viernes, 27 de marzo de 2026

La Mujer que agrada a Dios (9)

La Mujer en el Hogar                                                                  Fay Smart y Jean Young 

RELACIÓN CON EL MARIDO

Ya hemos estudiado la relación de marido y esposa en Efesios 5:22-25: "Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella." Otros pasajes exhortan a la esposa a estar sujeta a su marido (Col. 8: 18; I P. 3: l). ¿Qué significa estar sujeta? El diccionario dice: “Someterse a la autoridad o dominio de otro.”  ¿Degrada esto a la mujer? No, de ninguna manera; es simplemente lo ordenado por Dios, diseñado para el bienestar de la humanidad.

Las distinciones entre lo masculino y femenino, según las determinó Dios, son importantes. El movimiento actual para anularlas es una amenaza para el matrimonio y para la sociedad, porque el matrimonio es fundamental para una sociedad firme y estable. El mandato de Dios para la esposa es sumisión, no servidumbre; para el marido es autoridad modelada en Cristo "quien se dio a sí mismo" El ideal es la consideración amorosa del uno para el otro y el respeto mutuo. Esta actitud se promueve cuando hay un espíritu de franqueza y diálogo. El marido y la esposa que comparten la misma meta en la vida: vivir para agradar a Dios, y que regularmente leen la Biblia y oran juntos como "coherederos de la gracia de la vida", tendrán poca dificultad con los conceptos de sumisión y autoridad. Cuando ambos están rendidos al Señor, todas las otras relaciones caerán en su lugar apropiado. El matrimonio cristiano es la unión de un hombre y una mujer, iguales en valor, complementándose en función y en armonía el uno con el otro porque Dios tiene el primer lugar en la vida de cada uno.

En el caso de una pareja en la cual el marido está fracasando en el Cumplimiento de su deber como lo indica Efesios 5:25, la esposa, aun así, debe ser obediente a su deber indicado en Efesios 5:22. De igual manera, si la esposa fracasa en su obligación, el marido no obstante deberá ser fiel a la suya. El deber de cada uno es claro y no depende de lo que haga el otro. El mandato para cada uno es sencillo y se deberá cumplir en obediencia al Señor, no importa cuál sea el comportamiento de uno o del otro.

Alguien dijo: " Si el marido desea ser tratado como un rey, debe tratar a su esposa como en a una tratarlo reina.  Si él trata a su esposa como reina, ella no tendrá dificultad de tratarlo rey."  Debe a su esposa haber como respeto reina, mutuo ella (Ef. 5:33; I P. 3:7), consideración mutua en las relaciones conyugales (l Co.7:3-5), y reconocimiento de interdependencia (1 Co. 11:8-12).

La esposa debe cumplir sus responsabilidades en el funcionamiento del hogar tan fielmente como ella espera que su marido cumpla las suyas en su empleo diario. Proverbios 14: 1 dice: " La mujer sabia edifica su casa." Tomar todas las piezas que componen su vida y darles forma de un modo creativo es un reto. Ciertamente hay tareas rutinarias y poco placenteras en el trabajo de ama de casa, pero ningún trabajo es degradante. Se nos ordena trabajar con nuestras manos (1 Ts. 4:11; Ef. 4:28). Nuestro Señor lo hizo y el apóstol Pablo también. El hacer las cosas con amor, el dar de nosotras mismas sin resentimiento, hará cualquier tarea más liviana.

RELACION CON LOS HIJOS

No es una responsabilidad pequeña ser esposa y madre piadosa. Si bien un niño recibirá sus conocimientos de Dios por conducto de ambos padres, la influencia de la madre es mayor en los primeros años de su vida. Los años preescolares son formativos y la importancia de la instrucción y el ejemplo piadoso de la madre no se pueden sobreestimar. Hemos visto ejemplos de esto en los hijos de Jocabed y Ana.

