domingo, 6 de enero de 2013

Paz Con Dios


Introducción
"Y no solamente por él [Abraham] fue escrito que le haya sido así imputado; sino también por nosotros a quienes será imputado, esto es a los que creemos en El que levantó de los muertos a Jesús Señor nuestro: el cual fue entregado por nuestros delitos y resucitado para nuestra justificación."
"Justificados pues, por la fe, tenemos paz para con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Romanos 4:23-24; 5:1).
El tema que trataremos ahora es: "La paz con Dios, qué es, y quién la tiene". Este asunto es, como tú lo reconocerás, amigo lector, de una gran importancia, y así debemos hacerlo constar en primer término. ¡Si no tenemos paz con Dios, no se trata de una cuestión de tiempo o de circunstancias, se trata nada más ni nada menos, que de la eternidad! Sí, de la eternidad: de una cuestión de salvación o de condenación; una cuestión, en fin, que supera infinitamente a todas las demás por su importancia.
Muchas personas disfrutan, bien sea en un sentido o en otro, de una supuesta paz, de una paz aparente; pero la cuestión para el alma de todos y cada uno es: ¿Tengo yo realmente paz con Dios? ¿Sé yo lo que es la paz con Dios? No importa lo que yo piense, ni lo que tú pienses. Mi opinión no vale más que la tuya.
La gran cuestión es; ¿Qué dicen las Escrituras? ¿Qué dice Dios sobre este asunto?
Hay muchísimas personas que han hallado una paz falsa. Creen que por cambiar de costumbres, leer la Biblia, orar, hacer penitencias, asistir a las reuniones, ir a la iglesia, participar de los sacramentos y, en fin, utilizar todos los medios que están a su alcance, podrán obtener la paz con Dios; pero andan completamente engañados. Se hace muy frecuentemente la pregunta; ¿Has hecho tu paz con Dios? Esta pregunta es sumamente engañosa. Nótalo muy bien: Es imposible para nosotros hacer la paz con Dios. La paz sí tiene que ser hecha, pero ninguno de nosotros puede hacerla; es una obra superior a nuestras fuerzas y, que por lo tanto, está fuera de nuestro alcance.

Capítulo 1
La paz con Dios
Dos amigos se paseaban por una playa. Uno de ellos era cristiano, el otro un incrédulo. El primero dijo a su compañero: "Mira a ver si puedes borrar las huellas que has dejado sobre la arena." Así lo intentó el otro, pero su amigo le hizo notar que "mientras estabas tapando las primeras huellas, con tus pies estabas haciendo otras. ¡Míralas!" El hombre reconoció que en verdad se le imponía un trabajito imposible. Continuaron su paseo, y un poco más tarde creció la marea, y al bajar de nuevo, se vio que el agua había hecho desaparecer las huellas de sobre la arena.
Algún tiempo después pasando por el mismo sitio el cristiano y su amigo, se presentó otra nueva conversación. Estas palabras dijo el creyente al incrédulo: 7
"Observa que lo que no pudiste hacer tú, lo hizo la marea". Y lo que tú, ansioso pecador, no puedes hacer con tus esfuerzos, lo puede efectuar la preciosa sangre de Jesús. No podemos borrar un solo pecado. No podríamos ser limpios de ellos aunque viviésemos tanto como Matusalén, es decir 969 años (Génesis 5:27), empleando toda nuestra vida y nuestra inteligencia para tratar de hacerlo. No podemos, lo repito, quitar de nosotros un solo pecado; pero "la sangre de Jesucristo su hijo nos limpia de todo pecado" (I Juan 1:7). Sí, amigo lector, todo, ¡Todo! ¡Todo!

Pesando trapos inmundos
Muchos creen que en el Día del Juicio sus buenas obras serán puestas en un platillo de la balanza sostenida por la justicia, y sus pecados en otro platillo, y en caso de pesar más las buenas obras, entrarán en el cielo. Si tú crees esto, amigo lector, te recomendaría que examinaras toda tu vida pasada y tus obras (las que los hombres llaman "buenas"), y compáralas con la escritura que dice: "Todas nuestras justicias [son] como trapos de inmundicia" (Isaías 64:6). Tú y la gente las llaman "buenas obras" u obras de justicia: La Escritura las llama trapos de inmundicia. ¿Quién tiene razón? ¿Ustedes o Dios? La persona no salvada no tiene ninguna obra buena para poner en el platillo de la balanza de la justicia, pero al pecador salvado todos sus pecados le son perdonados por la fe en Jesús.
Como puedes ver, mientras no te sometas a Dios y aceptes a Cristo, estás perdiendo la bendición que en gracia viene de la presencia de Dios para nosotros, y jamás podrás obtener la justificación. En romanos capítulo 3, versículos 22 y 23, leemos también: "No hay diferencia; por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios". Y en el versículo 10 del mismo capítulo, leemos: "No hay justo, ni aun uno".

