jueves, 3 de noviembre de 2016

LA PRIMERA EPÍSTOLA DE JUAN

Capítulo 7: Confianza en Dios
(1 Juan 5: 13-21)


La Epístola finaliza con una expresión de la confianza en Dios que es el resultado práctico de estar establecido en la verdad de la vida eterna. El esfuerzo de los maestros anticristianos y de los falsos profetas, contra los cuales el apóstol advierte a los creyentes, es debilitar la confianza del creyente en Dios. El gran propósito de la enseñanza del apóstol es confirmar a los creyentes en la verdad y establecer así la confianza de ellos en Dios, permitiéndoles resistir a aquellos que los harían extraviar.
Se observará que en estos versículos finales esta confianza en Dios es mantenida ante nosotros por medio del uso repetitivo de las expresiones, "sepáis" y "sabemos" (versículos 13, 15, 18, 19 y 20).
(Versículo 13). Engañadores habían intentado, desde el principio, que los creyentes se volvieran atrás de la verdad presentada en Cristo, unir a los creyentes con el mundo, y debilitar la enseñanza de los apóstoles cuestionando su autoridad. La tendencia de estos falsos maestros sería privar a los santos del conocimiento y del goce de sus privilegios. Para contrarrestar estas falsas influencias, el apóstol escribe esta Epístola a aquellos que creen "en el nombre del Hijo de Dios", para que puedan "saber" que ellos tienen vida eterna.
(Versículos 14, 15). Esta confianza en Dios encuentra su expresión en la oración de la vida diaria - "si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye." Y si sabemos que Él nos oye, también "sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho." Él, según Su perfecto               amor y perfecta sabiduría, reserva para Sí mismo el  responder a nuestras peticiones a Su propio tiempo y Su propio modo. En la confianza en Dios que es el resultado de la nueva vida, es nuestro privilegio dar a conocer nuestras peticiones a Dios, pero no a hacerle imposiciones a Dios en cuanto a Su respuesta. Él puede ver como conveniente mantenernos en espera, pero mientras tanto  tenemos la consolación de saber que Él oye todo lo que pedimos que sea conforme a Su voluntad.
(Versículos 16, 17). Además, esta confianza en Dios nos conduce no sólo a orar por nosotros, sino también a interceder por otros. Muchas enfermedades que vienen sobre el pueblo de Dios no son de ningún modo un medio para castigar el pecado, sino, como en el caso de Lázaro, para la gloria de Dios (Juan 11:4). No obstante, existe el trato gubernamental de Dios para con Su pueblo, y, si vemos a un hermano castigado por Dios por medio de alguna enfermedad debido a un pecado en particular, nosotros podemos interceder por el tal, en el entendido que el pecado no es de muerte.
Toda injusticia es pecado y acarrea sus consecuencias gubernamentales, pero estas consecuencias no siempre pueden ser de muerte. Si el pecado es de muerte o no, depende de las circunstancias particulares. Muchos creyentes pueden haber sido llevados a decir una mentira sin llegar a estar bajo el severo castigo de la muerte; pero en el caso de Ananías y Safira la mentira fue agravada por las circunstancias y llegó a ser un pecado de muerte.
(Versículo 18). A pesar de todo lo que los engañadores pueden decir en contra, "Sabemos que todo aquel que es engendrado de Dios, no peca." (1 Juan 5:18 - Versión Moderna). Sabemos que como nacidos de Dios tenemos una nueva vida, y esa nueva vida es perfecta y no puede ser tocada por el maligno. Así que el Señor puede decir de Sus ovejas, "yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano" (Juan 10:28). Viviendo la vida del nuevo hombre nosotros no pecaremos, ni seremos atribulados por el maligno.
(Versículo 19). Además, teniendo una vida nueva, sabemos que somos de Dios y que podemos así distinguir entre aquellos que son nacidos de Dios y el mundo que nos rodea que yace bajo el poder del maligno. Viviendo en el poder de la vida nueva, no sólo escapamos del maligno sino que somos librados del mundo.
(Versículo 20). El apóstol confirma nuestra confianza en Dios resumiendo las grandes verdades de la Epístola. Sabemos que el Hijo de Dios ha venido. La Epístola comienza con esta gran verdad. Habiendo venido, Él nos ha dado un pleno entendimiento - al ser la plena revelación de Dios - a fin de que conozcamos a Aquel que es verdadero.  Así la Epístola continua diciéndonos que el mensaje que hemos oído del Hijo es que Dios es luz y Dios es amor. Además, hemos aprendido que, a través del don de la vida eterna y del Espíritu, "nosotros estamos en el que es verdadero, es decir, en su Hijo Jesucristo." (Versión Moderna). Esta bendita Persona con Quien nosotros estamos unidos "es el verdadero Dios y la vida eterna." Él es una Persona en Quien la vida eterna ha sido perfectamente manifestada.
(Versículo 21). Finalmente, se nos recuerda que moralmente es un ídolo todo lo que se interponga entre nuestras almas y Dios, y que obstaculice el goce de la vida que es el gran tema de la Epístola. La Epístola en su totalidad nos anima a vivir la vida que tenemos y ser guardados así de los ídolos.

