viernes, 2 de noviembre de 2018

MEDITACIÓN

“¿De qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?” (Santiago 2:14).


Santiago no dice que el hombre del versículo de hoy tenga fe. El hombre mismo dice que la tiene, pero si realmente tuviera la fe que salva, tendría obras también. Su fe es un asunto de palabras nada más y esa clase de fe no puede salvar a nadie. Las palabras sin obras están muertas.
La salvación no se obtiene por las obras. Tampoco se consigue por la fe más obras. Más bien, es por la clase de fe que resulta en buenas obras.
¿Por qué, entonces, Santiago dice en el versículo 24 que un hombre es justificado por las obras? ¿No hay una clara contradicción con la enseñanza de Pablo, de que somos justificados por la fe? En realidad, no hay contradicción. Ambas posiciones son ciertas. El hecho es que hay seis aspectos diferentes de la justificación en el Nuevo Testamento:
Somos justificados por Dios (Romanos 8:33), es él quien nos considera como justos.
Somos justificados por gracia (Romanos 3:24), Dios nos da la justificación como un don gratuito e inmerecido.
Somos justificados por la fe (Romanos 5:1), recibimos este don por creer en el Señor Jesucristo.
Somos justificados por la sangre (Romanos 5:9), la sangre preciosa de Cristo es el precio que se pagó por nuestra justificación.
Somos justificados por poder (Romanos 4:25), el poder que resucitó a nuestro Señor Jesucristo de los muertos es el que hace posible nuestra justificación.
Somos justificados por las obras (Santiago 2:24), las buenas obras son la evidencia externa para todos de que hemos sido verdaderamente justificados.
No es suficiente testificar que tuvimos una vez una experiencia de conversión. Debemos demostrarla por las buenas obras que inevitablemente siguen al nuevo nacimiento.
La fe es invisible. Es una transacción invisible que ocurre entre el alma y Dios. La gente no puede ver nuestra fe, pero pueden ver las buenas obras que son el fruto de la fe salvadora. Mientras no vean las buenas obras tienen razón en dudar de nuestra fe.
La buena obra de Abraham fue su disposición a matar a su hijo como una ofrenda a Dios (Stg_2:21). La buena obra de Rahab fue traicionar a su país (Stg_2:25). La razón por la que fueron “buenas” obras es porque demostraron fe en Jehová. De otro modo habrían sido malas obras, es decir, asesinato y traición.
El cuerpo separado del espíritu está muerto. En esto consiste la muerte, la separación del espíritu del cuerpo. Asimismo, la fe sin obras está muerta. No tiene vida, es impotente e inoperante.
       Un cuerpo vivo demuestra que un espíritu invisible mora dentro de él. Así las buenas obras son la señal segura de que hay fe salvadora, invisible como es, habitando dentro de la persona.

LA FE QUE HA SIDO UNA VEZ DADA A LOS SANTOS (Parte VI)


