martes, 1 de octubre de 2013

LA ARMADURA DEL CRISTIANO

El cristiano que quiera realizar su posición celestial en Cristo, gozar de las bendiciones que posee en los lugares celestiales en Él y tomar posesión de ese glorioso país, no podrá evitar el combate contra los principados y las huestes espirituales de maldad que allí se encuentran. Éstos procuran impedir llevar a cabo todos estos privilegios. Para alcanzar ese fin, intentan apartar los afectos del creyente de la persona de Cristo, la "verdad", o provocar una interrupción de su comunión con Dios mediante alguna infidelidad en su marcha o alguna duda. En el número anterior, ya hemos considerado el lugar y el momento del combate, la táctica del enemigo y las condiciones que el cristiano debe reunir para poder tomar posesión de su bendición de manera práctica.
            Estudiemos ahora con detalle la armadura del cristiano. Ésta le es provista para el combate (Efesios 6:10-20). Con sus armas humanas, su propia sabiduría y poder, el cristiano nada puede contra un enemigo espiritual, mil veces más fuerte que él. No lo podría enfrentar ni aun con una coraza y el casco de un rey (1 Samuel 17:38). ¡Que esta convicción penetre siempre más profundamente en nuestro espíritu!
            El apóstol Pablo nos dice: "Fortaléceos en el Señor, y en el poder de su fuerza". Únicamente en el nombre y con el poder de Aquel que venció al enemigo seremos capaces de entablar el combate. Además, se necesita apremiadamente estar revestidos de toda la armadura de Dios (Efesios 6:11,13). Ninguna pieza debe faltar.
            ¡Cuán graves serían las consecuencias para un soldado que se hallara implicado de repente en un combate a muerte, sin saber utilizar las armas o estando equipado sólo de una parte de su armadura! De igual modo, todo cristiano debe asegurarse de que conoce todas las armas con las cuales Dios lo ha dotado, y ejercitarse con perseverancia y manejarlas.
            En este pasaje de Efesios, primero encontramos tres partes de la armadura que tratan del estado espiritual del alma del cristiano y de su marcha: ceñidos con la verdad, la coraza de justicia y el calzado con el apresto del Evangelio de la paz.

            La "verdad" desempeña un papel muy importante en la vida del creyente. En primer lugar, debe ceñir sus lomos con la verdad. Entonces, solamente podrá utilizarla como arma ofensiva, como espada, en el servicio según Dios.
            Los lomos son la parte de la fuerza del hombre; visto su emplazamiento, constituyen también una figura de sus inclinaciones y de sus secretos sentimientos. El "Espíritu de verdad" se esfuerza constantemente, por la "palabra de verdad", en presentar en el corazón del creyente a la persona de Cristo como "la verdad". Si esta pieza de la armadura está correctamente revestida, resulta un doble efecto para el creyente.
1.   Todo aquello que no esté de acuerdo con la verdad, sea en su corazón o en su marcha, será manifestado y condenado. Todo aquello que emana de la vieja naturaleza, de la carne o del mundo es puesto de lado (Hebreos 4:12-13).
2.   Además, su ser interior y sus pensamientos son formados a la imagen de Cristo glorificado, quien se santificó por nosotros elevándose al cielo (Juan 17:14-19).
            En Oriente, las vestiduras largas, arremangadas para el trabajo y el servicio, se mantenían en su sitio mediante un cinturón. Del mismo modo, el cristiano ceñido con la verdad no dejará errar sus pensamientos, sus sentimientos y sus inclinaciones; tampoco seguirá los impulsos de su propia voluntad. Vela y se aparta de esas cosas. La verdad misma dirige su corazón. Lo que es bueno tiene poder y autoridad en él. Ama a Cristo y se regocija en las cosas celestiales en Él. No se halla bajo el peso de una obligación exterior o de una ley; el corazón mismo quiere aquello que el Señor desea.
            Satanás no encuentra ningún punto de ataque en tal cristiano. A todas sus tentaciones, sus incitaciones y sus falsas interpretaciones, el corazón del creyente responde: «Está escrito».
            Sin embargo, no olvidemos que diariamente debemos ceñirnos con la verdad y aplicarla a nuestro corazón, y que ello sea un estado permanente. Sólo podemos realizarlo en la comunión con Dios y con el poder del Espíritu Santo.

            Estar "ceñidos... con la verdad" nos guarda en cuanto al hombre interior, en una armonía práctica con Dios; pero una marcha en justicia y en piedad debe caracterizarnos delante de los hombres (2 Corintios 8:21; Hechos 24:16).
            Aquí no se trata de la perfecta e inmutable justicia que el creyente posee en Cristo y que le permite mantenerse ante el Dios santo. Sólo una marcha en la santidad práctica y una buena conciencia pueden servirnos de coraza contra Satanás.
            ¿Cuáles son las condiciones para tener una buena conciencia? Según la luz que le haya sido dada, el cristiano ha juzgado y condenado todo su pasado ante Dios. No tolera en él ninguna clase de mal. Va "ceñido... con la verdad" y se esfuerza, por la gracia de Dios, en mantener su vida diaria —lo visible y lo invisible, sus hechos y su servicio— en armonía con la verdad aplicada a su corazón. La existencia de la carne en nosotros no suscita en uno mismo una mala conciencia, ni interrumpe la comunión con Dios, mientras no la dejemos obrar. Pero tan pronto como soy culpable de una injusticia y mi comportamiento está en contradicción con la voluntad de Dios tal como la conozco, entonces todo vacila: el enemigo puede reprocharme con razón mi falta, aun si queda escondida a los ojos de los hombres. Caí en la trampa durante el combate, y mi comunión con Dios queda interrumpida, el Espíritu Santo es entristecido en mí, y por eso he venido a ser un hombre sin poder ante el enemigo.
            Permanecer en tal estado acarrea graves consecuencias. Una mala conciencia me hace cobarde y me lleva a faltar de rectitud. Vivo en el temor que el mal aparezca con toda claridad y que esto redunde en mi conclusión pública. En tal estado, me entrego a cometer otras faltas. Me vuelvo incapaz de combatir, como en otro tiempo le ocurriera a Israel ante Hai (Josué 7). Si continúo sirviendo y combatiendo — quizás para tener pura fachada— esto sólo hará poner de manifiesto mi indiferencia en cuanto al pecado.
            El creyente que acepta vivir sin la coraza de justicia no podrá poseer la más mínima parcela en los lugares celestiales. Todo su crecimiento se ve interrumpido y su vida deshonra al Señor.
            No obstante, gracias a Dios queda la posibilidad de revestir de nuevo esa pieza indispensable de la armadura: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:9).

