miércoles, 1 de agosto de 2012

El Gobierno De Nuestros Pensamientos


"Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro» lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si alguna alabanza, en esto pensad. Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced; y el Dios de paz será con vosotros." (FILIPENSES 4:8-9 RV1909)

El pensar y el hacer conforme a este pasaje son las condiciones según las cuales puede o no el Dios de paz morar en el corazón. Pensar bien y hacer bien — estos dos traerán la santa paloma celestial a anidarse en tu alma. Como toda la grandiosa selva está en germen en la be­llota, así todo en la vida tiene su origen en los pensamientos. Las mismas Escrituras recalcan es­to, pues el sabio Salomón dice: "Sobre toda cosa guardada, guarda, tu corazón, porque de él mana la vida", y ''Cual es su pensamiento en el alma, tal es él" (Prov. 4.23 y 23:7). En este con­texto notamos ya que la paz de Dios debe guar­dar nuestros pensamientos, y aquí otra vez dice el texto: "En esto pensad". Él control de tu pen­sar, el gobierno de tu mente es, pues, de suma im­portancia, y por tres razones.

(1) Porque al pensar en las cosas que hacer te estás preparando para hacerlas. Luego de revolver un asunto en la mente, dándolo vueltas y considerándolo bajo todos los aspectos, viene a ser fácil ejecutarlo. Es como si los pensamientos colocasen los rieles para que caminara el tren de la acción, o si tendiesen los alambres telegráficos sobre los cuales correrán luego los mensajes. Muchos de vosotros habréis experimentado alguna vez que al llegar a una crisis en la vida, la habéis podido sobrellevar con facilidad por haberla an­ticipado a menudo en la mente; cuando llegó el momento para obrar estabais ya tan preparados co­mo si hubieseis ya pasado anteriormente por esta experiencia. Es, por tanto, de suma importan­cia que cuidéis el pensar, porque el pensamiento es el precursor, el heraldo, de la acción.

(2) El pensamiento es importante tam­bién porque afecta todo el carácter. Cual piensas, tal eres, casi sin darte cuenta.
Si uno acaricia pensamientos malos no puede sino deteriorarse moralmente. El apóstol expreso una filosofía profunda en el capítulo uno de Ro­manos, donde dice que, como no quisieron tener a Dios en su noticia, sino se encendieron en sus concupiscencias, Dios los entregó a inmundicia, a afectos vergonzosos, "para contaminar sus cuerpos entre sí, etcétera." Si un hombre está continua­mente abrigando en su corazón pensamientos in­dignos, impuros y falsos, él mismo llegará a ser indigno, impuro y falso; pues el carácter asume la tez y el tono del pensar interior. Si, en cambio, un hombre cultiva siempre pensamientos nobles no puede menos que ser noble; si es generoso en el pensamiento lo será en el acto; si es bondadoso y cariñoso en su pensamiento lo será en su porte. Los pensamientos son los telares de la vida íntima, que funcionan día y noche, tejiendo las vestimentas del alma. Si pones cuidado en lo que piensas, los pensamientos moldearán in­conscientemente tu carácter.