JUDAS 3

Ahora bien, los hombres confunden estas dos cosas; siguen edificando con madera, heno, hojarasca, y luego afirman que las puertas del infierno no prevalecerán contra eso, porque no prestan atención a la Palabra de Dios. Es necesario que veamos los principios de Dios y el poder del Espíritu Santo, que oigamos lo que el Espíritu dice a las iglesias, para que descubramos realmente dónde estamos, a fin de hallar así la senda que Dios ha trazado y sobre la cual claramente debemos andar; y, puedo agregar, es necesaria la fe en la presencia del Espíritu de Dios. Ese Espíritu se servirá de la Palabra para hacernos notar el estado de cosas imperante sin confundir la fidelidad de Dios con la responsabilidad del hombre —lo que hace el mundo supersticioso— sino confesando que hay un Dios vivo, y que ese Dios vivo está entre nosotros en la persona y el poder del Espíritu Santo. Todo está basado en la cruz, por cierto; pero ha venido el Consolador y “por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo” (1 Corintios 12:13).
Pues, ya sea que considere al individuo o a la iglesia, encuentro que el secreto del poder para todo el bien contra el mal ―ya afuera, ya adentro, y sin olvidar que la Palabra de Dios es la guía―, estriba en el hecho de la presencia del Espíritu Santo. “¿O ignoráis ―dijo el apóstol a algunos que andaban muy mal, a fin de corregirlos― que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios?” (1 Corintios 6:19) ¿Creéis vosotros, amados amigos, que vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo? Pues ¿qué clase de personas debiéramos ser?
En 1 Corintios 3:16 vemos que se dice exactamente lo mismo acerca de la iglesia: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” La presencia del Espíritu da poder, y poder práctico también para bendición, ya en la iglesia, ya en el individuo, y solamente Él puede hacer algo para verdadera bendición.
De nuevo, solamente sobre la base de la redención Dios puede morar con el hombre. Él no habitó con Adán en inocencia, aunque sí descendió hasta él. Tampoco moró con Abraham, aunque lo visitó y comió con él. Pero cuando Israel salió de Egipto, Dios dijo que los había atraído hacia sí, “para habitar en medio de ellos” (Éxodo 29:46). Y en seguida fue edificado el tabernáculo, y allí se hallaba la presencia de Dios en medio de su pueblo.
Por cierto, que ahora tenemos la verdadera y plena redención, y el Espíritu Santo ha descendido a morar en los que creen, a fin de que sean la expresión de lo que Cristo mismo fue cuando estuvo aquí. “Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios” (1 Juan 4:15), y también: “En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu” (1 Juan 4:13). Dondequiera que haya una persona verdaderamente cristiana, Dios mora en ella; no se trata meramente de que tenga vida, sino de que está sellado con el Espíritu Santo, que es el poder para toda conducta moral. Si tan sólo creyésemos que el Espíritu de Dios mora en nosotros, ¡qué sujeción se vería, y qué clase de personas seríamos, al no contristar a ese Espíritu!
         Además, en 1 Corintios 2:9 leemos: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” … “y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios” (v. 12). El Espíritu de Dios y el espíritu del mundo están siempre en contraste. Pero entonces encuentro que la revelación está en contraste con nuestro estado. Tenemos que decir: “ojo no vio”. Estas cosas son tan grandes que no las podemos concebir, pero Dios las ha revelado por su Espíritu. Los santos del Antiguo Testamento no las pudieron descubrir ni conocer, pero con nosotros ocurre lo contrario; nosotros las conocemos, y Él nos ha dado su Espíritu “para que sepamos lo que Dios nos ha concedido”.
En este pasaje (1 Corintios 2:10-14) el Espíritu Santo es visto en tres diferentes etapas: primero, están las cosas que son reveladas por el Espíritu (v. 10); segundo, ellas se comunican mediante palabras enseñadas por el Espíritu (v. 13); y, por último, se perciben o reciben mediante el poder del Espíritu (v. 14). Estas tres son las operaciones del Espíritu de Dios.
         Si tomo la Palabra de Dios por sí sola y digo que puedo juzgarla y entenderla, entonces soy un racionalista; es la mente del hombre la que juzga la revelación de Dios. Pero cuando tenemos la mente de Dios comunicada por el Espíritu Santo, y percibida por el poder del Espíritu Santo, entonces tengo la mente de Dios. Hay tanta sabiduría y tanto poder de parte de Dios a nuestra disposición para enfrentar el estado de ruina en que nos encontramos hoy, como lo hubo al principio cuando Él estableció la iglesia; y en eso debemos apoyarnos.

