sábado, 3 de agosto de 2013

PEDRO SOBRE LAS AGUAS

(Léase Mateo 14:22-33)
Hay dos aspectos bajo los cuales podemos considerar este interesante pasaje de las Escrituras. En primer lugar, lo podemos leer desde un punto de vista dispensacional, en relación con el tema de los tratos de Dios con Israel. Y, en segundo lugar, lo podemos leer como una porción que atañe directamente a nuestro diario andar práctico con Dios.
          Nuestro Señor, una vez que alimentó a la multitud y se despidió de ella, “subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo”. Esto corresponde precisamente a su posición actual con referencia a la nación de Israel. Él los dejó y subió a lo alto para emprender la bendita obra de la intercesión. Mientras tanto, los discípulos —tipo del remanente piadoso— estaban siendo sacudidos por el borrascoso mar durante las lóbregas vigilias de la noche, pasando por profundas pruebas y ejercicios, en ausencia de su Señor, quien, no obstante, nunca los perdió de vista siquiera por un momento, nunca apartó sus ojos de ellos; y, cuando se acercaban al límite de sus posibilidades, por así decirlo, sin saber qué hacer, Jesús se hace presente para aliviarlos, apacigua los vientos, calma el mar y los lleva a su deseado puerto.
          Baste lo dicho en cuanto al aspecto dispensacional de esta porción de las Escrituras, al cual, aunque es de lo más interesante, no lo seguiremos desarrollando, por cuanto nuestro propósito, en este breve artículo, es presentar al corazón del lector la preciosa verdad revelada en el relato de Pedro sobre las aguas, verdad que —como lo hemos dicho— atañe directamente a nuestra propia senda individual, sea cual fuere la naturaleza de esa senda.
          No requiere ningún esfuerzo de la imaginación ver, en el caso de Pedro, una notable figura de la Iglesia de Dios colectivamente o del cristiano individual. Pedro dejó la barca ante el llamado de Cristo. Él abandonó todo aquello a lo que el corazón podía apegarse y se echó a caminar sobre el tempestuoso mar, en pos de una senda ubicada más allá y por encima de los límites de la Naturaleza; una senda de fe; una senda en la que nada sino la simple fe podría vivir una sola hora. El secreto para todos cuantos son llamados a recorrer esa senda es Cristo o nada. Nuestra única fuente de poder consiste en mantener los ojos de la fe firmemente fijos en Jesús: “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2). Ni bien apartemos nuestros ojos de él, comenzaremos a hundirnos.
          Huelga decir que no se trata aquí de la salvación —de alcanzar la orilla para estar a salvo. De ninguna manera; estamos hablando ahora del andar del cristiano en este mundo; de la carrera práctica de aquel que es llamado a abandonar este mundo, a renunciar a todo aquello en lo que la mera naturaleza busca apoyarse o depositar su confianza; a desprenderse de las cosas terrenales, de los recursos humanos y de los medios naturales a fin de andar con Jesús por encima del poder y de la influencia de las cosas visibles y temporales.
          Tal es el elevado llamamiento del cristiano y de toda la Iglesia de Dios, en contraste con Israel, el pueblo terrenal de Dios. Nosotros somos llamados a vivir por la fe; a caminar, con calma confianza, por encima de las circunstancias de este mundo; a avanzar, con santo compañerismo, junto a Jesús.
          Tras eso precisamente suspiraba el alma de Pedro cuando profería estas palabras: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas” (v. 28). Aquí estaba el secreto: “si eres tú”. Si no era él, el error más descomunal que Pedro habría podido cometer hubiera sido dejar la barca. Pero, por otro lado, si ciertamente era a él mismo, a ese bendito, gloriosísimo y graciable Jesús, al que vio allí andando apaciblemente sobre la superficie de las agitadas aguas, entonces, seguramente, lo más excelente, lo más dichoso, lo mejor que podía hacer era abandonar todo recurso terrenal y natural, a fin de salir en pos de Jesús y probar el inefable gozo de la comunión con él.