(3) El pensamiento importante porque de las ideas vienen los ideales.
Cada uno sigue en pos de su ideal. Colón, tras mucho pensar, se convenció de que la tie­rra era redonda, y esa convicción le determinó a echar su barco al mar y tomar su rumbo al occidente. Washington pensó que el gobierno debiera basarse en el sufragio universal y el libre voto del pueblo, y esta idea resultó en la formación de los Estados Unidos. Wilberforce lu­chó por la abolición de la esclavitud, porque creyó que cada ser humano es libre delante de Dios, creado para ser responsable solo a su Creador, sin coerción de parte de sus semejantes.
Puede ser que estas palabras sean leídas por hombres y mujeres jóvenes en cuyos cerebros se están formulando grandes pensamientos. Si habéis de llegar a ser más que meros entusiastas soñadores inútiles, tendréis que llegar al momento, como dice Emerson, de uncir el carro de vuestro pensa­miento a la estrella de vuestro ideal. Únicamente así se erguirá delante de vuestros semejantes una vida noble que dejará huellas de bendición en el mundo. Joven amigo, si quieres ser algo más que soñador visionario, tu pensamiento debe expresarse en industria y energía hasta bañar tu frente de sudor o culminar en sufrir el martirio.
Es notable cómo Bunyan hace decir a Ignoran­cia, mientras caminaba al lado de los dos peregri­nos de más experiencia: "Mi corazón es tan bueno como el de cualquiera", y agrega, "en cuanto a mis pensamientos, no les hago caso." Probablemen­te existen muchas personas que no hacen caso de sus pensamientos; dejan la puerta de su alma abierta de par en par, para que entre cualquier intruso, sea del cielo o del infierno. De modo que los pensamientos del mundo, de vanidad, de impureza, pensamientos inspirados por demonios pero revestidos de traje de ciudadano respetable, irrumpen por esta puerta ancha y arrasan el patio adentro llenándolo con su bulliciosa turba. Ta­les personas, sin discernimiento, ni cuidado, ni atención de su parte, permiten que los invadan y se posesionen de ellos pensamientos de que debie­ran avergonzarse, que entran y salen y hacen a su gusto. Es por esta razón que tú encuentras a veces Heno de pasiones tu corazón, pues algún conspirador se ha metido disfrazado en la ciudadela con explosivos escondidos debajo de sus ro­pas. Es así que se llenan nuestros corazones al­gunas veces de odios, malicia, rencores, con sen­timientos malos contra Dios y nuestro prójimo, porque hemos dejado de poner guarda a la entra­da principal.
Pensad con cuidado, pensad con reverencia, dice el apóstol; poned mucha atención en cómo pensáis. Casi se pudiera decir, podéis vivir como queréis con tal que cuidéis vuestro pensar. En los grandes hospitales se revisa a los que llegan en días de visita para evitar que se introduzcan algunos comestibles perjudiciales a los enfermos, que malograrían el tratamiento médico. Ojalá tu­viésemos siempre un vigilante a la puerta del co­razón para escudriñar cada pensamiento antes que entre. Cuántas veces descubrimos que algún pensamiento, aparentemente respetable, era en re­alidad un traidor del mismo abismo que intenta­ba entrar para encender en nuestro corazón el fu­ego del pecado.
Posiblemente esto es lo que quiso decir Pablo cuando habló de ser crucificado con Cristo; el luchar contra las huestes de malos pensamientos que nos atacan. Para el recién convertido no hay nada que hace sufrir más que aquel choque entre los pensamientos intrusos y el nuevo prin­cipio divino que ya quiere imperar. Si tan sólo por unas horas te pones en guardia a la puerta de tu corazón, verás cómo con cuánta dificultad, casi con dolor, se lucha para excluir a los que ya tie­nes por sospechosos. En sostener esta lucha se aprende, quizás por primera vez, lo que significa la cruz de Cristo. Hasta te puede hacer sudar el esfuerzo tan intenso para resistir ciertos pensa­mientos tentadores — tan fascinadores, atractivos, tan halagadores, que se presentan con suma gracia. Anteriormente cuando uno no tenía normas tan elevadas, cuando se daba menos cuenta de lo in­sidioso de la tentación tras ciertos pensamientos muy atrayentes, se les había franqueado la entra­da, pero ahora ya se libra un conflicto tremendo a la puerta del alma para cerrar el paso no sólo contra los pensamientos atrevidos y malos, sino contra los más placenteros y seductores.
Pero si fuésemos librados a esta constante vigilancia y esta terrible lucha contra pensamien­tos malos, la vida se volvería casi insoportable Acordémonos entonces, que no solo lo negativo pero también lo positivo, no solo la destrucción sino también la construcción, constituyen la regla de la vida cristiana. No la tumba de Cristo, sino el poder de su resurrección es la base de nuestra esperanza; por lo cual Pablo sigue y nos dice en que debemos ocupar la mente, dándonos seis clases de pensamiento de modelo:
1.      "Todo lo que es verdadero". Desechando de tu mente lo falso, admite lo verdadero sola­mente, puesto que toda vida individual, todo go­bierno, todo negocio y empresa comercial, que no estén fundados en la verdad se desmoronarán tarde o temprano. Si se pudiera visitar este mun­do siglos más tarde, se hallaría que las mentiras que ahora se blasonan en el escenario y parecen tan vigorosas como los cardos de primavera, se habrán desvanecido del todo. Medita pues en lo verdadero.
2.      "Todo lo honesto". La palabra honesto en griego significa — "serio, digno de reverencia, lo que merece respeto" — todo lo que es respetable, que se granjea respeto. Excluye de tu mente lo deshonesto y admite solo lo que es digno de Dios.
3.      "Todo lo justo". Sé siempre justo en tu es­timación de otros, acordándoles lo que merecen. Si son tus superiores, sé justo al criticarlos; sin son iguales, trátalos como quisieras que ellos te traten a ti; si son tus inferiores, sé justo y compa­sivo con ellos. Elimina todo lo injusto en tu ha­blar u obrar, cultiva todo lo justo.
4.      "Todo lo puro." Aquí entra la lucha del joven para contrarrestarlo impuro, por más di­simulado y acicalado que aparezca y admitir en el corazón solamente lo que es bien puro, como el lirio, como la luz.
5.      "Todo lo amable". Aquello que es de acuer­do con el amor descrito en 1 Cor. 13, aquello que emana del corazón amoroso y que sirve para derretir el hielo del egoísmo que se ha formado en otros corazones.
6.      "Todo lo que es de buen nombre". Como aquellos siete hombres de buen testimonio (He­chos 6:3); como María de quien testificó el Se­ñor. "Ella ha hecho lo que podía"; como el sier­vo con los diez talentos a quien el Señor dijo, "Bien hecho, buen siervo y fiel" — todo lo que hay en el prójimo de virtuoso y que merece la aprobación de Dios, en esto, dice el apóstol, en esto pensad.
Que se pongan estas seis centinelas ante la entrada de tu corazón, para recusar cada pensa­miento que se presenta, y admitir solo los que se pueden aprobar de verdadero, justo, puro, ama­ble, y de buen nombre. Oh Dios, manda a estos seis centinelas en nuestras almas para que de hoy en adelante, todo el gobierno de nuestro ser es­té bajo su fuerte, saludable y sereno dominio; que todo lo que no sea de su agrado sea sojuzga­do, y todo lo aprobado de ellos sea aceptado pa­ra llenar el corazón y hacer allí morada perma­nentemente.
Quizás me dirás que el ideal es demasiado alto. Sí, es alto, pero escúchame: tenemos que creer que cada uno de estos atributos fue ganado por Cristo para cada uno de nosotros — ganado por él. En él eran innatos, pero él los adquirió, porque los ganó por medio de la tentación. Los retuvo como suyos mientras encaró las tentaciones más terribles que se hayan presentado a ser humano. Habiendo soportado todo, murió, resu­citó, y llevó a la diestra de Dios una perfecta hu­manidad en que estos atributos eran eternamente inherentes, y entonces envió a su Santo Espíritu para reproducir esta humanidad resucitada en ca­da uno que cree en él. La fe es el medio por el cual recibimos mediante el Espíritu Santo la naturaleza de Jesucristo en nuestros corazones: de modo que en vez de hablar justicia, pureza y templanza, como de tantas cualidades abstractas, hablemos de aquel en quien estos atributos son encarnados. Por la fe le recibimos a él, y habiéndole recibido a él, recibimos aquellas cualidades. Deja que el Espíritu Santo reproduz­ca a Cristo en ti.
Acabamos de decir "Pónganse estas seis centinelas a la puerta para probar todos nuestros pensamientos." Pero es mucho mejor decir: "Que se ponga el Señor Jesús a la puerta para probarlos", pues él puede, no sólo hablar sino hacer retroceder las huestes de malos pensamientos. "Deja que Cristo guarde tus pensamientos, probándolos, desbaratando todos los malos, y llenando el alma con su gloriosa presencia."
Este es el secreto de la presencia inmanente del Dios de paz. El puede morar solo donde el corazón está guardado libre de pensamientos feos y llenado del Espíritu de su Hijo. "El Dios de paz será de vosotros.".

Contendor Por la Fe, N. 43-44, 1966

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