CONSEJOS PARA JÓVENES

Aunque eres salvo por gracia, acuérdate que los galardones se darán por los servicios, ninguno será corona­do si no lucha legítimamente (2 Timoteo 2:15). Por tanto, es de suma importan­cia que tu servicio sea según está escri­to en LA PALABRA DE DIOS.
Cada verdad e instrucción que has aprendido de la Palabra de Dios es di­rigida a ti para que la practiques inme­diatamente. Esta es tu “obediencia de fe” a Él, y no consultes con carne ni sangre. “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí” (Mat. 10:37, 38).
Acuérdate que Cristo sabe lo que es mejor para ti. Él lo sabe mejor que tú mismo o cualquiera otra persona. En Ef. 1:22 leemos que Dios ha puesto todo ba­jo Sus pies, y lo dio por cabeza sobre to­das las cosas a la iglesia. Así pues, si planeas para ti mismo o sigues los pla­nes de otros, en lugar de los de Cristo, en esto deshonras a El — la Cabeza (Hebreos 12:1-3, “Por tanto... despojémo­nos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, pues­tos los ojos en Jesús...”)
Para hacer todo esto inteligente­mente, y con motivo puro, esta obe­diencia de fe debe ser el resultado de Su amor que nos constriñe, y Su amor hace esto en tanto que aprendemos cuanto Le debemos. Y es menester que recibas este conocimiento de la ense­ñanza que El mismo nos da en la Pa­labra Escrita. Allí leemos, primero, que Cristo es nuestro todo, sí, que Cristo es todo para nosotros en la presencia de Dios. Así, es Cristo primero y siem­pre, ningún otro, y ninguna otra cosa. (El cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención - Corintios 1:30). (Cristo entró en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios - Hebreos 9:24). Cristo es todo y en todo.
Para ver todo esto claramente, el ojo y el oído tienen que ser sanos, y así la necesidad de andar humildemente de­lante del Señor en todo, reconociendo cuán poco sabemos, y escudriñando Las Escrituras diariamente.
Nunca dejes la oración diaria Si fuera posible; ten un tiempo señalado para orar, además de aquellas oracio­nes telefónicas que frecuentemente des­pachamos a nuestro padre Dios. Acuér­date que los oídos de Dios siempre es­tán atentos a tus oraciones (Daniel 6, 10; Hechos 3:1-9; Hebreos 11:6; Fil. 4:6- 19; 1 Pedro 4:12).
Acuérdate de la lectura privada de la Biblia, y cuando leas, acuérdate que Dios te da Sus pensamientos para que sepas su mente, y si Él te habla acerca de otros, es para instruirte en Sus pen­samientos acerca de lo que otros es­tán haciendo y hablando. Es el placer de Dios darte Sus pensamientos acer­ca del pasado, el presente, y el futuro. Si no tienes mucho apetito para la Pa­labra de Dios, entonces ya estás caí­do. Necesitas la palabra para instruir­te, para tu crecimiento en gracia, y para limpiar tus caminos. La santifica­ción por la verdad se obtiene por la aplicación de la palabra a nuestras vi­das. Escudriñad las Escrituras.
Nunca dejes de pasar un día sin hacer algo para la honra y gloria del Nombre del Señor Jesucristo. Él te amó y te salvó; debes amarle por esto. Cuan­do sea posible, habla una palabra por el Señor, y de todos modos haz algo que sea agradable a Él, ya sea direc­tamente al Señor, o para los que son de Él. El pueblo de Dios es muy que­rido del Señor. Ellos son Uno con El.
Cuando hay duda tocante los pa­sos que debes tomar, pon todo delan­te del Señor en oración, quédate quie­to para ver cómo Él te guiará. Ten pa­ciencia y Dios abrirá el camino para ti. La falta de paciencia y de esperar en Dios, muchas veces trae muchas difi­cultades, tristeza y pérdida. (Reconócelo en todos tus caminos, y El ende­rezará tus veredas - Proverbios 3:1).
En todo seas dirigido por la Pa­labra de Dios, por lo que está escrito. Nunca consultes tus propias inclina­ciones o sentimientos. “Así ha dicho Jehová” debe ser tu guía en todo. (“Hijitos míos, estas cosas os escribo pa­ra que no pequéis” 1 Juan 2:1).
Sé humilde. Nunca pienses que sa­bes todo. En la Palabra de Dios hay al­turas, anchuras, y profundidades en los asuntos de Dios, y te tomará toda la eternidad para verlas, meditar en ellas y comprenderlas. Habla a tu Padre ahora y dile: “Señor, enséñame a mí”.
Evita todos los que chismean y critican, como evitarías Una culebra. Nunca permitas que alguien te traiga una calumnia de ninguna descripción. Hay profesantes que parecen vivir so­lamente para describir las flaquezas de otros, de cuyos labios nunca se oye una palabra excepto para condenar a otros o para levantar argumentos acerca de alguna porción de la Biblia que les pa­rece difícil. Estos dejan una herencia de angustia tras ellos.
Mira que estés bien con Dios en tu propia alma. Ten mucho cuidado de esto. Nada puede estar bien si está mal con Dios.
Cuídate de no contristar al Espí­ritu Santo. Es una cosa ser salvo; es otra ser lleno del Espíritu (Efes. 5:18). Tu prosperidad de alma y de servicio dependerá de tu estado espiritual.
Se ha dicho: “Poder, corrompe; po­der absoluto, corrompe absolutamen­te”. El mundo religioso y político de ayer y de hoy nos ofrecen una compro­bación rotunda de esta humillante ver­dad. El único que tiene derecho de ejer­cer poder es aquel que no puede em­briagarse de él ni puede perder la sere­nidad, la equidad, la justicia y el amor: es Dios; pero el hombre puede repre­sentarlo en la tierra.
Las iglesias han sufrido mucho co­mo consecuencias de hombres que han pretendido poder en ellas, ejerciéndolo aparte del reverente temor de Dios.
Las escrituras establecen la necesi­dad de gobierno en las naciones y go­bierno en las iglesias; pero el que ejer­ce ese gobierno, en uno como en otro caso, lo deberá hacer consultando la vo­luntad de Aquel a quien tendrá que dar cuenta. Tendrá que dar cuenta de­tallada, por cuanto es nada más que un “ministro” de Dios, desde que no hay poder si no en Dios”.
Tengamos, pues, mucho cuidado los que ocupamos en las iglesias la respon­sabilidad de apacentar la grey del Se­ñor.
Sendas de Luz, 1976