lunes, 3 de octubre de 2016

El perfecto amor echa fuera el temor.

1 Juan 4:18


El temor y el amor son antagónicos el uno al otro como motivos en la vida, igual que aquellos dos montes desde donde fueron proclamadas respectivamente las bendiciones y las maldiciones de la antigua ley - el Monte de la maldición árido y pedregoso, sin vegetación ni agua: el Monte de la Bendición verde y alegre con numerosas flores, y bendecido con riachuelos por doquier. El temor es estéril. El amor es fructífero. El uno es esclavo y su obra vale poco. El otro es libre y sus hechos son grandes y valiosos. Desde la cúspide del monte que engendra la esclavitud se escuchan las palabras de la ley; pero el poder para guardar estas leyes se halla únicamente en el monte asoleado donde mora la libertad dentro del amor y confiere la energía necesaria para obedecer. Por lo tanto, si deseas utilizar en tu propia vida la fuerza más grande que Dios nos ha dado para que crezcamos en gracia, saca tu argumento, no del temor, sino del amor.
El Contendor por la Fe - Marzo-Abril-1970

CARTA A UN JOVEN CRISTANO

PERMANECER FIEL AL SEÑOR
Por E. Dónges


Mi amado:
Tú conoces en tu corazón el amor que Dios tiene para con nosotros. ¡Qué gracia! Sí, Dios no perdonó a su propio Hijo, antes le entregó por todos nosotros. Y sobre este don inefable, sobre el Señor Jesús, el Hijo unigénito y amado de Dios, fundas tu salvación. Es una roca segura y eterna. Jesucristo se hizo hombre y dio voluntariamente en el juicio y la muerte su vida por ti. Dios lo resucitó y lo ensalzó a su diestra en la gloria, donde es el autor y garante de tu salvación eterna.
Por la fe en la potencia y eficacia de su sangre pre­ciosa, tienes el perdón de tus pecados, porque la Palabra nos lo dice también: "La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (1 Juan 1: 7). Y sobre esta base, añade luego: "Os escribo a vosotros, hijitos, por­que vuestros pecados os han sido perdonados por su nombre" (2: 12). Por esto, Juan podía cantar con los rescatados, y tú puedes unirte ahora a ellos: "Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre... a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén" (Apocalipsis 1: 5-6).
Deseo decirte las mismas palabras que Bernabé recordaba a los nuevos convertidos de la ciudad pagana de Antioquía: "Que con propósito de corazón permane­ciesen fieles al Señor" (Hechos 11: 23). ¡Cuán impor­tante es esto!
Permanece fiel al Señor con todo tu corazón. ¡Desde el primer día de tu conversión mantente fiel, decidido por tu Señor! Ponte a su lado resueltamente. No te avergüences de él en medio de este mundo pobre, impuro, malo, ni te avergüences de su Evangelio. El Señor y Salvador es el creador y poseedor de los cielos y de la tierra, es el juez de los vivos y de los muertos. Tú sabes lo que él hizo por ti. Siendo rico, se hizo pobre; para que con su pobreza fueras enriquecido (2 Corintios 8: 9). Llevó el juicio de tu pecado; dio voluntariamente su vida por ti, para librarte de la muerte y del juicio eterno, para arrancarte del poder de Satanás, y te hizo hijo de Dios y heredero de él. Ya no te perteneces a ti mismo ni al mundo. Ahora eres su propiedad con todo lo que tienes y todo lo que eres. Vive, pues, para aquel que murió por ti (a lo que asimismo Pablo nos exhorta y anima, 2 Corintios 5: 15) y añade a tu fe, según nos lo escribe el apóstol Pedro, la virtud (2 Pedro 1: 5), es decir, la decisión y el coraje.
¡Guárdate de tener un corazón dividido! Un cora­zón dividido es un veneno moral para el cristiano y una abominación para Dios, y aun los hombres no lo respe­tan. Y ahora que Cristo habita por la fe en tu corazón, nunca preguntes: « ¿Por qué no puedo hacer esto o aquello? ¡No veo ningún mal!». Al contrario, pregunta: « ¿Será esto del agrado de Cristo? ¿Puedo realizarlo con mi Señor? ¿Me acompañará en tal o cual camino?». Si andas fielmente con él, descubrirás con presteza lo que no le es agradable.
Permanece fiel al Señor con todo tu corazón. No te dejes seducir por el mundo, ni ser alejado de su persona. El mundo hace múltiples promesas que no puede man­tener; pero las hace y engaña a muchos. Su sonrisa es la falsedad. Tu corazón es demasiado grande: el mundo no puede llenarlo, pero es demasiado pequeño para reci­bir a Cristo en toda su plenitud, porque él llena los cielos de los cielos.
Permanece fiel al Señor con todo tu corazón. Entonces tu paz vendrá a ser más grande, más segura y tú gozo más puro. Mucho te regocijas que ya posees el perdón de tus pecados, pero no te apoyes sobre tu gozo; ¡apóyate sobre el Señor! Tu gozo puede vacilar, pero él no cambia jamás. No te digo (¡ay! como muchos cristianos expresan a los recién convertidos): « ¡No te alegres demasiado!» o «Tu alegría cesará». No, el gozo de la nueva vida permanece eternamente y se ahonda de año en año, más el del nuevo convertido se asemeja, con frecuencia, a un torrente de la montaña; es bello y su agua fresca, pero brama y echa espuma; al llegar a la llanura se tranquiliza, se ahonda, se torna más fructífero y puede llevar cargas pesadas.
"El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto" (Lucas 16: 10).
Creced 1990

