miércoles, 5 de septiembre de 2018

VIDA DE AMOR (Parte IX)

VICTORIA DEL AMOR (continuación)



Esto trae a la luz otra verdad, a saber, que tan sólo el carácter cristiano permanece. Los dones son de la esencia del carácter, pero se afirma que nada permanece como la fe, la esperanza y el amor. Debemos creer que estos tres son, en cierto sentido, una descripción com­pleta de nuestro estado perdurable. En este versículo Pablo ha hallado una fórmula absolutamente completa y satisfactoria para el carácter cristiano “la fe, la espe­ranza y el amor”, con el amor en el lugar del honor. ¿No es esto la síntesis del cristianismo? Lo que sig­nificaban las virtudes cardinales, justicia, virtud, pru­dencia y templanza, para la antigüedad pagana; lo que la libertad, igualdad y fraternidad significaban para los revolucionarios franceses; lo que los derechos del hom­bre significaban para los fundadores de la República Norteamericana; lo que los tres grados en la ascensión espiritual, purificación, iluminación, unión con Dios, han significado para los místicos de todas las edades y naciones; también han significado y significan la fe, la esperanza y el amor para todos los Cristianos. La imita­ción de Cristo significa la vida de fe, la vida de esperanza y la vida de amor.
La fe, la esperanza y el amor perdurarán después que todas las otras cosas hayan pasado. A las puertas de la muerte dejaremos para siempre todas las otras ar­mas de las cuales Dios nos ha provisto para combatir por El, los dones y todas las demás capacidades para el servicio, pero llevaremos a través de esas puertas el ca­rácter moral y espiritual que la lucha de la vida ha des­arrollado en nosotros, y los tres elementos constitutivos del carácter cristiano son la fe, la esperanza y el amor. Pero el amor recibe una corona eterna; pues él es espe­ranza y virtud de fe, el que todo lo espera, todo lo so­porta, todo lo cree.
Ahora nos volveremos a la última gran verdad de este pasaje. Hemos considerado la excelencia y la per­manencia de las tres virtudes; la tercera es que “el ma­yor de ellos es el amor
Tenemos en este capítulo grados de valor; algunos dones son más grandes que otros. La fe, la esperanza y el amor son más grandes que los dones; y el amor es más grande que la fe y la esperanza. Pablo no dice que de estos tres el amor es más durable; no lo es, porque todos los tres permanecen, pero el amor es el mayor, no tan solo más grande que las cosas pasajeras, pero tam­bién el mayor de las cosas permanentes; no tan sólo la cosa más grande en la tierra, pero también la cosa más grande en la eternidad. Y naturalmente preguntamos ¿en qué es el amor más grande que la fe y la esperanza? En tres aspectos, por lo menos. Primero, porque mientras la fe y la esperanza son medios para alcanzar un fin, el amor es un fin en sí mismo. La fe y la esperanza son medios para el logro, pero el amor es lo que se ha lo­grado. La fe y la esperanza pertenecen a la carrera, pero el amor es el premio. No podemos descansar en la fe y la esperanza, sin ser menguadas, porque si eso fuera posible nuestra vista estaría puesta en el medio y no en el fin. Pero podemos y debemos descansar en el amor, pues en esto Dios mismo descansa.
Pero hay otra razón, porque contrariamente a la fe y la esperanza, el amor es sacrificante. No ejercemos y no podemos ejercer la fe y la esperanza eficazmente para otros, sino tan solo para nosotros mismos. Sin duda, por medio de la fe y la esperanza ejercemos una influencia más allá de nosotros mismos individualmente, pero son principalmente para nosotros. Nuestra fe y esperanza en Dios nos traen provecho espiritual, pero el amor es para otros. Nosotros mismos lo necesitamos, pero lo obtene­mos y lo conservamos tan sólo en la medida que lo damos. No podemos dar a otros nuestra fe y esperanza, pero po­demos darles nuestro amor. Por esta razón también el amor es supremo.