EL COMPAÑERISMO ENTRE LOS HERMANOS

En el Salmo 34:3 leemos, "engrandeced a Jehová conmigo y exaltemos a una su nombre". Y en el Salmo 133:1 dice: "Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía". En realidad, una de las experiencias más edificantes que cualquier persona puede te­ner, y yo agregaría que una de las más alegres y confortantes, es la de reunirse con otros, guia­dos por el Espíritu, en un sano compañerismo. En esta clase de compañerismo solamente se re­conoce lo que "ha dicho el Señor". Esta fue la clase de comunión que tuvieron los santos del primer siglo, cuando "perseveraban en la doc­trina de los apóstoles, en la comunión unos con otros" (Hechos 2:42).
     Sin embargo, no es muy común decir lo mismo respecto de los hermanos hoy en día. Pa­rece que es difícil lograr que un grupo de per­sonas disfruten juntas o se aguanten una hora escuchando acerca del Señor o cuatro o cinco horas estudiando versículos de la Biblia, y dis­frutando plenamente cada minuto.

La necesidad del compañerismo
     El Señor mismo ha dicho "no es bueno que el hombre esté solo" (Génesis 2:18). Esto es más real en la vida espiritual que en la relación social y física, a lo cual se refería el versículo en un comienzo.
     La mayoría de las personas religiosas que se reúnen con su grupo en el día del Señor parecen quedar contentos con eso para toda la semana. No se reúnen de nuevo hasta los ocho días, don­de se lleva a cabo el mismo servicio monótono. Por otro lado, el compañerismo de aquellos que realmente viven por el Espíritu, es a la vez una delicia y una necesidad, pues anhelan encontrar­se con los que también son vivos para Dios.
     Es muy inspirador cuando en un grupo de creyentes se dialoga sobre verdades que también ellos han descubierto o cuando se comparten respuestas a oraciones por la misericordia de Dios. En momentos como ese, todos los creyen­tes presentes le dan la gloria a Dios por su gracia y bondad para con sus hijos.

El secreto del compañerismo
     Para disfrutar de esta clase de compañerismo se debe tener en cuenta una condición inexora­ble: todos los hermanos deben permanecer jun­tos por la gracia de la unidad espiritual, y amar y mantenerse en comunión personal con el Se­ñor. Este compañerismo lo disfrutan aquellos que han sido unidos a Cristo y que desean tener una mayor comunión con El eternamente, le­jos de la turbación y tribulación en la que ahora viven.
     El compañerismo entre los cristianos les da, además, fortaleza. Hay tantas cosas en guerra contra el Espíritu. El alma se pone anémica has­ta que empieza a tambalear. El verdadero com­pañerismo le pone a salvo del decaimiento. Es difícil explicar la intimidad y alivio que nos proporciona el verdadero compañerismo.
     Cuando alguien está decaído, se ayuda a le­vantar y mediante el poder del Señor ayudamos a que las cosas se mejoren para el hermano. Es difícil que un hermano se deje vencer por algu­na experiencia que otro ya ha pasado. En la ver­dadera comunión de los hermanos se puede ins­truir y orar por el que está deprimido.
     Los animo a formar un genuino compañe­rismo cristiano en su asamblea, donde todos demuestren amor a Cristo. Vea por usted mis­mo cómo llegan las bendiciones. Eso es cami­nar en los pasos del Salvador.

