miércoles, 1 de octubre de 2014

Doctrina. El Pecado (PARTE I)

Introducción.
En nuestro estudio anterior hemos visto como Dios hizo al hombre y le dio un lugar donde vivir y regir a la naturaleza. Le dio una compañera idónea, ya que para él no había ninguna a pesar de la gran cantidad de especies que existía en la naturaleza, y es de pensar que en aquella época existían muchas más que ahora.  Dios le dio un simple mandamiento (conocido en teología  como “pacto de obras”) que no debería comer del fruto de un árbol, de un solo árbol.  El hombre, haciendo caso omiso a la Palabra de Dios, comió[1], con lo cual provocó que existiese un abismo infranqueable para el hombre. Este al darse cuenta de condición buscó como ocultar su pecado, primero cosiendo hojas de higuera para ocultar su desnudez y ocultándose, siendo esto una figura de lo que es la religión, sea esta cual sea.
Dios, que conoce todo, sabía dónde encontrarlo. Ya que Adán no respondió al llamado de su Creador, Él los buscó. Dios sabía que estaban ocultos por culpa de haber violado SU mandamiento prohibitivo. 
Ellos no habían medido las consecuencias de sus actos. Habían deseado ser como Dios de la forma más fácil, de la forma que se la ofrecía la serpiente; pero tal acto sólo terminó en la ruina total del hombre, e introdujo en la vida del hombre un elemento nuevo, que llamaremos pecado.
En nuestro estudio actual  procuraremos abordaremos todo lo relacionado con el pecado y consecuencias para el hombre y su relación con Dios. Y procuremos, finalizar el estudio, dar una respuesta a la pregunta  ¿qué es el pecado?

I.                   ORIGEN DEL PECADO.
A pesar de lo podríamos pensar al leer el Génesis, el pecado no se originó en el huerto del Edén. Podríamos pensar que por ser ahí el primer pecado de la raza humana, ahí se originó. La verdad es que el origen del pecado no se nos cuenta en los capítulos iniciales de las Escrituras, sino que los encontramos  mucho después, en las profecías de Isaías y Ezequiel (Isaías 14:12-14, Ezequiel 28:12-18).
En esas profecías se describe la rebelión de Satanás. No profundizaremos en el tema, ya que lo hemos visto con alguna amplitud cuando estudiamos sobre el tema de los ángeles y Satanás. Sólo recordaremos que en algún punto  del tiempo (no lo sabemos cuál) ocurrió esta rebelión, y el gran “querubín protector” se alzó contra su creador. Desde ese momento en que se perpetró tal acción, se concibió el PECADO. Satanás es el autor del pecado  y es el que engañó a nuestros “Padres” para que desobedeciesen y comiesen del fruto que Dios había prohibido.
Sabemos que él fue el instigador del pecado de Adán y Eva, porque se le revela en el libro de apocalipsis (12:9; 20:2) como la serpiente antigua y que “engaña al mundo entero”. Esta es la misma serpiente que estuvo en Edén y engañará al mundo en el tiempo que aparezca el Anticristo.
No porque hayan sido engañados Adán y Eva, fueron perdonados, sino que fueron juzgados cada uno de los actores del gran drama de la humanidad.  Hubo una víctima  (compare Apocalipsis 13:8) que sirvió para que ellos tuviesen vestido. La naturaleza se vio afectada seriamente a causa del pecado de Adán, ya que por causa de él fue maldecida y condenada a producir  “espinos y cardos” (Génesis 3:18), y a él obtener con el sudor de su frente lo que necesita para alimentarse.
Entonces cualquier persona se puede hacer la siguiente pregunta: ¿por qué Dios permitió que el hombre pecara?  La única posible respuesta que podemos dar se puede encontrar en la Escritura y es: “para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efesios 2:7).



[1] Inducido por Satanás en el caso de la mujer y en forma voluntaria en caso del hombre, pues comió porque Eva le dio a probar.