Pero hay otra razón, a saber, que la fe y la espe­ranza no son de la esencia divina; el amor lo es. No po­déis describir a Dios en términos de fe y esperanza. Dios, el que todo lo sabe, no cree; y Dios, el que todo lo po­see, no espera. Pero podéis describir a Dios en términos de amor — “Dios es amor”. La fe y la esperanza son algo para poseer, pero el amor es algo para ser. La fe trae la vida, la esperanza se extiende hacia la plenitud de la vida, pero el amor es vida. El amar es comprender el último significado de la vida y alcanzar su último ar­bitrio. El amor es la palabra clave de toda religión. No hay nada en todo el credo cristiano que no pueda ser interpretado por medio de él y en términos de él. Nin­guno habrá leído bien la Palabra de Dios al mundo en la carrera de Cristo Su Hijo hasta que sepa y sienta que su mensaje es que el amor es supremo.
Esta canción de amor es, pues, literatura perdurable y también verdad inmortal, y se resume en esto: “Cual­quiera que ama es nacido de Dios” — si amamos, Dios permanece en nosotros — “El que vive en amor, vive en Dios, y Dios en él”. Por lo tanto, amemos.
Una palabra final: en el cp. XIV. 1, una norma es prescrita. Es una lástima que la exhortación está separada del capítulo principal. Le pertenece esencialmente. Des­pués de aquel cántico de amor, el inspirado apóstol di­ce, “Seguid el amor”. Si se pregunta por qué debemos hacerlo, todo el capítulo XIII es la respuesta. Debemos seguir el amor porque el poseer amor, aun cuando no sea acompañado por dones, es el bien supremo. Debe­mos seguir el amor porque, aunque todos los dones de­ben cesar, el amor permanece. Y debemos seguir el amor porque, aun de aquellas cosas que son permanentes, el amor es el mayor.
Y si se pregunta ¿Cómo podemos seguir el amor? la única contestación es, practicándolo. Si preguntáis, ¿Cómo podemos practicar un amor como éste? se nos recuerda que el amor de Dios es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Alguien dijo, “Pero este tema de amor no es el mensaje de Keswick”. ¡Dios tenga misericordia de Keswick, si eso es cierto! “El amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” — eso nos trae nuevamente al mismo centro de todas las cosas, la manifestación de Dios en Cristo y el engendrar de la semejanza de Cristo en el alma humana por el Espíritu Santo, y Su obra suprema es la de derra­mar este amor en nuestros corazones, para que con él amemos a Dios, nuestro Creador, Redentor, Salvador y Soberano, y unos a otros.
Permitidme terminar con una narración sencilla. Mi amigo, Samuel Chadwick, ahora en la presencia del Se­ñor, contó esta historia.
Un día, en la estación de Leeds, entré en la sala de espera. Había un hombre en la sala, que estaba recos­tado contra la repisa y parecía estar afligido. Samuel Chadwick se acercó a él y, observando que estaba llo­rando, le dijo: “Mi amigo ¿ha sufrido usted alguna des­gracia?” Le contestó, “No precisamente”. “¿Qué le pa­sa?” “Bueno”, dijo, “mi hermano y yo habíamos aho­rrado un poco de dinero y decidimos emprender una pe­queña industria, así que fuimos a lo de Crossley y com­pramos un motor a gas y lo instalamos en nuestro esta­blecimiento. Después de trabajar unos dos años hallamos que estábamos perdiendo dinero; el motor no era bastante potente para el trabajo, así que decidimos volver a la casa y explicarles la situación. Contamos a la persona que nos atendió lo que sucedía — estábamos perdiendo dinero, el motor no era bastante potente. ¿Qué se podía hacer?”
“¿Recibieron el motor que pidieron, no es así? “Sí” “Temo que no podemos hacer nada más”.
Salieron del escritorio y de paso se encontraron con Francisco Crossley. Se dirigieron a él y le contaron lo que sucedía. Les llevó de nuevo a su escritorio, obtuvo todos los detalles, luego dijo, “Ahora bien, colocaré un motor en su establecimiento adecuado para el propósito, y si me hacen saber lo que han perdido con ese motor inadecuado durante estos dos años, se lo reembolsaré” Y el hombre lloró otra vez. Dijo, “Señor, hoy he visto a un hombre que es semejante a su Jesucristo, y me ha conmovido”.
“Carísimos, amemos”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario