domingo, 2 de febrero de 2014

COMO CONOCER LA VOLUNTAD DE DIOS

Siempre ha existido ansiedad en el corazón de los hombres por conocer la voluntad de los dioses. El A. T. habla de paganos, como el rey de Babilonia. Detenido ante una encrucijada, hace uso de la adivinación, sacude las sae­tas, consulta a los ídolos y mira el hígado (Ez. 21:21). Otros lo hacen de diferente modo, y aún nuestra gente moderna —que pretende ser tan civi­lizada— consulta horóscopos en revis­tas y periódicos. Lo hace porque sien­te necesidad de ayuda, pues el pecado ha desorganizado todo su ser. En cam­bio, cuando el hombre es regenerado, el mismo Espíritu Santo toma a su cargo la dirección de su vida.
Es evidente pues que toda forma de adivinación nace del deseo de obtener conocimiento del futuro, aun clandes­tinamente; y esto es una imitación satánica de la profecía. El Espíritu San­to es quien guía a los verdaderos hijos de Dios, pero son demonios los que guían en el otro caso; ellos tienen cier­to conocimiento que podremos llamar súper- físico.
Cuando el Espíritu toma posesión del creyente, él mismo lo guiará, aun­que no necesariamente por medios so­brenaturales. A veces lo ha hecho por instrucción oral, "habló Dios a Abraham; a Moisés", etc., o mediante visio­nes y sueños. Pero es necesario adver­tir que entonces no había una revela­ción completa, escrita. Otro modo fue la nube y la columna de fuego. Habien­do redimido a su pueblo, Dios descen­dió para morar en medio de él y an­dar con él. No lo dejo ir a su heredad como pudiera. Israel debía ser un pue­blo guiado y obediente. La nube escri­bió "si el Señor quiere" sobre todos sus movimientos; hizo que ellos vol­vieran a ser como niños. Nosotros pues podemos esperar también que Dios ha­ya provisto algo que nos sirva de brú­jula en nuestra peregrinación; y por cierto es así, y no es algo, sino Alguien. ¡Se trata de una Persona!
En el discurso del Señor que ha­llamos en Juan capítulos 14 al 16, leemos que preparaba a los suyos para Su salida de este mundo. Pero les prometió que vendría OTRO guiador. "El Espíritu de verdad". Ahora nuestro Señor está en el cielo, pero el Espíritu Santo es­tá aquí, y su misión es guiarnos.
Cada uno de nosotros sabe lo que es estar en situación de perplejidad, y tener necesidad de hacer algo. Segu­ramente Israel en su tierra no fue guiado otra vez exactamente como cuando estaba en el desierto. No obs­tante la presencia invisible de Dios por su Espíritu, y según su palabra, siem­pre estuvo guiando y protegiendo.
Algunas palabras de advertencia —exenta de dogmatismo— acerca de costumbres no recomendables nos ven­drían bien, pues sabemos que han si­do motivo de bendición a almas senci­llas. Sabemos de aquellos que siempre buscan la dirección del Señor por me­dio una "cajita de sorpresas". Al­guien ha dicho que junto a ella habría que poner una "caja de advertencias". Otros dicen ser guiados por impulsos. "Se sienten guiados". Es cierto que a veces el Espíritu obra así; no obstante es indispensable estar siempre en co­munión con el Señor,
No podemos caminar en las sen­das de justicia solamente por medio de presentimientos. Muchas veces esto de "sentirse guiado" no es más que una excusa para justificar hechos apresura­dos, y ministerio sin provecho. Según las Escrituras no es cosa de "sentirse guiados". Somos guiados por el Espí­ritu. Además la dirección del Espíritu no es para tiempos de crisis solamente, sino para toda la vida. Es por esta ra­zón que nos ayuda grandemente al so­brevenir los momentos de crisis.
Señales sobrenaturales. Tales cosas son buscadas muchas veces por los espiritualmente inmaduros. Vista no es compatible con Fe, y no debemos olvi­dan que los adversarios también hacen señales. Las señales sobrenaturales no forman parte de la guía divina normal.
Cristo dijo a los suyos acerca del Espíritu Santo: "os guiará". Y esto su­giere una mano amorosa extendida pa­ra dirigir, "os guiará a toda la verdad" (Juan 16:13). Los apóstoles tenían que ser testigos de todo lo que aconteció, a fin de llegar a ser los escritores e in­térpretes de Cristo para todo el tiem­po para que en cada generación por su palabra otros creyeran, (Juan 17:20). El conocimiento que los apóstoles recibie­ron por tal guía, quedó registrado per­manentemente en el Nuevo Testamen­to. El Espíritu los guio a escribir, así como ahora nos guía a nosotros al leer, para que crezcamos en el conocimien­to de su voluntad. Si quisiéramos ser guiados por el Espíritu en los asuntos de nuestra fe, éstas son las Escrituras que tendremos que estudiar. La pala­bra de Dios es el "libro de texto", y ninguna cosa que no cuadre bien con el LIBRO podrá ser considerada como enseñada por El.
Todo creyente debe experimentar pa­ra si la guía y la iluminación del Espíritu. Las condiciones no son difíciles de obtener. Consiste sencillamente en la atención humilde y expectante. Y en leer las Escrituras con ferviente ora­ción. Y al leer u oír la Palabra, el Es­píritu será nuestro Guía y Enseñador.
Es también obra del Espíritu que mora en nosotros, el conducirnos a la contemplación del divino rostro; y a una vida de oración e intercesión. Él nos pujará en el camino de la santidad de vida (Ez. 36:27, Isa: 30:21). La característica de tal vida es que nunca se guía por las normas y deseos de la carne, ni por la manera de pensar del mundo.
"Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios" (Ro. 8:14). La expresión "hi­jos de Dios" significa no solamente que somos de la familia de Dios, sino que además manifestamos la dignidad de "hijos de Dios". Todo creyente es hijo de Dios por nacimiento, pero todo hi­jo no está mostrando la dignidad del estado de hijo. Vive como niños que no ven, sin realizar la alta dignidad de su vocación y estado.
La vida del Espíritu dentro del creyente autentica el estado de hijo. Es el especial privilegio de ellos ser guiados por el Espíritu; por la palabra que es inspirada y por Su testimonio dentro del alma, que ilumina el enten­dimiento y vivifica la conciencia, de tal manera que tiene un instinto espiritual y un discernimiento sano de las cosas de Dios, Este es el principio que ha de guiar la vida. Y en esto no hay nada que tenga que ver con un mero entu­siasmo o éxtasis. Todo habla de la su­jeción del corazón al gobierno de la voluntad de Dios en nuestras palabras, obras y pensamientos. Sujeción que desde nuestro punto de vista es volun­taria, y sin embargo es debida al divi­no Agente y Enseñador que mora adentro. Se trata de una entrega y un santo abandono al Espíritu Santo, el cual ha de guiarnos. Tal guía llevará a la mortificación de la carne, y por la obediencia a Él nunca seremos derro­tados por ella.
Recibimos el "Espíritu de adopción" (Ro. 8:15). Significa dar el lugar de hijo a alguien a quien por naturaleza no le pertenece. El contraste es entre la posición sin privilegios de un escla­vo, y la de aquel que no solamente es reconocido como un miembro de la fa­milia, sino también es poseído de una dignidad: es hijo y heredero. Porque aquellos que han recibido el Espíritu de adopción son herederos de Dios (Ef. 1:5).
En La carta a los Romanos, Pa­blo contrasta el presente con el glo­rioso futuro. Somos hijos de Dios aun­que ahora estemos viajando como in­cógnitos por el mundo. En el pasaje paralelo de Gálatas 4:6, leemos del Es­píritu de su Hijo. Allí el presente es contrastado con el pasado que fue in­validado en Cristo. Es la acción del Es­píritu del Hijo sobre nuestro espíritu que nos hace clamar "Abba Padre". El Espíritu llena el alma con amor de tal manera que es el gozo del hijo obede­cer. Por el Espíritu la ley se cumple, pero al mismo tiempo su dominio que­da abolido. No es más un freno que moleste, pues el creyente, dulcemente constreñido por el Espirito hace la voluntad de Dios, y guiado por el Espíri­tu vive una vida libre de egoísmo y lleno de fruto para Dios.
Sendas de Vida, 1977