DEL FUEGO A LAS BRASAS

El profeta Amos describe gráficamente la condición de algunas personas que abrigaron falsas esperanzas para el futuro. Lean sus palabras que captan la imaginación. "¡Ay! de los que desean el día de Jehová. ¿Para qué queréis este día de Jehová? Será de tinieblas y no de luz; como el que huye del león, y se encuentra con el oso, o como si entrare en casa y apoyare su mano en la pared, y le muerde una culebra. ¿No será el día de Jehová tinieblas y no luz; oscuridad, que no tiene resplandor?" (Amos 5:18-20).
"El día del Señor" era una expresión bien entendida por los israelitas que vivían en el tiempo de Amos. Ellos entendieron correctamente que sería aquel día cuando Dios, por medio del Mesías, ganaría la victoria sobre sus enemigos y establecería su Reino Terrenal de justicia. Hay muchas otras escrituras que apoyan este concepto. En especial, el profeta Isaías había dibujado unos cuadros hablados que ilustraban este tiempo de paz, de armonía en la naturaleza y de un Reino Perfecto. Es el día cuando Dios se mete en los asuntos de los hombres para poner fin a su maldad y darles una oportunidad más a las siguientes generaciones para vivir mejor.
¿Dónde, pues, se equivocaron los que oyeron el mensaje de Amos? Era una equivocación muy común entre los israelitas. Ellos pensaron que el solo hecho de ser israelitas les garantizaba un lugar en el reino de Dios.
El Señor encontró esta actitud cuando él vivía entre el pueblo de Israel. Ellos le preguntaron: "¿No somos nosotros hijos de Abraham?" El Señor les contestó que el ser nacido israelita no les dio el derecho de recibir la bendición. Les dijo irónicamente que Dios pudo haber levantado hijos de Abraham de las piedras que les rodeaban. Lo que era necesario para recibir la bendición de Dios era la fe en el Hijo de Dios.
¿Qué importancia tiene este tema para nosotros que vivimos en el día de hoy? Es un asunto bastante pertinente. Sobre todo para aquellas personas que se consideran ser cristianos, pero no han entregado sus vidas al Señor Jesucristo. Nacer en un país 'cristiano' no nos hace cristianos. La fe en el Señor Jesucristo hace un cristiano en el sentido bíblico.
En muchas iglesias es la costumbre repetir al unísono el "Padre Nuestro". Es una linda oración que debe elevar nuestro corazón a Dios. Pero todo lo que es bueno, ha de ser usado correctamente para producir la bendición. Lo que más me preocupa es que estas personas dicen, quizás con toda sinceridad: "Venga tu reino". Ellas deben pensar bien las implicaciones de lo que están pidiendo. Escuchen al profeta Amos otra vez: "¡Ay, de los que desean el día de Jehová!" Escrito en términos más modernos podríamos decir, "¡Ay, de los que desean el retorno del Señor para establecer su reino!"