Tu fuerza y la paz
Un amigo mío entró un día en el coche de un tren, donde se debatía acaloradamente una discusión religiosa. Habiendo tomado asiento mi amigo, uno de los presentes le dijo, colocándole amistosamente su mano sobre la rodilla: "Decíamos aquí que, para entrar en el cielo, es necesario ser bueno y practicar el bien". A lo que mi amigo contestó: "Pues, mi estimado amigo, yo tengo un libro muy antiguo y en el cual creo mucho, que contradice rotundamente la afirmación que usted acaba de hacer. Hay en este libro del que le hablo, dos afirmaciones que no concuerdan con lo que acaba usted de alegar. Mientras usted dice: "Seamos buenos", el viejo Libro dice: "Ninguno es bueno sino uno, a saber Dios." Usted afirma también: "Hagamos lo bueno", y este Libro dice: "No hay quien haga lo bueno". Sus afirmaciones, por lo tanto están en completa oposición a lo que el Libro del que le hablo, declara...”
Hace poco había dicho que nadie puede hacer su paz con Dios. ¿Y por qué no? Por la sencilla razón de que no tenemos fuerza alguna. La Biblia dice: "Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos" (Romanos 5:6). Una de las razones es que no tememos fuerza alguna, y la otra es, que la fuerza que por naturaleza poseemos tiende únicamente a cometer el mal. Toda la fuerza de una higuera silvestre sirve sólo para producir higos amargos; como todo el vigor del pecador tiende únicamente a producir pecados. Puedes notar que el mal trastorna tus pasos. ¿Cómo, pues, podemos nosotros hacer la paz?
¿Quién hará la paz? ¿Podrán hacerla los ángeles, esos seres inmaculados y santos, que cubren sus rostros delante de Dios? ¿Podrían ellos hacer la paz? ¿Podría hacerla un arcángel? ¡No! ¿Quién pudo hacerla entonces? Solamente hubo Uno que fue poderoso y capaz para hacerla: el bendito Señor Jesucristo, de quien leemos en las Santas Escrituras que El hizo la paz. ¿Cómo? Por "la sangre de su cruz".
Expliquemos el caso con mayor claridad. No se nos manda ser hacedores de la paz, en el sentido de hacer nuestra paz con Dios; pero se nos ordena ser aceptadores de esta paz. El Señor hizo la paz con su sangre en la cruz. La obra está hecha: "Consumado es" (Juan 19:30).
Voy a servirme de una pequeña ilustración, pues estoy seguro de que contiene toda la sustancia del asunto. Un conocido predicador, empleando un lenguaje muy gráfico, comparaba este mundo a una descomunal cárcel de formidables murallas, y pesadas puertas de hierro. La Misericordia, decía él, miró desde el cielo y le dio mucho pesar al ver a los prisioneros. Descendió volando hasta aquel lugar, y cuando se disponía a abrir las puertas, la Justicia con voz de trueno le ordenó que no intentara hacer tal cosa, diciéndole con severidad: "Nadie puede salir de aquí mientras no se dé plena satisfacción a mis juicios".
La Misericordia respondió: "Pero Dios es Amor". A lo cual exclamó la Justicia: "Pero Dios es Luz". La Misericordia, aunque sabía que era verdad todo esto, comenzó a interceder por los desgraciados; pero la Justicia siguió diciendo: "Dios ha de ser Justo. El es Santo". La Misericordia vio que no podía oponerse a las exigencias de la Justicia, y tuvo que retirarse llorosa a las moradas celestiales. Allí contó lo sucedido, el cielo la escuchó conmovido.
Por fin el Hijo de Dios dijo: "Bajaré yo, y dejaré que la Justicia traspase mi costado con su espada vengadora, y apague su ardiente filo con la sangre de mi vida. Y, efectivamente, el Hijo de Dios descendió para cumplir su misión de misericordia. La Justicia se colocó ante la puerta, dispuesta a resistí todos, mientras no fuesen satisfechas sus justas exigencias.
El Hijo de Dios mostró su costado y clama-ría Justicia: "¡Hiere! ¡Que esa ardiente espada penetre en mi costado; que las determinaciones de la Justicia sean satisfechas!" La Justicia hirió, y el Señor Jesús al morir exclamó: "Consumado es." Entonces la justicia envainó la espada, puesto que ya había recibido una satisfacción completa, y viendo que la Misericordia corrió rápidamente a abrir las pesadas puertas, sonrió complacida.
Reconoce, amigo mío, en esta ilustración el resumen de todo el evangelio. "Dios es Luz", y "Dios es Amor". Por un lado, las exigencias de la justicia de Dios deben ser satisfechas; por el otro, su amor desea la felicidad del pecador.

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