domingo, 28 de diciembre de 2025

La Salvación, Una Introducción (6)

 La Justificación

Puntos clave

   La justificación en la Biblia depende exclusivamente de la muerte de Cristo.

   La justificación es el veredicto final que Dios pronuncia.

   La justificación se recibe por fe.

   La justificación es inspirada por la gracia de Dios.

En noviembre de 1515, Martín Lutero, un profesor de teología sagrada en la Universidad de Wittenberg, comenzó a estudiar la epístola a los Romanos para exponerla en profundidad a sus estudiantes. La experiencia le iba a cambiar la vida. Más adelante escribió:

Entendí la verdad que la justicia de Dios es esa justicia mediante la cual, por pura gracia y misericordia, Él nos justifica por fe. Enseguida supe que había nacido de nuevo y que había pasado por puertas abiertas al paraíso. Toda la Escritura adquirió un nuevo significado; allí donde antes “la justicia de Dios” me había llenado de odio, ahora vino a ser indescriptiblemente agradable para en un amor más grande. Este pasaje de Pablo se convirtió en una puerta al cielo para mí.

Se puede decir que la Reforma comenzó en el momento en que Lutero clavó sus noventa y cinco tesis a la puerta de la iglesia del Castillo de Wittenberg el 31 de octubre de 1517. Estaba indignado por la venta de “indulgencias” de la iglesia católica, que prometían la remisión de pecados a cambio del pago de dinero. Las noventa y cinco tesis fueron el intento de Lutero de exponer la corrupción doctrinal y moral de la iglesia católica romana.  Por ejemplo, la tesis ochenta y seis preguntas: “¿Por qué el papa, cuya fortuna hoy es mayor que la del pudiente Craso, no construye la basílica de San Pedro con su propio dinero, en lugar de hacerlo con el de los pobres creyentes?” El debate que provocó se extendió por toda Europa. La iglesia católica perdió muchos seguidores y surgieron muchas iglesias nuevas. Aunque la iglesia católica ya no vende “indulgencias” y ha corregido algunos de sus casos más extremos de corrupción, aún enseña que la aceptación de Dios no depende exclusivamente de la fe. Enseña que la justificación depende del sacramento del bautismo, se mantiene por penitencia y se puede perder por un pecado “mortal”.

La palabra “justificar” (dikaioo) significa librar de culpa y declarar ser justo. Aquellos a quienes Dios ha justificado son, como resultado, “justos” a los ojos de Dios.

La justificación es una verdad clave del Nuevo Testamento, ya que se ocupa de las preguntas más fundamentales: ¿cómo podemos ser justos ante Dios? El Señor Jesucristo y los apóstoles enseñaron que ningún hombre jamás ha vivido una vida perfectamente justa, excepto el Señor Jesucristo mismo. Él es el “Justo” (Hch. 3:14), mientras que nosotros somos los “injustos” (1 P. 3:18). Debido a nuestra naturaleza pecaminosa, nunca seremos justos a los ojos de Dios. Sin embargo, Dios está dispuesto a justificarnos. Él lo hace si nos arrepentimos de nuestros pecados y ponemos nuestra confianza en Él. De ahí que lo crucial sea nuestra actitud hacia Dios. Esto requiere un cambio de nuestra parte, porque nuestra tendencia natural es oponernos a Dios.

Cuando Dios justifica al hombre, actúa como juez y libra de culpa al pecador. Esto sucede en el momento de la conversión, pero será revelado plenamente cuando lleguemos al cielo.

La justificación no significa quitar la capacidad de pecar, sino es más bien un veredicto. Dios libra de culpa al pecador porque su castigo ha sido llevado por Cristo, y el pecador recibe el beneficio de ello cuando confía en Cristo para salvación. Dios ya no le exigirá al pecador que tenga que responder por sus pecados, sino que lo considera como alguien que no tiene que dar cuenta de ningún pecado. El pecador es redefinido como uno que está “en Cristo”, y no “en Adán”.

