1.
Si hubo un momento en la historia de la
iglesia profesante en que fue más necesario que nunca tener autoridad divina
para la senda cristiana, y poder divino para andar en ella, ese momento es
precisamente el presente.
2.
Son tantas las opiniones antagónicas,
las voces discordantes, las escuelas opuestas, las partes contenciosas, que,
por todos lados, corremos peligro de perder nuestro equilibrio y de ser
arrastrados quién sabe adónde. Vemos a los mejores de los hombres poniéndose en
lados opuestos del mismo asunto; hombres que, hasta donde llega nuestra
apreciación, parecen tener un ojo
3.
sencillo para la gloria de Cristo, y
tomar la Palabra de Dios como su sola autoridad en todas las cosas.
4.
¿Qué, pues, ha de hacer un alma
sencilla? ¿Qué actitud ha de tomar uno frente a toda esta situación? ¿No habrá
un puerto tranquilo y seguro donde poder anclar nuestra pequeña embarcación,
lejos de las feroces olas del agitado y tempestuoso océano de las opiniones
humanas? Sí, bendito sea Dios, lo hay. Y el lector puede experimentar en este
mismo momento la profunda bendición de echar el ancla allí. Es el dulce
privilegio del más simple hijo de Dios, del más sencillo niño de Cristo, tener
autoridad divina para su senda y poder divino para avanzar por ella —autoridad
para su posición, y poder para ocuparla—, autoridad para su servicio, y poder
para llevarlo a cabo.
5.
¿En qué consiste? ¿Dónde está? La autoridad
se encuentra en la palabra divina; el poder, en la presencia divina. Así pues
—bendito sea Dios—, todo hijo de Dios puede saber esto; es más, debiera
saberlo, para la firmeza de su camino y el gozo de su corazón.
6.
Al contemplar la condición actual de los
cristianos profesantes en general, uno se ve sorprendido con este tan
lamentable hecho, a saber, que tan pero tan pocos están preparados para encarar
las Escrituras en todos los puntos y en todo asunto personal, doméstico,
comercial y eclesiástico. Una vez que la cuestión de la salvación del alma ha
sido resuelta —y ¡ay, cuán raramente está verdaderamente resuelta! — entonces,
la gente en
7.
realidad se considera en libertad de
desprenderse del sagrado dominio de las Escrituras, y de arrojarse sobre las perdidas
aguas turbulentas de la opinión y la voluntad humanas, donde cada cual puede
pensar, elegir y actuar por sí mismo.
8.
Ahora bien, nada es más cierto que esto:
que cuando se trata simplemente de una cuestión de opinión humana, de la
voluntad del ser humano, o del juicio del hombre, no hay una sombra de
autoridad, ni una partícula de poder. Ninguna opinión humana tiene alguna
autoridad sobre la conciencia; ni tampoco puede comunicar ningún poder al alma.
Puede aceptarse en la medida de su propio valor, pero no tiene autoridad ni
poder para mí. Debo tener la Palabra de Dios y la presencia de Dios, de lo
contrario, no puedo dar un solo paso. Si algo, no importa qué, viene a
interponerse entre mi conciencia y la Palabra de Dios, no sé dónde estoy, no sé
qué hacer ni hacia a donde dirigirme. Y si alguna cosa, no importa qué, viene a
interponerse entre mi corazón y la presencia de Dios, quedo absolutamente
desprovisto de poder. La Palabra de mi Señor es mi único directorio; Su morada
en mí y conmigo, mi único poder. “Mira que te mando... tu Dios estará contigo.”
9.
Pero puede que el lector se sienta
dispuesto a preguntar: «¿Es realmente cierto que la Palabra de Dios contiene
amplia guía para todos los detalles de la vida? ¿Me dice, por ejemplo, adónde
debo ir el día del Señor; y qué he de
10.
hacer desde el lunes por la mañana hasta
el sábado por la noche? ¿Me dirige en mi senda personal, en mis relaciones
domésticas, en mi posición comercial, en mis asociaciones y opiniones
religiosas?»
