribunal de Cristo tienen que dar cuenta del cuidado del rebaño.
(b)    "Apto para enseñar" (1 Tim. 3:2). "Que trabajan en predicar y enseñar (1 Tim. 5:17). "Retenedor de la palabra fiel tal co­mo ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza, y convencer a los que contradicen" (Tito 1:9).
"Apacentarla iglesia del Señor (Hec. 20:28);
"Apacentar la grey de Dios que está entre vosotros" (1 Ped. 5:2).
"Apacentad a mis ovejas a mis cor­deros" (Juan 21:15,17).
Su obra principal y especial es pro­veer pastos o alimento espiritual de la Palabra de Dios para el sostén, desa­rrollo y crecimiento del rebaño del Señor. Por esto el anciano tiene que meditar constantemente en la Palabra y profundizarse en sus verdades pre­ciosas. Solo asi podrá alimentar al pueblo de Dios. Es obra muy grande y de mucha responsabilidad.
(c)     "Siendo ejemplos de la grey" "Acordaos de vuestros pastores.- considerad cual haya sido el resul­tado de su conducta, e imitad su fe" (1 Pedro 5:3; Hebreos 13:7).
La vida justa y santa del anciano es la que tiene valor y peso delante de sus hermanos y el ejemplo bueno es de aprecio y estima por los demás. Los pastores buenos llevarán al rebaño por su buena conducta y ejemplo y lo apa­centarán por la Palabra de Dios.
(d)     "Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones". "Enfer­mo y me visitasteis; en la cárcel y vinisteis a mi" (Sant. 1:27: Mat. 25: 36).
"Hospedador" (2 veces) (1 Tim. 3:2; Tito 1:8).
El pastorear a los santos no consis­te solamente en dirigir los cultos, de gobernar (1 Tim. 5:17) y mantener buen orden en la iglesia. Tampoco consiste solo en ministrar y enseñar la Palabra de Dios. Consiste también en una vida práctica de amor y tierno cuidado de las ovejas y corderos del rebaño. Consiste en considerar el aspecto de las ovejas y sus múltiples necesidades. A algunos débiles en la fe, tenemos que animar, a otros que andan desordenadamente tenemos que reprender y corregir. A los jóvenes en la fe tenemos que enseñar las ver­dades de la Palabra y por nuestro ejemplo llevarles en los caminos del Señor. Tenemos también que visitar a los enfermos; enfermos en el cuerpo y en su vida espiritual. Tenemos que tener compasión y consideración para las viudas y huérfanos en sus afliccio­nes, consolándoles con la Palabra y ayudándoles en su necesidad material. Tenemos que abrir nuestras casas pa­ra recibir a nuestros hermanos visi­tantes y a los siervos del Señor. Así quiere decir "hospedaos".
(e) "Ni haciendo nada con parciali­dad" (1 Tim. 5:21).
"Que con mansedumbre corrijan a los que se oponen" (2 Tim.2:25). "Administrador de Dios" (Tito 1:7)
Estos textos nos hablan de dirigir y gobernar y tratar todo caso que se presenta en la iglesia, con justicia y sin parcialidad. Cuántos hermanos han su­frido injustamente y aún han sido pues­tos afuera de la comunión por venganza de parte de ancianos infieles; otros, porque los pastores no han tratado el caso con la debida seriedad y conforme a la Palabra de Dios. Son las Epísto­las del Nuevo Testamento que contie­nen la enseñanza que debemos obser­var y obedecer respecto a cualquiera forma de disciplina y amonestación ne­cesaria y llevarlo a cabo por los an­cianos para el bienestar espiritual y cuidado del rebaño. Es obra bastante solemne y de gran responsabilidad el ser "administrador de Dios". Cumplámoslo en el temor de Dios con toda mansedumbre acordándonos que ten­dremos que dar cuenta en el tribunal de Cristo de cómo hemos cuidado a las ovejas del Señor.
"Y demandaré mis ovejas de su ma­no" (Ezequiel. 34:10).
Que el Señor hable al corazón de ca­da hermano que es reconocido como anciano o pastor en la asamblea por medio de este mensaje y que todo lo que llevamos a cabo sea "conforme a la Palabra de Dios".

