lunes, 1 de mayo de 2017

José, Tipo del Señor (Parte IV)

JOSÉ Y SU HERMOSURA
“Y era José de hermoso semblan­te y bella presencia” (Génesis 39:6). Del Señor está escrito: “Eres el más hermoso de los hijos de los hombres” (Salmo 45:2); hermosura esta que los hombres desfiguraron durante el proceso de crucifixión (Isaías 52:14). Para nosotros, hoy, Él tiene la hermosura con que la esposa ve a su amado en el Cantar: “Señalado entre diez mil” (5:10) y, llegará el día cuando mis “ojos verán al Rey en su hermo­sura” (Isaías 33:17).

19. JOSÉ Y LA ANGUSTIA DE SU ALMA
El relato primero, cuando sus hermanos toman a José, le meten en la cisterna y, luego lo venden a los ismaelitas, no nos da indicio de la actitud de José ante el hecho, pero, más adelante, cuando sus hermanos van a Egipto y se en­cuentran en una situación compro­metedora, la conciencia les acusa y viene a la memoria su maldad. Ellos dicen: “Vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le escuchamos” (Génesis 42:21). Esta expresión, “la angustia de su alma”, nos mueve a pensar en aquel Varón de angustias quién, cuando, en la antesala del Calvario, llega a Getsemaní “... tomó con­sigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y comenzó a entristecerse y a angustiarse. Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Marcos 14:33‑34). José vio recompensada su aflicción pasada por los resultados posteriores; del Señor se escribió: “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Isaías 53:11). ¡Cuán grande precio pagó el Salvador por nosotros! Su sangre preciosa y ¡la angustia de su alma!

20.    JOSÉ Y SUS LÁGRIMAS
En siete ocasiones, el relato del Génesis sobre la vida de José nos cuenta de su llanto, de sus lágri­mas. Fueron lágrimas que Dios puso en su redoma (Salmo 56:8), porque su llanto respondía a afec­tos de clara sinceridad. Hablamos muy mal de las lágrimas de los cocodrilos, poniendo a los tales como sinónimo de hipocresía. En verdad, las lágrimas de estos saurios responden a la necesidad orgánica de excretar el exceso de salinidad en el cuerpo. Igualmente, a veces, somos injustos cuando tildamos de sentimentaloide a algún creyente, cuya conmoción interior le ha llevado a verter sus lágrimas. Creo que quien no sabe llorar, tampoco sabe amar. Las lágrimas de José, pues, revelan su carácter, la nobleza de su alma.
Y, aun en esto, José nos prefigura al Salvador, quien “en los días de su carne ofre­ció ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas”; quien en Betania no pudo contener­se, y vertió sus lágrimas de simpa­tía; quien, al contemplar desde sus afueras la ciudad incrédula de Jerusalén, lloró sobre ella (Hebreos 5:7; Juan 11:35; Lucas 19: 41). Sus lágrimas respondían a su noble sensibilidad, a sus profundos afec­tos. Los evangelistas, algunas veces, se asoman a sus afectos y nos es presentado como entristecido por la dureza de los corazones, asombrado por la incredulidad de ellos, estre­mecido en espíritu, profundamente conmovido, gimiendo, etc. ¡Ojalá tengamos la suficiente sensibilidad para llorar nuestras faltas y para conmovernos con sinceridad por los que van rumbo a la perdición!

21. JOSÉ Y LA PLENITUD DE SU PERSONA
Para Jacob, José era la persona que llenaba su cabal satisfacción. Por ello, cuando, después de larga ausencia, logra ver a su hijo, dice: “Muera yo ahora, ya que he visto tu rostro” (Génesis 46:30). De la misma manera, Simeón, cuando vio al Señor dijo: “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación” (Lucas 2:29). Para Simeón, el momento más culminante de su vida era ver el Ungido del Señor, después de lograrlo ya no importaba el vivir. Esto nos recuerda la gran verdad de que al ver al Señor, por primera vez como nuestro Salvador, empe­zamos realmente a vivir; pero a su vez ¡ya estamos listos para partir! Conocer su bendi­ta persona llena a plenitud todos los requisitos para la ciudadanía celestial.

22.    JOSÉ AUTOR DE VIDA

Es solemne la expresión que los egipcios dicen a José: “La vida nos has dado” (Génesis 47:25). Ellos reconocían que la magnífica labor administrativa de José les había permitido sobrevivir durante aque­llos años de hambre terrible. La expresión en consideración nos permite salirnos de la vida de José para pensar en lo que está escrito del supremo Autor de la vida: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1). Esta vida empezó el día cuando el Señor nos salvó, cuando al igual que a Lázaro nos sacó de la tumba espiritual y fueron sueltas las vendas de! peca­do; es una vida para gozarla a pleni­tud, pues el Señor dijo: “Yo he venido para que tengan vida; y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10) y, tercero, es una vida que jamás puede ser arrebatada ya que, está escrito: “Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3). Cual los egipcios agradecidos a José, nosotros pode­mos postrarnos ante el Señor, y con voz de canto y de adoración decirle: “La vida nos has dado”.

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