            Las Buenas Nuevas de la salvación emanan del "Dios de paz". Por ellas es anunciada la paz a los hombres en virtud del sacrificio de Cristo. Este mensaje pone la paz a disposición de todo aquel que la desea.
            Después de estar ceñidos con la verdad y de haber vestido la coraza de justicia, el creyente se calzará con el apresto del Evangelio de la paz. En virtud de la obra de Cristo, no sólo tiene la "paz con Dios", sino que efectivamente vive en una comunión sin obstáculos con el "Dios de paz". Resulta que la paz llena también su corazón y así está «pronto» a manifestarse a todo aquel que encuentra en su camino: "¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz!" (Romanos 10:15). Es posible que, por esta razón, el creyente coseche odio en lugar de amor, encono en lugar del agradecimiento. Sin embargo, en cuanto dependa de él, está en paz con todos los hombres (Romanos 12:18).
            ¿Por qué el mundo está lleno de descontento y disputas? Porque el hombre lucha por adquirir bienes terrenales y obtener beneficios materiales; porque su egoísta corazón, ávido de honores, queriendo siempre tener razón, no busca el interés de su prójimo, sino que se ensalza por encima de él. En tal contexto, el cristiano puede derramar un hálito de paz venido del cielo, donde él vive por la fe, porque se goza de sus bienes celestiales y no busca el honor que viene de los hombres sino el que viene de Dios. Ocurre demasiado a menudo que, por falta de vigilancia, hemos olvidado ponernos este calzado y manifestamos insatisfacción, mal humor y envidia. El enemigo se sirve de esto para suscitar discordias y disputas en nuestro propio hogar, entre los creyentes y aun en nuestras relaciones con las personas del mundo. ¡Qué triunfo para Satanás! Consiguió una victoria, privándonos así, por cierto tiempo, del gozo de las bendiciones celestiales.
            ¡Qué importante es esta pieza de la armadura! En este mundo, podremos ser útiles mensajeros del Evangelio de paz sólo en la medida que nuestra conducta para con los hombres rinda testimonio de esto.
            Las siguientes piezas de la armadura constituyen el escudo de la fe y el yelmo de la salvación. Se refieren más a la conservación de la confianza en Dios.

            Cuando los pensamientos, las inclinaciones y los sentimientos interiores son sujetados como acabamos de verlo, y la marcha se caracteriza exteriormente por la justicia y la paz, el alma puede blandir el escudo de la fe. No se trata tanto de la fe que acepta el testimonio de Dios en cuanto a Cristo para la salvación del alma, sino más bien de una confianza inquebrantable en el Dios de amor que es sin reserva "por nosotros" (Romanos 8:31), y que se reveló como Padre en Cristo Jesús.
            Cualquiera que tiene en alto ese escudo con semejante confianza, no se hará preguntas, sino que "contra esperanza" (humana) creerá "en esperanza” (en Dios) (Romanos 4:18). En esta ocasión experimentará que Dios lo ampara y lo protege, y que el alma que en Él confía jamás se verá decepcionada (Salmo 91:1-5). La sencilla fe justifica a Dios y se apoya en él; en realidad, Él es un escudo contra el cual todos los dardos de fuego del maligno se apagan.
            ¡Cuán necesario es este escudo para el cristiano! Por un lado, este último puede mantenerse en espíritu en los lugares celestiales; pero, por otro, en este mundo debe atravesar diferentes circunstancias, pruebas, sufrimientos y aflicciones bajo la dirección de Dios que los permite. A menudo, Satanás utiliza el carácter insondable de los caminos de Dios para llenar nuestro corazón de desconfianza para con Él, y para suscitar en nosotros la duda en cuanto a su amor, su fidelidad y sus cuidados. También intenta quebrantar nuestra confianza en la veracidad y la confiabilidad de su Palabra, y otras cosas semejantes. Todo aquello que nos aleja de Dios y de nuestras bendiciones celestiales en Cristo le gusta.
            La fe pone a Dios entre ella y las circunstancias, así como todo aquello que pudiera inquietarla. Abram pudo decir: "He alzado mi mano a Jehová Dios Altísimo, creador de los cielos y de la tierra". Y Dios le respondió: "No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande" (Génesis 14:22; 15:1). Si resistimos al diablo, hallará a Cristo en nosotros y huirá.
            ¿Cómo es posible que los dardos del maligno penetren en el corazón del creyente y lancen en él, como fuego ardiente, la duda y la angustia? Porque olvidó no sólo tomar el escudo, sino también el cinturón, la coraza y el calzado. Quizás uno comience a desviar los ojos de la contemplación de Cristo glorificado, llevado por muchas distracciones de este mundo. Entonces, el corazón no está más en la luz, sino que sigue el impulso de los pensamientos y las inclinaciones naturales, o aun "los deseos carnales que batallan contra el alma" (1 Pedro 2:11). A partir de ese momento, no es protegido contra los dardos de fuego del maligno. Pues, cuando la íntima comunión con Dios es interrumpida, ¿cómo podemos elevar los ojos llenos de confianza hacia Él? La confianza se apoya en Dios. No halla su fuente en la marcha, sino que una marcha fiel es el terreno en el cual progresa.
            Cobremos aliento al pensar en nuestro Señor quien, como sumo sacerdote y abogado en el cielo, intercede constantemente por nosotros. Intercede para que permanezcamos en estado de combate, y en caso de caída podamos de nuevo revestir toda la armadura y volver a tomar nuestro lugar en el combate.

            Para no dar pie al enemigo y estar protegidos de todas partes contra sus ataques, necesitamos tomar el "yelmo de la salvación". Cada día deberíamos marchar con la conciencia y el gozo de la perfecta salvación en Cristo, que Satanás no puede destruir ni quitar. Sólo así protegeremos nuestra cabeza de manera práctica, como lo hace el yelmo en el día del combate.
            El escudo es una figura de lo que Dios es por nosotros, y el yelmo de lo que hizo por nosotros.
            La salvación, tal como nos la presenta la epístola a los Efesios, no incluye solamente nuestra perfecta redención, el perdón de nuestros pecados, la liberación de nuestro estado de corrupción, de la esclavitud del pecado, y del poder del enemigo; sino que la salvación consta también del hecho de que estamos en Cristo, y en él hemos sido llevados a los lugares celestiales. Nuestra salvación es tan perfecta, inalterable e imposible de perder que no debemos ocupamos más de nosotros mismos. Todo está asegurado, el yelmo puede estar expuesto a todos los golpes. La salvación nos da valor y energía; así somos libres para ser activos para el Señor por el poder del Espíritu Santo, sin que estemos en nada atemorizados o impedidos por cualquier razón que nos concierne.

            Mientras que las otras piezas de la armadura se refieren a nuestro propio estado y sirven para protegernos, la espada del Espíritu, la Palabra de Dios nos es dada como un arma ofensiva. Se utiliza para con el prójimo, en la obra del Señor.
            Si estamos de corazón en la verdad, si andamos en justicia yendo en paz por nuestro camino a través de este mundo de hostilidades, si nuestro corazón confía en Dios y que tenemos la firme seguridad de nuestra salvación en Cristo, entonces podemos empeñar y ganar el combate. Estamos protegidos en cuanto al hombre interior y al abrigo de todos los ataques del exterior. Un buen estado interior debe preceder toda actividad exterior y acompañarla.
            Es un punto de suma importancia, al cual a menudo no solemos prestar mucha atención. Ocurre que salimos al combate sin habernos juzgado a nosotros mismos y sin tener la firme seguridad de que Dios está con nosotros. Ahora bien, existen situaciones en las cuales no puede acompañarnos, tal como lo vemos en la historia de Acán en Josué 7. En tal caso, el combate terminará en una vergonzosa derrota. Si deseamos ser activos para el Señor—ya en nuestra familia, en la vida cotidiana o en un servicio público— primero tenemos que haber estado en Su presencia. Nuestra arma ofensiva es pues la espada del Espíritu, la Palabra de Dios, y no hay otra cosa que el enemigo tema más. Manejada con el poder y la dirección del Espíritu Santo, suministra una fuerza y una agudeza a las cuales nada puede resistir. Entonces, es "como luego dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra" (Jeremías 23:29). Es "viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12).
            ¡Tengamos siempre entre manos la Palabra, esa arma que nos es proporcionada por el arsenal divino! No debemos añadir ni quitar, pues de lo contrarío dejaría inmediatamente de ser la espada del Espíritu, y la Palabra de Dios. Es tan perfecta como nuestra salvación y como nuestra justicia; su valor es independiente de nuestra colaboración. Basta absolutamente para todo y podemos contar enteramente con ella si la utilizamos sólo bajo la dependencia de Dios.
            A través de todas las Escrituras, especialmente en los Salmos, encontramos ejemplos de la manera en que los creyentes manejaron la Palabra. Nuestro Señor mismo es el perfecto modelo para utilizar esa arma espiritual. Se sirvió de ella en las tentaciones, así como en sus conversaciones con los judíos que siempre intentaban contradecirle. Sin embargo, si no andamos por el poder que da el Espíritu de Dios no contristado, nunca podremos agarrar la espada de la buena manera, y menos aún utilizarla correctamente. Una palabra a propósito en el momento oportuno no puede ser llevada a cabo sino por medio del poder y la luz del Espíritu Santo. Entonces, un solo pasaje de la Biblia puede vencer a nuestro más poderoso enemigo, como ocurrió en otro tiempo con la piedra lanzada por la honda de David (1 Samuel 17:49).
            En la obra del Señor, cuánto se hace sentir la necesidad de obreros que sean "fortalecidos en el Señor" porque tienen la costumbre de vestir toda la armadura, y por consecuencia saben utilizar como es debido la espada del Espíritu.