Sendas de Luz, 1969

El Lugar de la Mujer en la Iglesia

En el Antiguo Testamento en­contramos que en muchas ocasiones Dios habló a sus siervos dándoles órdenes expresas que tenían que ser cumplidas al pie de la letra, cuando Dios hablaba había que obedecer. De no hacer las cosas como él señalaba los re­sultados eran funestos. El pueblo de Is­rael cuando obedecía la voz de Dios to­das las cosas le salían bien de manera muy especial cuando tenía que ir a ba­tallar con algún pueblo vecino, pero cuando se apartaba de los caminos del Señor entonces venía todo lo contrario (Deuteronomio 28:1-37).
Cuando el Señor dio las medidas a Moisés para construir el Tabernácu­lo Moisés hizo tal y como Dios le di­jo que hiciera Éxodo 27:1 - 15. Moisés no podía hacer las cosas a su conside­ración pues todo para Dios tenía un gran significado como todos nosotros sabemos hoy en día, el tipo de metal, madera, tela, espacio, etc. todo debía ser hecho a la medida divina. La igle­sia que el Espíritu Santo está forman­do por orden expresa del Señor no es nada menos, ni tampoco las doctrinas que el Señor ha dado para las iglesias locales, para su pueblo que él ha redi­mido con su propia sangre.
Es evidente que existe cierta li­viandad en lo que respecta a las obser­vancias doctrinales en la iglesia del si­glo veinte. Las iglesias nominales quie­ren hacer las cosas que Dios ha orde­nado a su consideración y no según el patrón Divino.
La no obediencia a la Palabra del Señor trae resultados negativos a la vi­da de los creyentes y a la iglesia.
La iglesia está edificada sobre el fun­damento de los apóstoles y profetas siendo la principal piedra del ángulo el Señor Jesucristo, y si no tenemos buen fundamento el edificio será débil, nues­tras vidas tambaleantes debemos cimentarnos bien en el fundamento pues­to por el Señor para su iglesia (Ef. 2: 20-22).
Cuando la Palabra dice que la mu­jer calle en la congregación, nótese bien que lo dice en plural vuestras mu­jeres callen en las congregaciones, 1 Corintios 14:34. No lo dice solamente a la iglesia de los Corintios sino a todas las iglesias y a nosotros también pues es la guía que el Espíritu Santo nos ha de­jado para que sigamos su ejemplo. Y si alguna mujer quiere saber algo pues de­be preguntar en su casa a su marido v si no tiene marido lógicamente a los ancia­nos o hermanos de confianza. El Señor dice que es indecoroso que una mujer hable en la congregación (1 Cor. 14:35).
¿Quiere decir entonces que la mu­jer no debe cantar en la iglesia? Eso no es lo que dice la palabra, al contra­rio el apóstol Pablo exhorta en más de una ocasión a la iglesia a que alabe al Señor con salmos, cánticos e himnos espirituales (Efe. 5: 19 y Col. 3:16). Cuan­do la iglesia está reunida la mujer de­be permanecer en silencio. La pala­bra es categórica cuando diré que No permito a la mujer enseñar sino estar en silencio. Cuando la iglesia se reúne para orar la mujer debe orar en silencio, no debe pararse a hablar diri­giendo la oración, debe estar con toda sujeción (1ª Tim. 2:11-14) y aquí la Pala­bra da dos razones más por la que el Señor quiere que estén en esa posición en la iglesia:
1.-  porque Adán fue for­mado primero, y
2., porque Adán no fue engañado sino la mujer.
Ahora bien, la mujer tiene amplias oportunidades para servir al Señor y tes­tificar de él a sus amigos y amigas fue­ra de la iglesia, a los niños etc. en el Nuevo Testamento encontramos a mu­chas mujeres que fueron fieles servido­ras del Señor tales como María, Dorcas, Febe, Loida etc. Pero siempre conser­vando su lugar y obediencia a la pala­bra.
La mujer debe cubrirse la cabeza se­gún nos enseña la Palabra claramente en 1ª Cor. 11:5,7, 10, 13, este punto lo trataremos por separado con más dete­nimiento en otra ocasión.
Las iglesias deben observar bien las ordenanzas del Señor a la iglesia dada por los apóstoles para no seguir el cami­no de desobediencia que al final sólo produce iglesias débiles y fluctuantes que deshonran el nombre del Señor.
Sendas de Luz, Marzo-Abril, 1978

Doctrina. El Hombre (Parte III)

III. La naturaleza del Hombre.


1.   Hecho a la imagen y semejanza de Dios
       “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…”  (Génesis 1:26)  “… porque a imagen de Dios es hecho el hombre” (Génesis 9:6).
      ¿Qué significan las palabras imagen y semejanza? Imagen significa la sombra o bosquejo de una figura, al paso que semejanza significa el parecido de la sombra con la figura. Prácticamente las dos son sinónimas. En todo el trato de Dios con el hombre es un hecho fundamental que éste fue hecho a imagen y semejanza de Dios (1 Corintios 11:7; Efesios 4:21.24; Colosenses 3:10; Santiago 3:9). Este modo de hablar lo podemos expresar de la siguiente manera: “Hagamos al hombre a nuestra imagen para tenga nuestra semejanza.”

Lo que no Significa
      La descripción del hombre siendo creado a la imagen y semejanza de Dios no se refiere a la apariencia física del hombre. Aunque a algunos les gustaría que creamos que es así, la frase “imagen de Dios” no hace referencia al hecho de que el ser físico del hombre tiene una formada figura como de Dios. Esto no significa que Dios tiene dos ojos, orejas, manos, y piernas, ya que Dios no es “como oro o plata o piedra” (por ejemplo, Él no es físico; Hechos 17:29), sino es espíritu (Juan 4: 24). Y un espíritu “no tiene carne y huesos” (Lucas 24:39; cf. Mateo 16:17). Entonces, claramente, el hombre no lleva la imagen de Dios en una forma física.
      A imagen de Dios, repetimos, no quiere decir que Dios tiene semejanza física con el hombre. Dios no tiene piernas, manos blancas ni una barba blanca. Cuando la Biblia habla del hombre a imagen de Dios, se refiere al hecho de que el hombre tiene un alma espiritual. Está por encima de los otros seres vivientes que habitan en la tierra. El hombre no es una cosa, sino una persona. El Hombre, por tanto, puede pensar; puede amar a otras personas; puede componer una sinfonía; puede escoger el bien; hacer cosas que ni un perro, ni una lagartija ni ningún otro animal puede hacer. Pero, aunque podamos hacer todas estas cosas, debemos preguntarnos ¿por qué Dios nos hizo así?
        Concluyendo, Dios es Espíritu; Él no tiene partes ni pasiones como el hombre. En consecuencia, los conceptos de Dios como un gran ser humano que tienen los mormones y los seguidores de Swedenborg[1], son erróneos. Deuteronomio 4:15 contradice tal concepto físico de Dios.