La esencia del compañerismo
     En Génesis 6:9 se nos habla que "Noé, varón justo, era perfecto en sus generaciones; con Dios caminó Noé". Esto quiere decir que tuvo compañerismo con Dios, lo cual es la esencia para tener un verdadero compañerismo de hom­bre a hombre. Moisés tuvo compañerismo con Dios, así como lo tuvieron Enoc y Abraham antes que él. "Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero." (Éxodo 33:11).
     Esto es compañerismo espiritual, y es lo mismo que nosotros experimentamos a través del Señor Jesucristo mediante el Espíritu Santo.
     Nosotros también tenemos compañerismo con Cristo mismo. Leemos en Mateo 18:20 "porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". Cuando dijo esto, el Señor estaba en medio de sus discípulos, instruyéndolos y preparándolos para la obra que debían realizar en los días si­guientes. Él les estaba diciendo que aunque no estaría con ellos físicamente, estaría presente en Espíritu cuando se reunieran en comunión para servirle. Su presencia se hace palpable en el compañerismo espiritual de hoy en día. Senti­mos su presencia y su dirección cuando nos congregamos. Pero es necesario que primero es­temos en comunión constante con El. Cristo mora en nuestros corazones por la fe (Efesios 3:17) y cena con nosotros y nosotros con El (Apocalipsis 3:20). Aquellos que habitan en el lugar secreto del Todopoderoso, están en cons­tante comunión con el Señor (Salmo 90:1; 91:1; Colosenses 3:3). Usted no puede morar con Dios si no tiene comunión con El. Hay una comunión continua entre el Señor y aquellos que viven por fe.
     Podemos entonces, decir con el salmista "compañero soy yo de todos los que te temen, y guardan tus mandamientos" (Salmo 119:63). Por esta razón los hijos de Dios desean estar en compañerismo con otros que tienen la misma fe. Realmente es una experiencia buena y agra­dable permanecer juntos en Cristo.

La condición del compañerismo
     "¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?" dice Amos, el profeta (Amos 3:3). La respuesta es, por supuesto, no. Pueden ca­minar en proximidad física, pero estar en des­acuerdo espiritualmente. Cuando hay acuerdo en las cosas espirituales, según dice la Biblia, es cuando verdaderamente hay unidad y Cristo es­tará con ellos según Él lo prometió. Sólo enton­ces ellos pueden "caminar juntos" en la "uni­dad del Espíritu" y en el "vínculo de la paz" (Efesios 4:3).
     Veamos otro versículo: "los que temían a Jehová", nos dice Malaquías, hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre" (Malaquías 3:16).
     Hermanos, no estamos perdiendo el tiempo cuando andamos en comunión espiritual unos con otros.
     Ahora, permítanme amonestarles con las pa­labras de Pablo, "os ruego, pues hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que ha­bléis todos una misma cosa, y que no haya en­tre vosotros divisiones, sino que estéis perfecta­mente unidos, en una misma mente y en un mismo parecer" (1 Corintios 1:10). Las divisio­nes, los argumentos, son los medios de Satanás para robarles las bendiciones que vienen de la comunión. Dejen que reine el amor fraternal, y les aseguro que, estando de acuerdo, recibirán bendiciones del Señor.
Sendas de Vida, 1986

EL CAMINO HACIA LA GLORIA (Parte V)



El creyente, lavado de sus pecados, nacido de nuevo, se encuentra a partir de entonces en una posición muy segura. Es liberado de la culpabilidad que pesaba sobre él, pero, más aún, es justificado positivamente, declarado justo. Por la fe ve en Dios a un Dios Salvador que, al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, dio prueba de que la expiación cumplida en la cruz satisfizo plenamente las exigencias de su santidad. Esta fe del creyente le es contada “por justicia”, ella lo hace “justo” ante Dios (Romanos 4:22-25). Dios nos identifica con su Hijo: “Al que no conoció pecado” (Cristo), “por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). El propio Cristo es nuestra justicia: “Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Corintios 1:30).
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1), una paz segura que Dios nos otorga con justicia. Mejor todavía, por Cristo “también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes” (Romanos 5:2). Por la sangre de Cristo hemos sido hechos cercanos a Dios (Efesios 2:13), y hasta colocados en la más estrecha proximidad:   Dios nos ha “predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (Efesios 1:5-7). Nos ha adoptado como hijos suyos. “Nos hizo nacer por la palabra de verdad” (Santiago 1:18). Somos nacidos de él: “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios” (1 Juan 5:1). Cristo vino a su pueblo Israel, pero no fue recibido; “más a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:12, 13). “Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26). “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios... Amados, ahora somos hijos de Dios” (1 Juan 3:1-2).
    “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:17). Jesús “el Autor” de nuestra salvación, por quien hemos sido santificados y llevados como hijos a la gloria, no se avergüenza de llamarnos “hermanos” (Hebreos 2:10, 11). Su primer mensaje para sus discípulos después de su resurrección es formal: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17).

ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (Parte XXVI)

El siervo devoto



Entre las muchas ceremonias ordenadas por Dios para su pueblo antiguo, la del siervo devoto constituye un hermoso tipo, o modelo, de Cristo en su maravilloso amor que motivaba su obra triunfante en la cruz.
Éxodo capítulo 21 empieza con las trágicas circunstancias de un hebreo que ha llegado a tal extremo de pobreza y destitución que no puede pagar sus deudas. Por esto, según la ley, tiene que venderse por esclavo en liquidación de ellas. Aquí tenemos un cuadro de nuestra triste condición espiritual: “vendidos a sujeción del pecado”, Romanos 7.14. La cuenta de nuestros pecados era tan grande y nosotros tan completamente quebrados que nos era imposible satisfacer las justas demandas de la santa ley.
Entonces se manifestó el amor de Dios para con nosotros, el que envió a su amado Hijo a este mundo a tomar nuestro lugar. Él volvió sus espaldas al esplendor majestuoso y riquezas inescrutables de la gloria, donde seres angélicos le adoraban y servían, y escogió un pesebre en el humilde pueblo de Belén donde nacer. Más tarde andaba con hombres pobres; nunca cargaba dinero, tampoco mendigaba ni pedía préstamos o cosas fiadas. Por las multitudes de curaciones maravillosas que hizo, nunca cobraba ni un centavo; ¡por lo regular los curados y bendecidos ni siquiera se acordaban de darle las gracias!”
Empezó su ministerio público con cuarenta días y noches de hambre en el desierto y lo terminó colgado en una cruz diciendo, “Sed tengo”, sin recibir una gota de agua. Mandó al paralítico, “Levántate, toma tu lecho y anda”, pero nunca poseía cama propia”. A un demoníaco que había sanado, le comentó: “Las zorras tienen cuevas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene donde recostar la cabeza”.
Cuán grande fue, pues, el amor del Dueño del universo en pasar voluntariamente por tantas privaciones. Siendo rico, se hizo pobre, para que nosotros fuésemos enriquecidos por su pobreza.
         La segunda cosa que notamos en el relato del siervo en el Éxodo es que, al completar los seis años de servidumbre, él podía salir libre. Cristo fue hecho súbdito de la ley para que redimiese a los que estaban bajo la ley, Gálatas 4.4. Cuando se presentó ante Juan el Bautista al río Jordán, le exigió bautizarse, diciendo: “Así nos conviene cumplir toda justicia”. Una vez que había subido de las aguas, los cielos se abrieron, presentándole como si fuera una invitación a subir arriba. Habiendo cumplido la justicia de la ley, se encontraba libre.
Ahora, notemos el caso del siervo hebreo. Si su amo le hubiere dado mujer y ella le hubiera dado hijos, él tendría que salir solo, dejándolos atrás. ¿Qué haría el siervo en tal caso? Impulsado por un amor admirable, diría, “Amo a mi señor, a mi mujer y mis hijos. No saldré libre”. Así fue con nuestro amante Salvador. En devoción a su Padre, y en amor para con nosotros, Él rechazó la libertad propia.
Con esto el siervo hebreo fue sometido a una ceremonia dolorosa. Su amo le haría llegar a los jueces, a la puerta o contra un poste, y le horadaría la oreja con lesna. Con esto, el hombre sería su siervo de por vida. Asimismo vemos al bendito Hijo de Dios traído delante de los jueces de este mundo, los cuales le entregaron para ser crucificado. Fueron horadados sus manos y sus pies y, como en el caso del hebreo, la marca de la sangre quedaría en el poste. Así la preciosa sangre derramada en la cruz es señal que Él nos ha amado hasta la muerte.
La ley antigua no pudo exigir más del siervo hebreo después de morir. En su muerte para nosotros Cristo pudo clamar: “Consumado es”. Él murió por nuestras culpas: el Justo por nosotros los injustos, para llevarnos a Dios. A todo aquel que cree en él como su Salvador personal, la ley le considera como “muerto con Cristo”. “Así también vosotros, hermanos míos, estáis muertos a la ley por el cuerpo de Cristo para que seáis de otro, a saber, del que resucitó de los muertos, a fin de que fructifiquemos para Dios”, Romanos 7.4.
Cristo y su obra por nosotros sobrepuja la figura que ya hemos considerado, pues Él resucitó y ahora vive a la diestra de Dios, y al creer en él, Dios nos da vida juntamente con Cristo; “por gracia sois salvos”.
Dígame, querido lector, ¿Cuán conmovidos estarían el amo, la esposa y los hijos de aquel fiel siervo hebreo, al ver la prueba tan grande de su amor para con ellos? ¿No es verdad, que despertaría en ellos un amor y gozo para con él? Exactamente, y cuando nosotros descubrimos cuán grande ha sido el amor del bendito Salvador para con nosotros, en librarnos de la servidumbre de la ley y del pecado, por medio de sus padecimientos en la cruz, se rebosan nuestros corazones el amor, el gozo y el agradecimiento para con él. “Le amamos porque Él nos amó primero”.
¿Cómo puedes despreciar un amor tan inmerecido e inmenso?

