Creo que tengo razón justificado para escribir de
algunas experiencias acerca del matrimonio, ya que he pasado treinta años de mi
vida atado a ese eslabón que tuvo su principio en el Edén, eslabón caldeado con
la aprobación y bendición de Dios.
Siendo asunto delicado, quiero empezar por advertir al
joven y a la joven que deben proceder con cordura para no casarse tan jóvenes.
Son muchos los que pierden oportunidades valiosas en la vida, y un servicio de
gran rendimiento al Señor por contraer matrimonios demasiado jóvenes. Algunos a
los cinco años de matrimonio, habiéndose casado a los veinte años, ya tienen
cuatro hijos.
Cuando sea llegado el tiempo para el matrimonio, de
seguro que el hermano debe tener mucho ejercicio de oración delante del Señor
para no ser engañado, equivocado, decepcionado. La generalidad de los hebreos
no tenía esa piedad; por la permisión de Moisés cualquier judío tomaba mujer, y
si hallaba en ella algo que le desagradaba, podía darle carta de divorcio y
despedirla de su casa, rompiendo en esa forma el eslabón que Dios formó;
Deuteronomio 24:1-4. Era grandemente desmoralizado el matrimonio. La mujer era
tenida como piltrafa del mercado que se podía devolver para vender a otro.
Un gran cambio y muy elevada responsabilidad hay en la
gracia. La mujer en el matrimonio es elevada en igualdad, reina en su hogar,
que se sujeta y reconoce a su marido como cabeza del hogar. El cristiano
temeroso reverencia el mandamiento del Señor: “Lo que Dios juntó no lo separe
el hombre”. (Mateo 19:3-12)
Entonces, llegado el tiempo para el hombre casarse,
procede a buscar esposa. En el Señor no es correcto que el hermano esté
probando y enamorando acá y allá a muchas hermanas. El hermano busca la mujer
idónea, una hermana espiritual, y la observa en sus modales y carácter, en su
cuido personal sin ostentación y vanidad. Se informa si es una mujer enferma;
qué reverencia muestra por la palabra de Dios en el culto. Se prueba por
ciertas preguntas si es inteligente, si no tiene memoria atrasada. Con estas
observaciones exteriores, se sigue a las observaciones hogareñas. No es que es
un espía ni un fiscal, pero, si en una cosa de menos valor —sea una casa, un
negocio o un carro que vamos a comprar— se buscan los defectos, ¡cuánto más se
debe usar sabiduría para hallar la mujer que va a cooperar en mi felicidad por
toda la vida!
Creo que la mujer que busca el hermano por esposo no
será una niña de esas que no lavan un pañuelo y dejan la loza sucia amontonada
en el lavaplatos. Al llegar a la casa, el hermano se fija si la casa está
barrida, si el polvo está pegado a las puertas y ventanas, si las lámparas
están cubiertas de tela de araña. En cierto lugar fui con otro siervo del Señor
a visitar una familia de creyentes. Llegamos a las 10:45 de la mañana. Yo
conocía la familia. La casa estaba completamente sucia arriba y abajo. La
señora y dos niños nos recibieron; a poco salió una señorita que me
presentaron, la hija mayor del matrimonio. “¿Cuántos años tiene usted?”, le
pregunté. “Dieciséis años”. “Oiga; ya usted es una señorita que aspira más
tarde formar también un hogar. Una muchacha de su edad procura asear su casa
para que sea atraído el galán que le va a elegir por esposa”. A la muchacha le
dio pena y quiso excusarse con los hermanitos menores, con los estudios y con
los oficios. Nada de eso justifica el descuido.
“Si eso es con un kilo, ¿qué será con un quintal?”
“Aun el muchacho es conocido por sus hechos, si su obra fuere limpia y recta”.
(Proverbios 20:11) Cualquier juicio ligero de estos pensamientos induce a pensar
que el hermano está buscando esposa perfecta, pero lo que se busca es armonía
perfecta.
Bien. Es ahora a la hermana que le toca escoger. Son
varias las descalificaciones para rehusar el compromiso con un hombre. Ella lo
mide por su espiritualidad; si se para en oración las noches de culto, si es
precipitado o prudente en los cultos de estudio, si es descuidado en su aseo
personal. El mal aliento proviene de tres factores: dientes sucios, lengua
sucia y estómago perezoso. ¿Se peina? ¿Es aseado en la ropa y los zapatos? ¿Qué
tal su conversación? ¿Es enfermo, es gafo? La mujer procurará que su esposa sea
un poco mayor que ella, aunque hay casos de excepciones cuando la mujer es
mayor que el marido y son matrimonios felices.