Características Espirituales
Algunas de estas características y que tanto tenemos de Dios, las heredamos de sus propios atributos comunicables, esto  es algo que sigue en debate hoy en día pero hay algunas en la que todos podemos estar de acuerdo a lo que hemos visto en nosotros a la luz de la palabra de Dios. Algunas de estas características son:
1.       Ser justo, Santo y  ser fiel a la verdad (Efesios 4:24)
2.       Libertad (Gálatas 5:1) Esto incluye la libertad de tomar nuestras propias decisiones aunque estas no sean buenas.
3.       Los frutos del Espíritu son características del Espíritu de Dios que debemos tener todos si queremos tener semejanza a Dios. (Gálatas 5:22-23)
4.       Las piezas de la armadura de Dios de Efesios 6 también son características que Dios quiere compartir con nosotros (vestíos del Señor Jesucristo, Romanos 13:14)
5.       Una mente moral y racional (Job 32:8)
6.       Autoridad para administrar el resto de la creación (Génesis 1:28)
7.       Precioso y de gran valor y estima. (Génesis 9:6)
8.       El poder de las palabras que declaramos (Santiago 3:8-10) (compara 2 Tesalonicenses 2:8 con Proverbios 18:20-21 )
9.       Y otras cualidades de las cuales puede que no estemos consientes todavía.

La Palabra de Dios no indica que Él ha creado al hombre en Su esencia, sino a Su imagen (Génesis 1:26). Y no debemos olvidar nunca que solamente Dios es omnipotente, omnipresente, y omnisciente.

Otras Características.
·        Capaz de hablar.
Esta capacidad ha sido dada a los seres humanos por sobre todos los seres creados. Esta cualidad es propia de Dios. “Y Dios dijo” aparece diez veces en Génesis 1. Dios habló para crear los “cielos y la tierra, el mar, y todo lo que hay en ellos” (Éxodo 20:11; Salmos 33: 6-9), y Él habló para comunicarse con el hombre (Génesis 1:28). Luego, en el mismo día que Dios creó a Adán, Él contó con el hombre para nombrar a las criaturas que fueron traídas delante de él (Génesis 2:19).
Los Animales no hablan. En contraste con lo anterior, en las Escrituras sólo dos ocasiones se indica que los animales hablaron, y en ambas situaciones fueron  en circunstancias especiales. Tenemos en la Escritura  la serpiente en el Jardín del Edén y la asna de Balaam (Números 22:28- 30).
·        Creativo.
En la escritura, especialmente en los capítulos 1 y 2 de Génesis se muestra toda la actividad creadora de Dios, manifestando su atributo de Todopoderoso. Esta capacidad de crear (obviamente guardando las proporciones) es dado al hombre, ya que  puede crear hermosas sinfonías, emotivas piezas de teatro,  emocionantes novelas. Ha creado naves espaciales que pueden circundar la tierra o llegar a la luna; han creado corazones artificiales para reemplazar los dañados, etc. 
Desgraciadamente el hombre  no ha sabido utilizar este atributo o don divino entregado gratuitamente. En muchas ocasiones utiliza esta habilidad de crear para idear planes para dañar a otras personas; crear tecnología para demostrar que su creador nunca ha existido.