Jesús, tu amor por mí sin límites.

Jesús, tu amor por mí sin límites.

Jesús, tu amor por mí sin límites
Ningún pensamiento puede llegar, ni lengua declarar.
Te doy mi corazón agradecido,
para que reines sin rival allí.
Tuyo soy, Tuyo soy
Sé Tú solo la Llama constante en mí.

                                                             Paul Gerhardt, 1676

La cruz excelsa al contemplar

La cruz excelsa al contemplar

La cruz excelsa al contemplar
Do Cristo allí por mí murió,
Nada se puede comparar
A las riquezas de su amor.

Yo no me quiero, Dios, gloriar
Más que en la muerte del Señor.
Lo que más pueda ambicionar
Lo doy gozoso por su amor.

Ved en su rostro, manos, pies,
Las marcas vivas del dolor;
Es imposible comprender
Tal sufrimiento y tanto amor.

El mundo entero no será
Dádiva digna de ofrecer.
Amor tan grande sin igual,
En cambio exige todo el ser.

 Isaac Watts, 1748

Sublime Gracia

Sublime Gracia.

¡Sublime gracia, (¡cuán dulce es el sonido!),
Que salvó a un miserable como yo!
Estuve perdido, pero ahora ya no más.
Estaba ciego, pero ahora puedo ver.

Fue la gracia la que enseñó a mi corazón temer,
Y la gracia mis miedos alivió;
Qué preciosa gracia apareció
La hora en que creí.

Muchos peligros, fatigas y trampas
He experimentado y superado;
La gracia me ha hecho fuerte
Y es ella la que me llevará hasta casa.