EL SEÑORÍO DEL SEÑOR (PARTE V)

1    — EL NEGOCIO COMO ME­DIO DE VIDA Y PARA HONRAR AL SEÑOR: El hecho de ser cre­yente no invalida la posibilidad de ser negociante. Gracias a la hones­tidad de muchos creyentes fieles, que tienen un negocio como medio de vida —algunos eran negociantes antes de la conversión— se han con­cretado muchos esfuerzos materia­les en bien de la obra en general; además de lo concerniente a lo es­piritual, pues no han retaceado el servicio para el Señor en todas las actividades de la obra; aún más todavía: han sabido colocar su ac­tividad secular en un plano inferior con el fin de no descuidar las reu­niones y que esa actividad no le sustraiga el tiempo precioso para estudiar las Escrituras, tan necesa­rio para un servicio eficaz. Por otra parte han sabido capitalizar esas oportunidades, de transacción co­mercial, para testimoniar su fe en Cristo y muchos han conocido al Señor por intermedio de ellos.
2    — EL NEGOCIO Y LA ASO­CIACION ILICITA: Nos hemos de­tenido en la parte positiva del asun­to que nos preocupa pero, lamentablemente, tiene su parte negativa.
Sabido es que los "negocios son negocios" y que este dicho da a entender cualquier cosa.
La Sabiduría de Dios exhorta en el Salmo 62:10c.: "Si se aumentare la hacienda, no pongáis el corazón en ella". No debemos olvidar que, mayor es la prosperidad material, mayor es la asechanza de nuestro enemigo que siempre está listo para entrar en acción en el momento propicio. ¡Cuántos hermanos nego­ciantes que prosperaron y que fue­ron columnas la Obra del Señor ya no lo son! ¿Por qué? Sabemos que el creyente puede hacer cual­quier transacción lícita con un co­merciante del mundo, con manos limpias y sin que la conciencia le reproche; pero también sabemos que, muchos han caído en la tram­pa de Satanás y han llegado, lamentablemente a formar sociedades comerciales con los impíos que no son solamente los incrédulos o ateos, si­no también los mero profesantes. En las Escrituras encontramos ense­ñanzas solemnes que se desprenden de la vida del rey Josaphat (2 Cró­nicas, Caps. 17 al 20). En el Cap. 20:v37, leemos  “...por cuanto has hecho compañía con Ochozías, Jehová destruirá tus obras. Y los navíos se rompieron, y no pudieron ir a Tharsis". Fue una operación comer­cial pero en sociedad con un im­pío, con el resultado conocido.
Recuerdo la ocasión en que un compañero de trabajo me ofreció hacer una sociedad comercial ven­tajosa —él aportaba la mayor par­te del capital— y cuando le con­testé que no era posible por cuanto, como él sabía, yo era creyente en Cristo, me respondió: "¿Y eso que tiene que ver?". —"Mucho, le con­testé— para usted la mentira está a la orden del día y además la Pa­labra de Dios dice: "no os juntéis en yugo con los infieles"; a lo que respondió: "No creo que eso sea un impedimento. Yo me encargaría de mentir para hacer buenos nego­cios y usted de decir la verdad". Para terminar le respondí: "No me es lícito recibir el dinero que se ha ganado con la mentira ", y el asunto quedó terminado.
3 — CONCLUSION: Difícil será para el creyente negociante, que prospera materialmente, que sus energías espirituales no se vean afectadas y en especial cuando con­cierta asociaciones comerciales con los impíos. Qué sugestivas son las siguientes palabras: "Tenía pues Jo­saphat riquezas y gloria en abun­dancia, y trabó parentesco con Achab…" ¿Al impío das ayuda y amas a los que aborrecen a Jehová? (2ª Crónicas 18:1 y 19:2). No obstante, el creyente puede y debe honrar al Señor aunque realice sus negocios en el mundo, toda vez que manifieste por sus acciones y sus palabras que no pertenece al mun­do. Esto, entendemos, es dar el pri­mer lugar al Señor, honrarle, y no menoscabar Su Señorío.
Sana Doctrina, Octubre – Noviembre –Diciembre, 1975

EL SEÑORÍO DEL SEÑOR (PARTE IV)