·                  Razonamiento.
La capacidad de pensar o razonar es otro de los atributos que nos ha dado desde que creó a Adán. Esta capacidad está muy relacionada con la anterior característica, de manera que el hombre piensa lo que quiere hacer, idear o crear. Esta capacidad no fue dada a los animales, aunque ellos, a fuerza de repetición, pueden aprender pero no piensan. Sus instintos, en determinados momentos, pueden parecer  que razonan. Con esto no queremos decir que los animales no posean algún tipo de inteligencia, la cual es distinta a la que el hombre posee.
“En un análisis adicional de la capacidad intelectual de la creación de Dios, una de las diferencias más obvias entre la humanidad y los animales es que los animales no poseen la habilidad de conocer y amar a Dios. Ellos no miran los cielos y lo entienden como la artesanía de Dios (cf. Salmos 19:1); ellos no pueden percibir que existe un Dios basados en su entorno (cf. Romanos 1:20); ni pueden entender la revelación escrita de Dios. Por esta razón, los animales ni son rectos ni pecadores. Aunque es imprudente limitar la “imagen” a la razón solamente, ésta con más seguridad juega un rol principal en el dominio del hombre sobre su creación y su relación única con Dios—una relación en la que los animales no pueden participar, en parte, porque les falta la inteligencia para tal hecho.[2]”
·        Con Voluntad.
Es Volitivo. El hombre puede  realizar  lo que surge de su capacidad de razonamiento y creatividad. Si pone su voluntad puede lograr cosas que antes no se habían hecho. Entre ellas se puede ver grandes puentes que cruzan brazos de mar, abismos, etc. Esta misma voluntad le ha llevado a elegir mal, utilizando su libre albedrío en forma errónea. Sólo basta recordar a Adán y Eva y la serpiente y el fruto prohibido; a los Israelitas en el desierto, cuando sintieron deseo de volver a Egipto porque tenían ganas de comer los productos que allí habían, porque estaban hastiados de lo que Dios les daba por alimento. En ambos casos, la voluntad estuvo presente, en ambos casos resultó para mal.
«El hombre es capaz de escoger su propio destino. Es un hecho innegable que los animales carecen de libre albedrío con el cual el hombre fue dotado “en el principio”. Siempre que los animales reaccionan a su medio ambiente, son guiados por un “sistema incorporado” conocido como “instinto”[3].»
En Dios vemos esta característica de voluntad cuando inició el proceso de la creación,  y por sobre todo, cuando  creó al hombre. “Hagamos…” (Génesis 1:26), fue la voluntad de Dios y lo creo a su imagen y semejanza.
En la actualidad cada persona puede aceptar al Señor Jesucristo y su obra mediadora o no (Apocalipsis 22:17; Mateo 11:28-30). Esta decisión, tanto positiva como negativa según sea la elección,   indica voluntad.
·        Espiritual.
Dado lo que nos dice la Escritura, el hombre no es un ser  que está formado por sólo carne, como son lo plantas, y a la vez es distinto de los animales, que solo tienen un alma rudimentaria.  Dios particularmente  creó el cuerpo  de la tierra (Génesis 2:7) y  además formó su espíritu en él (Zacarías 12:1) y le dotó de vida (alma). Y estas particularidades indican que el hombre es diferente a los otros seres creados.
Esta característica permite al hombre poder tener una cercanía y capacidad de fraternizar con Dios. Esta característica le permite tener comunión con Dios.  Y al finalizar sus días, cuando muere, el espíritu dado al hombre regresa a Dios (Eclesiastés 12.7), pero un alma pecadora se va a condenación si no tiene a Cristo, como resultado de la desobediencia del primer hombre.
Las Escrituras, a través de la Genealogía del Señor Jesucristo, vemos que se refieren a Adán, el primer hombre, como el hijo de Dios (Lucas 3:38), y, en la predicación de Pablo a los atenieses, nos muestra que  la humanidad en general como “la descendencia de Dios” (Hechos 17:29). El hombre es el único ser viviente sobre esta Tierra que posee un alma inmortal dada por Dios— el Padre de los Espíritus (Hebreos 12:9). Tal espíritu inmortal con más seguridad nos hace portadores de la imagen-divina.

·        Con Inclinación Religiosa
Esta característica, la parte espiritual, lleva al hombre a buscar a Dios. Pero en su condición pecadora, “depravada”, le impide hacerlo como conviene. El hombre ha buscado llenar ese vacío, para ellos idean medios como los  objetos animados, como son los animales, o inanimados como son un árbol, una roca con forma de “algo”, el rayo, el sol, etc. Como un escritor observó, la evidencia revela que “ninguna raza o tribu de hombres, por degradada y aparentemente impía, carece de esa chispa de capacidad religiosa que puede ser avivada y alimentada en un fuego imponente”.
Pero en la actual condición perdida del hombre, la única forma de llegar a la verdadera fe, es por medio de la misma revelación de Dios. El  hombre en su condición  ha perdido su camino, y Dios mismo dio la forma de volver a Él.
Y en relación con los animales, no se ha visto ninguno que tenga la inclinación de algún tipo de religiosidad,  ya sea está idólatra o de Dios mismo.

·        Conciencia
El hombre tiene el concepto de moralidad, a pesar que somos pecadores, nos queda remilgos de capacidad de arrepentirnos por los males que hacemos a otras personas. Sabemos por naturaleza de los que es bueno o malo. Pablo, en su carta a los romanos, argumentó que tenemos esta ley escrita en los corazones (romanos 2:14,15): la conciencia acusa  o lo excusa. Cuando esta regla es violada, la conciencia acusa. En cambio, el animal actúa por instinto o movido por algún impulso, pero no tiene conciencia ni moralidad de lo que hace.

·        Responsabilidad.
Es justo que creamos, sin embargo, que el primer hombre estaba caracterizado por una postura erguida, un rostro inteligente y una mirada penetrante y rápida. Esto coloca al hombre aparte del mundo animal, adecuándolo para el “dominio” que Dios le designó (Génesis 1:28), y capacitándolo para tener comunión con su Creador. Es una semejanza mental, moral y social. El ser humano está llamado a “regir” y  “gobernar” con responsabilidad a los seres materiales. No se puede someter a ellos, porque el hombre ha sido puesto por encima de ellos. Tampoco los puede tratar despóticamente, porque debe dar cuentas de ello a Dios que se los confió. Más bien, debe hacer uso de ellos de forma ordenada y para el bien común del ser humano (Génesis 1.29-30).