Estas mutuas
investigaciones convienen en una prudencia santa. No es para enrostrar a
ninguno sus defectos, ya que a unos nos hizo Dios así, y a otros así.
Nunca he estado de acuerdo con esos matrimonios a
prueba de tiempo, ni tampoco en las carreras para casarse sin debido
entrenamiento o conocimiento exterior de caracteres y costumbres.
Si las instituciones autorizadas hicieran una
investigación exhaustiva respecto al aumento del divorcio, de la inestabilidad
del mutuo contrato del matrimonio, de la violación moral de la familia, y de la
consecuente bancarrota moral en el futuro de los hijos, lo hallarán en esas
sociedades modernas que han hecho un chantaje del matrimonio por medio de
correspondencia. Miles de cartas se dirigen hoy día más o menos así: “Deseo
relacionarme con fines serios con una mujer de X edad, que está resuelta a
casarse pronto”. “Con fines serios deseo relacionarme con caballero de X edad,
soltero, etc., etc.” De cierto que, de esos matrimonios, cinco por cien pueden
terminar bien.
Entre una de las cosas principales que la mujer debe
saber es que el que la pretende para casarse es un hombre que le gusta y tiene
amor al trabajo. Recuerdo que hace cierto tiempo una evangélica cayó en la
trampa de un seductor. Después que se casó con el individuo, empezó a notar que
al hombre no le gustaba trabajar. Cierto día ella le reclamó su negligencia y
él le dio por contesta: “Yo me he casado con una evangélica porque las
evangélicas son mujeres trabajadoras. Siga usted trabajando y no se preocupe
tanto porque yo trabaje”.
Habiéndose conocido de cerca exteriormente los novios,
entonces proceden a realizar su compromiso ante los padres de ambos y los
ancianos de la iglesia. No soy de parecer de que un hermano vaya a los ancianos
a avisarles que se va a enamorar de tal o cual hermana. Evitando confianza
íntima, licencias y carnalidades, el hermano puede observar y conocer la mujer
que le gusta, lo mismo la hermana al varón, y al corresponderse ambos, entonces
sí deben avisar a los ancianos. Así se evitaría de unos compromisos informales
que enamorados han hecho ante los ancianos, y éstos después han sido burlados
porque los tales no han llegado a casarse.
En el tiempo suficiente del conocimiento del uno al
otro habrá pruebas suficientes para continuar o terminar sus amores; así no
habrá resentimiento de ningún tercero. Grave es la responsabilidad después que
formalizan su compromiso con los padres y ancianos de la iglesia. Si por
negligencia, indiferencia o inconstancia el hermano no cumple su compromiso, él
o ella debe ser disciplinado.
Para evitar mutuas acusaciones después de casados, es
justo que los novios salgan juntos a comprar sus enseres para la casa, pero en
su salida, para evitar los malos entendidos, es mejor hacerse acompañar por una
de las madres si es posible. La madre no se meterá en los gustos; solamente
aconsejará todo lo económico posible.
La cosa primera en el matrimonio y que corresponde al
hombre es la casa donde han de vivir los desposados. Aun los animales nos dan
ejemplo, y la palabra de Dios es autoridad principal. “Dejará el hombre a su
padre y a su madre, y se un irá a su mujer, y serán una sola carne”. (Génesis
2:24) Mejor es tener su casa, sea propia o alquilada. Hay que considerar las
penas morales que pasa una joven al entrar a vivir con una nueva familia. Se
halla estrecha, cohibida, apenaba. Se necesita tiempo, años, para una
adaptación sin olvidar por completo costumbres que le son filiales. Si la
esposa es humilde, en vez de ser reina, viene a ser sierva de sus suegros, de
sus cuñados y de su esposo; si es orgullosa, empezarán los reclamos que
terminarán en pleitos.
No digo mucho en cuanto a ciertas reuniones sociales
antes del matrimonio, porque no estoy de acuerdo con ello; esto es, despedida
de soltero y cruce de aros. Tales reuniones son con el fin de derrochar.
Algunos ponen la excusa de un culto, pero su falta de espiritualidad queda
manifiesta cuando se casan día sábado en la noche. Se lleva la esposa y no
aparecen en la cena del Señor. En cuanto a los aros, ellos tienen su momento
muy conspicuo la noche de las bodas. Ha habido casos de matrimonios que han
quedado con largas cuentas contraídas desde el día de su matrimonio.