De manera creciente se nos hace entender la importancia que tiene el amor en el desarrollo total de un infante. Sin embargo, los medios de comunicación con mucha frecuencia traen noticias de niños rechazados. Verdaderamente, como mujeres cristianas, debemos derramar nuestro amor, no tan sólo sobre nuestros hijos sino también sobre cada uno de aquellos con quienes nos encontramos, particularmente sobre los que tienen necesidades especiales. "El que recibe en mi nombre a un niño como éste, me recibe a mí", dijo el Señor Jesús (Mt. 10:42; Mr. 9:37).

En nuestros días, cuando tantas mujeres trabajan fuera del hogar, hacemos bien en detenernos a examinar esta práctica. En caso de necesidad económica, y hay muchos casos así, no hace falta discutir el asunto. Pero cuando la madre trabaja sólo para poder obtener algunas cosas suplementarias para la familia o la casa, o para lograr un nivel de vida más alto, ella debe estar bien segura de que no está perdiendo más de lo que gana. Una persona que se encarga de cuidar a los niños o un centro de cuidado de niños no puede tomar el lugar de la madre para amar y educar al niño. Los días preescolares son de mucho valor y en total muy pocos. La madre debe tener tiempo para llevar a su hijo en paseos al aire libre y desarrollar en él un amor hacia la naturaleza, para leerle, cantar y orar, para jugar, para elevar cometas, para compartir su entusiasmo por las cosas que va descubriendo diariamente en el mundo que lo rodea, para enseñarle la diferencia entre el bien y el mal, para mostrarle que él es una persona importante, hecha por Dios y de valor para Dios. Esos primeros días de intercambio y comunión son necesarios si la comunicación ha de conservarse en y a través de los trece a los diecinueve años. Siempre que sea posible la madre debe encontrarse en el hogar cuando sus hijos estén allí.

Alguien ha dicho: "El hogar debe estar impregnado de una fragancia amorosa" y se refería a los aromas que salen de la cocina. El hogar debe ser un sitio de bienestar y amor, cálido y acogedor, un lugar de belleza ya que el amor nos debe ayudar a realizar las cosas con hermosura. ¿Qué recuerdos de su hogar llevarán nuestros hijos en el transcurso de su vida? Ser ama de casa puede ser la ocupación de mayor creatividad y satisfacción que una mujer sea capaz de desempeñar.

Parte sumamente importante de la labor de una madre es el entrenamiento y la disciplina de sus hijos. Es responsabilidad mutua del padre y la madre, pero como el padre no está en el hogar todo el día, gran parte de la carga necesariamente recae sobre la madre. Su guía debe ser la Palabra de Dios y es tan sólo por medio de la oración y la dependencia en el Señor que llega a ser capaz para afrontar esta responsabilidad.

Deuteronomio 6:6, 7 dice: "Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes." Estas son instrucciones que Moisés dio a Israel, pero las mismas son igualmente aplicables en el día de hoy. La palabra de Dios debe estar primero en nuestros corazones. "La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros" (Col. 3: 16), Ninguna madre puede permitir que le falte su tiempo a solas con el Señor, leyendo la palabra y orando día tras día. ¡Qué privilegio es enseñar a nuestros hijos acerca del Señor! Esto debe comenzar en la infancia y debe ser una parte natural de la vida diaria: hablar a Dios mientras se está en la casa, se camina al aire libre, a la hora de acostarse y en la mañana al levantarse, como Deuteronomio lo recomienda. También debe haber un tiempo cada día cuando toda la familia se reúne para leer la Biblia y orar. Esto puede ser a la hora del desayuno, la comida o en cualquier hora conveniente, pero debe ser una parte regular del programa de la familia, cuidadosamente planificado y observado.

Disciplina es una palabra que rechazamos. Significa fijar los límites de conducta para nuestros hijos. Si el niño deliberadamente cruza los límites marcados debe ser castigado. El conocer las reglas y saber desobediencia siempre será castigada, le da al niño un sentimiento de seguridad. Efesios 6:4 dice: "No provoquéis a ira a vuestros hijos" No regañe sin cesar para así provocar su ira o resentimiento. Debemos formular cuidadosamente nuestros propios valores y normas para la familia, para después instruir a nuestros hijos en estos principios bíblicos para que ellos comiencen por sí solos a tomar decisiones correctas en base de lo que ellos han aprendido. Esta es nuestra meta para ellos.