La oración
            La última arma citada por el apóstol Pablo es la oración. Esta última muestra la actitud fundamental que el cristiano debe tener para ser capaz de utilizar todas las piezas de la armadura y de practicar lo que representa.
            En la entera conciencia que el poder, la sabiduría y la dirección no se hallan sino sólo en Dios, el cristiano en todo tiempo puede volver al trono de la gracia y elevar sus súplicas (Hebreos 4:16). Así será guardado y mantenido en presencia de Dios, los ojos puestos en él y el corazón libre de toda inquietud. El único medio para él es permanecer por encima de las circunstancias y realizar su posición en los lugares celestiales. Cuanto más lo acaparan sus ocupaciones terrenales, tanto más debe cultivar esta relación de oración continua con el Señor.
            La oración es el barómetro infalible de la dependencia del creyente. Esa dependencia, la manifestó el Señor mismo en perfección durante su vida en la tierra. Le gustaba retirarse para permanecer en oración con Dios durante muchas horas (Hebreos 5:7-8; Marcos 1:35; Lucas 6:12). Dijo: "Mas yo oraba" (Salmo 109:4). Pablo y los otros apóstoles fueron hombres de oración. Lo mismo ocurría con Epafras (Colosenses 4:12), así como con tantos otros siervos del Señor. Es el secreto del éxito en el servicio y de la perseverancia en los dolores y los sufrimientos.
            Una buena utilización de la armadura hace que el cristiano sea capacitado para el servicio para con los demás; entonces su oración no se limita a sus necesidades personales, sino que se extiende a todos los creyentes y siervos del Señor, por las perseverantes intercesiones; "velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí” (Efesios 6:18-19). Así pues, la oración en común no sólo concierne a la obra del Señor aquí abajo, sino que también nos lleva al combate en los lugares celestiales.
            Es necesario que las cosas sean así; porque los creyentes son uno, la obra es una obra común, y Satanás es un enemigo común. Conforme a esto, la Iglesia es presentada en la epístola a los Efesios como un cuerpo: "un cuerpo, y un Espíritu" (4:4). Si verdaderamente combatimos el combate como nos es expuesto en el capítulo 6, ciertamente no nos olvidaremos de orar con perseverancia por todos los creyentes y por toda su obra. Por este medio, en cuanto a nosotros dependa, guardaremos la unidad del Espíritu, manteniéndonos alejados de todo aquello que la perturbe, frustrando todo intento del enemigo.
¡Que el Señor nos dé a todos la gracia de permanecer conscientes de nuestra posición celestial y que, revestidos de toda la armadura de Dios, libremos el combate que tiene lugar en los lugares celestiales! "Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará. Mas el justo vivirá por fe" (Hebreos 10:37-38). ¡Cuando estemos cerca del Señor, ya no estará el enemigo en el cielo y no necesitaremos más armadura ni armas!

Creced 2001 - N° 2

La ley del Leproso y su purificación.

Aplicación actual
Hemos visto en el cuadro del leproso acepto en la presencia de Dios, el aspecto que nos habló de nuestra entrada en las moradas celestiales, en las glorias de la casa del Padre, Pero creemos que esta maravillosa figu­ra puede ofrecer una aplicación para el tiempo actual, y encierra a la vez una lección importante.
En efecto, Dios nos considera desde ya como resu­citados de entre los muertos y sentados en lugares ce­lestiales en Cristo Jesús; así lo leemos en el capítulo 2 de la epístola a los Efesios: "Dios, que es rico en mise­ricordia, por su mucho amor con que nos amó, aun es­tando nosotros muertos en pecados, nos dio vida junta­mente con Cristo... y juntamente nos resucitó, y asi­mismo nos hizo sentar juntos en los lugares celestiales en Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia..." (Efesios 2.4-5). Notadlo, esto no es lo que Dios hará en los días futuros, es lo que ha hecho ya; ninguna necesidad tenemos pues de esperar nuestra entrada en los atrios celestiales para gozar de los bienes que nos ofrece este "octavo día". Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas vie­jas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas... somos aceptos en el muy amado; es ahora que somos santos en El, sin mancha, irreprensibles delante de Dios; es ahora que estamos sentados en los lugares celestiales en Cris­to. Pero no lo olvidemos, la presentación del leproso purificado ante Dios no se cumplirá en toda su plenitud sino cuando habremos franqueado los umbrales celes­tiales.

¡Cuán dulce y placentera es la casa paterna!
La noche ya pasó, brilla el día eternal;
Muy lejos de esta tierra,
En Cristo el alma entera
Gustará del amor el solaz celestial.