EL CRISTIANO VERDADERO (Parte XI)


TU ALIMENTACION ESPIRITUAL (Continuación)



Estudia tu Biblia. Además de la lectura diaria para fines de devoción e inspiración personales, todo el que quiere tener éxito como cristiano verdadero, debe estudiar la Biblia en forma seria. Sabemos que encontrar el tiempo necesario para poder hacerlo es un verdadero problema, pero todo cristiano fiel ha de poder apartar algún tiempo en horas determinadas, para este fin. Torrey decía que “No hay nada de mayor im­portancia para el desarrollo de la vida espiritual del cris­tiano, que el estudio bíblico regular y sistemático”. Lo que el pastor entrega en su sermón semanal no es suficiente. Debes estudiar la Biblia personalmente. No se puede de­pender de los demás creyendo que ellos van a recoger todo el maná espiritual para ti. Cada uno debe recogerlo por sí mismo.
Muchos cristianos se encuentran confusos, y otros han sido descarriados, por las diversas sectas y doctrinas falsas que han surgido en nuestros tiempos. Hay muchas de ellas, y van en aumento. El único remedio contra el peligro de estas religiones falsas es un conocimiento lo más completo posible, sobre las verdades de la Biblia, producto de un es­tudio personal de primera mano. Lee las palabras de des­pedida de Pablo a los ancianos de Éfeso, según las tenemos consignadas en Hechos 20: 29-32. Nuestra salud espiritual, nuestro crecimiento, nuestra victoria sobre el pecado, nues­tra ortodoxia en doctrina, nuestro gozo y nuestra paz; en Cristo, nuestra limpieza de pecados internos y externos, nuestra aptitud para el servicio, dependen todos del estudio de la Palabra de Dios. El que deja de estudiar su Biblia ha de fracasar en la vida cristiana, pero el que realmente estudia su Biblia conseguirá vivir en forma exitosa una vida cristiana verdadera.
Uno de los métodos de estudio bíblico es el que se hace por capítulos. Elige un determinado libro de la Biblia y léelo todo, capítulo tras capítulo, pasando todo el tiempo que sea necesario para aprender el contenido de cada uno. Nuevamente vamos citar al Dr. R. A. Torrey, que dice: “Lee cada capítulo de principio a fin varias veces y luego contesta las siguientes preguntas:
1.  ¿Cuál es el asunto principal del capítulo? (Expresa el contenido principal en una sola frase o sentencia).
2.  ¿Cuál es la verdad enseñada con mayor claridad y én­fasis en el capítulo?
3.  ¿Cuál es la mejor lección?
4.  ¿Cuál es el mejor versículo?
5.  ¿Quiénes son las principales personas mencionadas?
6.  ¿Qué enseña el capítulo acerca del Señor Jesucristo?
7.  ¿Qué nueva verdad has aprendido en el capítulo?
8.  ¿Qué cosa bien concreta has resuelto hacer como resultado del estudio de este capítulo?”
Si recorres libro tras libro de la Biblia de esta manera, lle­garás a dominarlos. Otro método de estudio bíblico es el denominado por tópicos. Este era el método principal que empleaba el famoso predicador D. L. Moody cuando estudiaba las Escrituras. Es muy fácil y muy valioso. Para seguirlo ha­cen falta muy pocos libros, que son fáciles de conseguir. Ne­cesitarás un libro de textos por tópicos como el “Manual Bíblico” de Bransby, o una buena concordancia. Estas obras puedes conseguirlas de cualquier librería evangélica. Hasta las referencias marginales de tu Biblia pueden ser de gran ayuda en este método de estudio.