El Señor me ha bendecido,
Su palabra me asegura la esperanza;
Él será mi escudo
Mientras la vida dure.

Cuando este cuerpo y corazón se hayan consumido,
Y la vida me abandone,
Tendré, bajo el velo,
Una vida plena de alegría y paz.

Esta tierra pronto se disolverá como la nieve,
El sol ocultará su brillo;
Pero Dios, quien me llamó acá abajo,
Estará por siempre en mí.
John Newton, 1779

Doctrina. Acerca del Hombre (Parte II)

II. Origen del Hombre.
Dios hizo todo cuanto existe a partir de la nada, pues es todopoderoso y auto existente. Sin embargo, al ser humano no le gusta tener que responsabilizarse ante Él de sus actos y depender de quien está escapando para condenación, así que inventaron una serie de teorías para esconder la verdad de Dios sombre el origen de las especies. Algunas se acercan al conocimiento que tenemos de las Escritura, pero no por ello debemos aceptarlas como válidas, sino que deben de ser analizadas a la luz de las Escrituras y desechadas si estas no cumplen con lo que enseña acerca del origen de la vida. Otras teorías se alejan definitivamente de todo marco divino y “expulsan a Dios de la creación.”

a)    Según el Hombre
TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN
En el siglo 19, Darwin formuló la teoría de la evolución.  Esta afirmó que el ser humano, no era un  producto de la creación de Dios,  sino simplemente el resultado de un proceso de mucho tiempo de evolución, por  selección natural. 
Es una “teoría” científica que sostiene que las formas más complejas de vida provienen de formas menos complejas  en un proceso de períodos de tiempo muy largos. Dicho de otro modo, esta teoría dice que la materia orgánica proviene de la inorgánica. En algún   periodo de tiempo, en la tierra  se dieron las condiciones físicas y químicas que hicieron posible el surgimiento de la vida[1].
 En cuanto a la vida humana, sostiene que proviene de la vida animal, concretamente que el ser humano proviene del simio o mono, y que los actuales simios son parientes evolutivos cercanos.
Según antropólogos seculares, los hombres primitivos aparecieron hace unos 3 a 4 millones de años y se cree que su cuna fue el África.  Poco a poco, se esparcieron por todo el mundo, evolucionando en diferentes maneras, para producir la variedad de razas que hoy habitan el planeta tierra.
TEORÍA DE LA PANSPERMIA
A principios del siglo XX  se propuso que la vida había llegado a la Tierra en forma de bacterias, procedentes del espacio exterior, de un planeta en el que ya existían. A esta teoría se le pueden poner dos objeciones: la primera, que no explica cómo se había formado la vida en ese planeta ficticio y segunda, que sería imposible que cualquier forma de vida lograra atravesar la atmósfera de la Tierra sin quemarse, porque se ha comprobado que cuando llega a penetrar algún meteorito en el planeta, alcanza temperaturas muy elevadas.
EXTRATERRESTRES
Algunos ufólogos, basados en parte de la teoría anterior, creen que somos seres creados, por lo que somos descendientes de extraterrestres que nos visitaron en épocas pretéritas y que dejaron los elementos necesarios para que se produjese la vida.

TEORÍA DE LA GENERACIÓN ESPONTÁNEA
            Uno de los hombres que se cuestionó el origen de la vida fue el filósofo griego Aristóteles, quien creía que la vida podría haber aparecido de forma espontánea, basado en la idea de que la materia no viviente puede originar vida por sí misma. Aristóteles pensaba que algunas porciones de materia contienen un "principio activo" y que gracias a él y a ciertas condiciones adecuadas podían producir un ser vivo. Según este filósofo, el huevo poseía ese principio activo que lo convertía en pollo, el huevo de pez lo convertía en pez, y así sucesivamente. También se creyó que la basura o elementos en descomposición podían producir organismos vivos, cuando actualmente se sabe que los gusanos que se desarrollan en la basura son larvas de insectos.  
La hipótesis de la generación espontánea fue aceptada durante muchos años y se hicieron investigaciones alrededor de esta teoría con el fin de comprobarla. Uno de los científicos que realizó experimentos para comprobar esta hipótesis fue Jean Baptiste Van Helmont. Este médico belga realizó un experimento con el cual se podían, supuestamente, obtener ratones y consistía en colocar una camisa sucia y granos de trigo por veintiún días, lo que daba como resultado algunos roedores. El error de este experimento fue que Van Helmont sólo consideró su resultado y no tomo en cuenta los agentes externos que pudieron afectar el procedimiento de dicha investigación. Si este científico hubiese realizado un experimento controlado en donde hubiese colocado la camisa y el trigo en una caja completamente sellada, el resultado podría haber sido diferente y se hubiese comprobado que lo ratones no se originaron espontáneamente sino que provenían del exterior.