Mientras tanto, nos es necesario entrar en el san­tuario de la presencia de Dios para poder luego andar como cristianos en este mundo. ¡Quién nos diera mayor fuerza para caminar de una manera digna de las insig­nias sagradas que llevamos! Como lo hemos visto en el capítulo anterior, somos marcados por la sangre del sa­crificio por la culpa, esa sangre ha expiado nuestros pe­cados, comprados por ella no somos ya nuestros; vele­mos pues cuidadosamente para que nada que deshonre a Aquel que derramó esa sangre que marca nuestra ore­ja, penetre por ella. Esta señal sin embargo, no implica tan sólo un aspecto negativo, ella nos lleva a un lado positivo; todo lo que representa el oído pueda ser de Cristo y de El sólo para siempre. Satanás había hallado por el oído de Eva la puerta de entrada en el alma humana, y bien sabemos cuántos estragos ha cometido allí... mientras que la oveja oye la voz del buen Pas­tor, le presta oído atento, le conoce y le sigue. "Mirad lo que oís" dijo el Señor en el principio de su ministerio (Marcos 4,24); desde la gloria magnífica la voz de Dios el Padre declaró: "éste es mi Hijo amado, a él oíd" (Lu­cas 9,35).
Esta mano mía que otrora se hallaba bajo el poder de Satanás, rescatada por la misma sangre preciosa de Cristo, lleva el anillo de la casa del Padre (Lucas 15,22), y está al servicio del que la rescató: "todo lo que hacéis sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús" (Colosenses 3,17).
Mi pie que pisaba sendas carnales y de propia vo­luntad, "que camino de paz no conocía", lleva ahora la marca de la redención, se operó un cambio: "¡cuán her­mosos son los pies de los que anuncian la paz... calza­dos los pies con el apresto del Evangelio de paz" (Ro­manos 3,17; 10,15; Efesios 6,15)
Recuerdo la visita que hizo un siervo de Dios a una familia cristiana en la cual una amable joven se había convertido hacía poco; pero sin haber cortado de raíz con el mundo y sus placeres para andar sincera y deci­didamente para Cristo. Aprovechando un instante en que se hallaban solos, ella preguntó:
—  Señor P., ¿está mal bailar?
—  Esto depende de lo que le pasó al pulgar de su pie derecho, fue la contestación.
—  ¿Qué quiere decir usted?, repuso la joven sor­prendida.
El hermano leyó entonces los versículos que nos ocupan en este momento, mostrando a su interlocutora, los derechos de Cristo sobre aquellos que hacen profe­sión de estar al beneficio de su muerte. Conmovida has­ta el alma abandonó el baile, el mundo y gozosa se em­peñó en la senda estrecha en pos de su Señor. Jamás olvidó la lección aprendida con provecho.
Las señales que llevo en mi oído, en mi mano y en mi pie testifican que yo no soy más mío: has sido com­prado a precio, me es dicho, glorifica pues a Dios en tu cuerpo (1. Corintios 6,19-20); "no reine pues el pe­cado en vuestro cuerpo, ni tampoco presentéis vuestros miembros por instrumentos de iniquidad, sino presen­taos a Dios como vivos de los muertos, y vuestros miem­bros como instrumentos de justicia" (Romanos 6, 12,13). Al oír tales exhortaciones, preguntamos: ¿quién las pue­de realizar? Cuanto mejor conoceremos nuestra incapa­cidad, tanto más ferviente será nuestra contestación: "no que seamos competentes de nosotros mismos. . . si­no que nuestra competencia proviene de Dios" (2. Co­rintios 2,16; 3,5).
Lo que venimos diciendo recuerda la escena cuan­do el sacerdote, después de haber esparcido el aceite siete veces delante de Jehová, lo aplica sobre el leproso encima de la sangre del sacrificio por la culpa; jamás nos aventuraremos en este mundo de perdición pensan­do permanecer indemnes, teniendo solamente sobre nues­tros miembros la sangre del "sacrificio por la culpa"; gracias a Dios esta sangre está cubierta de aceite, es decir del poder necesario del Espíritu Santo que nos guarda deshonrar la preciosa sangre que lleva nuestro pie, y que nos conduce a lo largo del camino aquí abajo para andar en santidad y amor, en pos de Cristo, como es digno de Dios (Efesios 5,1). ¿Seremos suficientemen­te agradecidos a Dios por el aceite aplicado sobre la sangre del sacrificio?
Hemos sido llevados ya a nuestro real sacerdocio, es verdad que participamos del rechazo que sufrió nues­tro Rey ausente, pero es a nosotros que el Espíritu San­to se dirige: "sois un real sacerdocio. . ." (1. Pedro 2,9). No esperemos pues estar en la gloria para realizar nues­tro oficio sacerdotal, somos ya sacerdotes: "la hora vie­ne, y ahora es cuando los verdaderos adoradores ado­rarán al Padre en Espíritu y en verdad" (Juan 4,23), los buscó y los halló. ¿Y quién hubiera creído que los encontraría entre miserables "leprosos" ahora limpiados y acercados a El, hechos sus hijos? Tal es la sorpren­dente verdad, sí, querido amigo cristiano, desde ahora tú y yo tenemos el privilegio, el infinito privilegio de aportar nuestro holocausto del cual no debemos separar la ofrenda de flor de harina; los traemos con un corazón que desborda, ofreciéndolos a Aquel que lo ha hecho todo por nosotros. "Así que teniendo libertad para en­trar en el santuario por la sangre de Jesucristo... llegué­monos con corazón verdadero" (Hebreos 10,19); y al penetrar allí, somos conducidos por el Espíritu "para contemplar la hermosura de Jehová y para inquirir en su templo" (Salmo 27,4). Mas la perfección está delante cuando al llegar a las moradas eternas exclamaremos enajenados con aquella reina de la antigüedad: "verdad es lo que oí en mi tierra de tus cosas y de tu sabiduría; mas yo no creía hasta que he venido y mis ojos han visto, que ni aun la mitad fue lo que se me dijo..." (1. Reyes 10,6-7).
¡Mi flaqueza, mi flaqueza!
(Isaías 24,16)
Cada vez que volvemos a leer esta exquisita por­ción de la sagrada Palabra veremos brotar nuevos rayos de la gloria divina, de tal modo que nunca podremos de­cir haber llegado al final de su estudio.
Surge una pregunta: ¿hasta qué punto los que se acercaron a Dios según las ordenanzas dadas a su anti­guo pueblo pudieron entrever en estas figuras los mis­terios escondidos en ella? Pero, ¿no sería más acertado preguntarnos a nosotros, creyentes de la dispensación actual, hasta qué punto las comprendemos, ya que el "velo" del misterio que las cubría ha sido quitado para nosotros? (2. Corintios 3,12-13). Esta pregunta nos lle­va a la porción que concluye estas líneas: "mas si fuere pobre, y no tuviere para tanto, entonces tomará un cor­dero para ser ofrecido como ofrenda mecida por la cul­pa, para reconciliarse... y dos tórtolas o dos palomi­nos según pueda..." (vs. 21-23).
¡Cuántas veces hemos experimentado nuestra po­breza espiritual! ¡Cuán deficiente es a menudo nuestra estimación del sacrificio de Cristo! Pero, no es ésta la que más importa, sino la que Dios hace de El. Ante todo, notemos que el "caso de pobreza" del que se purifica, no permite reemplazar el sacrificio por la culpa por una víctima de menos valor; mientras que el cordero para el holocausto podía serlo por dos tórtolas. Estas dos aves significan que si mi apreciación de Cristo se eleva sólo a la altura de lo que simbolizan, mi aceptación, sin embargo, y mi propiciación ante Dios, no se hallan per­judicadas en lo más mínimo. Nadie que se acercó a Dios por el precioso nombre de Jesús ha sido rechazado por­que no comprendía suficientemente el valor de ese nom­bre; nuestra fe puede ser débil, nuestra apreciación de Jesús muy pobre, pero si nos acercamos en ese nombre, Dios, que conoce su pleno valor y la eficacia de su san­gre para limpiar nuestros pecados, nos recibe en su ple­na perfección. Por real que sea el sentimiento de nues­tra insuficiencia, ésta no es un motivo para mantener­nos alejados de Dios; acerquémonos tal como somos en ese precioso nombre:
Al Señor Jesús loemos,
Lo que somos le debemos,
Cuanto por gracia tenemos
Sólo es nuestro en El.