11.
Muy ciertamente que sí. La Palabra de
Dios nos prepara o equipa enteramente para toda buena obra (2.a
Timoteo 3:17), y ninguna obra para la cual ella no nos prepare, puede ser
buena, sino mala. Por lo tanto, si usted no puede encontrar autoridad para el
lugar adónde va el día del Señor —no importa dónde sea— debe,
12.
inmediatamente, dejar de ir. Y si no
puede encontrar autoridad para lo que hace el lunes, usted debe,
inmediatamente, dejar de hacerlo. “Ciertamente el obedecer es mejor que los
sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (1. ° Samuel
15:22). Confrontemos honestamente la Escritura. Inclinémonos bajo su santa
autoridad en todas las cosas. Sometámonos humilde y reverentemente a su
dirección celestial. Renunciemos a todo hábito, a toda práctica, a toda
asociación —de la naturaleza que fuere, o aprobada por quien fuere— para los
cuales no tenemos la autoridad directa de la Palabra de Dios, y en las cuales
no podemos gozar del sentido de Su presencia, de la vida de Su apreciativo
talante.
13.
Éste es un punto de la más seria
importancia. Sería de hecho imposible que el lenguaje humano expresase con la
debida fuerza o en los términos adecuados, la inmensa
14.
importancia de la absoluta y completa
sumisión a la autoridad de la Escritura en todas las cosas —sí, y lo decimos
con énfasis— en todas las cosas.
15.
Una de nuestras mayores dificultades
prácticas al tratar con las almas, surge del hecho de que ellas no parecen
tener ninguna idea de someterse en todas las cosas a la Escritura. No quieren
confrontarse con la Palabra de Dios, ni consentir en ser enseñados
exclusivamente por sus sagradas páginas. Credos y confesiones; formulaciones
religiosas; mandamientos, doctrinas y tradiciones de los hombres: estas cosas
sí serán oídas y se someterán a ellas. A nuestra propia voluntad, a nuestro
propio juicio, a nuestras propias opiniones de las cosas, les serán permitidos
amplio lugar. La conveniencia, la posición, la reputación, la influencia
personal; el utilitarismo; la opinión de los amigos; los pensamientos y el
ejemplo de buenos y grandes hombres; el miedo de lastimar o de causar ofensa a
aquellos a quienes amamos y estimamos y con quienes pudimos haber estado
asociados por largo tiempo en nuestra vida y servicio religiosos; el temor de
que piensen que seamos presuntuosos; querer evitar a toda costa la apariencia
de juzgar o de condenar a muchos a cuyos pies nos sentaríamos de buena
voluntad: todas estas cosas actúan y ejercen una muy perniciosa influencia en
el alma, e impiden la plena entrega de nosotros mismos a la suprema autoridad
de la Palabra de Dios.
16.
¡Quiera el Señor en su gracia avivar
nuestros corazones en relación con este solemne tema! ¡Quiera Él conducirnos,
por su Santo Espíritu, a ver el verdadero lugar, valor y poder de su Palabra!
¡Que esa Palabra se establezca en nuestras almas como la única regla plenamente
suficiente, de modo que todo —no importa qué— lo que no se halle basado en su
autoridad, sea absolutamente rechazado sin la menor vacilación! Entonces
podemos esperar hacer progresos. Entonces nuestra senda será como “la senda de
los justos, como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es
perfecto” (Proverbios 4:18). ¡Nunca estemos satisfechos, en relación con todos
nuestros hábitos, con todos nuestros caminos, con todas nuestras asociaciones,
con nuestra posición religiosa y con nuestro servicio, con todo lo que hacemos
y con todo lo que no hacemos; con el lugar adonde vamos y adonde no vamos,
hasta que podamos verdaderamente decir que tenemos la aprobación de la Palabra
de Dios y la luz de Su presencia! Aquí, y solamente aquí, yace el profundo y
precioso secreto de LA AUTORIDAD Y EL PODER.
C. H. Mackintosh
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