El señorío del Señor es univer­sal —celestial y terrenal— a pesar de que el hombre en su pecado, y en su rebeldía, no lo reconoce.
En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Ver­bo era Dios. Aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros, lleno de gracia y de verdad" (Juan 1:1 y 14). "Y vi el cielo abierto, y he aquí un caballo blanco, y el que es­taba sentado sobre él, era llamado Fiel y Verdadero… Y estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es llamado EL VERBO DE DIOS... Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES" (Apocalipsis 19:11-16). EL VERBO que en carne habitó en­tre nosotros, es el mismo cuyo seño­río es supremo. Es el "SEÑOR DE SEÑORES".
A pesar de que el hombre no re conoce al Señor, y que, por el con­trario, le desecha, el Verbo, inexo­rable y paulatinamente, está llevando a cabo en la tierra sus propósitos referentes a las naciones y a los hombres. A su debido tiempo cul­minará su gran obra y manifestará los asombrosos resultados de su pa­ciente faena. Pero el apogeo lo al­canzará mediante grandes juicios y el ejercicio de su potencia e imperio, declarándose así: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES. Entonces, exigirá a los hombres sumisión y obediencia.
El día de hoy es el día de la gra­cia, y por el Evangelio, el Señor, lleno de gracia y de verdad, suplica a los hombres que acudan a él cual Salvador y que, voluntariamente, le reconozcan cual Señor, rindiéndole la debida sumisión —esto en el sen­tido individual. Al creyente, gozán­dose de la salvación en el Señor Jesús, le corresponde reconocer el señorío de Aquel que le ha salvado, y someter a la voluntad del Señor, revelada en las Santas Escrituras, todos sus pensamientos y sus acti­vidades, en fin, todo su comporta­miento.
El señorío del Señor en la vida del creyente no es una mera teoría. Es un asunto sumamente práctico, cuyos resultados son muy benéficos para con el obediente, y además, es para la honra del Señor a la vista de los que le rodean. Así que, es un gran deber del creyente some­terse apetecidamente al señorío del Señor.
El creyente siempre debe tener delante lo que está escrito: que no sois vuestros, porque comprados sois por precio: glorificad pues a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios" (I Cor. 6:20). Esto, en verdad, es la base sobre la cual está asentado el señorío del Señor en relación al creyente. Grande es a verdad de que son perdonados los pecados del creyente; que es nacido de nuevo; que es hijo de Dios por fe en Cris­to Jesús; que tiene vida eterna; que tiene esperanza asegurada de estar con el Señor para siempre; y ¡cuántas otras bendiciones son su­yas por la gracia de Dios! Pero, débase recordar que: "comprados sois por precio", y sois la posesión de Aquel que pagó el precio, y él tiene la autoridad sobre su compra - El SEÑORIO ES DEL SEÑOR.
El Apóstol Pablo escribe: "Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no volváis otra vez a ser presos en el yugo de servidumbre" (o sea: "en el yugo de esclavitud"). "Vosotros, herma­nos, a libertad habéis sido llama­dos... servíos (o sea: "servíos cua­les esclavos") por amor los unos a los otros" (Gal. 5:1 y 13). He aquí una de las muchas paradojas de la Palabra de Dios — libres, sin em­bargo, esclavos. Es la posición de la cual casi se jactan los Apóstoles Pablo y Pedro, como asimismo San­tiago, el hermano del Señor, pues, al escribir sus epístolas, a veces cada cual se designa: "Siervo de Jesu­cristo" — o sea: esclavo de Jesu­cristo", que es la traducción más precisa del texto (Rom. 1:1, Fil. 1:1, Tito 1:1, Stg: 1:1. 2ª Ped. 1:1). Es la posición que debe confesar todo creyente, gozosamente obedeciendo todo mandato y precepto del Señor.
Estos mandatos y preceptos tocan todas las esferas de la vida, sean la espiritual en su relación para con Dios, sea la del matrimonio, la de los padres, la de los hijos, la de los amos y los siervos, de las amistades, de los negocios, de los roces con la gente en general." Numerosas son las porciones escriturales que dirigen al creyente en lo que toca a su por­te diario, y en todo esto debiera haber la pronta obediencia al SEÑORIO DEL SEÑOR (Léase Efes. 5:22-6:20, Col. 3:1-25, 4:5-6, I Tes. 4:l0b-l2).
Tomás Lawrie.