Leyendo el párrafo comprendido entre los versícu­los 21 a 32 que se refiere a la ofrenda "del que no tu­viere para tanto", descubrimos que el Espíritu de Dios se deleita en repetir con la misma abundancia de deta­lles la maravillosa escena que acabamos de considerar: ¡ah! esa escena es muy digna de repetición. Dios no se cansa nunca de repetir lo que en su gracia nos dijo de su muy-amado Hijo Jesús ni de contemplar la perfección de su obra; pues no nos cansemos nosotros tampoco de meditarla. ¿Es acaso fortuito que dos largos capítulos de la Biblia hayan sido consagrados por el Espíritu Santo para tratar el asunto de la lepra y su purificación?
★★★
Desde los versículos 33 a 53 de nuestro capítulo, el texto se ocupa de la lepra que se declara en una casa y el modo de purificarla; esto no podía suceder sino al estar Israel en el país de Canaán, ya que el desierto no les ofrecía sino tiendas. Por esta razón este pasaje ilus­tra lo que podría suceder en la asamblea del pueblo de Dios en la actualidad, tal como la iglesia de los Corin­tios nos ofrece el caso. Es uno de los más solemnes te­mas que el Espíritu de Dios nos presenta, al cual todo verdadero cristiano debe prestar la atención merecida.
Pero este tema y el pasaje que lo trata no están en el marco de nuestras líneas; queremos sin embargo en­comendar encarecidamente su lectura a todo creyente que toma a pecho los intereses y el bien del pueblo de Dios aquí en esta tierra.
★★★

Danos, Señor, mayor poder de tu Espíritu para al­canzar la profundidad y la plenitud de tu Palabra, para descubrir en ella nuevas bellezas... "Señor, abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley" (Salmo 119,18).

Doctrina: Los demonios

Introducción
           El estudio acerca de los ángeles no se acaba con lo ya visto, sino que es fundamental saber quiénes son estos “ángeles caídos”, porque ellos tienen una parte activa sin precedente en la vida del hombre y, por ende, en la oposición a la obra de Dios. Por lo cual debemos conocerlos.
           El algunas ramas de este árbol llamado “cristianismo”  ha querido negar que ellos existan y lo suplantan por el “misticismo” del hombre. Si aceptamos que es solo un mito del hombre antiguo, entonces surge la pregunta ¿porque el Señor Jesucristo tuvo confrontaciones directas con ellos y los trató como seres que existen y no como “imágenes creadas” por la mente del hombre?
           Como cristianos que somos,  siempre debemos acudir a la escritura para contrastar cualquier pensamiento, sea de este tema o de cualquier otro, porque ella tiene la última palabra en todo.

1.     Origen
            Al no saberse en detalle como estos seres aparecieron, se han sugerido ideas para explicar la existencia de estos seres. Una de ellas habla  de que son “espíritus de personas malvadas ya muertas, pero inmediatamente queda descartada, porque  según las escrituras, es falsa porque las personas malas están en el infierno desde que murieron (Lucas 16:23).  Otra dice que son “espíritus de una raza pre-adámica”. No se sostiene esta teoría, puesto que Romanos 5:12 dice que Adán fue el primer hombre, y además no se evidencia en los textos bíblicos ninguna evidencia que existiese esta raza pre-adámica. “Descendientes de ángeles y mujeres”. Se base esta teoría en referencia de Génesis 6:2, donde se confunde la expresión “Hijos de Dios” con los ángeles. El pasaje relata que estos “hijos de Dios” tuvieron relaciones con las hijas de los hombres y de ellos nacieron  los “nefilim” (gigantes, 6:4), que eran demonios. Pero la expresión “Hijos de Dios” no necesariamente se usa en relación a los ángeles. Y la palabra “nefilim” indica hombres de renombre.
            Descartada las otras tres teorías, podemos afirmar que la más que se ajusta a la escritura  que estos seres son: “Ángeles caídos no encarcelados”. Estos seres son ángeles que fueron creados por Dios, pero no en la condición antagónica que ahora ellos se encuentran. Al contrario, fueron ángeles de luz  que pecaron en forma voluntaria. Cuando Lucifer se rebeló contra Dios, cayó de su lugar y arrastró consigo a un grupo de ángeles de menor rango. Esta pensamiento se sustenta en que  a Satanás  se le denomina “príncipe de los demonios” (Mateo 12.24). En Mateo 25:41 también se refiere a “el diablo y sus ángeles”, lo cual hace referencia a sus demonios; lo mismo sucede en Apocalipsis 12:7, donde se menciona al “dragón y sus ángeles”.
            De todos los ángeles que cayeron en la rebelión de Lucifer, hay un grupo que se encuentran libres y activos en el mundo.  Otro grupo se encuentra encarcelados en oscuridad en el “Tártaro” (2 Pedro 2:4) porque no “guardaron su dignidad” (Judas 1:6) y esperan el día del juicio. Y el tercer grupo se refiere a ángeles confinados al abismo (Apocalipsis 9:2 compare con Lucas 8:31). En capítulo 9 de Apocalipsis indica que estos serán liberados durante la gran tribulación para afligir a quienes no tengan el sello de Cristo en su frente (Apocalipsis 9:3-11).

            El siguiente cuadro muestra una descripción gráfica sobre la distribución de los ángeles en su estado actual. También le permitirá al estudiante tener una visión sobre estado futuro de los ángeles, especialmente de los que cayeron junto con Satanás durante su rebelión a la autoridad de Dios, queriendo Satanás suplantarlo en lo que sólo a Él le corresponde: Ser Dios.


Los Ángeles: Satanás

9.     Juicios y Destino de Satanás


Satanás desde que pecó ha acarreado Juicio tras Juicio sobre sí, y todos sus actos son condenables, porque su único propósito es suplantar a Dios.  Como creyentes sabemos que el “príncipe de este mundo” es un ser juzgado (Juan 16:11), que lleva sobre sí una condenación y que Dios no dejará de dar la retribución que merecen sus actos. En esta edad no somos nosotros quienes debemos Juzgarlos, ni siquiera los ángeles lo hacen, el juicio es de Dios (Judas 1:9). Pero cuando corresponda, el creyente se le dará la atribución de juzgar a los ángeles. El pasaje de 1 Corintios 6:3 declara: “¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?” En esa oportunidad, en el gran día del Juicio (Judas 1:6; 2 Pedro 2:4),  el creyente dará su conformidad en el juicio de Dios.
La siguiente lista muestra los distintos juicios que se han aplicado y aplicarán a Satanás y sus huestes

A.   Cayó de sus posición original: El primer Juicio que encontramos en la Escritura de que él fue objeto, fue el acto o decreto de expulsión de su posición que se dio cuando pecó (Ezequiel 28:16-17; Apocalipsis 12:4). Este juicio no impidió que él pudiese ir a los lugares celestiales cuando se le permitiese.
B.   Decreto de la derrota final. El siguiente  juicio se encuentra en Génesis 3:14-15.  “Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” Aquí queda sentado las bases del dominio sobre los hombres cuando se hace referencia a  “polvo comerás”, porque el hombre fue hecho del polvo; y de quien lo derrotaría en forma definitiva. En esta lucha por la redención del hombre “la simiente” de la mujer  le “herirá en la cabeza”. La victoria fue breve con respecto a la victoria total de la cruz.
C.    La impotencia a consecuencia de la Cruz. La consumación del decreto Divino de la derrota de Satanás comenzó a consumarse con la venida del Hijo de Dios a esta tierra a semejanza de hombre (Filipenses2:5-7; Mateo 1:18-25; Lucas 2:1-21). Se completa el decreto de Dios en la cruz del calvario (Juan 12:31), quedando de este modo  derrotado “al que tenía el imperio de la muerte” (Hebreos 2:14).
D.   Expulsión del cielo. A mitad de la gran tribulación será expulsado del cielo y no tendrá acceso a él por ningún motivo (Apocalipsis 12: 10,13). Antes de esto él podía ir hasta la presencia de Dios (Job 1:6; 2:1) a pesar de la expulsión ocurrida cuando se gestó el primer pecado. Ahora las puertas de acceso, por decirlo de  algún modo, fueron cerradas para él y ya no podrá acusar a los creyentes.
E.    Encadenado en el Abismo. Después de la gran batalla de Armagedón, cuando el Señor regrese en gloria y majestad, será derrotado en la batalla del Armagedón y encadenado en el abismo  por mil años (Apocalipsis 20:1-3); y en este tiempo no podrá a engañar a nadie.
F.    Arrojado al lago de fuego. Posterior a la liberación, este ser derrotado intenta la sublevación de los incrédulos al finalizar el milenio. Este intentó falla y él es derrotado. Posteriormente es arrojado al lago de fuego y azufre al final del Milenio (Apocalipsis. 20:10; Mateo 25:41).

