Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? Juan 2.20,21 Este dijo: Puedo derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo. Mateo 26.61
Las
palabras de nuestro Señor y de los judíos ofrecen comparación y contraste entre
el templo de Herodes y el cuerpo de Cristo, tanto humano como espiritual.
El templo
El templo era un edificio
magnífico cuya edificación ocupó cuarenta y seis años. Cristo lo llamó “la casa
de mi Padre”, aun cuando ya era “una cueva de ladrones”. Reflexionamos a veces
sobre por qué El asociaría el nombre de su Padre con tal lugar. ¿Sería por
causa del pequeño grupo de fieles que había al estilo de aquéllos de quienes
habla Malaquías, ese remanente dentro de un remanente? Nos referimos, por
ejemplo, a Zacarías y Elizabeth, al anciano Simeón, Ana la profetisa y a María
con José.
El templo fue reconocido por
Dios hasta el rechazamiento de su Hijo, y entonces El pronunció juicio contra
él: “He aquí vuestra casa os es dejada desierta”, Mateo 23.38. Los judíos eran
fanáticamente orgullosos de su templo y lo consideraban como indestructible,
pero el Señor predijo que no quedaría ni una piedra sobre otra que no fuere
derribada. Se cumplieron literalmente sus palabras cuando Tito, un conquistador
romano, logró la ruina de la ciudad y el templo en el año 70.
El
cuerpo
Es notable lo diferente que
era el templo corporal que el Padre preparó para su Hijo. (“Sacrificio y
ofrenda no quisiste; más me preparaste cuerpo”, Hebreos 10.5). No había esa
magnificencia externa, sino lo que dijo Isaías: “No hay parecer en él, ni
hermosura; le veremos, más sin atractivo para que le deseemos”, 53.2.
En su encarnación fue velada su gloria en
humillación. El dueño del universo, el que vendría como Príncipe de los reyes
de la tierra, anduvo incógnito entre la humanidad, sin desplegar insignia
alguna de su majestad inherente. No obstante, un compañero íntimo y humilde
testificó: “Vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de
gracia y de verdad”, Juan 1.14. A Simón Pedro también fue revelado el secreto
de la persona que le había llamado a sus pies: “Tú eres el Cristo, el Hijo del
Dios viviente”, Mateo 16.16. Aun el ladrón que murió a su lado descubrió la
estupenda verdad de que Él era nadie menos que el soberano personaje que vendrá
a reinar.
Jesús se identificó tan íntimamente con sus
criaturas como para ganarse el sobrenombre de amigo de publicanos y pecadores,
pero ese santo templo nunca fue contaminado por las inmundicias en derredor. Su
naturaleza fue impecable y su cuerpo inmaculado desde el pesebre hasta la cruz.
Él pudo tocar al asqueroso leproso, pero quedarse limpio. Fue objeto de malicia
y envidia de parte de Satanás aun desde su infancia, cuando éste despertó en
Herodes la ira para matar a los niños en Belén y sus contornos.
Para tentarle, ese mismo
diablo le sentó sobre el pináculo del templo y le retó echarse abajo, sin duda
con la esperanza de ver aquel cuerpo destruido. Al fin de su vida los
principales sacerdotes se empeñaron en persuadir a Pilato a destruirle: “...
que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto [destruido]” Mateo 27.20.
Aun después de su muerte,
ellos rogaron que fuesen quebradas las piernas de Jesús junto con los otros
dos, pero aquel templo de carne, aunque desfigurado, nunca sería destruido. Ni
Satanás, ni sacerdotes ni soldados podrían partir un hueso, porque Dios había
ordenado que “no quebraréis hueso suyo;” Éxodo 12.46, Salmo 34.20. Su cuerpo
era un templo indestructible. El soldado salvaje perforó su corazón una vez
muerto El, pero en tres días aquel corazón estaba latiendo vigorosamente de
nuevo. Ese cuerpo no vio corrupción; fue incorruptible.
“La memoria del justo será
bendita; más el nombre de los impíos se pudrirá”, Proverbios 10.7. Judas
Iscariote le vendió al Señor por codicia; Caifás le entregó por envidia; Pilato
pervirtió la justicia por conveniencia. Todos estos miserables instrumentos de
Satanás han pasado a la eternidad, su nombre podrido. En cambio, aquel Justo
murió por los injustos y levantó en tres días el templo que era su cuerpo.
Efectivamente: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”, Juan 2.19.
Era la morada del Dios trino, “porque en él habita corporalmente toda la
plenitud de la Deidad”, Colosenses 2.9.
Otro
templo
Su muerte y resurrección echaron la base de
otro glorioso edificio de Dios, la Iglesia, el cuerpo espiritual de Cristo.
Está próxima su terminación. Él se la presentará a sí mismo, “una iglesia
gloriosa, sin mancha ni arruga, ni cosa semejante”, Efesios 5.27. Este es el
edificio del cual el Señor dijo, “Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las
puertas del Hades no prevalecerán contra ella”, Mateo 16.18. Es indestructible.
Toda doctrina apostólica tiene su lado
práctico. Con referencia a la iglesia local, la asamblea, leemos en 1 Corintios
3.16,17: “¿No sabéis que sois templo de Dios? ... Si alguno destruyere el
templo de Dios, Dios le destruirá a él”. ¡Ay de aquel que introduzca falsa
doctrina o mundanalidad para violar la santidad de este templo de Dios! En el
capítulo 6 de la misma epístola el escritor se refiere al creyente en
particular cuando dice, “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?
... Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo”. Y por esto la exhortación:
“Huid de la fornicación”.
Que glorifiquemos a Dios en nuestro cuerpo y
nuestro espíritu, que son suyos; 1 Corintios 6.20.
Santiago Saword
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