EL SEÑORÍO DEL SEÑOR (PARTE III)

II—EN EL HOGAR
Todo creyente en Cristo, desde el momento de su conversión pasa a ser posesión del Señor (I® Corintios 6: 19). Él nos compró y se constituyó en Señor de todos los que invocan su nombre (I® Corintios 1:2). Ahora bien, el hogar cristiano, por estar compuesto por creyentes, debe ser una morada de la autoridad del Se­ñor.
De acuerdo a lo que leemos en Apocalipsis 5:12, llegará el momen­to cuando en el hogar por excelen­cia se aclamará "El cordero que fue inmolado es digno de tomar el po­der, las riquezas, la sabiduría, la for­taleza, la honra, la gloria y la ala­banza.
EN PRIMER LUGAR TENEMOS: "El cordero que fue inmolado es digno. Es Señor.
EN SEGUNDO LUGAR: Es digno de tomar, etc.

ES SEÑOR:
            En Efesios, capítulo 5, y Colosenses 3 y 4 encontramos bien claro que estas relaciones deben estar siempre saturadas del ejemplo y dirección del Señor: Dichas relaciones son siempre enfocadas por el Espíritu Santo, dando a cada parte su deber correspondiente; consideremos:

1) Los maridos
2) Las esposas
3) Los padres
4) Los hijos

1)     A los maridos les corresponde amar a sus esposas como Cristo amó a la iglesia (Efe. 5:25).
2)     Las esposas sujetas a sus mari­dos "Como al Señor" (Efesios 5:22), o como se expresa en Cor. 3:18: "Como conviene al Señor". En el primer pasaje la sujeción es al ma­rido como si fuera el Señor y en el segundo, es una conveniencia para su causa.
3)      Los padres deben criar a sus hijos con esmero y dedicación, pe­ro como lo haría el mismo Señor; es el representante del cielo en su ho­gar. "Criadlos con amonestación del Señor" (Efesios 6:4).
4)     Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres (Efe. 6:1). Es un mandamiento del Señor y para la buena armonía no hay cosa más pre­ciosa que la obediencia de los hijos a sus padres (Colosenses 3:20) y so­bre todo, dice la Escritura, que esto es justo (Efesios 6:1) y en Colosen­ses 3:20, donde añade: "Obedien­tes en todo"; sigue expresando "por­que esto agrada al Señor".
b) En las provisiones para el hogar.
En todo hogar cristiano se debe pensar que los ingresos deben ser el resultado del trabajo honrado, y sabemos que el Señor no acepta se­ñorío sobre lo que corresponde a Satanás; acordémonos de las pala­bras "Todo esto te daré", a lo que contestó: "Vete de mí, Satanás".
Pero estamos seguros que se sen­tirá muy satisfecho de ser Señor de todo bien que esté acorde con su Palabra. ¿Hemos puesto esto en sus manos? ¿Le dimos la llave de nues­tra casa? ¿De nuestro dinero? ¿Có­mo gastamos éste ¿Le consultamos cuando lo invertimos?
Él es Digno de Tomar:

a)  El poder
b)  Las riquezas
c)  La sabiduría
d)  La fortaleza
e)  La honra
f)  La Gloria
g)  La Alabanza