En un estudio de la profecía de Amos nos fijamos en la corrupción, extorsión, opresión e injusticia en Israel. Los corrompidos dijeron: "Deseamos el día de Jehová", pero no comprendieron las consecuencias; que sería un día de bendición para los salvos, pero un día de consternación y condenación para los que hicieron mal.
Lo mismo ocurre con los que rezan: "Venga tu reino". Si ellos no conocen al Señor Jesucristo como su Salvador personal, están apresurándose a ser juzgados. Cuando el Señor establezca su reino, El enviará a los que no son salvos al fuego eterno.
Amos lo hace muy claro. "Es como el que huye delante del león y se encuentra con el oso". Imagínese el encuentro con un león en la calle!,* dándose vuelta y huyendo a toda carrera para escaparse de las quijadas del león sólo para encontrarse en el mortal abrazo de un oso.
Nosotros quisiéramos escaparnos de este mundo tan lleno de maldad, pero sin Cristo como nuestro Salvador saldremos de este mundo para encontrarnos en el infierno. Será salir del fuego para caer en las brasas; como correr en busca de refugio en su propia casa y llegando rendido, se apoya en la pared y una culebra le muerde.
Tengamos cuidado cuando deseamos el reino del Señor. Si no somos salvos será un día de tinieblas, no de luz. Será de oscuridad y no de resplandor. Será de consternación y no salvación. Acuda hoy a Cristo, y recíbale como su Salvador.
Aun para Los que han confiado en Cristo como su Salvador, Amos tiene un mensaje. ¿Anhelamos la venida del Señor al aire? ¿Por qué? ¿Sólo para escapar de alguna dificultad? ¿0 realmente para estar con Él? He hablado con hermanos que no se han preocupado de la venida del Señor sino hasta encontrarse en problemas. No es una escapatoria, es un momento glorioso. Y aquellos hermanos que andan desordenadamente ¿anhelan ellos la venida del Señor? No pueden esperar con el mismo gusto que aquellos que andan bien. Algunos serán avergonzados cuando El venga. Serán arrebatados de en medio de sus pecados; encontrados con las manos en la masa.
¿Queremos que venga el Señor? ¿Que venga el reino de Dios? Escuchemos las palabras del apóstol Juan: "Todo aquel que tiene esta esperanza en El, se purifica a sí mismo, así como Él es puro" (1 Jn. ,1:3) ¡Ay de los que conocen estas cosas y no las hacen! ¿Cuál es el remedio? Estar seguro que ha recibido al Señor Jesucristo como su Salvador personal y luego estar seguro que no ande en desobediencia. Si UD. no está en Cristo, crea en El ahora mismo. Si está en pecado, confiéselo y déjelo sin más demora. Que el Señor le dé la gracia para hacerlo.
En Esto Pensad"  Honduras
Contendor por la fe - Marzo - Abril (221,222)

Los cuatro evangelistas (Parte I)