b)    Según los Cristianos
Dentro del ámbito del cristianismo encontramos diversas teorías que tratan de explicar el origen de la vida. Algunas podrán tener algún asidero, solo se queda en eso, un asidero de  descripción Bíblica, que no contempla todo lo que es en sí la creación. Otras tratan de sincretizar teorías que son disímiles entre el mundo sin Dios y lo que la Biblia dice, generando con ello solo confusión  y rebajando la capacidad creadora de Dios mismo a un “ver qué pasa si hacemos esto”, a un prueba-error, con lo cual decimos que Dios es falible.
BIOGÉNESIS
En el mismo siglo XVII, se realizó varios experimentos sobre la generación espontánea y planteó su desacuerdo con esta teoría. Llevó a cabo un experimento para poder comprobar que la hipótesis de la generación espontánea no es cierta.  Su experimento consistió en colocar cuatro frascos que contenían carne, algunas serpientes, peces y anguilas y los selló completamente. También colocó cuatro frascos más que contenían los mismos a elementos, pero esta vez los dejó abiertos. Después de unos días los frascos abiertos presentaron gusanos y otros organismos mientras que los frascos sellados permanecieron intactos y sin la presencia de formas vivientes. Por lo cual concluyó que la vida sólo puede surgir de una vida preexistente y esta teoría se le conoce como "biogénesis".
 
FIJISMO
Esta teoría es una creencia que sostiene que las  especies actualmente existentes no han cambiado en gran medida desde la Creación.  Por tanto esta teoría, describe la naturaleza en su totalidad como una realidad definitiva, inmutable y acabada, por lo cual el hombre aparece en forma espontánea por la acción de un creador.  Como en toda teoría creada para explicar la creación de todas las especies, encontramos que existen varias variantes de la misma.

EVOLUCIÓN TEÍSTA
La Evolución Ateísta dice que no hay Dios y que la vida pudo y así emergió naturalmente, bajo la influencia de leyes naturales, aunque no se explica el origen de esas leyes naturales. En contraste, la Creación Especial, dice que Dios creó la vida directamente, ya sea de la nada o de materiales preexistentes.
La Evolución Teísta tiene dos propuestas. Primero, aunque existe un Dios, Él no estuvo involucrado directamente en el origen de la vida. Él pudo haber creado los elementos esenciales para la vida, ÉL pudo haber creado las leyes naturales, pero en algún punto, Él se retiró y dejó que Su creación prosiguiera sola. Él la dejó hacer lo que hace (sea esto lo sea), y  por lo cual la vida surgió del material inerte. Esta opinión es muy parecida a la Evolución ateísta con la diferencia que le da un pequeño lugar a Dios.
La segunda alternativa de la Evolución Teísta (creacionismo evolutivo), es que Dios no hizo algunos milagros para dar origen a la vida, sino que fueron multitudinarios. Él produjo la vida paso a paso por el camino de la evolución, es decir, que tomó de la simplicidad primitiva hasta la complejidad actual. Donde la vida no era capaz de evolucionar naturalmente, Dios lo hizo. Esta teoría da a Dios más campo, siendo de algún modo similar a la Creación Especial, pero la mezcla con la evolución Darwiniana, generando una teoría híbrida.
DISEÑO INTELIGENTE
 El concepto “Diseño inteligente” es un término utilizado para describir a la corriente pro-religiosa que sostiene que el origen del Universo, la vida y el hombre, son el resultado de acciones perfectamente pensadas y emprendidas de forma deliberada por uno o más agentes inteligentes.
La Teoría del Diseño Inteligente dice que las estructuras biológicas (por ejemplo, el ser humano) son tan complejas, que es imposible estas  hayan surgido por el puro azar. Por ser esta tan compleja, esta estructura requiere necesariamente un diseñador.
Si bien la teoría reconoce que debe existir alguien con  la suficiente inteligencia para crear todas estas complejidades biológicas, no explica ni deja en claro si el diseñador es el Dios de los cristianos  o algún ser extra terrestre. Es decir, cada persona que se adhiera a esta teoría para explicar el origen de la vida, le podrá dar su propia definición de quien es el “Diseñador”,  pudiendo ser este un cristiano,  un ateo (que no cree en Dios tal como es descrito en la Biblia),  o un hinduista u otro.
Dada esta ambigüedad, se clasifica esta teoría como otra más que intenta explicar el origen de seres que habitan esta tierra, partiendo de esfera natural hasta llegar a Dios.

c)     Según la Biblia.
Las teorías humanas son tremendamente fantásticas, y complejas algunas, para tratar de describir el origen del ser humano en la tierra. El hombre ha inventado cada una de ellas con el fin de excluir a Dios de sus vidas.  Aun si consideramos algunas de ellas como posibles, nos encontraríamos  que son improbables  que surgiesen siguiendo las hipótesis en que se basan, ya que en sí son formas de vida tan complejas, como la que vemos en la actualidad, y  la factibilidad que se hayan desarrollado simplemente por casualidad o en forma espontánea, son ínfimas.  La aceptación de estas teorías (y aun por los cristianos) no se deben a la abundancia de evidencias a favor de ellas, sino a la terquedad del hombre, quien no quiere creer en la revelación bíblica; de modo que ponen en duda las palabras propias que el Espíritu Santo Inspiró, y con esto no están aceptando la Inerrancia de las Escrituras. De esta forma estamos cediendo ante el mundo incrédulo y dándole una victoria a Satanás.
El sentido estricto “crear” significa sacar algo de la nada, es decir, la cosa creada proviene de una realidad que no existe antes. Crear de la nada significa que Dios no parte de nada pre-existente, ni de nada que provenga de sí mismo. Dios es el único Ser que puede crear de la nada. Por tanto, la creación sólo puede venir de Dios.
La Biblia nos da la enseñanza correcta acerca del ser humano. En el AT se ve su origen; el hombre fue creado por Dios en dos géneros distinguibles, varón y hembra, pero iguales en esencia, a la imagen y semejanza de Dios (Génesis 1-2).
El hecho de que la sangre humana es “una” a través del mundo, prueba que no es un proceso de evolución (cf. Hechos 17:26). No podemos mezclar nuestra sangre con la sangre de los animales. Desde los peces a las aves, desde los animales al hombre, Dios creó cada uno según su género (Génesis 1:24-25)
Podemos ver en la relación que nos da el Espíritu Santo de la creación del hombre, que ésta creación es particularmente distinta a todo lo hecho con anterioridad.  Para todo lo demás creado había dado la orden y se había producido, saliendo de los mares los peces y seres alados; y de la tierra, todo lo vegetal y los animales que la pueblan. En cambio, en relación a los seres humanos siguió faces especiales en el  proceso.
Por último, tenemos seguridad de la veracidad el relato de la creación del hombre,  porque el mismo Señor Jesucristo lo citó. En Mateo 19:4 dice: “¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo…” 

Las fases de la Creación del Hombre

Primero Creó la “habitación”.
Antes de crear al hombre, ya tenía preparado el lugar donde habitaría. Le había creado un lugar donde el dominaría. No sabemos la extensión del lugar, pero como fue hecho por Dios, era hermoso y lleno de plantas y regado por tres ríos. Era un lugar perfecto para la corona de la creación. Allí Dios los colocaría para que habitarán y sojuzgaran la naturaleza, todo lo creado por Dios. Allí estarían, vivirían, y tendría sus hijos y los hijos de los hijos.
Fue un Acto deliberado
(Génesis 1:26)
El acto de hacer al hombre se basó en el deliberado consejo de Dios. Aunque todo lo que Dios había hecho hasta ese punto Él lo pronunció bueno, la creación estaba incompleta sin el hombre. El hombre no fue una idea de última hora, sino el resultado del premeditado propósito de la Deidad. Y después que Dios creó al hombre, entonces dijo que todo lo que había creado era “bueno en gran manera” (v. 31).
Fue directa, especial, e inmediata
(Génesis 1:27; 2:7)
No abarcó proceso evolucionario alguno que relacionara al hombre con alguna forma bruta subhumana, no humana o pre humana. Eso significaría que en cuanto a su naturaleza física el hombre derivó de alguna forma animal no humana a la cual Dios le impartió el aliento de vida. Génesis 2:7 en ninguna forma respalda esta teoría. Por el  contrario, corrobora el hecho de la creación especial empleando materiales inorgánicos; no le da apoyo a la idea de una creación derivada de alguna forma viviente previa.
Si uno pudiera sostener la teoría de que Adán fue creado de alguna forma pre orgánico, Eva ciertamente no lo fue. Su cuerpo fue un acto de creación claro, directo, especial e inmediato. Reconocer esto en el caso de Eva mientras se niega en el caso de Adán, por decir lo menos, es ilógico.
Además, el polvo de la tierra del cual fue hecho el cuerpo del hombre no puede ser una referencia alegórica a alguna forma de vida animal, porque Dios dijo que el hombre regresará al polvo cuando muera, y el hombre no regresa a un estado animal cuando muere (3:19)
Ayuda Idónea  (Gen.2:18,20-25)
El hombre estaba solo sobre la faz de la tierra, a parte de él no había otro ser viviente sobre ella. Nótese la observación de Dios sobre la soledad del hombre y su estado imperfecto (Gen.2:18). Podemos ver que hay un contraste entre la expresión  "no es bueno" con el "bueno en gran manera" de Gen.1:31.  De ahí que expresamos el estado imperfecto[2], ya que necesitaba ayuda idónea para que él no estuviese solo. Para ello Dios creó a todos los seres vivientes que habitan sobre la tierra y el aire. Y estos pasaron delante de Adán y no se encontró ayuda para él.
Entonces Dios  crea la ayuda   de  él mismo, es decir, de la creación humana ya existente (Gen.2:21). En este caso no creó a este nuevo ser viviente de la tierra como hizo con los animales, sino que salió de una parte de él mismo, una parte cercana a su corazón[3].
Notemos que cada ser viviente que creó según su especie fue en pareja, y una pareja de su misma especie[4]. Por tanto, en toda la naturaleza no se iba a encontrar un ser ad-hoc para él. Y este nuevo ser viviente no nació como los demás, nació de una parte del hombre, nació de su costado.
Abarcó dos facetas
Tierra
Dios usó el polvo de la tierra en el cual sopló el aliento de vida. Esto causó que el hombre fuera un ser animado. La misma frase (“un ser viviente”) se usa también en el caso de los animales (1:21, 24; 2:19), pero, puesto que los animales no fueron creados a la imagen de Dios, como lo fue el hombre, existe una clara distinción entre los animales y el hombre.
Costilla
En el caso de Eva, Dios primero tomó una costilla con la carne que la rodeaba del costado de Adán y entonces la formó o la transformó en una mujer (vv. 21–23). Dios construyó a Eva después de haber tomado las partes del costado de Adán. “Construir se aplica a la formación de una estructura de importancia; abarca un esfuerzo constructivo”