          Hay una inmensa fuerza, profundidad y significación en estas cláusulas: “Si eres tú”, “manda que yo vaya a ti”, “sobre las aguas”. Nótese que es “a ti sobre las aguas”. No se trata de que Jesús viniera a Pedro en la barca —algo muy bendito y precioso— sino de que Pedro saliese al encuentro de Jesús sobre las aguas. Una cosa es tener a Jesús viniendo en medio de nuestras circunstancias, apaciguando nuestros temores, aliviando nuestras ansiedades, tranquilizando nuestros corazones, y otra muy distinta lanzarnos nosotros mismos desde la orilla de las circunstancias o desde la barca de los recursos humanos para andar con calma victoria sobre las circunstancias a fin de estar con Jesús donde él está. Lo primero nos recuerda a la viuda de Sarepta (1 Reyes 17); lo segundo, a la sunamita (2 Reyes 4).
          ¿Acaso no apreciamos la excelente gracia que exhalan estas palabras: “¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!”? Lejos esté de nosotros este pensamiento. Estas palabras son muy preciosas. Y, además, Pedro las habría probado; sí, se habría deleitado en su dulzura, aun cuando nunca hubiera puesto siquiera un pie fuera de la barca. Es bueno que distingamos entre estas dos cosas. Ambas se confunden demasiado a menudo. Todos nosotros somos propensos a descansar en el pensamiento de tener al Señor con nosotros, y a sus misericordias acompañándonos a lo largo de nuestra senda cotidiana. Nuestra visión no va más allá de las relaciones naturales, los gozos de la tierra, tal cual son, la amplia gama de bendiciones que nuestro bondadoso Dios derrama tan generosamente sobre nosotros. Nos aferramos con tesón a las circunstancias, en lugar de anhelar un más íntimo compañerismo con un Cristo rechazado. En esta senda sufriremos inmensas pérdidas.
          Sí, lo decimos con fuerza: inmensas pérdidas. No es que debamos apreciar menos las bendiciones y misericordias de Dios, sino que debemos apreciarle más a él. Creemos que Pedro habría sido un perdedor si se hubiese quedado en la barca. Algunos pueden pensar que actuó bajo el influjo de su impaciencia e impulsividad; por nuestra parte creemos que su proceder fue fruto de su vehemente anhelo por su muy amado Señor, un intenso deseo de estar cerca de él a toda costa. Vio a su Señor andando sobre las aguas y se sintió impulsado por el deseo de andar con él, y su deseo fue legítimo; grato al corazón de Jesús.
          Además, ¿no actuó bajo la autoridad de su Señor al dejar la barca? Ciertamente que sí. La voz de mando —”ven”—, una voz de intensa fuerza moral, alcanzó su corazón y lo hizo salir de la barca para ir al encuentro de Jesús. La palabra de Cristo era la autoridad para entrar en esa extraña y misteriosa senda; y la presencia viva y sentida de Cristo constituía el poder para avanzar en ella. Sin esa orden, él no se habría atrevido a partir; sin esa presencia, no habría podido avanzar. Era algo extraño, inexplicable, sobrenatural andar sobre las aguas; pero Jesús estaba andando allí, y la fe puede andar con él. Así lo creyó Pedro, y entonces, “descendiendo de la barca”, “andaba sobre las aguas para ir a Jesús” (v. 29).