Introducción
Las biografías de los notables del Antiguo Testamento figuran en considerable detalle, de manera que no nos es difícil visualizar la historia de sus vidas y hazañas. En el Nuevo Testamento en cambio observamos una ausencia, comparativamente hablando, de detalles biográficos. El hecho es que una sola biografía ocupa espacio significativo, y se podría decir, como se dijo en el Monte de la Transfiguración, que no vemos a ninguno sino a Jesús solo.
El primer nombre notable que nos espera es el de Mateo, el escritor del primer Evangelio. Tenemos que llevar en mente que cuando el Señor Jesús estaba aquí sobre la tierra no había ningún periodista historiador oficial adscrito al grupo de sus seguidores para darnos un registro autorizado. Empleando las palabras de Pedro en Hechos: “Estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros” (1:21), cada cual tendría sus propios recuerdos del Señor, y aquellos testigos contarían cada uno a su manera lo que había visto y oído de aquella maravillosa vida y muerte.
En el consejo divino resultó que, en vez de estos muchos testimonios verbales, el Espíritu de Dios inspiró a cuatro hombres a dar un retrato del Señor en vida. Alguien ha dicho que el Espíritu no es un informador, sino un editor. Él ha ordenado el material conforme a su propósito y ha escogido a quienes considera apropiados para la tarea. De ninguna manera cubren todo el material: “Hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir” (Juan 21:25).
Surge, entonces, la pregunta de por qué cuatro Evangelios. Se puede decir acertadamente que de esta manera se proporciona cuatro perspectivas del Señor Jesús. Pero sugiero que hay por lo menos una razón más. Así como la ciudad celestial del Apocalipsis 21 “se halla establecida en cuadro, y su longitud es igual a su anchura”, con puertas abiertas a los cuatro puntos cardinales para permitir a las naciones de la tierra milenaria acercarse y contemplar sus glorias, la presentación de las buenas nuevas de Jesucristo es “cuadrada” en el sentido que está diseñada a satisfacer la perspectiva y necesidad del mundo entero. Es de notar que la inscripción en la cruz fue escrita en los tres idiomas —hebreo, griego y latín— que representaban las civilizaciones sobresalientes de la época. El judío era el hombre de comercio y religión; el griego, de instrucción y cultura; el romano, de energía y conquista.
Es más de todo al primero de éstos, al judío, que Mateo dirige su Evangelio. La narración breve y concisa de Marcos iba dirigida mayormente al mundo romano. Lucas, estudioso y médico, escribió principalmente para el griego de cultura. Juan, quien escribió su Evangelio mucho más tarde que los demás, escribe para la Iglesia de Dios en la cual no hay ni judío ni griego, sino todos son uno en Cristo Jesús.
Mateo.
El Evangelio según Mateo ocupa el primer lugar en el canon sagrado, no sólo por haber sido escrito primero, sino también el orden divino es “al judío primeramente, luego al gentil”. Todo el estilo y trasfondo de su Evangelio, desde la oración inicial —“Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”— hasta el último versículo del último capítulo —“Toda potestad me es dada”— indican claramente que una de las finalidades principales del autor es hacer ver al pueblo escogido “con muchas pruebas indubitables” que Jesús de Nazaret era de veras su rey y su Mesías.
Tal vez nos veamos inclinados a veces a pasar por alto las genealogías bíblicas, pensando imprudentemente que no hay nada de valor en ellas. Pero no nos atrevemos hacerlo en Mateo 1, ya que es de un todo esencial. Primeramente se afirma que Jesús es hijo de David por ley de la línea real, y por ende elegible a ser Rey de Israel. Luego, es hijo de Abraham, heredero de las promesas del pacto, aquel de quien toda bendición fluye para la nación de Israel y en última instancia a todas las otras naciones también, y por esto competente a ser Mesías de Israel. Tercero, en vista de su nacimiento único (las circunstancias de la cual el evangelista describe hermosa y delicadamente) y por su muerte expiatoria, su nombre sería Jesús, el Salvador, ya que “él salvará a su pueblo de su pecado”.
Aquí hay uno cuya persona y obra están apartes de todas las demás. “No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”, Hechos 4.12. En cuarto lugar, el cumplimiento de la profecía de Isaías 7.14: el hijo de la virgen sería llamado Emanuel, “Dios con nosotros”, porque el que era el Verbo eterno se había manifestado en carne.
Así es, entonces, la buena nueva según Mateo. Pero es de Mateo el hombre —su vida, actuaciones, familia— que deseamos saber un poco más.  Y nos encontramos de una vez ante una carencia de información de parte del escritor. Si su Evangelio no hubiera sido inspirado por el Espíritu Santo, a lo mejor nos hubiera contado algo acerca de sí mismo, y es obvio que hubiera sido interesante, pero el escritor parece perderse en sus escritos. Él quiere levantar en alto la bandera y en sus dobleces esconderse a sí mismo.
Creo tener la razón al decir que no contamos con una sola palabra dicha por Mateo. Pero, hay cosas importantes que sabemos a ciencia cierta en cuanto a él; hay otras que son por lo menos probabilidades; y, hay otras que son posibilidades que merecen investigación.
(Continuará)

Joab: Capaz y malintencionado (Parte V)