a) Digno es nuestro Señor de to­mar el poder —si cabe la expre­sión— de conducir el hogar de cada uno de nosotros y, ¡qué bien lo con­ducirá!
b)  Digno es de tomar las riquezas. ¿Acaso no son suyas? Es digno, no sólo de tomar una parte, sino de ordenar el destino que llevará cada centavo.
c)  Digno de tomar la sabiduría. El conocimiento se adquiere, la sabidu­ría se recibe (Stg. 3:17; 1:5). El que gana almas es sabio (Proverbios 11: 30). Todo creyente está en Cristo Jesús "El cual fue hecho por noso­tros sabiduría"; el propósito de Él es tener hogares sabios de los cuales él pueda tomar esa sabiduría y sus resultados (Stg. 3:17).
d)  Es digno de tomar la fortaleza. En todo hogar, en algún momento dado, todos o parte de los que lo componen son jóvenes: "La gloria del ¡oven es su fuerza" (Proverbios 20:29). Él es digno de tomar el tiem­po de nuestra fortaleza para sus usos; ¡que en cada hogar donde ha­ya jóvenes, y aún mayores, él pueda tomarlos para cumplir sus planes!
e)  Es digno de tomar honra. Se cuenta de un niño de diez años que, habiendo ganado un premio, el pri­mero en su vida, antes de habérselo mostrado a nadie, se arrodilló en su habitación y dijo al Señor: "Esta es mi primera ganancia y a ti te la entrego". No sabemos si esto fue cierto, pero es verdad que a C. H. Spurgeon, de quien se trata, lo ani­mó este sentir de honrar al Señor sobre todas las cosas. ¡Oh, que El pudiera honrarse en cada uno de nuestros hogares!
f)   Digno de tomar la gloría. El Se­ñor dijo a su Padre: "Yo te he glori­ficado en la tierra". Glorifiquemos nosotros así al Señor; hagámosle dig­no entre los nuestros por la partici­pación de su herencia y la gloria que deriva de la vida que él quiere vivir en cada hogar.
g) Es digno de tomar alabanza. Esta es la última palabra, que en el original quiere decir: "Hablar bien de Él". Es digno de que hablemos bien de Él; cuando alguien entra en nuestra casa, debe saber que Él es el primer morador y, por la forma en el arreglo, por los textos bíblicos y otras cosas, debernos alabarle (ha­blar bien de Él).
Quiera cada uno de nosotros con toda sabiduría de lo alto entregarle al Señor las llaves completas del ho­gar, para que él sea el Señor abso­luto.

EL SEÑORÍO DEL SEÑOR (PARTE II)