Inocencia, el estado original

Nos dice la Biblia que Dios, al terminar la obra de la creación hizo una especie de examen de lo creado y su veredicto fue: "y he aquí que (todo) es bueno en gran manera". En cuanto al hombre se refiere, no solamente era bueno, era santo, recto, puro, inocente. No había en él sombra de pecado, pues es inconcebible que Dios creara una cosa contraria a Su carácter. Además, el modelo para la creación del hombre (la creación de su constitución espiritual) era el mismo Dios (Génesis 1:27). Así es que el estado original del hombre era de absoluta inocencia.
¿Cuánto duró este estado?  No se sabe. Algunos piensan que inmediatamente creado al hombre y a la mujer, estos cayeron del lugar de su lugar de inocencia. Pero la idea subyacente al leer el texto es que hubo un tiempo suficiente para poner los nombres a todas la especies y sub especies de animales, y para darse cuenta que ninguno de los seres creados era de ayuda idónea para él. Además, cuando el hombre se escondió por el pecado cometido, Dios había bajado y caminaba  al aire del día (Génesis 3:8). Esta acción da a entender que era recurrente que Dios bajaba a conversar con Adán.
Por último, si fue poco tiempo o mucho, no es lo más importante en la historia del hombre, sino las consecuencias que tuvo la aparición de un personaje siniestro en esta historia: la serpiente. Satanás introdujo, “en una edad aparentemente temprana”, el pecado. (Génesis 3). De acuerdo con la Biblia, por Adán entró el pecado a la raza humana, pero por Cristo entro la gracia, la cual nos puede restablecer la santidad perdida; (Romanos 5:10-19, Ef. 4:24) si lo aceptamos como nuestro Salvador.
Conclusiones
El hombre es distintivamente diferente a todo lo creado, porque fue creado a la imagen de Dios. “Entonces dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Génesis 1:26-27). 
Dios creó el primer hombre del polvo de la tierra  tal como lo expresa Génesis 2:7. Dios mismo lo forjó a diferencia que todos los demás seres creados a su sola palabra. En cambio, el hombre es una creación especial, lo hizo personalmente.  De todos modos, a través de la historia Dios creó seres humanos de diferentes maneras:
(A) Por concepción entre hombre y mujer.
(B) Sin la participación de una mujer, como Eva.
(C) Sin hombre ni mujer, como Adán.
(D) Sin la participación de un hombre, por una mujer, como Cristo. Esto es otra evidencia del poder de Dios sobre la vida.
Dios dice acerca de su criatura el hombre, "para gloria mía los he creado, los formé y los hice" (Isaías 43:7). Entonces la pregunta es "¿Cuál es la meta final del hombre?" Apropiadamente respondemos, "la meta final de todo hombre es glorificar a Dios."



[1] Planteamiento básico de la teoría físico-química.
[2] Esta expresión en relación a la perfección de Dios.
[3]  Hay un gran simbolismo que señala el respeto, cariño y cuidado que el hombre ha de tener hacia su esposa.
[4] La naturaleza enseña que la cruza entre distintas razas de animales, genera animales estériles, un ejemplo de ellos es la mula

“Cumplido está” Pensamientos sobre el Salmo 22 (Parte II)

«Tu amor lo ha consumado todo...»


No existe ninguna palabra en el vocabulario humano para expresar el amor extraordinario de Cristo, este amor que puso al Dios todopoderoso, creador de todas las cosas, en presencia de los hombres, quienes le insultaban sin que él les respondiera una sola palabra. Él habría podido exterminar a sus enemigos o abandonarlo todo, pero no hizo nada de esto. La obra del Padre debía ser cumplida y Cristo la cumplió con una incomparable perfección que es puesta de manifiesto por las condiciones excepcionales en las que es colocado. Era normal que Jesús, al experimentar toda la maldad del hombre desplegada en su contra, buscara socorro en Aquel que continuamente era su fuerza, pero, en ese mismo momento, debió comprobar y proclamar que su Dios le había desamparado. Su Dios le abandonó en las peores condiciones, pero, a pesar de ello, él no abandonó su confianza en su Dios. Y sin embargo esta confianza, mantenida en el corazón de Jesús por una invariable fidelidad, por la obediencia, por el amor hacia el Padre y hacia nosotros, no era alimentada en esos momentos por el consuelo de una respuesta de Dios a su respecto. Era necesario que la prueba llegara hasta eso; el amor de Dios no retrocedió ante una prueba total, sino que se mostró superior a la prueba al encontrar en sí mismo su única fuerza para pasar por el abandono y la cólera en las condiciones expuestas en este salmo.
Permanezcamos aquí con los pies descalzos (Éxodo 3:5), pues es el terreno más sagrado de todo el universo de Dios.
Encontramos en Isaías 53 esta expresión: "Jehová quiso quebrantarle; le ha afligido" (v. 10). Bastaba que ello agradara a Dios para que el Hijo, obediente por excelencia, siempre dedicado a lo que agradaba a su Padre, se sometiera a este sufrimiento que estaba en los propósitos de Dios a su respecto. La plena aceptación de esta voluntad de su Padre la realiza Jesús cuando, como dice el mismo versículo, ofrece su alma en sacrificio por el pecado.
Lo que tiene de admirable y única esta posición del Señor es la ausencia total de búsqueda (le un recurso cualquiera. Tenemos dificultad para captar esto porque, cuando nosotros mismos estamos en la prueba, buscamos recursos en consoladores, o bien nuestra voluntad propia se pone tensa. Pero el Señor no tenía voluntad propia; nada le protegía. Si lo podemos decir así, todos sus sufrimientos, tanto morales como físicos, estaban desnudos, y desnudos para recibir golpes; golpes de parte de los hombres y golpes de parte de Dios. El Señor no sólo no responde a esos malvados, a esos violentos, con un acto de poder y no alienta contra ellos ningún sentimiento de venganza -por el contrario, intercede a favor de ellos- sino que no tiene siquiera un sentimiento de defensa personal. Es absolutamente único en perfección.
Como la gloria del Señor durante estas tres horas brilló de una manera tan maravillosa, uno de los grandes esfuerzos del Enemigo consiste en esfumar en la cristiandad, e incluso entre los verdaderos hijos de Dios, la claridad gloriosa de la cruz. Y si, en lo que nos concierne, sostenemos que sin la cruz no tenemos salvación (verdad que no es conservada en todas partes) ¡qué pérdida experimentamos cuando no sabemos detenernos juntos al pie de la cruz! ¡Qué pérdida representa para la Iglesia no saber permanecer allí para contemplar esta escena que contemplará eternamente! ¡Qué pérdida también para el cristiano, individualmente, cuando aleja sus ojos de la cruz del Señor! Contemplarla es la energía oculta de toda la actividad cristiana.
Es muy cierto que este lugar de la cruz en el corazón de los cristianos del despertar del siglo pasado estaba en un primer plano. Nuestros primeros hermanos fueron conducidos a profundizar este tema no por medio de un estudio teológico, sino a través de un examen piadoso de la Palabra con el socorro del Espíritu Santo. Consideraron la cruz, a Cristo en la cruz, y no solamente llevando en ella nuestros pecados, sino revelando allí sus insondables perfecciones personales. También consideraron a Cristo en el cielo, pues la cruz y el cielo se tocan.
Ésa fue verdaderamente la buena parte que eligió María y la que debería ser la nuestra. No se pierde el tiempo cuando se toma este lugar; el alma se enriquece, se nutre y penetra en el gozo y los pensamientos de Dios. Hay provecho, edificación, y no sólo esto, sino que tal dedicación a la cruz nos conducirá a una adoración inteligente. Es esencial estar muy atentos a lo que pasó en el Gólgota, y nuestros antecesores, aun al precio de controversias -en el curso de las cuales se llegó hasta acusárseles de blasfemos-, mantuvieron hasta el último aliento la verdad fundamental de la expiación cumplida durante lo que la Palabra llama las tres horas de "tinieblas", y en ellas exclusivamente. En este tiempo del final del testimonio cristiano en la tierra, cuidémonos de dejarnos arrebatar este depósito de verdad que pertenece a la gloria de Jesús. La ignorancia a este respecto es una puerta abierta al enemigo, cuyos designios no desconocemos.