2.     Facultades Intelectuales
Él tuvo suficiente inteligencia y razonamiento para poner nombres a los animales, conforme  a las características de ellos, a medida que ellos iban desfilando delante de él. Génesis 2:19,20 dice: “Jehová Dios formó,  pues,  de la tierra toda bestia del campo,  y toda ave de los cielos,  y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar;  y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes,  ese es su nombre. Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo;  mas para Adán no se halló ayuda idónea para él.”
Adán  no sólo tuvo la facultad de hablar, sino también la facultad de razonar y pensar en relación con lo que hablaba. El unía las palabras a las ideas. Este no es el cuadro de un salvaje infantil que va avanzado poco a poco hasta adquirir un lenguaje articulado por la imitación de los sonidos de los animales, como pretende hacernos creer la teoría de la evolución.
Mentalmente, el hombre fue creado como un ser racional con voluntad propia – en otras palabras, el hombre puede razonar y elegir. Este es el reflejo de la inteligencia y la libertad de Dios. En cualquier momento, alguien inventa una máquina, escribe un libro, pinta un paisaje, disfruta una sinfonía, calcula una suma, o nombra a una mascota, él o ella están proclamando el hecho de que fueron hechos a la imagen de Dios. Esta “Imago Dei” (Imagen de Dios) que es el hombre, no sólo lo coloca en una esfera superior a la creación de los seres materiales, sino que le revela también su vocación a la trascendencia. Por eso el hombre lleva en su interior el deseo permanente de Dios, que es la felicidad plena y verdadera.
El relato del Génesis 3:8: “…Jehová Dios que se paseaba en el huerto,  al aire del día…”, da a entender que era habitual que Dios bajase a conversar con el hombre. Es muy probable que le enseñase todo lo que Adán necesitase saber con referente a los animales y su cuidado, lo mismo en relación a la plantas y, quizás, como cultivarlas.
Parte del haber sido hechos a la imagen de Dios, es que Adán tuvo la capacidad de tomar decisiones libremente. Aunque le fue dada una naturaleza justa, Adán hizo una mala decisión al rebelarse en contra de su Creador. Al hacerlo, Adán dañó la imagen de Dios de su interior, y pasó esa semejanza dañada a todos sus descendientes, incluyéndonos (Romanos 5:12). Hoy, todavía llevamos esa semejanza de Dios (Santiago 3:9), pero también llevamos las cicatrices del pecado. Y mostramos los efectos mentalmente, moralmente, social y físicamente.

3.     Naturaleza Moral del Hombre
El  relato de Génisis 3 es la prueba moral que Adán no pudo pasar. Adán  tenía poder para resistir y para ceder al mal moral. El pecado era una cosa voluntaria. Cristo, el segundo Adán,  resistió  una prueba semejante (Mateo 4:1-10, Lucas 4:1-14), pero salió triunfante de esta batalla.
La Biblia muestra que el hombre (Adán) no era un ser degradado, sino que  estaba en estado muy superior, estaba sin pecado. Dado su carácter sin pecado, su santidad era tal que lo capacitaba para disfrutar de una perfecta comunión con Dios. Desde el momento que pecó, la moralidad del hombre se fue degradando hasta llegar a perversidades innombrables.
El Reconocimiento del bien y del mal pertenece sólo al hombre. A un animal se le puede enseñar  que no haga ciertas cosas, pero no las hará porque sepa distinguir lo bueno y lo malo, sino simplemente porque sabe que tal cosa no agrada a su amo. En otras palabras, los animales no poseen naturaleza religiosa o moral; no son capaces de absorber verdades relativas a Dios y la moral.
De cualquier manera, Adán  fue creado en un estado  de santidad (sea esta pasiva o no) y no estaba sujeto a la ley de la muerte, estaba sin pecado. Su santidad era tal que lo capacitaba para disfrutar de perfecta comunión con Dios.  Pero todavía no poseía los más altos privilegios reservados para el ser humano, aún no había sido elevado por encima de la posibilidad de errar, pecar y morir. Él aún no poseía el mayor grado de santidad, ni participaba de la vida en toda su plenitud. Lo anterior se puede resumir del siguiente modo: “Adán poseyó santidad (porque era más que “inocente”) de criatura (porque su santidad no era igual a la de su Creador) no confirmada (porque aún no había sido probado)[4]”.
4.     El Libre albedrio del Hombre.
El libre albedrío es la libertad que Dios dejó a la voluntad del hombre para elegir. El hombre no es una máquina manejada por Dios, es un ser libre para hacer lo que quiere. Algunos echan la responsabilidad del pecado a la "mala suerte" o al  "destino" pero ninguno es culpable sino el hombre mismo, pues cada individuo tiene la facultad de elegir (libre albedrío) entre el bien y el mal. Precisamente, por ese libre albedrío que Dios nos ha dado es que somos responsables de nuestros hechos. (Romanos 14:12) Dios, reconociendo esa libertad, no nos obliga a hacer Su voluntad sino que nos invita y nos ruega (Isaías 55:1, Romanos 12:1).
Teniendo en mente lo anterior, podemos decir que Adán  tenía libre albedrío y una mente capaz de pesar sus opciones. “Adán, por lo tanto, pudiera haber resistido si hubiera querido, puesto que cayó meramente por su propia voluntad; pero debido a que su voluntad era flexible hacia cualquiera de los dos lados, y él no estaba dotado de la constancia para perseverar, cayó fácilmente. Sin embargo, su elección del bien y el mal fue libre; y no sólo así, sino que su mente y voluntad estaban poseídas de una rectitud consumada, y todas sus partes orgánicas estaban correctamente dispuestas hacia la obediencia, hasta que, destruyéndose a sí mismo, él corrompió todas sus excelencias”( Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, I, XV, 215).
Hay otros seres en el universo que Dios ha creado, éstos son ángeles o también llamados espíritus. Ellos no tienen cuerpos humanos ni almas y son más poderosos que los seres humanos. También ellos han sido creados para servir a Dios, pero así como el hombre, tienen una libre voluntad. Algunos de ellos cayeron en el pecado de desobediencia (Isaías 14:12-15).
Dios podría haber hecho cierto número de máquinas para hacer su voluntad mecánicamente, no obstante Él eligió crear seres que podían, si lo desearan, servirle voluntariamente y amarlo libremente. No podemos comprender por qué Él deseó hacerlo de este modo, pero la evidencia claramente abunda a través de la historia mostrando que el hombre elige sus decisiones y Dios elige las consecuencias.