Contra Rabá
La campaña contra los amonitas muestra tal vez más claramente que otras cuán cambiante era Joab en su estado de ánimo y sus motivos. Fue hacia el final de esta operación militar que los ejércitos de Israel sitiaron la ciudad de Rabá, donde el enemigo montó su última defensa; 2 Samuel 11, 12 y 1 Crónicas 20.
Uno de los capitanes bajo Joab era Urías heteo, quien iba a figurar entre los treinta y siete valientes que tuvo David, 2 Samuel 23.39, 1 Crónicas 11.41. Joab le mandó a llevar a cabo órdenes que David había dado. El motivo del general era exponer al subalterno al peligro de muerte. El asunto era que el rey había adulterado con la esposa de este oficial. “Cuando Joab sitió la ciudad, puso a Urías en el lugar donde sabía que estaban los hombres más valientes… Y murió también Urías heteo”, 11.16, 17.
La excusa era, por supuesto, que simplemente se llevaba a cabo las órdenes militares del rey. Pero en circunstancias como éstas debemos llevar en mente las palabras de Pedro cuando fue amenazado por el sumo sacerdote por no desistir de predicar en el nombre de Jesús: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”, Hechos 5.29. Ninguno está investido de autoridad para estimular al pueblo de Dios a actuar en contradicción a las Sagradas Escrituras.
El otro lado del carácter de Joab se manifestó cuando casi se había subyugado la ciudad. La residencia real estaba en sus manos, como también el suministro de agua, de manera que era evidente que la resistencia no podría prolongarse por más de un par de días. Pero Joab no reservó para sí el golpe final, sino que invita a David a presenciarlo: “… no sea que tome yo la ciudad y sea llamada de mi nombre”, 12.28.
La conducta de David a lo largo de toda esta campaña había sido muy censurable. Fue “en el tiempo que salen los reyes a la guerra” que él paseaba sobre el terrado de su casa. Estaba en el lugar indebido en el momento indebido, y fácilmente cayó víctima de la tentación. No surtió efecto siquiera la reprimenda velada que le dio Urías, quien dormía a la puerta de la casa del rey en vez de en la suya propia y de esta manera manifestaba su adhesión a los que estaban en la línea de combate. Con todo, Joab no se aprovechó del ambiente para buscar gloria propia.
Si él estaba deseoso de ver el prestigio caer sobre uno que se estaba comportando mal, cuánto más debemos desear nosotros que el Señor Jesucristo tenga la preeminencia en nuestros corazones. Queremos reconocer y manifestar siempre que Él solo es digno de recibir la alabanza y gloria, aun en aquello que le place realizar por medio de su pueblo. A diferencia de David, no está alejado de la batalla, sino del todo al tanto de lo que los suyos están haciendo y padeciendo. El capitán de nuestra salvación fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado (Hebreos 4:15), y puede dar gracia para el oportuno socorro.

LOS EFECTOS PRÁCTICOS DE LA PROFECÍA

Hay, tal vez, un triple efecto que la profecía tendrá sobre nosotros cuando es interpretada correctamente. Primeramente, «Hasta que el día esclarezca....en vuestros corazones» (2 P. 1:19). Esto se refiere al brillo superior de la verdad cristiana en el Nuevo Testamento. El Apóstol Pedro pone esto en contraste con la «lámpara» que brilla en un lugar oscuro, lo cual se refiere a las Escrituras proféticas del Antiguo Testamento. Una guía más brillante nos ha sido dada ahora, en el concepto de la verdad del Nuevo Testamento. Esto no significa que vamos a descuidar las Escrituras del Antiguo Testamento. Pedro habla bastante en contra de esto, porque dice que haríamos bien en prestar atención a ellas. En la lectura de estas profecías del Antiguo Testamento, las verdades del Nuevo Testamento aparecen con un contraste más distintivo, tal como la clara luz del día excede la luz de una lámpara. Como resultado, se nos permite ver el gran contraste que hay entre las bendiciones de Israel, y las bendiciones celestiales y privilegios de la Iglesia. El efecto práctico de entender nuestras bendiciones cristianas, nos hará entender lo que es correctamente nuestro.
En segundo lugar, el aprendizaje de la profecía produce que el lucero de la mañana salga en nuestros corazones (2 P. 1:19). Esto se refiere a la venida de Cristo por Su esposa, la Iglesia, en el rapto. Cuando nos damos cuenta que antes de que todas estas cosas en la profecía se lleven a cabo, el Señor debe primero venir y llevarnos al hogar celestial, el hecho de Su venida por nosotros se vuelve aún más inminente.
         En tercer lugar, leer la profecía nos da la posibilidad de ver el fin de este mundo. Cuando advertimos que todo esto quedará bajo el juicio de Dios, nos damos cuenta lo absolutamente inútil que es estar gastando nuestras energías en construir sobre algo que está condenado. El efecto práctico que causará en nosotros será estar más separados ahora del mundo. «Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!» (2 P. 3:11-12).
Tomado del libro “Reseña General de los eventos proféticos.