Es muy importante, pues, recordar que, si bien el Señor permaneció en la cruz desde la tercera hasta la novena hora, antes de la sexta y después de la novena gozó de la comunión con su Padre, mientras que, desde la sexta hasta la novena hora, esta porción, que era el gozo eterno de su alma, le fue rehusada. Más aun, Dios estaba en su contra. Esto es lo que toma absolutamente insondable lo que pasó durante esas tres horas, como así también lo que las hace enteramente distintas de las tres horas que les precedieron. Los sufrimientos que Jesús padecía de parte de los hombres, de los cuales tenemos el cuadro moral en los versículos que siguen, pasan a un segundo plano con respecto a aquellos que debió padecer bajo el golpe terrible del abandono de Dios. Si no recordamos eso, perderemos el sentido de lo que son las tres horas de tinieblas, y entonces todos los sentimientos que corresponden al creyente en la contemplación de esta escena el temor, la gravedad, la humillación y la adoración – se verán debilitados. Es, en efecto, una escena inagotable a la cual debería volverse constantemente, en particular el domingo a la hora de la adoración. Allí vemos a Jesús no ya como un modelo —lo que sí es antes de la sexta hora y después de la novena— sino como un Salvador, el único Salvador.
Se comprende que la cruz del Señor, tal como la Escritura nos la presenta y tal como sólo el Espíritu Santo puede permitimos considerarla, sea la gloria y la bandera de la Iglesia. Vemos allí el arreglo definitivo, por parte de Dios, de la cuestión del bien y del mal. Toda la sangre vertida desde los días de Abel, toda la corrupción, todas las cosas vergonzosas, así como todas las violencias, no son más que efectos. Aquí es alcanzada la fuente misma del mal. Sólo esta consideración de la cruz es adecuada para santificamos, para destruir en nosotros la ligereza, la frivolidad, la tendencia a obrar como el mundo, a bromear acerca del mal, perdiendo de vista lo que es la perfidia de la carne. Nada puede ayudamos a tal efecto como la cruz, y también en la medida en que pensamos en ella somos capaces de adorar. ¿Qué puede ser nuestra adoración si no penetramos en aquello de lo cual nos habla la cruz? Nuestro culto no debería ocuparse primeramente con nosotros, sino con nuestro Señor Jesucristo, con su sufrimiento y con su liberación después de la hora novena.
Uno también aprende a conocerse a sí mismo en la cruz, por contraste con Cristo, viendo en él un hombre que actúa, que habla, que guarda silencio para gloria de Dios, y cuya total manera de ser es tan opuesta a la nuestra. Nada nos rebaja tanto, y ello es algo excelente. Tales pensamientos ponen fin a todas nuestras pretensiones y a los esfuerzos que hacemos para cubrir nuestra carne -voluntariosa y corrompida- con apariencias por medio de las cuales nos seducimos a nosotros mismos al querer impresionar a otros. Si permanecemos ante la luz de la cruz, de esta cruz bendita que abre paso al río de la gracia de Dios, seremos felices. Pero ¡cuán a menudo nuestras palabras van más allá de lo que pasa en nuestros corazones, particularmente en el culto!
La meditación de estas cosas, las más elevadas de todo lo que la revelación de Cristo nos ofrece, está absolutamente ligada a la existencia de un testimonio para el Señor. No hay testimonio verdadero sin este punto central que es el origen de toda la obra de Dios con respecto al hombre. Por eso la Mesa del Señor, en la que se celebra el recuerdo de la muerte de Cristo, constituye el centro de una asamblea de cristianos. Si nuestras actividades, nuestros servicios, la predicación del Evangelio, la preocupación por las almas velan en nuestros corazones la belleza moral de la cruz, es una pérdida que nada puede compensar.
        ¡Cuán grande sería nuestra felicidad si la Iglesia estuviera despojada de todos sus ornamentos humanos! ¡Qué gozo gustaríamos si tuviéramos un deseo más grande de identificarnos con Cristo tal como es! ¡Qué gozo sería para el corazón de él! Estamos unidos a Jesús en los efectos de su muerte, pero nos hace falta experimentar también que estamos unidos a él en su muerte misma. El lugar de vergüenza y de rechazo que tuvo de parte de los hombres, es el nuestro; deseemos gustar de ese privilegio. Pero, ante todo, nos hace falta experimentar que el juicio de Dios que cayó sobre Cristo es el nuestro, aquel que se debía a nuestra naturaleza pecadora y a sus frutos. Si lo experimentáramos plenamente, el culto, la cena, todas las reuniones ¡cuánto mayor sencillez tendría, cuánto mayor profundidad, cuánta mayor espiritualidad! Pero el Espíritu Santo no puede brindarnos la contemplación de esta maravilla que es la cruz sin que efectivamente estemos librados de la propia voluntad interior no juzgada, en base a egoísmo y orgullo, que es la que precisamente halla en la cruz su condena sin apelación. Él tampoco puede hacernos gozar de ello cuando nuestros corazones están cargados de toda clase de cosas y llenos del polvo y del barro del mundo. ¡Ojalá él nos desembarace de todo ello para que Jesús tenga el primer lugar en todos los corazones que son suyos! Él es digno de ello, pues si sus sufrimientos físicos marcaron sus manos y sus pies, los sufrimientos de su desamparo marcaron su corazón. Ellos permanecen allí, expresando el lugar eterno que ocupamos en su divino corazón de Salvador, «ese corazón que sufrió por nosotros».