El matrimonio en el Señor debe contribuir con su
ofrenda, disponiendo de sus ahorros para ayudar la obra del Señor; no deben
olvidar al atender a sus propias necesidades recompensar a sus padres. Muchos
son los que descuidan estos privilegios y eventualmente sufren pérdidas por
enfermedades en la familia o por malos negocios.
Llegando el momento para fijar fecha para su matrimonio,
hay los que gastan demasiado dinero en ostentar tarjetas que sirven sólo una
vez y terminan en la cesta de la basura. Hay tarjetas bonitas sin pecar de
vanidad que resultan económicas. Todo hermano prudente ya ha fijado con
antelación los gastos de su matrimonio. Estoy escribiendo a los jóvenes
mayormente. No es asunto mío meterme a la clase de obsequios que hará un
matrimonio, pero con experiencia de buen observador he sabido de algunos
matrimonios donde se ha hecho desperdicio que han tenido que tirar el siguiente
día. “El justo da, y no desperdicia”. (Proverbios 21:26)
Llegado el día del matrimonio debe haber un hermano de
suficiente carácter para llevar el cargo de maestresala. (Juan 2:7-10) Este
hermano será de mucha ayuda para darle orden y sociabilidad cristiana al acto.
Ha sucedido en matrimonios de creyentes que, a falta de vigilancia, familiares
inconversos de alguno de los cónyuges han metido clandestinamente bebidas
embriagantes la noche de bodas. Si los invitados inconversos quieren tomar
licor, que lo temen en la calle y no en la casa de los creyentes. “Hágase todo
decentemente y con orden”. (1 Corintios 14:40)
El matrimonio en el Señor debe ser decente, honesto,
sencillo. Es cuando entra la comunión con el mundo que se excluyen las normas
de la sana doctrina.
La novia de hoy (las evangélicas también) tiene que ir
a una peluquería para hacerse un soberbio “mogote” con el cabello. En esto
entra la reparación de las cejas y cierto colorido en los carrillos, pintura
natural en las uñas y un disimulado cosmético en las cejas a estilo “Jezabel”.
¡Dígame el gasto que se hacen algunas en dama de honor y poses fotográficas!
Vanidad de vanidades.
Llama la atención también que, entre muchos
inconversos invitados a un matrimonio, un gran número de ellos se quedan en la
casa de las bodas y no van al culto. Esos gustan más la Pepsi-Cola, las tortas,
los dulces, las bebidas y las charlas livianas que oír el mensaje de la palabra
de Dios.
En fin, ya los hermanos se han casado, y ahora viene
la formación del hogar y el conocimiento mutuo de la vida íntima. “Vosotros
maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a
vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que
vuestras oraciones no tengan estorbo”. (1 Pedro 3:7) “La mujer sabia edifica su
casa; más la necia con sus manos la derriba”. (Proverbios 14:1)
No hay matrimonio perfecto, sólo el de Apocalipsis
19:7,8. Inconvenientes no faltarán; habrá reclamos. Un matrimonio llega a
friccionarse y trascender en dificultades mayores cuando se descubre el orgullo
que estaba disfrazando.
En un matrimonio pueden suscitarse pleitos porque el
esposo reclama por varias veces una cosa; por ejemplo, “Fulana, no le has
pegado el botón a la camisa”. La mujer se le olvida o no lo quiere hacer. Otro
día el marido reclama el mismo asunto, pero con tono áspero. La mujer le
contesta áspero también: “¿Y tú no tienes manos? ¿No puedes pegar ese botón tú
también?” El marido llega y reclama: “He llegado varias veces ese chorro de
agua abierto sin necesidad”. Entonces la mujer contesta: “¡Pero caramba! que
usted siempre tiene algo que reclamar!” Yo digo que ese hombre está sosteniendo
una explosión, pues la mujer lo provoca. Esas son las mujeres que derriban su
casa; contribuyen a que el marido encuentre mejor ambiente afuera que en su
propia casa. Quiero terminar con estas sugerencias. Mucho propende a la
felicidad del matrimonio cuando el marido es responsable en proveer a las
necesidades de su casa.
Centro básico y fundamental de las relaciones
maritales, donde se estabilizan las consideraciones recíprocamente pacíficas.
El matrimonio fue creado, aprobado y establecido por Dios para el consuelo,
desahogo, reposición de fuerzas gastadas, y especialmente para el amor creativo
que sólo se halla en el dulce hogar del matrimonio.