I — EN SU IGLESIA
Todas las iglesias de Cristo, es decir, todas las iglesias en determi­nados lugares, pertenecen a él por­que el Señor las compró con su san­gre (Rom. 16:16; Hech. 20:28).
El Señor está permanentemente —"anda en medio"— en cada una de sus iglesias (Apoc. 2:1).
Desde el día que creímos fuimos comprados con precio (1ª Cor. 7:23; I» Pedro 1:18-19), y sellados con el Espíritu Santo como su propiedad o pertenencia (Efe. 1:13).
Él es nuestro Salvador y Señor o Dueño y nosotros sus siervos o ser­vidores, formando parte como miem­bros de su iglesia, donde nos corres­ponde reconocer su SEÑORIO y practicarlo con la obediencia.
Muchos le reconocen solamente como Salvador de sus almas, pero no como SEÑOR de SUS VIDAS, porque muy poco se los ve en sus congregaciones. Hacen su propia voluntad independientemente de la de Cristo. No obedecen su Palabra y él tiene que decirles: "¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no ha­céis lo que digo?" (Le. 6.46).
El Señor ejerce su SEÑORIO por medio del Espíritu Santo que mora en el creyente (1ª Corintios 3:16) y por el Espíritu le llamamos "Señor Je­sús" (1ª Corintios 12:3).
Llevar el yugo del Señor (Mateo I 1:29), simboliza la sujeción y el re­conocimiento de su SEÑORIO. Cris­to exige una sumisión incondicional, y ésta la profesamos en el bautismo; morir para nosotros mismos y vivir para El (Rom. 6:1-18).
Cada iglesia de Cristo debe con­siderarse como una unidad para cumplir los mandamientos del Señor. Él es el Gran Legislador. Todos los mandamientos son suyos y están con­tenidos en su Palabra. Él es "la ca­beza sobre todas cosas para la iglesia" (Efe. 1:22).
Puede reconocerse el señorío de Cristo a partir de la conversión, pe­ro se lo debe practicar públicamen­te a partir del bautismo.
a)  CUANDO celebramos el ver­dadero culto dedicado a Él, enseñándonos y exhortándonos los unos a los otros con Salmos e Himnos y canciones espirituales (Colosenses 3:16), guardando Su Palabra (Jn. 14: 24; Lucas 11:28 y Santiago 1:22) y ministrándola a los santos (1 Co­rintios 16:15-16).
b)  CUANDO cada uno de los miembros OBEDECEMOS a los pas­tores, ancianos, o sobreveedores (Hebreos 13:17; I* Pedro 5:5), a los cuales el Espíritu Santo ha puesto como tales, estimándolos por su obra que realizan en la congregación (He­chos 20:28; I* Tesalonicenses 5:12- 13). Se desprende por las Escrituras citadas que el sobreveedor es un siervo del Señor llamado a cumplir un trabajo muy delicado y no puede estar expuesto a la censura de los desobedientes, que no admiten el consejo y la exhortación; que no acatan la disciplina escritural que ellos aplican. Toda disciplina se hace con el propósito de mantener condi­ciones de santidad, pureza de doc­trina y relaciones espirituales en la asamblea. “Tus testimonios son fir­mes: la santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre” (Salmo 93:5). Los ancianos deben ser "dechados de la grey" (1 Pedro 5:1-3) y deben ser obedecidos por principio de autoridad divina para que haya orden y reverencia en la casa de Dios. Si no son lo que de­ben ser, habría que orar por ellos, para que el Señor los mejore o le­vante otros. Desobedecer a los an­cianos que procuran el bienestar de la iglesia, es rechazar abiertamente el señorío de Cristo en su iglesia.
c) CUANDO damos al Señor OFRENDA y no colecta; ¿cuál es la diferencia? Ofrenda es lo mejor, co­lecta es lo que nos sobra. "Honra a Jehová de tu sustancia, y de las pri­micias de todos tus frutos; y serán llenos tus trojes con abundancia y tus lagares rebosarán de mosto" (Prov. 3:9-10)
El señorío del Señor se manifiesta cuando Él ocupa el primer lugar EN TODO (Colosenses 1:18). Según las cartas apostólicas, debemos ofrendar regularmente, individualmente, sin­ceramente, voluntariamente, genero­samente y alegremente para el sos­tén de las reuniones, de manera que nada falte en la casa de Dios y a sus siervos (1 Cor. 16:1-2; 2 Cor. 8:8 y 12; 9:5 y 7).
e) CUANDO los sobreveedores cumplen fielmente con su ministerio, cuidándose a sí mismos y apacentan­do la grey para que no entren "lo­bos rapaces" que quieren introducir enseñanzas erróneas y prácticas no escritúrales. No ministrar ni permi­tir que otros ministren quitando la primacía de la Palabra e introdu­ciendo arte musical, pictórico, cine, lenguas y sanidades, de las cuales cosas algunos ya se han contamina­do, creyéndose ser espiritualistas" o más espirituales que otros. Los an­cianos deberían vigilar, guiar, prote­ger, alimentar, amar y cuidar al re­baño de Cristo.
De todo esto, los pastores debe­rán rendir cuentas en "aquel día" (Hebreos 13:17); asimismo, las "ove­jas", en cuanto a su obediencia a la Palabra. Todos tenemos por delante el Tribunal de Cristo (2 Corintios 5: 10). ¡El Señorío del Señor debe ser una realidad!
Rosendo Hernández

EL SEÑORÍO DEL SEÑOR ( PARTE I)

