martes, 26 de mayo de 2026

Destruid este templo

 Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? Juan 2.20,21 Este dijo: Puedo derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo. Mateo 26.61


Las palabras de nuestro Señor y de los judíos ofrecen comparación y contraste entre el templo de Herodes y el cuerpo de Cristo, tanto humano como espiritual.

El templo

El templo era un edificio magnífico cuya edificación ocupó cuarenta y seis años. Cristo lo llamó “la casa de mi Padre”, aun cuando ya era “una cueva de ladrones”. Reflexionamos a veces sobre por qué El asociaría el nombre de su Padre con tal lugar. ¿Sería por causa del pequeño grupo de fieles que había al estilo de aquéllos de quienes habla Malaquías, ese remanente dentro de un remanente? Nos referimos, por ejemplo, a Zacarías y Elizabeth, al anciano Simeón, Ana la profetisa y a María con José.

El templo fue reconocido por Dios hasta el rechazamiento de su Hijo, y entonces El pronunció juicio contra él: “He aquí vuestra casa os es dejada desierta”, Mateo 23.38. Los judíos eran fanáticamente orgullosos de su templo y lo consideraban como indestructible, pero el Señor predijo que no quedaría ni una piedra sobre otra que no fuere derribada. Se cumplieron literalmente sus palabras cuando Tito, un conquistador romano, logró la ruina de la ciudad y el templo en el año 70.

El cuerpo

Es notable lo diferente que era el templo corporal que el Padre preparó para su Hijo. (“Sacrificio y ofrenda no quisiste; más me preparaste cuerpo”, Hebreos 10.5). No había esa magnificencia externa, sino lo que dijo Isaías: “No hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, más sin atractivo para que le deseemos”, 53.2.

En su encarnación fue velada su gloria en humillación. El dueño del universo, el que vendría como Príncipe de los reyes de la tierra, anduvo incógnito entre la humanidad, sin desplegar insignia alguna de su majestad inherente. No obstante, un compañero íntimo y humilde testificó: “Vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”, Juan 1.14. A Simón Pedro también fue revelado el secreto de la persona que le había llamado a sus pies: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, Mateo 16.16. Aun el ladrón que murió a su lado descubrió la estupenda verdad de que Él era nadie menos que el soberano personaje que vendrá a reinar.

Jesús se identificó tan íntimamente con sus criaturas como para ganarse el sobrenombre de amigo de publicanos y pecadores, pero ese santo templo nunca fue contaminado por las inmundicias en derredor. Su naturaleza fue impecable y su cuerpo inmaculado desde el pesebre hasta la cruz. Él pudo tocar al asqueroso leproso, pero quedarse limpio. Fue objeto de malicia y envidia de parte de Satanás aun desde su infancia, cuando éste despertó en Herodes la ira para matar a los niños en Belén y sus contornos.

Para tentarle, ese mismo diablo le sentó sobre el pináculo del templo y le retó echarse abajo, sin duda con la esperanza de ver aquel cuerpo destruido. Al fin de su vida los principales sacerdotes se empeñaron en persuadir a Pilato a destruirle: “... que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto [destruido]” Mateo 27.20.

Aun después de su muerte, ellos rogaron que fuesen quebradas las piernas de Jesús junto con los otros dos, pero aquel templo de carne, aunque desfigurado, nunca sería destruido. Ni Satanás, ni sacerdotes ni soldados podrían partir un hueso, porque Dios había ordenado que “no quebraréis hueso suyo;” Éxodo 12.46, Salmo 34.20. Su cuerpo era un templo indestructible. El soldado salvaje perforó su corazón una vez muerto El, pero en tres días aquel corazón estaba latiendo vigorosamente de nuevo. Ese cuerpo no vio corrupción; fue incorruptible.

“La memoria del justo será bendita; más el nombre de los impíos se pudrirá”, Proverbios 10.7. Judas Iscariote le vendió al Señor por codicia; Caifás le entregó por envidia; Pilato pervirtió la justicia por conveniencia. Todos estos miserables instrumentos de Satanás han pasado a la eternidad, su nombre podrido. En cambio, aquel Justo murió por los injustos y levantó en tres días el templo que era su cuerpo. Efectivamente: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”, Juan 2.19. Era la morada del Dios trino, “porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”, Colosenses 2.9.

Otro templo

Su muerte y resurrección echaron la base de otro glorioso edificio de Dios, la Iglesia, el cuerpo espiritual de Cristo. Está próxima su terminación. Él se la presentará a sí mismo, “una iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga, ni cosa semejante”, Efesios 5.27. Este es el edificio del cual el Señor dijo, “Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”, Mateo 16.18. Es indestructible.

Toda doctrina apostólica tiene su lado práctico. Con referencia a la iglesia local, la asamblea, leemos en 1 Corintios 3.16,17: “¿No sabéis que sois templo de Dios? ... Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él”. ¡Ay de aquel que introduzca falsa doctrina o mundanalidad para violar la santidad de este templo de Dios! En el capítulo 6 de la misma epístola el escritor se refiere al creyente en particular cuando dice, “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ... Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo”. Y por esto la exhortación: “Huid de la fornicación”.

Que glorifiquemos a Dios en nuestro cuerpo y nuestro espíritu, que son suyos; 1 Corintios 6.20.

Santiago Saword

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