domingo, 3 de agosto de 2014

Meditación

“Porque no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada” (2 Samuel 24:24).


Cuando a David se le indicó que ofreciera holocaustos donde el Señor había detenido la peste, Arana presentó de inmediato un regalo que consistía en terreno, bueyes y leña para el fuego. Pero David insistió en comprar estas cosas. No ofrecería al Señor algo que no le costara.
Sabemos que llegar a ser cristiano no cuesta nada, pero también debiéramos saber que una vida de discipulado genuino cuesta mucho. La religión que no cuesta nada no vale nada.
Muy a menudo el grado de nuestro compromiso está determinado por consideraciones de conveniencia, costo y comodidad. Sí, iremos a la reunión de oración sino estamos cansados o no tenemos dolor de cabeza. Sí, enseñaremos en la clase bíblica siempre y cuando ésta no interrumpa un fin de semana en la montaña.
Nos pone nerviosos orar en público, dar un testimonio o predicar el evangelio, por lo tanto, permanecemos en silencio. No tenemos deseos de trabajar predicando entre los marginados y los de clase baja, por temor a los piojos o las moscas. Desechamos cualquier deseo de ir al campo de misión por el horror a las víboras o las arañas.
A menudo ofrendamos solamente propinas en lugar de sacrificios. Ofrendamos lo que nos sobra, a diferencia de aquella viuda que lo dio todo. Nuestra hospitalidad depende del importe de los gastos, las incomodidades y el desorden en nuestras casas, a diferencia del ganador de almas que decía que cada alfombra de su casa estaba manchada por el vómito de los borrachos que recibía. La disponibilidad hacia la gente necesitada llega a su fin cuando nos metemos en nuestra cama de agua, a diferencia del pastor que estaba dispuesto a levantarse en cualquier momento para dar asistencia espiritual o material.
Con mucha frecuencia cuando Cristo nos llama, nos preguntamos: “¿Cómo me beneficia esto?” o “¿Valdrá la pena?” La pregunta debería ser: “¿Es ésta una ofrenda que realmente cuesta?” Bien se ha dicho: “En la vida espiritual es mejor dar que recibir”.
Cuando pensamos en lo que le costó nuestra redención al Salvador, es bien pobre el retroceder ante el coste y sacrificio por él.

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