PROLOGO
"Sepa ciertísimamente toda la ca­sa de Israel, que a este Jesús que vosotros crucificasteis, Dios lo ha hecho SEÑOR y CRISTO" (Hechos 2:36).
Al presentar una serie de artícu­los sobre el SEÑORIO DEL SEÑOR, deseamos decir lo siguiente: En el día de Pentecostés, Dios quería ha­cer conocer la primerísima cosa a toda la casa de Israel: que él ha hecho SEÑOR y CRISTO a aquel JESUS, que ellos despreciaron, desecharon y crucificaron.
Esta misma verdad, y con mucha más razón, la debe conocer todo renacido. El SEÑORIO DEL SEÑOR debe ser una bendita realidad en la vida, en el hogar, en el negocio, y en SU IGLESIA.
El hombre, por naturaleza es re­belde y quiere ser su propio señor y dueño.
Su presunción le empuja a la in­dependencia, pues se cree capaz de gobernarse a sí mismo y a lo que es suyo. Tal actitud nunca debería ser la de un hijo de Dios. Un alma re­cibida a misericordia, favorecida con el conocimiento de la verdad y guiada por el Espíritu Santo, no lo hace, y si llega a hacerlo se consti­tuye tan transgresor como aquél que no tiene al Señor.
El creyente que no permite ejer­cer al Señor su SEÑORIO sobre su vida y sus bienes, fracasa en su mi­sión como testigo suyo (Hechos 1:8). Por el contrario, todo aquél que voluntariamente entrega su vida al gobierno del Señor, le honra, y lle­ga a ser fructífero y no será "esté­ril en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo" (2 P. 1:9).
Cristo el Señor, tiene pleno dere­cho sobre los suyos, y sobre lo que ellos por pura gracia han recibido de él, pues "lo que somos y tenemos, sólo es nuestro en él" (Himno 383).
Cristo el Señor, tiene pleno dere­cho sobre los suyos, porque son com­prados... por precio" (1ª Corintios 6:20), "con la sangre preciosa" su­ya (I* Pedro 1:19). Tanto el creyente individualmente, como su iglesia, la cual, "ganó por su sangre" (Hechos 20:28), son su exclusiva propiedad.
Donde el SEÑOR SEÑOREA, los hombres no discuten las Escrituras, sino que las obedecen. Y entonces, tanto hermanos como hermanas, es­tán en su lugar (Nehemías 8:7).
Donde el Señor es oído, respetado y obedecido, hay deseo de someterse a su PALABRA, y hay anhelo de vivir una vida digna "de la sobera­na vocación de Dios… vocación santa… vocación celestial" (Filipenses 3:14; 2? Tim. 1:9; Hab. 3:1).
Asimismo donde el Señor no es obedecido, donde no le permiten ejercer su SEÑORIO, habrá desor­den y anarquía espiritual, pues cada uno hará "lo recto delante de sus ojos" (Jueces 21:25).
El Señor nos ayude a ser dóciles a SU SEÑORIO, de tal manera que para nosotros no sea esta reconven­ción: "¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?" (Lucas 6:46).

Pablo Boichenko

martes, 2 de septiembre de 2014

En la cruz está la vida




En la cruz está la vida

 En la cruz está la vida
y el consuelo,
y ella sola es el camino
para el cielo.



En la cruz está "el Señor
de cielo y tierra",
y el gozar de mucha paz,
aunque haya guerra.
Todos los males destierra
en este suelo,
y ella sola es el camino
para el cielo.
De la cruz dice la Esposa
a su Querido
que es una "palma preciosa"
donde ha subido,
y su fruto le ha sabido
a Dios del cielo,
y ella sola es el camino
para el cielo.



Es una "oliva preciosa"
la santa cruz
que con su aceite nos unta
y nos da luz.
Alma mía, toma la cruz
con gran consuelo,
que ella sola es el camino
para el cielo.



Es la cruz el "árbol verde
y deseado"
de la Esposa, que a su sombra
se ha sentado
para gozar de su Amado,
el Rey del cielo,
y ella sola es el camino
para el cielo.



El alma que a Dios está
toda rendida,
y muy de veras del mundo
desasida,
la cruz le es "árbol de vida"
y de consuelo,
y un camino deleitoso
para el cielo.



Después que se puso en cruz

el Salvador,
en la cruz está "la gloria
y el honor",
y en el padecer dolor
vida y consuelo,
y el camino más seguro
para el cielo.


Teresa de Ávila