Un hombre o una mujer es justificado(a) en el momento de su salvación. Cuando la persona pone su fe en Dios, Él lo justifica. El medio de la justificación para nosotros es la fe.

La gracia y el amor de Dios son la inspiración de la salvación. Él justifica porque desea salvar al hombre. Sin importar cuánta gracia mostrara Dios, no podía hacer algo incorrecto. No era posible que simplemente nos absolviera. El pecado es un delito y una transgresión de la ley de Dios que debe ser castigado. La cruz es la solución de Dios al problema de nuestra culpa. Al castigar a su Hijo por nuestro pecado, ya no tiene la necesidad de castigarnos a nosotros. Evidentemente, el beneficio de la cruz sólo es experimentado por los que lo aceptan. La salvación es un regalo que Dios ofrece. Si la salvación es rechazada, Dios castigará al que haya rechazado su oferta. El hecho de que el Señor Jesucristo soportara el castigo por el pecado en todas sus formas no significa que Dios no pueda castigar a un hombre por sus propios pecados. Al creerle a Dios, se le da al creyente vida eterna, sus pecados son perdonados, recibe al Espíritu Santo, pero la más importante de todas sus bendiciones es la verdad de que Dios ahora lo considera justificado y libre de toda culpa.

La capacidad de vivir de manera justa es muy diferente. El hecho de que Dios nos ha justificado es una verdad posicional y no influye directamente en nuestra justicia personal. Sin embargo, en el momento de la salvación, Dios también le da al creyente una nueva naturaleza a través del nuevo nacimiento, el Espíritu Santo para que more dentro de él y la guía escrita en la Biblia para ayudarlo a desarrollar su justicia personal.

Quizás sea la verdad más importante del Nuevo Testamento. Nuestra salvación depende de ella. La cruz es su fundamento. Aunque es peligroso ordenar las doctrinas por orden de importancia, se puede observar que, en el discurso más grande de Pablo sobre la salvación, la epístola a los Romanos, el punto central es la justificación. Como Dios puede librar de culpa al pecador, también puede impartirle nueva vida y perdonarlo.

Como hemos notado, la justificación y la justicia están interrelacionadas. Un hombre justo es un hombre recto. La Biblia llama “justos” a ciertas personas (como Simeón en Lc. 2:25 y Abel en Mt. 23:35) no porque nunca pecaran, ni porque fueran justificados por fe (aunque sí lo fueron), sino porque sus vidas eran rectas y justas. Pero ningún hombre, a excepción del Señor Jesucristo, es absolutamente justo o recto.

ESCRITURAS CLAVE

Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido (Lucas 18:13,14).

¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica (Romanos 8:33).

Porque de la justicia que es por la ley Moisés escribe así: El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas (Romanos 10:5).

Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20).

El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado (Gálatas 2:16).

Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley (Romanos 3:28).

Y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree (Hechos 13:39).

Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús (Romanos 3:23-26).

Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque, así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos (Romanos 5:18,19).

Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira (Romanos 5:9).

Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación (Romanos 4:24,25).

¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:33,34).

CITAS CLAVE

La justificación no significa que se hayan pasado por alto, suspendido o alterado las demandas justas de Dios, sino que en Cristo han sido satisfechas todas sus demandas. La vida de perfecta obediencia a la ley que llevó Cristo y su muerte expiatoria que pagó el castigo son las bases de nuestra justificación (Ro. 5:9).  Charles Caldwell Ryrie

En la teología, la justificación es el acto jurídico por medio del cual Dios declara que uno es justo al imputarle justicia. Es algo jurídico, no basado en la experiencia, y todos los creyentes en Cristo son igualmente justificados.  John F. Walvoord.


Alan Summers

La Mujer que agrada a Dios (3)


 

La mujer Ideal

 


Al seguir buscando cómo es la mujer que agrada a Dios observaremos las características de otras mujeres que encontramos en el Nuevo Testamento No hay descripciones completas, más bien vislumbramos instantáneas. Es poco probable que una sola mujer pudiera encarnar el ideal divino. Por esta razón haremos un cuadro compuesto tomando de varias mujeres el conjunto de virtudes que agradan a Dios,

SUMISION Y OBEDIENCIA

Haremos bien si empezamos con María, la madre de nuestro Señor. ¿Qué hubo en esta mujer que hizo que Dios le mostrara su favor en una manera tan singular? Sólo se nos dice que era una virgen, desposada con José. Seguramente había pureza en su vida y devoción a Dios en su corazón, aunque no se habla de ello. Nuestra ventana a su carácter está en su respuesta al ángel: "He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra" (La 1:88). En ella había sumisión y estaba dispuesta a hacer la voluntad de Dios. María estaba totalmente en las manos de Dios porque confiaba en él. ¿Podría haber algo que agrada más a Dios?

María aparece varias veces en las Escrituras. Observemos una ocasión más. Se trata de las bodas de Caná de Galilea (Jn, 2:1-11). María dio el mejor consejo que se puede dar cuando dijo a los siervos: "Haced todo lo que [él] os dijere". No se equivoca la persona que se somete al Señor y obedece su palabra.

Debemos recordar que, aunque María fue tan bendecida y favorecida por Dios, necesitaba la salvación como cualquier ser humano. Ella reconoció esto al decir: "Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador" (Lc. 1:47).

JUSTICIA E IRREPRENSIBLIDAD

Elizabet, la madre de Juan Bautista y pariente de María, era mujer de edad más avanzada. La mayor parte de su vida ya había pasado cuando nos encontramos con ella. ¿Cómo se resume esa vida? Leemos que ella y su marido Zacarías "ambos eran justos delante de Dios y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor" (Lc. 1:6). Esto es lo que Dios desea en nosotros, varones y mujeres por igual: “Nos escogió… para que fuésemos santos y sin mancha delante de él" (Ef. 14),

DEVOCION A DIOS

Ana fue una anciana de Jerusalén que "no se apartaba del templo sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones" (LC 2:37). Estaba en el templo cuando trajeron al niño Jesús para presentarlo al Señor. Al ver al niño ella dio gracias a Dios porque veía en él la redención de Israel. Llena de gozo habló de él a otros. Toda la vida de Ana fue consagrada a Dios: su tiempo, su energía y todo lo que tenía. A nosotras se nos exhorta a presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo a Dios" (Ro. 12:1). Debemos buscar "primeramente el reino de Dios" (Mt. 6:33) y "poner la mira en las cosas de arriba" (Col. 3:2). ¿En qué están puestos nuestros corazones? ¿Para quién es nuestra devoción? ¿Para nosotras mismas; para el mundo o para Dios?

AMOR Y GRATITUD

María Magdalena fue una mujer de quien el Señor echó siete demonios. La primera mención de ella en la Biblia es cuando forma parte del grupo de mujeres " que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades que le servían de sus bienes" (Lc. 8:2, 3). El amor y la gratitud que sentía por su liberación eran tan grandes que quería estar con el Señor para servirle sin importar lo que le costara a ella misma. La vemos otra vez velando afligida junto a la cruz (Mt. 27:55, 56), y luego llorando cerca de la tumba (Jn. 20:1-18). Allí su corazón amante tuvo la satisfacción de ver al Señor resucitado. Marcos nos dice que apareció primero a María Magdalena (Mr. 16:9). ¡Qué galardón tan grande recibió su amor y gratitud!

En otra ocasión el Señor también mostró que apreciaba la gratitud, Cuando sanó a diez leprosos y sólo uno vino a decir gracias y a adorarle, preguntó: "Y los nueve, ¿dónde están?" (Lc. 17:17). Ciertamente debe haber un corazón agradecido en todas las que llamamos a Jesús, Señor

FE

Escribiendo a Timoteo, Pablo dijo: "Trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice" (2 Ti. 1:5). Estas dos mujeres destacan por su fe sincera en Dios, fe que operaba en sus vidas y que comunicaban a Otros. Aparentemente se esmeraron en enseñar las Escrituras al joven.

Timoteo, pensando en su salvación (2 Ti. g: 15). ¡Ojalá que tal fidelidad caracterizara a todas las madres y abuelas y a todas las mujeres que tienen contacto con niños!

ADORACION

Cada vez que vemos a María de Betania ella está a los pies del Señor. En Lucas 10:38-42 está sentada a sus pies escuchando su palabra, En Juan 11:32 cae a sus pies llorando su angustia por la muerte de su hermano. En Juan 12:3 ella unge con perfume muy costoso y los enjugaba con sus cabellos. La fragancia del perfume llenó la casa y la fragancia de su adoración alegró el corazón del Señor. María sabía adorar en espíritu y verdad y Dios "a tales adoradores busca que le adoren" (Jn. 4:28). Alguien ha definido la adoración como el rebosar de un corazón lleno de Cristo. "Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor" (Sal. 95:6).

BUENAS OBRAS

Marta, la de Betania, parece ser muy diferente a su hermana María, y muchas veces se la considera como muy poco espiritual. Es la ama de casa con poco tiempo para el Señor. Pero leemos que "amaba Jesús a Marta" (Jn. 11:5) y ella tenía fe verdadera y leal en él (Jn. 11:21-27). El Señor aprecia y necesita a ambas, las Martas y las Marías. El problema de Marta era que "se preocupaba con muchos quehaceres" (Lc. 10:40) y es muy fácil para nosotras también perder el equilibrio de las cosas. Dios aprecia nuestro servicio, pero no a expensas de nosotras mismas. Lo que somos vale mucho más que lo que hacemos. Necesitamos equilibrio entre el sentarnos a sus pies y el servirle.

En Hechos 9:86-41 leemos de Dorcas que "abundaba en buenas obras y limosnas que hacía". No tenemos detalles de sus buenas obras, pero sabemos qué hacía túnicas y vestidos y que su bondad hacia las viudas fue tal que lloraban y lamentaban su muerte. Ella recibe el nombre de discípula y demostró la realidad de su nueva vida por su cuidado de otros. Es ejemplo vivo de la fe que describe Santiago: fe acompañada por obras (Stg. 2:14-26).

Aunque no somos salvas por obras, lo somos para buenas obras, "las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas" (Ef. 2:9, IO). "De hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis" (Heb. 13:16).

HOSPITALIDAD

En la ciudad de Filipos vivía "una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de Tiatira, que adoraba a Dios" (Hch. 16:14). Era gentil, pero solfa reunirse con mujeres judías piadosas para orar a Dios, Ya que no había sinagoga en Filipos, Pablo y su compañía se juntaron con este grupo de mujeres y empezaron a enseñarles. El Señor abrió el corazón de Lidia y el corazón abierto produjo una casa abierta y ella rogó a los misioneros que aceptaran su hospitalidad. Y fue así como la casa de Lidia fue el lugar donde se empezó a reunir la primera iglesia en Europa. ¡Un corazón abierto, una casa abierta y un continente abierto!

Pedro exhorta: "Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones" (1 P. 4:9) y otro pasaje dice: "No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles" (Heb. 13:2). ¿Cuántas veces hemos perdido la oportunidad de recibir a ángeles por nuestra falta de hospitalidad?

SERVICIO EN EL EVANGELIO

Pablo menciona a varias mujeres en Romanos 16 como ayudantes y colaboradoras en su ministerio. Febe ere "diaconisa de la iglesia en Cencrea" y ella había ayudado a muchos. Priscila, colaboradora de Pablo en Cristo Jesús, sirvió con su marido en Corinto, Éfeso y Roma. Eran aptos para enseñar, la iglesia se reunía en su casa y habían expuesto su vida por Pablo. María había trabajado mucho en Roma. Trifena y Trifosa "trabajaron en el Señor". Pérsida había "trabajado mucho en el Señor". Escribiendo a los filipenses, Pablo menciona que Evodia y Síntique " combatieron juntamente conmigo en el evangelio' (Fil. 4:2, 3).

No se especifica qué tipo de trabajo hicieron estas mujeres, pero las palabras diaconisa, colaboradora y ayuda sugieren un ministerio de apoyo. No hay base para suponer que estas mujeres tenían un ministerio de predicar y enseñar como lo hacía Pablo, como algunos quisieran pensar, pero que ellas trabajaron, y trabajaron mucho, dice algo del fervor y la devoción con que sirvieron al Señor. Lo hicieron para la gloria de Dios y "de tales sacrificios se agrada Dios" (Heb. 13:16).

Fay Smart y Jean Young

El Mayordomo fiel o infiel

 

Dar con liberalidad a la obra del Señor


Como Pablo, ha habido muchos mayordomos de los intereses del Señor que fueron celosos y escrupulosos, muy especialmente en lo que trata del dinero o las ofrendas que componen el tesoro de las asambleas.

El Señor se valió de dos cosas para introducir esta enseñanza y principio de establecer colecta en el pueblo del Señor. La primera cosa era una grande hambre anunciada y la segunda es la gracia de Dios influyendo a su pueblo para estimularlo a contribuir en una colecta para ayudar a las necesidades de los santos.

·   Una grande hambre anunciada: “Levantándose uno de ellos, llamado Agabo, daba a entender por el Espíritu que vendría una grande hambre en toda la tierra habitada.” (Hechos 11:28)

·   Una cooperación prometida: “Solamente nos pidieron que acordásemos de los pobres, lo mismo que fui solícito en hacer.” (Gálatas 2:10)

·   La limpieza de la colecta: Los ofrendantes se ofrecieron a sí mismos primeramente sin reserva alguna como sacrificio al Señor: “Mas aun a sí mismo se dieron primeramente al Señor y a nosotros por la voluntad de Dios.” (2 Corintios 8:5)

·   Cuando debía hacerse la colecta: “Cada primer día de la semana cada uno de vosotros aparte en su casa, guardando lo que por bondad de Dios pudiere, para que cuando yo venga, no hagan entonces colectas.” “Pues de su agrado han dado conforme a sus fuerzas, yo testifico y aun sobre sus fuerzas.” (1 Corintios 16:2, 2 Corintios 8:3)

·   La generosidad para dar: “Ahora, pues, llevad también a cabo el hecho, para que como estuvisteis pronto a querer, así también lo estéis en cumplir conforme a lo que tenéis.” (2 Corintios 8:11)

·   La igualdad para dar: “Cuanto, a la colecta para los santos, haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia.” (1 Corintios 16:1)

·   La honestidad para guardar y llevar la colecta: “Evitando que nadie nos vitupere en esta abundancia que ministramos, procurando las cosas honestas, no sólo delante del Señor, más aún delante de los hombres. Y cuando habré llegado, los que aprobareis por carta, a estos enviaré que lleven vuestro beneficio a Jerusalén.” (2 Corintios 8:20, 1 Corintios 16:3)

Ahora veremos cómo fueron y son impregnados en la gracia de Dios los creyentes para dar con liberalidad a la obra del Señor:

·   La gracia de Dios a las iglesias de Macedonia (2 Corintios 8:1)

·   La gracia de los macedonios en ofrendar para el servicio de los santos, v. 4

·   La gracia de Tito para estimular a los corintios en ofrendar para los santos, v. 6

·   La abundante gracia que Pablo deseaba que practicaran los creyentes, v. 7

·   La gracia del Señor como monumento sobre toda gracia, v. 9

·   La gracia honesta del portador anónimo que acompañaba a Tito, v. 19

·   Acción de gracias a Dios por la solicitud de sus siervos en edificar al pueblo del Señor, v. 16

Pienso que hemos llegado a un tema cuando debemos decir con toda franqueza “la verdad en amor.” Tratándose de la ofrenda del Señor, ¿han reflexionado algunos hermanos tesoreros lo que representa ese privilegio? ¿Han pensado que es un sacrificio ofrecido al Señor? ¿Han meditado que con muchas oraciones es ofrecido ese donativo para el Señor? ¿Han cavilado que entre los ofrendantes hay muchos pobres y viudas que de su extrema pobreza han dado al Señor, que haya algunos acomodados que den muy poco, y que haya algunos muy pobres que den mucho? Este es juicio que sólo compete al Señor. (Lucas 21:1-4)

Se oye de asambleas que tienen miles de bolívares atesorados, mientras que hay otras necesidades latentes en la obra del Señor. Pronto el Señor vendrá y aquellos administradores tendrán que dejar el tesoro, pero también tendrán conciencia de pérdida por no haber tenido sabiduría para administrar.” Para el ministerio, en servir; o el que enseña, en doctrina; el que exhorta, en exhortar; el que reparte, hágalo con simplicidad; el que preside, con solicitud; el que hace misericordia, con alegría.” (Romanos 12:7,8)

Es justo que congregaciones que aspiran tener su local propio tengan su reserva para el momento de fabricar, y que toda asamblea tenga su reserva para casos fortuitos, como entierros y otras necesidades. Pero eso de amontonar dinero no es bíblico. Apartando aquellas necesidades nombradas, los ancianos deben tener sabiduría para repartir equitativamente el excedente en la obra del Señor. Al principio de la Iglesia los apóstoles se ocuparon en la oración y el ministerio de la palabra de Dios; los diáconos se ocuparon en servir o repartir. (Hechos 6:1-6) El pueblo del Señor contribuía espontáneamente para las necesidades de la obra.

Fatalmente siempre ha habido mayordomos infieles, sin capacidad para ministrar los intereses de la obra del Señor, y sin temor alguno meten la mano y disponen del tesoro del Señor para su provecho personal. Esto acontece porque algunos se hacen absolutos. No llaman a consultar con tres o cuatro de sus hermanos responsables para indagar qué hacer con el tesoro del Señor.

Llama la atención dos casos de mucha honestidad en las ofrendas de los tiempos de los reyes de Israel, cuando el estado espiritual del pueblo estaba en muy baja temperatura. “No se tomaba cuenta a los hombres en cuyas manos el dinero era entregado, para que ellos lo diesen a los que hacían la obra; porque lo hacían fielmente. Y que no se les cuente el dinero cuyo manejo se les confiare, porque ellos proceden con fidelidad.” (2 Reyes 12:15, 22:7)

En vista, pues, de evitar los desmanes que escandalizan a los flacos, recomendamos que los ancianos deben ser hombres y no niños. Debemos tratarnos con confianza, audacia y gracia para juntarse y pedir al hermano responsable del dinero que muestre el libro, el dinero o la libreta bancaria donde deposite el dinero. El hermano no debe enojarse porque se haga este arqueo de caja periódicamente, pues no se pide cuenta de lo que es de él, sino de lo que es ajeno. “El que es fiel en lo poco, también en lo más es fiel.”

Otro de los problemas es el de un solo hermano llevando esa carga, y hasta algunos llevan varios tesoros sin organizar bien su asunto que puede estar en peligro. En caso de muerte aparecen herederos de donde menos se espera. Hace poco tiempo murió un miembro de una asamblea, quien tenía cierta posición económica y muchas veces había hablado de dejar parte de sus bienes para la obra del Señor, pero como la cosa no fue bien arreglada, el heredero cargó con todo.

Bien, los hermanos que guardan el tesoro de la asamblea deberían ser hermanos de tres solvencias:

·   solvencia moral, sin acusación de afuera, ni de sus hermanos adentro

·   solvencia conyugal, sin acusación de su esposa e hijos

·   solvencia económica, a lo menos sin deuda con nadie (1 Timoteo 3:4-7, Romanos 13:7,8)

                Después de esto, si el dinero está en un instituto, el depositante no podrá sacar el dinero sin consentimiento de otro hermano; o, un hermano deposita el dinero y otro tiene la libreta. Este último debe tener franqueza y valor para percibir la libreta del depositante cada vez que se lleve dinero al banco.

Creo que hemos hablado con llaneza. Nuestro motivo es hacer bien al pueblo del Señor para que no pase por esas experiencias amargas de mayordomos infieles e inescrupulosos. Puede ser que la intención de algunos no es hacer daño a la obra del Señor, pero el terreno del Señor es lugar santo y hay que quitar los zapatos de los pies. (Éxodo 3:5) Nosotros no podemos juzgar los motivos o el espíritu del hombre, pero sí es cierto que tras una capa de piedad se oculta la avaricia como la Balaam, Giezi o Ananías y Safira, y nuestro más caro y sincero deseo es librar a la asamblea del fraude y librar a un hermano que caiga en juicio del Señor por su pecado.

Son contados los mayordomos imitadores de José. La norma más elevada de José fue el temor de Dios, joven que pudo aprovechar de la abundancia de la casa de su señor, de adquirir todo lo que pudiera por imponer una amenaza de intimación y acusación moral a la esposa de Potifar. Pero José era fiel; sobre todo tenía presente que había otro mayor que Faraón y Potifar a quien tenía que dar cuenta.

Si ante todas las cosas ponemos la gloria del Señor primero, el negocio, la familia o la asamblea va a prosperar porque Dios no es defraudado. “Así halló José gracia en sus ojos y servíale; y él le hizo mayordomo de su casa y entregó en su poder todo lo que tenía.” (Génesis 39:4) En cuanto aparecen las ambiciones personales, se trocan en codicia o avaricia, y a este pecado le importa poco traspasar las vallas que Dios ha puesto en sus linderos.

Siba era siervo de la casa de Saúl, y cuando la misericordia de David se mostró para con la casa de Jonatán, Siba fue ascendido a mayordomo de los bienes de Mefiboset. Muy humilde se mostró Siba cuando recibió el encargo. “Respondió Siba al rey: Conforme a todo lo que ha mandado mi señor el rey a su siervo, así lo hará tu siervo.” (2 Samuel 9:11) Pero en lo que los bienes de su señor empezaron a prosperar, tuvo envidia. Y, como la envidia trabaja en secreto, supo esperar hasta que llegó su ocasión, de modo que con presentes y audacia maquinó para enredar y calumniar a su señor ante el rey.

Por lo general tales personas, cuando son confrontadas, nunca dicen la verdad. Giezi dijo: “Tu siervo no ha ido a ninguna parte.” (2 Reyes 5:25) Judas dijo: “¿Por qué no se ha vendido este ungüento por trescientos dineros, y se dio a los pobres?” (Juan 12:5) “¿Vendisteis en tanto la heredad?” Si, en tanto, dijeron Ananías y Safira. (Hechos 5:1-10)

No hay que pensar que solamente mayordomos son los que administran el dinero del Señor; todos somos mayordomos. Es verdad que unos tiene más cargos que otros. “Porque a cualquiera que le fue dado mucho, mucho será vuelto a demandar de él, y al que encomendaron mucho, más le será pedido.” (Lucas 12:48) Parece que a uno le fue dado en la mano y a otro en el cerebro. También parece que el Señor no pedirá cuenta del volumen sino de la calidad. “Bien, buen siervo fiel, sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.” (Mateo 25:21)

Muchos mayordomos perdieron sus privilegios por infidelidad. Rubén perdió su mayordomía por inmoral. (Génesis 49:3,4) Abiatar perdió el sacerdocio por desleal. (1 Reyes 2:26,27) Israel perdió la mayordomía por infiel. (Lucas 20:9-19, 16:1,2)

De la cita última sacamos muchas lecciones que nos ayudan y nos estimulan a portarnos bien. “Mas ahora se requiere en los dispensadores, que cada uno sea hallado fiel.” (1 Corintios 4:1,2) Esta historia de Lucas 16:1,2 es elocuente y diáfana al revelarnos que nada se oculta a la sabiduría del Señor:

·   El mayordomo acusado: “Este fue acusado delante de su señor como disipador de sus bienes.” v.1

Por más secreto que el hombre quiera trabajar, no puede encubrirse de la presencia de Dios. El hombre puede poner el biombo de las cuatro cortinas a los cuatro puntos cardinales, pero no hay caparazón para ocultar de arriba los ojos del Infinito. Acán tomó el anatema en secreto y cometió el doble delito de enterrarlo en su tienda. Aunque los hijos no lo supieron, él los contaminó y cayeron en el juicio también por el pecado del padre.