Toma tu concordancia y estudia todos los versículos bíbli­cos que puedas encontrar sobre temas tales como el Espíritu Santo, el pecado, la gracia, la sangre de Cristo, la justifi­cación, la fe, el arrepentimiento, el nuevo nacimiento, la re­surrección (de Cristo, de los creyentes, de todos), el amor de Dios, nuestro amor (a Dios, a los cristianos, a todos los hombres), la venida de Cristo, el cielo, el infierno, y otras verdades importantes. Con los libros auxiliares que estás uti­lizando, recorre toda la Biblia estudiando cada uno de los tópicos que estás estudiando.
Otro método es el de estudiar la Biblia ¡por libros, que a veces se denomina método sintético. El Dr. James Gray, Rec­tor del Instituto Bíblico Moody durante muchos años, fue gran defensor de este plan. Escribió un librito en inglés titulado How to Master the English Bible (Cómo dominar la Biblia inglesa). El plan consiste en tomar un libro de la Biblia, con preferencia uno de los libros breves del Nuevo Testamento para comenzar, y luego aprender su contenido mediante la lectura de todo el libro repetidas veces, siempre leyendo todo el libro de un tirón, o leyéndolo varias veces en una sola sesión de lectura. Después de la segunda lectura, debe co­menzarse a buscar la enseñanza principal del libro. En la lectura siguiente, nótese la forma en que se desarrolla el tema. Luego, en las lecturas posteriores hágase un bos­quejo propio sobre el libro, teniendo en cuenta el tema principal. Debe continuarse en un libro hasta haberlo domi­nado. Luego sígase con otro. En el curso de tu vida cristiana, si sigues este método, podrás dominar toda la Biblia. Puede hacerse. No es tan difícil como parece a primera vista.
El método de estudio por personajes es también una ma­nera práctica de estudiar la Biblia. Nuevamente un libro de textos por tópicos o una concordancia serán de gran uti­lidad. El método consiste en tomar un personaje bíblico y estudiar en forma completa todo lo que las Sagradas Es­crituras dicen acerca de él. Toma personajes como Noé, Abraham, Lot, Jacob, José, Moisés, Josué, Gedeón, Sansón, Samuel, Saúl, David, Salomón, Isaías, Jonás, Juan el Bau­tista, Pedro, Tomás, Pablo, Timoteo. Haz una lista de he­chos relacionados con el personaje estudiado, como por ejem­plo:
1.  Su encuentro con Dios o conversión.
2.  Su llamado al servicio.
3.  Sus características buenas (fe, oración, etc.)
4.  Sus debilidades (pecados, fracasos).
5.  Sus éxitos.
6.  Su influencia.
     7.  Su nombre (nótese los cambios de nombre en algunos personajes; búsquese su significado).
8. Lo que debes imitar en su vida.
9. Lo que debes evitar en su vida.
     10. Lo que dijo Dios acerca de él.
Estudia la Biblia por el método comparativo, que es simple­mente la comparación entre sí de diversas Escrituras. El me­jor comentario de la Biblia es la Biblia misma. Cuando estés estudiando cierta porción o capítulo de las Escrituras y en­cuentres un pasaje difícil que no entiendes, trata de hallar otro pasaje parecido o que por lo menos se refiera al mismo tema, y deja que explique el significado del que no enten­días.
En estos días en que tan poca gente está realmente familiarizada con la Santa Biblia, y en que es tan indispensable poseer un buen conocimiento de ella, ¿quieres tú, lector amigo, aceptar el reto que lanzo, de estudiar la Palabra de Dios y ser un CRISTIANO VERDADERO?