10.Resumen y Conclusión.
            Satanás es un ser creado (no en las condiciones actuales). Fue creado como un ser con cualidades especiales y útiles para el servicio a que estaba predestinado. Pero en su ego engendró el pecado y se reveló ante Dios, queriendo usurpar el lugar de Dios. Desde ese momento es un ser derrotado que interviene en todo lo que Dios hace.  El hecho que es superior al hombre en capacidades y poder, no le teme a nada de lo que el hombre pueda hacerle. Por lo cual, puede hacernos o causarnos serios problemas mientras Dios se lo permita; (¡ay!) pero también nosotros se lo permitimos, con nuestra concupiscencia.
            Es nuestra obligación conocer a nuestro enemigo, por eso es importante el estudio sobre Satanás y sus secuaces. Como seres humanos creyentes NO podemos proferir juicios ahora, pero tendremos la facultad cuando estemos en gloria.
            Recordemos que es un ser derrotado, que la victoria fue de nuestro Señor al pisarle la cabeza. Toda serpiente se le derrota (apresa., domina) por la cabeza, si bien ella por un momento tuvo la victoria, su derrota fue completa con la obra de la cruz y la resurrección del Señor Jesucristo.

            Por último, también Satanás es un agente al servicio de Dios. Es decir, a pesar que el daño que pueda hacer, este se traduce a la postre en bienestar superior, o para nuestra disciplina, teniendo como ejemplos la situación de Job (la muerte de sus hijos, la pérdida de sus bienes y la enfermedad que llevaba en su piel) y Pablo (la falta de visión en sus ojos, véase 2 Corintios 12:7-9). Podríamos poner muchos otros casos, por ejemplo, los enfermos que el Señor sanó, a los endemoniados que libertó, pero lo ya visto es suficiente para nuestra conclusión, y entender como de algo malo puede resultar algo bueno para nuestra vida espiritual y nuestro crecimiento personal.

Los Seis Milagros del calvario

LA MORTAJA DE JESUS ESTABA EN ORDEN
Simón Pedro... entró en el sepulcro, y vio los lienzos echados y el sudario que había estado sobre su cabeza, no puesto con los lienzos, sino envuelto en un lugar aparte. Entonces entró el otro dis­cípulo... y vio y creyó. —Juan 20:6-8
            EL QUINTO de los milagros del Calvario fue maravilloso orden en que se encontraban las cosas en el sepulcro del Jesús recién resuci­tado. El significado del versículo no es sola­mente para afirmar el hecho de la resurrección sino para presentarlo a la vista de todos. Y desde este punto de vista ocupa un lugar con los otros milagros del Calvario que atestiguan abiertamente el valor y la eficacia de su muer­te redentora.

¿POR QUE LOS OMITIO MATEO?
Es digno de atención que Mateo, cuyo relato de las señales del Calvario es completo, no se refiere a las circunstancias que ahora nos ocu­pan. Y la explicación de esta omisión es intere­sante. El rasgo que caracteriza el relato de Ma­teo es su orden consecutivo. Después de men­cionar las tinieblas—la señal de los sufrimien­tos de la cruz—habla de las señales de la vic­toria de la cruz, empleando como punto de partida el segundo de los clamores desde la cruz y limitando sus observaciones a los efec­tos causados por ese grito victorioso. Rasgó el velo del templo, y sacudió la tierra, y abrió los sepulcros. Al dar una explicación a la apertura de los sepulcros, Mateo declara que muchos cuerpos de los santos que dormían se levantaron, y salieron de los sepulcros, des­pués de la resurrección del Señor.
Evidentemente, en una declaración tan per­fectamente consecutiva, no queda lugar entre la apertura de los sepulcros y la resurrección de los santos para presentar una descripción del estado de cosas en la tumba abandonada.
Mateo menciona, es cierto, que la resurrec­ción del Señor es la precursora y la causa de la de los santos. Pero no armonizaba con sus arreglos el insertar una descripción del estado de la tumba, porque éste no se produjo debido a ese clamor de victoria que ya había sido pro­nunciado.
Después de mencionar los primeros cuatro milagros del Calvario, Mateo describe la resu­rrección de los santos, el sexto y último mila­gro, pero omite éste, el quinto.

UNA DESCRIPCION DE LA RESURRECCION
Mientras tanto, lo que Mateo omite lo pre­senta Juan. Mientras que Juan no se refiere a los otros milagros del Calvario, nos presenta lo que es casi una descripción de la resurrec­ción del Señor y nos permite considerarla en sus distintos aspectos.
El domingo por la mañana, muy temprano, María Magdalena les cuenta a Pedro y Juan que el cuerpo de Jesús, que había sido colocado en el sepulcro el viernes por la tarde, ya no está allí. También les da a entender que ella piensa que los enemigos se lo han llevado.
Inmediatamente los dos apóstoles se apre­suran al sepulcro. Juan corrió más presto que Pedro y llegó primero. "Y bajándose a mirar, vio los lienzos echados; mas no entró." Empero Pedro, "siguiéndole, entró en el sepulcro, y vio los lienzos echados, y el sudario que había estado sobre su cabeza, no puesto con los lien­zos, sino envuelto en un lugar aparte." En­tonces entró también Juan, "y vio y creyó."
Cuando Pedro y Juan entraron en el sepul­cro, no vieron el cuerpo de Jesús; pero vieron los lienzos. Y vieron que éstos estaban coloca­dos en orden—"los lienzos echados," y el su­dario para la cabeza "envuelto en un lugar aparte."

II
Que esto es una descripción de un estado de cosas maravilloso es evidente por el hecho de ser el centro y eje de toda una narración bíblica. El darnos a conocer el exacto arreglo de las prendas mencionadas lleva nueve versí­culos de este relato evangélico. Por este hecho su importancia es evidente.

LA IMPRESION DE JUAN
En efecto, podemos ver la impresión que esto produjo en la mente de Juan. "Vio y creyó"
¿Qué es lo que creyó? ¿Creyó el relato de María Magdalena cuando les dijo que el cuer­po no estaba allí? ¡Cuando vio que el cuerpo no estaba allí, no es necesario agregar que creyó que no estaba allí! Además, ¿qué tenía que ver el arreglo de los lienzos con el hecho de que vio que el cuerpo no estaba allí? Sin embargo fue ese orden en los lienzos lo que le llevó a creer.
¿Significa tal vez que él creyó lo manifes­tado por María, que dado que el cuerpo no estaba allí, los enemigos de Jesús lo habían robado? No; el orden y arreglo de los lien­zos lo negaban. Es inconcebible que si el cuer­po hubiera sido robado, el enemigo perdería tiempo en quitarle los lienzos y acomodarlos. ¿Y por qué hay esta diferencia entre Juan y Pedro en relación con su creencia? No sola­mente no se dice nada acerca de la creencia de Pedro, sino que según lo relata Lucas, cuando "vio solos los lienzos echados, se fue maravillándose de lo que había sucedido"; mientras que Juan "creyó" inmediatamente.