[1] Emmanuel Swedenborg: (1688, 1772) Teósofo sueco; doctor en filosofía; fundó la revista científica. En 1743 tuvo sus primeras visiones. Publicó luego varios libros, y predicó en Alemania, Francia y Gran Bretaña su doctrina,
[2] A la Imagen y Semejanza de Dios”, Curso Intermedio por Correspondencia de Evidencias Cristianas de Apologetics Press Bert Thompson, Ph.D. y Eric Lyons, M.Min., Pág 7
[3] ídem, pág. 8
[4] Charles Ryrie, Teología Básica, Página228

¿POR QUE VOSOTROS NO ME CREÉIS?

Juan 8:46


Una multitud caprichosa rodeó el Señor Jesús cuando El hizo esta pre­gunta. No eran paganos: era un pue­blo religioso con un entendimiento am­plio de la Palabra de Dios; pero no te­nían corazón para Cristo. El no era meramente un profeta que se paró en medio de ellos. Era el Hijo eterno de Dios que bajó del cielo en gracia con­descendiente. Todos los que le oyeron, a Dios oyeron, y los que creyeron en El, creyeron en Dios.
Pero los hombres y las mujeres no quieren creer en Dios. La serpiente, el diablo, persuadió a la primera mujer, Eva, que era un guía más seguro que su Creador, y este veneno tan ruinoso está obrando en los corazones de la gente en todas partes hasta hoy día. Líderes religiosos ganan los oídos de las multitudes; sus palabras son creí­das sin vacilación, aun cuando enseñan las herejías más destructivas. Las mul­titudes que prestan atención a los me­dios espiritistas aumentan continua­mente, pero los que creen en Dios, NO.
¡Qué locura tan espantosa! ¿Por qué no acercarnos a la Palabra de Dios con la oración sencilla, "Habla, Jehová, que tu siervo oye" (1 Sam. 3:9)? En ella encontramos LA VERDAD, aunque sea desagradable a la carne orgullosa que se le diga que es corrompi­da en extremo, que un nacimiento to­talmente nuevo es necesario; y que so­lamente por fe en el Señor Jesús y Su preciosa sangre se puede escapar de la condenación del infierno. Igual a unos necios de antaño, no les gusta "lo rec­to", sino prefieren "cosas halagüeñas" y "mentiras" —véase Isaías 30:9, 10.
La pregunta tan penetrante de nuestro Señor en Juan 8:46 dice así, "Pues si digo verdad, ¿por qué vosotros no me creéis? Lector, escudriñe su corazón, le rogamos: y vea qué respuesta puede dar a esta pregunta tan clara.
Sendas de Luz, Febrero-Marzo, 1976

“Cumplido está” Pensamientos sobre el Salmo 22 (Parte III)

«La muerte y el abandono pasaron por tu alma».


El culto es el servicio más maravilloso que haya sido confiado a los hombres. Sin embargo, la mayor parte de los cristianos no dan el primer lugar a ese servicio, e incluso están muy lejos de dárselo. También en eso vemos una victoria de Satanás en sus esfuerzos para apartar de lo que es esencial.
La esencia del culto es la perfección de la víctima y de su obra presentada ante la mirada de Dios. Es cierto que para los rescatados no hay culto sin el recuerdo del sacrificio por el pecado, como lo vemos en la apertura de la alabanza en el capítulo 1 del Apocalipsis, pero, cuanto más examinemos las perfecciones de la víctima en sí misma, tanto más nuestros canastillos estarán llenos para el culto (Deuteronomio 26:11). Y esas perfecciones, que brillan de una manera incomparable en este salmo, son las glorias de Jesús en sus sufrimientos de la cruz.
Se tratan relativamente poco estos sufrimientos en la Escritura ; no se nos dice lo que han sido, pero están sobreentendidos cuando él habla de sus iniquidades (Salmo 40), de sus pecados y de su locura (Salmo 69) o, en el salmo que nos ocupa, del desamparo por parte de Dios. Se los discierne cuando la Palabra nos habla de esa espada que despertó contra el pastor de Jehová, contra el hombre compañero suyo (Zacarías 13:7), cuando el Señor menciona que las aguas le entraron hasta el alma, que él está hundido en cieno profundo y que la corriente le ha anegado (Salmo 69). Éstas son cosas insondables para el espíritu humano, las que sólo podremos comprender en la eternidad. El versículo 2 de nuestro salmo, como también los versículos 14 y 15, nos dan una idea de la intensidad de los sufrimientos de aquel que de tal manera fue desamparado y herido por Dios. "¡Dios mío, clamo (de día, y no respondes; de noche también, y no hay para mí sosiego!". Él, que en el Salmo 63 dice: "¡Oh Dios, Dios mío eres tú! ¡De madrugada te buscaré!" debe reconocer aquí: "clamo de día, y no respondes". Se dirige a su "Dios fuerte", pero no obtiene respuesta. Sin embargo, es muy digno de ver que el Señor tiene el rostro dirigido hacia Dios y vierte ante él su queja. Si bien su oración no tiene acceso a Dios, como está escrito en las Lamentaciones de Jeremías (3:8), Dios permanece siendo siempre el objeto de su corazón y el motivo de su vida. La perfección suprema del Señor Jesús fue manifestada así en sus mismos sufrimientos de la cruz; allí, lo que él es fue demostrado de una manera absoluta; y es la perfección de la víctima lo que, como adoradores, presentamos a Dios, su Padre.
No solamente contemplamos en este salmo las perfecciones de la naturaleza del Señor, sino también las perfecciones de sus sentimientos, y en particular la confianza que se manifiesta en ese mismo momento. Cuando Jesús está clavado en la cruz, proclama la santidad de Dios: "Empero tú eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel" (v. 3). Él se asocia con Israel al reconocer que Jehová es digno de sus alabanzas, al mismo tiempo que mide lo que es la santidad de Dios al soportar el peso de toda su cólera contra el pecado. No era posible para la santidad de Dios que hombres pecadores fuesen reconciliados con él, a menos que una víctima perfecta fuera ofrecida por ellos. Hacía falta la perfección de esta víctima pura y sin mancha para responder a la santidad divina. El Señor Jesús, mediante su muerte en la cruz, dio ocasión a su Padre para desplegar su gloria por la eternidad. Se ha podido decir que, de no haber habido ningún pecador salvado, el Señor habría dado su vida para que la gloria moral de Dios fuese eternamente manifestada.
En los pocos versículos que siguen, Cristo recuerda la fidelidad de Dios, quien siempre salvó sin excepción a los que confían en él. El mismo Señor había invitado a confiar en Dios, y helo aquí públicamente ante los hombres, ante los ángeles, ante toda la Historia, obligado a proclamar que él mismo está desamparado por Dios.
¡Qué motivo de asombro es esta escena extraordinaria para los ángeles que la contemplan! En efecto, el Señor declara en el versículo 4: "En ti confiaron nuestros padres... y tú los salvaste". Jamás en toda la historia de la humanidad se había visto un hombre que, habiendo confiado en Dios, fuese desamparado por él. En apariencia, Dios se negaba a sí mismo. En el Salmo 69 el Señor, al interceder por los suyos, pide que no sean confundidos a causa de él. Ruega que el desamparo del cual es objeto no sea un motivo de escándalo para los santos, una piedra de tropiezo para los que buscan a Dios, quienes, a causa de tal espectáculo, podrían llegar a dudar de su fidelidad. Guardando la justa proporción, es el sentimiento que hacía decir a Pablo en sus tribulaciones: "Os ruego que no desfallezcáis a causa de las tribulaciones que por vosotros sufro, las cuales son una gloria para vosotros" (Efesios 3:13). Aquí, en los versículos 4 y 5, Jesús da testimonio de la fidelidad de Dios, la que jamás había dejado de responder a la fe de los padres ni a la de nadie. Pero, en el versículo que sigue (v. 6), él se presenta como un contraste. Allí podemos considerarle en su increíble sumisión, en su humillación sin par: “Mas yo soy gusano, y no hombre...”
Se ve, en los versículos 7 y 8, cuánto sufrió el Señor a causa de la burla de la que era objeto cuando estaba en la cruz, y principalmente por esta pérfida expresión de los principales del pueblo: "Se encomendó a Jehová; líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía". El corazón del Señor fue infinitamente sensible a esta flecha que estaba bajo la lengua de los hombres, según la expresión del Salmo 57: "hijos de hombres, cuyos dientes son lanzas y saetas, y su lengua una espada aguda" - El era acusado, como anteriormente Job por sus amigos, de no haber complacido a Dios: "líbrele ahora, si le quiere" (Mateo 27:43). Eso también confesará más tarde el residuo: "nosotros le reputamos como herido, castigado de Dios..." (Isaías 53:4). Mientras Job, quien anteriormente no había pecado con sus labios, vaciló ante esa prueba, Cristo se mantuvo firme y sus propias perfecciones fueron manifestadas.