          Ahora bien; ésta es una notable figura de la verdadera senda de un cristiano: la senda de la fe. La garantía para emprender esa senda es la palabra de Cristo. El poder para avanzar en ella consiste en mantener los ojos fijos en Cristo mismo. No es una cuestión de si está bien o está mal. La pregunta es: ¿En qué ponemos la mira? ¿Es el firme intento de nuestro corazón estar lo más cerca posible de Jesús? ¿Ansiamos de veras probar una más profunda, más estrecha y más plena comunión con él? ¿Es él suficiente para nosotros? ¿Estamos dispuestos a dejar de lado todo aquello a lo que la mera naturaleza se aferra, y a apoyarnos solamente en Jesús? En su infinito y condescendiente amor, él nos hace señas para que vayamos a él. Nos dice: “Ven”. ¿Nos negaremos? ¿Vacilaremos y nos quedaremos atrás ante su voz? ¿Nos asiremos de la barca mientras la voz de Jesús nos dice “ven”?
          Tal vez podría objetarse que Pedro cayó y que, por lo tanto, habría sido mejor, más seguro y prudente quedarse en la barca que hundirse en el agua. Es mejor no tomar un lugar prominente que, después de haberlo tomado, fracasar en él. Bien, es absolutamente cierto que Pedro fracasó; pero ¿por qué? ¿Fue porque dejó la barca? No, sino por dejar de mirar a Jesús. “Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!” (v. 30). Así sucedió con el pobre Pedro. Su error no consistió en dejar la barca, sino en mirar la fuerza del viento y de las olas, en mirar a su alrededor en vez de clavar la mirada en Jesús. Había entrado en una senda que sólo podía ser atravesada por la fe, una senda en la cual, si él no tenía a Jesús, no tenía absolutamente nada; ni barca, ni bote, ni salvavidas ni siquiera un tablón del que agarrarse. En una palabra, se trataba de Cristo o de nada; de caminar con Jesús sobre las aguas o de hundirse en lo más hondo sin él. Nada sino la fe podía sustentar el corazón en tal carrera. Pero la fe pudo sustentarlo, pues la fe puede vivir en medio de las olas encrespadas y de los vientos más borrascosos. La fe puede caminar sobre las más agitadas aguas; la incredulidad no lo puede hacer sobre las más calmas.
          Pero Pedro fracasó. Sí; ¿y qué hay con eso? ¿Acaso ello prueba que hizo mal en obedecer el llamado de su Señor? ¿Acaso Jesús le reprochó que hubiese dejado la barca? ¡Ah, no!, eso no habría sido propio de Él. Jesús no podía decirle a su pobre siervo que viniera, y luego reprenderlo por haber venido. Él sabía y podía condolerse —como lo hizo— de la debilidad de Pedro, por lo que leemos que “al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”. No le dijo: «¡Hombre alocado y precipitado! ¿Por qué dejaste la barca?». No, sino: “¿Por qué dudaste?”. Tal fue la tierna reprimenda. Y ¿dónde estaba Pedro cuando oía estas palabras? ¡En los brazos de su Señor! ¡Qué lugar! ¡Qué experiencia! ¿Acaso no valía la pena abandonar la barca para probar semejante bendición? Sin duda que sí. Pedro estuvo acertado en dejar la barca; y, aunque resbaló en esa altísima senda en la que había entrado, ello no hizo más que conducirlo a tomar mayor conciencia de su propia debilidad e insignificancia, como así también de la gracia y del amor de su Señor.
          Lector cristiano, ¿cuál es la lección moral que extraemos de todo esto? Simplemente que Jesús nos llama a salir de las cosas temporales y de los sentidos naturales para que andemos con él. Nos insta a abandonar nuestras esperanzas terrenales y todas nuestras seguridades humanas — respectivamente los puntales y los recursos sobre los que se apoya nuestro corazón. Su voz puede oírse mucho más fuertemente que el estruendo de las olas y los rugidos de la tempestad, y esa voz nos dice: “¡Ven!”. ¡Oh, obedezcámosla! ¡Accedamos de todo corazón a su llamado! “Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio” (Hebreos 13:13). Jesús quiere tenernos cerca de él, caminando con él, apoyados en él y no mirando las circunstancias que nos rodean, sino mirándole sólo y siempre a él.

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