martes, 1 de marzo de 2016

UNA SOLA OFRENDA, VARIOS SACRIFICIOS (Parte III)

(Levítico 1 a 7)

"A Jesucristo, y a éste crucificado" (1 Corintios 2:2).
EL HOLOCAUSTO (Levítico 1; 6:9-13; 7:8)

Como ya lo hemos visto, el holocausto, el sacrificio que es enteramente quemado sobre el altar, viene en primer lugar. En efecto, era importante poner en evi­dencia primero la perfección de la víctima, perfección que sólo puede ser plenamente apreciada por Dios. El mismo Señor Jesús lo dijo: "Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida" (Juan 10:17). «El centro y el fundamento de nuestro acceso a Dios es la obediencia de Cristo y su sacrificio» (J. N. Darby). El israelita que se acercaba a la puerta del tabernáculo de reunión, estaba provisto de una ofrenda perfecta, un "macho sin defecto" (Levítico 1:3).

Cristo para Dios
Ya para la pascua, hacía falta un cordero "sin defecto, macho de un año" (Éxodo 12:5).
1 Pedro 2:22 nos dice que el Señor Jesús "no hizo pecado". Mientras que tan fácilmente faltamos nosotros, Él, en ninguno de sus hechos, en ninguna de sus actitudes, en ninguno de sus pensamientos, hizo pecado. Más aún, 2 Corintios 5:21 precisa: "Al que no conoció pecado". No tenía ninguna afinidad por el pecado, ninguna atracción, ningún deseo para con él, como nosotros lo comprobamos tan frecuentemente en nosotros mismos. Más todavía, 1 Juan 3:5 añade: "No hay pecado en él". No solamente no pecó, no faltó, sino que el pecado jamás lo rozó, la naturaleza peca­dora no estaba en él. Fue tentado en todo igual que nosotros, pero la Palabra precisa: "sin pecado" (Hebreos 4:15).
Tenemos el testimonio de aquellos que vivieron en su época y que no eran sus amigos. El malhechor crucificado a su lado declaró: "Este ningún mal hizo" (Lucas 23:41). Judas, lleno de remordimiento por haberlo vendido, volvió diciendo: "He pecado entre­gando sangre inocente" (Mateo 27:4). Sus enemigos, viéndolo en la cruz, declararon: "A otros salvó" (Mateo 27:42). Y Pilato, antes de condenarlo, repitió: "Ningún delito hallo en este hombre" (Lucas 23:4). "Inocente soy yo de la sangre de este justo" (Mateo 27:24). Podríamos multiplicar los pasajes en los que brilla y se impone esta perfección del Señor Jesús; será para cada uno un bendito tema de estudio intentar descubrirlos.
Pero si bien la víctima debía ser presentada sin defecto, también era necesario que la parte interior fuese manifestada en correspondencia con la exterior. Por eso era desollada, luego dividida en piezas. El Señor Jesús pudo decir por medio del salmista: "Me has puesto a prueba, y nada inicuo hallaste; he resuelto que mi boca no haga transgresión" (Salmo 17:3). Todas las partes de su Ser eran igualmente perfectas. Luego, la víctima era lavada con agua, el interior y las piernas. La Palabra puso a Cristo a prueba en su vida y en su dedicación hasta la muerte, no para quitar alguna mancha, sino para establecer que todo era perfecto. En su Ser interior, en sus íntimos pensamientos, en sus afec­tos, todo ha sido manifestado en plena correspondencia con el pensamiento de Dios. En su andar (las piernas) siempre mostró una entera dependencia y obediencia. «El lavamiento de agua del sacrificio figuraba lo que Cristo era, en su esencia, es decir puro» (J. N. Darby).
La víctima sin defecto, desollada, dividida en piezas, lavada, después era puesta sobre el fuego del altar. El juicio de Dios puso a prueba todo lo que era Cristo; todo fue encontrado excelente, "de olor grato para Jehová" (Levítico 1:9).
Jesús se ofreció a sí mismo; encontró el juicio de Dios. Durante las horas de tinieblas, las mujeres y los discípulos que se habían reunido al pie de la cruz, se alejaron y miraban "de lejos" (Mateo 27:55). Sólo Dios puede apreciar en plenitud la excelencia de la Persona de su Hijo y el valor de su sacrificio; pero aunque en esas cosas no podamos penetrar, sí nos corresponde contemplarlas y adorar.