Con relación a este desafío: “¡sálvele, ya que se complace en él”, es precioso oír, como un eco proveniente del otro lado de la resurrección, la respuesta del Señor Jesús: “me sigue librando, por cuanto se complace en mí” (Salmo 18:19). El desafío, además, se dirige al propio Jehová y se puede pensar en lo que fue para el corazón de Aquel que, en el Jordán, había abierto el cielo para declarar: "Tú eres mi amado Hijo; en ti hallo mi complacencia" (Marcos 1:11). Por otra parte, hagámoslo notar, los propios testigos comprueban aquí que, en ese momento supremo, Cristo se confía a Jehová.
Parece que en el versículo 9 el Señor llama a Dios. Si los hombres pensaron y dijeron que él no había agradado a Jehová -pues de otro modo él le habría salvado- Cristo expresa su certidumbre interior en cuanto a que, desde el seno de su madre, él se confió a Dios. También se puede contrastarle con Job, quien, en el día de la prueba, al pasar por el crisol, exclamó: "¿Por qué no morí yo desde la matriz?" (Job 3:11).
Un detalle que pone de relieve esta confianza del Señor es que, en el momento de su desamparo, no dice "Oh Dios", como en el Salmo 63 por ejemplo, sino "Dios mío" (v. 1, 2 y 10). Es éste un detalle aparentemente formal, pero en realidad tal detalle pone de manifiesto una verdad infinita.
El Señor realiza plenamente lo que es la fidelidad en lo tocante a la confianza, algo que nosotros conocemos tan poco y que, sin embargo, es una de las grandes virtudes de la fe.
¿Durante cuántos instantes, en el curso de un año, tenemos confianza en Dios? Nos apoyamos más fácilmente en las circunstancias, en los hombres o en toda clase de cosas. Jesús habría podido apoyarse en su poder divino; habría podido protegerse, buscar una salida en muchas ocasiones; pero nunca lo hizo. Así lo vemos en la barca, mientras dormía, cuando, una vez que su confianza fue completamente manifestada, él pudo hablar como Dios para reprender al viento y al mar. Toda su vida en lo privado fue siempre así. La confianza perfecta, constantemente manifestada hasta entonces por el Señor, le permite hablar como lo hace en circunstancias tan difíciles. Y precisamente él, el único que había podido comprobar que se podía confiar absolutamente en Dios, ése mismo, después de haber marcado ese camino públicamente, proclama que el Dios en quien ha confiado le abandona, pero, al mismo tiempo, proclama que, sin embargo, ¡continúa confiando en su Dios! No hay aspecto más elevado de la perfección de Cristo.
No bastaba que la vida del Señor aquí abajo, esa vida de confianza fuera ya algo maravilloso, pues lo más bello, lo más glorioso habría faltado en la gloria de Dios. Hacía falta esta circunstancia inaudita del desamparo para poner en evidencia la verdadera medida de la perfección de Cristo manifestada con su confianza. Nadie podrá decir: Cristo confió porque Dios estaba a su favor, o también porque no tenía pecado, ya que le es más difícil confiar en Dios a un hombre que está cargado con su pecado. Vemos a Cristo confiar en Dios cuando Dios estaba contra él como no lo estará jamás contra nadie. Él permanece perfecto, igual a sí mismo hasta el fin de la prueba.
Si nosotros podemos gozar de las consecuencias de esta confianza en Dios, lo debemos exclusivamente -tanto los creyentes anteriores a la cruz como los posteriores a ella- al hecho de que Jesús soportó esos sufrimientos sin flaquear y sin tener apoyo alguno. ¿Qué es lo que invadiría el alma de todo pecador, como nosotros, en una prueba mucho menos intensa que aquélla? La desesperación. La desesperación se apodera de un hombre cuando ya no tiene más apoyo. Y Jesús no tiene ningún apoyo a su alrededor, ningún apoyo, ni de parte de los ángeles ni de parte de Dios. Sin embargo, nada le faltaba en cuanto a confianza; Jesús tenía confianza en Dios cuando no había ninguna razón exterior para tenerla. No había más que una sola razón, de orden interior: su propia perfección.
Hacía mucha falta que esta prueba sin par tuviera efecto, sin lo cual los problemas morales esenciales jamás habrían sido abordados. Pero ahora todo es una perfecta seguridad; cualquier cuestión moral que se considere, se la ve solucionada en la cruz. Satanás no tiene más nada que decir; tiene la boca cerrada; la tuvo así durante la vida de Cristo y la tiene en la muerte de Cristo. Vemos allí el triunfo absoluto del hombre perfecto sobre todas las consecuencias del mal.
¡Cuán grande trabajo fue necesario a causa de la entrada del pecado en el mundo! La desconfianza fue sembrada en el corazón de Adán y en el de Eva en ocasión de la caída. Fue necesaria la confianza de Cristo hasta el desamparo mismo para restablecer la confianza del hombre ante Dios; también fue preciso que Dios fuera glorificado de una manera infinitamente superior mediante la confianza de Jesús durante las tres horas. La gloria de Dios, ofendida por la desconfianza, exigía esta medida.
Con facilidad tenemos tendencia a considerar estos hechos de una manera general y superficial, pero Dios desea que recordemos que todos estos sufrimientos eran reales. Las verdades morales y espirituales son muy superiores a todas las otras realidades. Y no hay una verdad moral que no haya sido abordada en la cruz; todas las verdades se encuentran allí liquidadas, todas las cuestiones están allí fundamentalmente solucionadas, para gloria de Dios, para gloria de Cristo y para bendición de los elegidos. Por eso, considerar la cruz es considerar lo más maravilloso y lo más santo. No hay nada más excelente que estudiar la cruz.

El amor, la confianza, la obediencia, la dependencia cabal, todos estos rasgos diversos de la vida divina nos los hace contemplar Jesús en su vida y, ante todo, en su muerte. De ello se nutre la Iglesia.