COMPARACION ENTRE JUAN Y PEDRO
¿Significa esto que Pedro vaciló cuando oyó la historia del robo, mientras que Juan fue víctima de su credulidad? ¿Era posible que Pedro fuera engañado más fácilmente que Juan? No; sólo puede haber un significado. Juan vio todos los lienzos en orden y creyó que Jesús había resucitado. Esto indicaba de tal modo una intervención divina que al ins­tante creyó en la resurrección del Señor, aun­que hasta ese momento, como lo expresa el versículo siguiente, no sabía las Escrituras que decían que era necesario que Jesús resucitase.
Un orden tal en los lienzos debe haber sido como un cuadro de la resurrección, y de esta manera procedamos a interpretar el versículo.

III
Vio "los lienzos echados," es decir, no tan solamente sobre el piso del sepulcro, sino que permanecieron tal como cuando el cuerpo ha­bía estado envuelto en ellos. Y el sudario "es­taba en un lugar aparte"—no confundido con los lienzos que habían envuelto al cuerpo, sino en el lugar que había ocupado la cabeza.
Estaba "envuelto," es decir, al haber sido quitada la cabeza del interior, había cedido y se había encogido. No había sido desdoblado ni desatadas sus ataduras, indicando que no había sido quitado de la cabeza sino que la cabeza había sido sacada de él. Allí los vemos —los lienzos y el sudario—ninguna ligadura desatada, no han sido molestados, su posición no ha variado, solamente que se han encogido.

LUCAS LO CORROBORA CON SU TESTIMONIO
Esto es lo que nos describen las palabras, y es necesario en vista del efecto que tuvo sobre Juan. Es lo que Lucas manifiesta en una sola frase; pues aunque no hace referencia al su­dario dice que "vio solos los lienzos echados."
¿Qué significa esta palabra "solos"? Evi­dentemente no estaba el cuerpo, sin embargo estaban colocados como cuando éste los ocu­paba. La idea es que sin cambiar de posición podían haber contenido el cuerpo y que esta­ban solos.

EL CUERPO NATURAL DISUELTO
El cuerpo natural se había disuelto en su envoltura y se había absorbido en el cuerpo espiritual; una transmutación que no podía ser atada y con una amplitud de vida que no podía permanecer ni asociarse con la muerte. Desa­pareció de entre los lienzos y siguió su camino a través de la piedra que servía de puerta al sepulcro (la que no había sido quitada toda­vía).
Brotando de la semilla muerta que estaba debajo de la tierra, de entre los nudos y en­voltorios sin tocarlos, ¡subió a través de la piedra que lo cubría esa gloriosa flor de la resurrección!
Tal es la figura de la resurrección que nos han legado los lienzos del resucitado Jesús, aunque no es una descripción de la resurrec­ción en sí. Es notable que, aunque la resurrec­ción es proclamada en toda la Escritura, el hecho en sí no es descrito. Ni aun se nos dice, "Luego resucitó y dejó la tumba," sino sola­mente, "Ha resucitado."
Este es un ejemplo del sentido de la medida de los escritores, casi tan maravilloso como el hecho en sí—una prueba interna de la veraci­dad de la historia, que exige para su explica­ción la inspiración de las Escrituras.

IV
Por lo tanto, no debe sorprendernos que al ver lo maravilloso de los hechos, la mente tan despierta de Juan los haya aceptado y creí­do. Era una maravilla demostrativa, una de­mostración milagrosa.
Si los amigos de Jesús le hubieran llevado, no le habrían desnudado; si los enemigos lo hubieran hecho, no habrían acomodado los lienzos. Verdaderamente ninguna mano hu­mana podría haber sacado el cuerpo de las ropas sin dejar rastro de desarreglo en los lienzos y sudario.

LA PRESENCIA DE DIOS
Dios había estado allí. Esos recuerdos silen­ciosos, esas ropas arrugadas tan bien arregla­das como si por el poder de sus pliegues tan ordenados todavía se aferraran al cuerpo que había desaparecido—tal condición era un testimonio de la presencia y poder de Dios, como lo son las playas secas de una laguna cuyas aguas se han evaporado e ido a formar parte de las nubes del cielo. Solamente que en este caso el poder de Dios se hallaba milagrosa­mente presente.

UNA DEMOSTRACION PERFECTA
¡Y cuán perfecta era en todos sus aspectos la demostración!
Primeramente Juan conocía personalmente que Jesús había muerto en verdad y había sido sepultado. Y ahora recuerda el hecho al ver los lienzos que habían cubierto su cuerpo.
En segundo lugar, tenía la confirmación por sus propios ojos que el cuerpo no estaba en la tumba al tercer día, pues vio los lien­zos solos.
En tercer término, podía notar que el cuer­po no había sido sacado por medios humanos, debido al perfecto orden en que se hallaban las vestimentas.
Toda esta demostración progresiva y con­secutiva fue captada por los ojos de Juan en el breve instante en que miró dentro de la tumba.

EL ARGUMENTO HISTORICO
Ahora notemos un hecho sobresaliente. El argumento histórico de la resurrección del Señor concuerda perfectamente con el argu­mento que se presentó a la vista de Juan en ese instante.
¿Cuál es el argumento histórico? Primero, que Jesús había muerto y fue sepultado; en esto estaban de acuerdo los judíos, los romanos y los discípulos. En segundo lugar, que a la tercera mañana su cuerpo ya no estaba en el sepulcro: en esto también todos estaban con­cordes. En tercer término, era evidente que no fue llevado por los discípulos, ante la imposi­bilidad de que ellos pudieran vencer y sobre ­ponerse a la guardia romana. Estos son los tres puntos.
Existen otros argumentos confirmatorios, tales como la aparición personal de Jesús y el poder moral de la verdad de su resurrección desplegado en los corazones y vidas de los cristianos. En la época de su resurrección, sin embargo, estos argumentos eran futuros, y no podrían haber tenido entonces ningún efecto sobre los incrédulos. Pero los tres puntos mencionados anteriormente eran manifiestos aun entonces a todo pensador, y siempre han sido los argumentos históricos fundamentales. Contienen una demostración en sí mismos co­mo escasamente se puede hallar en otro hecho histórico.

EL MODELO DIVINO DE UN ARGUMENTO
Ahora estos tres puntos son idénticos a aque­llos que satisficieron la contemplación de Juan. Estos le fueron presentados a él dentro del sepulcro, mientras que a nosotros nos son pre­sentados fuera de él.
Y así esa escena del sepulcro fue el modelo de Dios para el argumento de la resurrección del Salvador. Y cuando vemos que los puntos del argumento afuera del sepulcro concuerdan con el modelo divino dentro del mismo, somos impresionados con esta prueba espe­cífica de la omnipotencia divina, y en esta doble demostración triunfamos en nuestro Cristo vivo.