Aquel que se acercaba a la puerta del tabernáculo de reunión, consciente de no estar limpio en sí mismo para la presencia de Dios, estaba provisto de una ofrenda perfecta. En virtud de ella, se atrevía a acer­carse para ser aceptado "delante de Jehová" (Levítico 1:3-4). Aquí no se trata de perdón de pecados ni de purificación. Es preciso saber que Jesús murió por nuestras faltas y que su sangre nos purifica plenamente, pero en cierto sentido es un lado negativo. Se trata de llevar a Dios una ofrenda que le sea agradable. ¿Será nuestro andar? ¿Nuestra devoción? ¿El fruto de nues­tros esfuerzos? Caín lo creyó al llevar el fruto de su trabajo, pero Dios no pudo aceptar ese sacrificio. Abel, consciente de no responder en sí mismo al pensamiento de Dios, presentó una ofrenda de los primogénitos de sus ovejas: sacrificio cruento de otra víctima por la cual podía ser aceptado (Génesis 4:4).
"Pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto" (Levítico 1:4). No sólo debía llevar una ofrenda perfecta, sino también identificarse con ella, decir con ese gesto: «ella será aceptada por expiación mía». 1 Juan 4:17 afirma: "Como él es, así somos nosotros". Dios nos ve en Cristo; "nos hizo aceptos en el Amado" (Efesios 1:6); nos recibe como recibe a su Hijo.
Tenemos un ejemplo en la epístola a Filemón. Onésimo, esclavo, había huido de la casa de su amo Filemón; al conocer al apóstol Pablo, mientras éste se hallaba en prisión, fue llevado al Señor. Entonces se trataba de enviar al esclavo a su amo, pero ¿cómo éste lo había de recibir? Pablo puso todo de sí para que Filemón recibiera a Onésimo, como, por así decirlo, Cristo puso todo de sí para que Dios nos reciba. Le escribió: "Si en algo te dañó, o te debe, ponlo a mi cuenta... yo lo pagaré" (Filemón v. 18-19). Estas palabras recuerdan el sacrificio por el pecado. El Señor Jesús responde por todas nuestras faltas; El pagó la deuda de nuestros pecados. Sin embargo, esto necesariamente no hacía a Onésimo agradable a Filemón; a lo sumo, un obstáculo para su recepción había sido qui­tado: puesto que Pablo pagaría, Filemón no podía rehusarse a recibir a Onésimo. Tenemos también lo que corresponde a 1 Juan 4:17 en Filemón 17: "Así que, si me tienes por compañero, recíbele como a mí mismo". El mismo apóstol era grato a Filemón, quien lo habría recibido con los brazos abiertos; debía, pues, recibir a Onésimo como habría recibido a Pablo. Así Dios nos recibe como recibe a su Hijo: "Como él es, así somos nosotros". Qué motivo para darnos "confianza en el día del juicio", y hacer que penetremos totalmente en el amor de Dios: "En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros" (1 Juan 4:17).
Así, al perder de vista lo que hemos hecho y lo que somos, podemos presentarnos ante Dios, no con las manos vacías, ni con el fruto de nuestro trabajo, sino "en Cristo". Cuando aquel que se acercaba ponía la mano sobre la cabeza de la víctima, los méritos de la ofrenda pasaban al adorador; le eran imputados: "Él" ha sido agradable en lugar de mí.
¿Sólo en lugar de mí? No, en lugar de todos mis hermanos, de todos los rescatados del Señor, quienes­quiera que sean, a pesar de su ignorancia o de sus faltas (seguramente no mayores que las mías). Sepamos ver siempre a los hijos de Dios "en Cristo", hechos perfectos como Él mismo lo es.
Después de haber llevado su ofrenda y haber puesto la mano sobre la cabeza de la víctima, siendo aceptado, el israelita ¿habría podido regresar a su casa? De ninguna manera. ¡Él mismo debía degollarla! Cada adorador debe sentir profundamente la necesidad de la muerte de Cristo. Para acabar la obra que el Padre le había dado que hiciera, no era suficiente que fuera per­fecto durante su vida, totalmente agradable a Dios, hacía falta que muriera: "¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas?" (Lucas 24:26). Sobre el monte de la transfiguración, todo era gloria y luz, pero ¿de qué hablaban Moisés y Elías con Jesús? "Hablaban de su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén" (Lucas 9:31).
El adorador debía hacer más: Desollaba la ofrenda y la dividía en piezas. Para poder presentar las perfec­ciones del Señor Jesús a Dios en la adoración, hace falta profundizarlas, contemplar no sólo cómo exteriormente ha sido perfecto, sino cómo, en sus pensamientos, en lo íntimo de su ser, glorificó plenamente a Dios. Nuestros corazones así ejercitados, conducidos por el Espíritu, podrán entonces ofrecer a Dios sacrificios espirituales que recuerden algo mejor lo que su Hijo ha sido para Él.
Los hechos en relación directa con el altar eran reservados a los sacerdotes, hijos de Aarón. Un sacer­dote era una persona espiritual que, viviendo cerca de Dios, comprendía lo que le era debido. Los sacerdotes presentaban la sangre y hacían aspersión alrededor del altar: Esto muestra el infinito valor de la sangre de Cristo, quien entró en la muerte para cumplir hasta el fin la voluntad de Dios. Los sacerdotes debían también acomodar la madera y el fuego, y luego las piezas de la víctima, la cabeza, la grosura y hacer "arder todo sobre el altar" (Levítico 1:9). No podemos penetrar en el mis­terio de Cristo bajo el juicio de Dios, tal como, por ejemplo, el Salmo 22 nos lo presenta; pero sí podemos hablar de él a Dios, considerarlo ante él, hacerlo subir como un perfume de olor grato.
Efesios 5:2 lo precisa: Primero "Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros": es nuestra parte; pero después se entregó como "ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante": es la parte de Dios, el holo­causto. 

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