Lo mismo sucede en la asamblea. El pecado en secreto enoja a Dios, afecta la familia del pecador, estanca la asamblea sin bendición, contrista el Espíritu del Señor y enciende un fuego que caldea la conciencia del delincuente, si éste es hijo de Dios.

·   El mayordomo reprobado: “¿Qué es esto que oigo de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo.” v. 2

Esta es una destitución inmediata y para siempre. Aquel mayordomo debía saberlo, que Dios ha dicho: “Yo honraré a los que me honran, y a los que me tienen en poco serán viles.” (1 Samuel 2:30) He aquí una de las cosas por lo cual Pablo se preocupaba: “Antes hiero mi cuerpo y lo pongo en servidumbre; no sea que, habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado.” (1 Corintios 9:27)

Israel traspasó los límites; pensó que Dios sin Israel sería un fracasado. Se atrevió hasta poner condiciones: “Simiente de Abraham somos, y jamás servimos a nadie.” (Juan 8:33) Creyeron que el pacto que Dios concertó con ellos obligaba a Dios soportar sus transgresiones. Así puede haber hombres en la iglesia, que se ponen por encima de sus hermanos. Dicen: “Que nadie me diga nada.” Siendo injertados en la oliva, creen que ellos pueden sustentar a la oliva, y disponen de las cosas del Señor a su antojo.

El arca pudo ser tocada por las manos de los filisteos, pudo ser metido en el templo de Dagón, pudo aceptar ofrendas de tumores y ratones de oro, pudo ser llevado en un carro tirado por vacas. Pero Dios no tolera que los que conocen su palabra miren irreverente dentro del arca. (1 Samuel 6:1-20)

·   El mayordomo preocupado: ¿Qué haré que mi señor me quita la mayordomía? Cavar no puedo, mendigar tengo vergüenza.” v. 3

La preocupación del mayordomo no era arrepentimiento según Dios. Era preocupación según el mundo, mucho afán por las cosas temporales. Bastardas ambiciones le tupieron la mente, y no llegó a decir ¿qué pensará Dios de mí?

Tratar las cosas del Señor de una manera liviana, sin que la persona demuestre un vivo dolor profundo por su pecado, arranca sospechas, tales como el sujeto no tienen la raíz de vida; es muy liviana, sin peso alguno, o no tiene intenciones de resarcir el daño. Dios no queda desagraviado con decir: “Es verdad, yo dispuse de la cosa, y yo lo pago.” Aunque lo pagará, le costará mucho al sujeto recuperar la confianza del pueblo del Señor. El israelita tenía que pagar el daño con cuatro tantos.

·   El mayordomo habituado: ¿Cuánto debes a mi señor? Cien barriles de aceite ... Cien coros de trigo ... Tu obligación será por cincuenta ... Tu obligación será por ochenta ...” vv. 6,7

 Ya el mayordomo había formado un hábito en su vida, hábito que terminaría en un destino. Había perdido el temor y la vergüenza, habiendo sido recriminado y despedido por su señor, recurre al chantaje y continúa en el fraude. Dijo para sí: “El mal está hecho, mejor es ayudarme,” olvidando que “un abismo llama a otro” hasta ser “retenido con las cuerdas de su pecado.”

Aunque el Señor tomó la habilidad malvada de este hombre para ponerla por estímulo a la perspicacia espiritual que el creyente debe tener para el reino de los cielos, la conducta de aquel hombre quedó sellada ante la opinión de aquellos deudores. “Ninguno vive para sí.” ¿Cuánta influencia tenemos ante los demás para bien o para mal? La mala conducta de un evangélico puede ser vehículo que conduzca almas al infierno, hasta sus propios hijos.

Se ha dicho que todo lo que el mundo puede ver de Cristo aquí, lo ve en los creyentes.
José Naranjo