Nunca sabremos el tiempo de felicidad perfecta que
gozaron Adán y Eva en su matrimonio, aunque para ellos mientras no había
transgresión no existía el tiempo. Ellos vivieron el uno para el otro dentro de
los linderos del Edén. También en su desgracia por causa del pecado de
desobediencia, supieron corresponderse y guardarse en fidelidad, llevando a
cabo el honor a su palabra: “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi
carne: Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su
mujer, y serán una sola carne”. (Génesis 2:23,24)
Entre muchas cosas que propenden a la felicidad del
matrimonio, voy a citar cuatro:
(i) Las cosas cambiaron
fuera del Paraíso; si en la abundancia fueron felices, en la escasez lo deben
ser también. Hay algunos matrimonios que sin tener la suficiente provisión les
viene el mal deseo de figurar, por vanidad, por envidia o por imitación;
quieren ser grandes. Aquí es donde se transpone la conformidad. Alguno dijo:
“Yo vine a ser feliz cuando abandoné el deseo de ser grande”. El lujo y las
pompas afectadas desplazan la conformidad
(ii) “Ninguno aborreció su
propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la
iglesia”. (Efesios 5:29) Hasta hace pocos años se decía que el matrimonio es de
arriba, pero la ruina moral en que ha caído la sociedad ha cambiado el pudor,
la modestia y las buenas costumbres. Pocos son los que buscan esposa por amor
verdadero; pocos son los que esperan en Dios para el escogimiento de un buen
esposo, o una buena esposa.
Para mostrar solamente una hoja, hace poco que salió
un aviso en el periódico: “Evangélica, mi llamado es para un caballero
evangélico: Hermano, si te encuentras solo como yo, y deseas tener un hogar
lleno de amor, cariño y ternura, escríbeme. No importa si tienes un hijo
pequeño. Te deseo entre 35/45 años para que seamos unidos en matrimonio como lo
manda Dios. Contesta a corazón con amor.” Ahora es el venado que persigue al
cazador; la oveja que pastorea al pastor. La audacia de esa señora, es decir,
“como manda Dios”. ¿Por qué escogió el adjetivo evangélica? ¿Por qué no llamó Tamar o Mesalina?
Cuántos años han pasado. Cómo se esparce el evangelio,
y hay multitudes entre los llamados cristianos que son confundidos; no han
llegado a conocer las funciones que llena el matrimonio. Aún hay evangélicos
que tiene el matrimonio como una farsa, una mampara para llenar una etiqueta
social o una necesidad biológica. El matrimonio es un contrato espiritual
inquebrantable; es una sociedad vitalicia, la unidad de dos seres que se aman
en Cristo. “Los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos sino uno”.
(Marcos 10:8)
(iii) Así como todos los
miembros colaboran para la formación y ejercicio del cuerpo, dependiendo todos
de la dirección de la cabeza, la iglesia también, redimida por la sangre de
Cristo, vino a ser parte integral de su cuerpo, compuesta por muchos miembros y
sujeta a la cabeza. Cristo en el cielo la sustenta, la gobierna y la edifica.
Así el matrimonio por la colaboración de ambos en sus responsabilidades,
quienes mantienen el nivel espiritual de su devoción al Señor, levanta el
estandarte de su posición económica e instruyen a sus hijos en la carrera de su
fe de tal modo que la bendición alcanzará hasta la tercera generación. También
un matrimonio es bendecido por su ayuda práctica que dan a su asamblea con su
presencia en los cultos, por su ofrenda generosa de amor, por la simpatía de su
buen vivir con los vecinos y por practicar el principio bíblico de la
hospitalidad. (2 Reyes 4:8-10, Hebreos 13:1,2)
(iv) Un matrimonio debe
sembrar y cosechar de su propia experiencia. “Dejará el hombre a su padre y a
su madre, y se unirá a su mujer”. (Génesis 2:24) Los animales nos enseñan su
sabiduría. Se dice del águila que cuando el aguilucho no quiere salir del nido,
le mete espinas en el nido, para que fuera a volar y a preparar su propio nido.
Debe ser una nueva familia gobernada por una sola
cabeza, el marido, con su mujer y sus hijos. Los suegros en ninguna manera son
olvidados o abandonados. Creo que temas de más importancia que afectan al
matrimonio se dejaron de escribir en este artículo por falta de espacio.
José Naranjo
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