V
Pero ahora echemos una mirada a otras en­señanzas que podemos sacar de esta escena maravillosa.
            En primer lugar, en seguida nos damos cuenta que fue una señal del Calvario. ¿Qué otra muerte en todo el curso de la historia tu­vo un acompañamiento semejante? ¿No dijo El que había venido "a dar su vida en rescate por los pecadores"? Por la señal de esas mor­tajas expresando su resurrección de entre los muertos, el sacrificio de su vida llego a ser un rescate efectivo.
¿No dijo El que "derramaría su sangre para la remisión de pecados"? Por la prueba de estas mortajas, el derramamiento de su sangre aseguró la remisión de pecados. ¿Vino a ser hecho maldición por nosotros? Por la señal de estas mortajas, la maldición del abandono que se proyectó en las tinieblas del cielo al mediodía quitó la maldición de todos los suyos.
¿Vino a librarnos de toda impotencia e introducirnos a la perfecta bendición de la resurrección? Por la señal de estas mortajas El fue el primer caso de una liberación absolu­ta del pecado y la muerte, y la muestra y pre­cursor del hombre resucitado.
Y así, para todos los suyos, esa muerte del Calvario fue la destrucción de la muerte; porque debido a que su muerte fue de veras efi­caz, El resucitó.

EL CUERPO NATURAL Y EL CUERPO ESPIRITUAL
            En segundo lugar, el cuerpo duejado en el sepulcro fue el fundamento de su cuerpo de resurrección. La desaparición de ese cuerpo se presenta acá como identificada con su resu­rrección. Su cuerpo no estaba allí, e inmedia­tamente Juan creyó que había resucitado. Mientras que el cuerpo desapareció, las ropas quedaron allí, identificando así su cuerpo se­pultado como aquel que proporcionó el cuer­po resucitado.
Por lo tanto no es cierto, como algunos manifiestan, que los cuerpos de resurrección de los santos son eliminados de sus cuerpos mortales en el momento de su muerte. La re­surrección de Cristo es, como lo manifiestan las Escrituras, el modelo de la nuestra. El cuerpo espiritual e incorruptible saldrá del cuerpo natural y corruptible, pero para todos los santos vivos o muertos esto se llevara a cabo en una fecha futura.
Y dado que nuestros cuerpos serán idénticos al cuerpo resucitado de Cristo, luego a pesar de que las partículas de nuestro cuerpo sean dis­persadas, por la señal de esas mortajas la mis­teriosa" identidad de nuestros cuerpos es de­clarada como imperecedera, única e indivisible.

LA NATURALEZA DEL CUERPO RESUCITADO
Sin embargo, esto no implica que las mis­mas partículas, consideradas numéricamente, reaparecerán en el cuerpo resucitado, como tampoco la semilla sembrada, según la ilustra­ción del apóstol Pablo, se reproduce en las mis­mas partículas numéricas en la planta que ha brotado de ellas. Sin embargo, la semilla sem­brada es la base y fuente de la planta; su misma identidad pasa a la planta, y de su propia feal­dad y corrupción brotan el maravilloso tallo, las hojas, flores y frutos.
En tercer lugar, el cuerpo de resurrección, aunque es un cuerpo verdadero, no es un cuerpo según la carne sino según el espíritu. Es un verdadero cuerpo material pero según el espíritu. Esto significa, que en sí no es con­vertido en espíritu, sino que es hecho, afina­do, capacitado, y perfectamente adaptado, en todo sentido, para ser un compañero del espí­ritu humano.

LA RESURRECCION DE JESUS COMPARADA CON LA DE LAZARO
Esta verdad es ilustrada por la desaparición del cuerpo de Jesús de esos envoltorios del se­pulcro. Jesús dejó sus envoltorios en el sepulcro, pero Lázaro salió "atadas las manos y los pies con vendas; y su rostro envuelto en un suda­rio." Notemos ahora la diferencia. Lázaro vol­vió a la vida anterior; no así Jesús. El prime­ro volvió a un cuerpo según la carne, con las mismas enfermedades y limitaciones de antes; con el segundo no fue así. El primero murió otra vez, y aun ahora espera "una mejor resu­rrección"; el segundo no muere más. ¡Qué re­liquias históricas, entonces, son aquellas mor­tajas en el sepulcro del Señor!
Bien sabemos que el Señor tenía las mismas flaquezas de la carne (aunque sin pecado) antes de morir y resucitar, pero después de esto no las tuvo ya más. Anteriormente fue un caminante agotado por el cansancio. Después que hubo resucitado y mientras hablaba con los dos discípulos en Emmaús, cuando sus ojos fueron abiertos para que le reconocieran, desa­pareció de los ojos de ellos, precisamente de la misma manera en que se había escapado, sin soltarlas, de las ataduras de la tumba.
Por lo tanto, una verdadera resurrección es muy distinta de un mero revivir. Lázaro, aunque en un sentido había resucitado de entre los muertos, sin embargo era un mortal entre los mortales.
El verdadero cuerpo de resurrección, aun­que es verdaderamente un cuerpo, es un cuer­po no según la carne, sino según el espíritu. Cuando Jesucristo dejó tras sí sus mortajas, simbolizaba que se había deshecho de su carne como tal, es decir, de la debilidad y densidad obstructiva que caracterizan la carne tal como nace en este mundo. Y cuando dejó tras sí las mortajas al vaciarlas y abandonarlas, de­mostró que había llegado a la condición de cuerpo espiritual. Esta es una condición inde­pendiente de las leyes de la materia, y tiene poder de movilidad, tal como el viento, que cuando sopla no se sabe de dónde viene ni a dónde va. Esta es la condición del cuerpo in­corruptible, veloz como la luz, incansable, grandioso, glorioso.

LA GLORIA DE CRISTO, LA GLORIA DEL CREYENTE
Y así la resurrección de Jesucristo era la perfección, la consumación de su encarnación. El entonces se hizo hombre, y permanece co­mo tal para siempre—no en la "semejanza de carne de pecado" en la cual anduvo en su con­dición humana, sino en una humanidad re­novada y en "la virtud de vida indisoluble." De consiguiente, los que son de Cristo tendrán la misma condición corporal y la misma gloria invariable, pues El es la cabeza y ellos los miem­bros. Aun ahora su vida está escondida con Cristo en Dios y su vivienda está en los cielos, de donde también, como dice el apóstol, espe­ran al Salvador, quien transformará el cuerpo de su bajeza, para ser semejante al cuerpo de su gloria.
¡Oh grata esperanza, en la cual se deleita el creyente en Cristo!

EL ORGULLO FALSO DE LOS HOMBRES
Y ahora, comparados con esta bendita es­peranza, ¡cuán falsos son el orgullo y la su­ficiencia de los hombres! Hablan de progreso y mejoras, de adelantos individuales y sociales. Desde el punto de vista terreno, esto no debe ser despreciado, aunque es solamente un cam­bio de lugar sobre un mismo nivel. Nunca se llega a sobreponerse a los males y debilidades de esta vida mortal y por lo tanto nunca hay un progreso radical y satisfactorio. Nuestro perfeccionamiento sólo se halla en Cristo. Y no será hasta la manifestación de esa gran ciu­dad de Dios, con cuya visión grandiosa ter­mina el libro de Dios, que los anhelos de per­fección del hombre serán realizados.

¡Qué ciudad! ¡Qué gloria!
Supera la más bella historia
De las antiguas edades;
¡Ah, es el cielo al fin!

Cristo mismo, el esplendor viviente,
Cristo la luz, suave y tierna;
Loas al Cordero rendimos;

¡Ah, es el cielo al fin!