Sobre todo, debemos orar por nuestros hijos. En esto tenemos el ejemplo de Abraham (Gn. 17: 18) y David (1 Cr. 29:19). Se nos advierte en contra de la demostración de parcialidad: amar a un hijo más que a otro, por medio de los ejemplos tristes de Isaac y Rebeca (Gn. 25:28 Jacob (Gn. 37:3). Esto causa estragos en la vida familiar. También somos advertidos en contra de la indulgencia y la falta de corrección a nuestros hijos mediante el ejemplo del desastre familiar que se produjo en la familia de Elí, donde el juicio cayó "porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado" (1 S. 3:13).

VECINOS

La influencia de un hogar cristiano debe traspasar las paredes de ese hogar. ¿Es nuestro estilo de vida diferente al de nuestros vecinos? ¿Pueden ellos ver en nuestra familia algo de lo que ellos carecen y que les gustaría tener? La atmósfera de un auténtico hogar cristiano debe ser algo totalmente nuevo para los amigos de sus hijos que entran y salen de su casa y para los vecinos que lo visitan. Una familia feliz Y unida, en un hogar lleno de amor, no es un cuadro muy común en estos días.

La primera parte de esta lección concierne a las esposas y las madres, no atañe a la mujer soltera; pero las mujeres solteras tienen algún tipo   de hogar y vecinos a quienes ellas pueden mostrar el amor de Cristo Una amistad sincera y una voluntad dispuesta a ayudar y servir a otros siempre son apreciadas.

CARACTER Y ROPA

Dos pasajes que hablan de la mujer cristiana son 1 Timoteo 3:11 Y 2:3-5. Un resumen de los adjetivos que se mencionan allí incluye honestas, sobrias, prudentes, castas, buenas, cuidadosas de sus casas reverentes en su porte.

En cuanto a la ropa, I Pedro 3:3, 4 destaca, no el adorno externo más bien la belleza del espíritu. 1 Timoteo 2:9, 10 requiere ropa decorosa y modesta, sin ostentación y sin atracción indebida hacia nosotras. Busquemos en este asunto, así como en todos los otros, ser agradables a Dios. Seamos cuidadosas de dedicar más tiempo al desarrollo de la belleza interna del carácter que el que dedicamos a adornar nuestros cuerpos.

DEL HOGAR PARA EL SEÑOR

La hospitalidad es un ministerio que es altamente estimado por el Señor por su pueblo (l P. 4:9; Heb. 13:2). No es necesario tener una casa grande, bien equipada y ofrecer comidas espléndidas. Una persona soltera, viviendo en una sola habitación, puede mostrar hospitalidad. Un recibimiento afectuoso y una comida sencilla pueden brindar gozo y las mujeres solteras que practican la hospitalidad tienen vidas mucho más abundantes. 

Mucho servicio cristiano puede realizarse en el hogar. Aquí hay algunas sugerencias:

l. Clubes de niños. Muchos niños han llegado a conocer al Señor a través de clubes de niños en el hogar. Aquellas que sienten que no pueden enseñar, pueden ofrecer el uso de sus hogares una tarde a la semana y ayudar a la maestra en distintas formas.

2. Hora del café para mujeres. Estas han probado ser muy efectivas en alcanzar a las inconversas y también en ayudar a las jóvenes cristianas a crecer. Una vez más, aquellas que sienten que no pueden enseñar, pueden abrir sus hogares, invitar a sus vecinas, suministrar el café y apoyar con la oración a la hermana que esté dirigiendo al grupo.

3. Estudios para matrimonios. Parejas que se reúnan una noche a la Semana para estudiar la Palabra y orar, crecerán unidas aprendiendo juntas verdades eternas y formando amistades profundas y dura-

4. Otras actividades. Tal vez algunas sentirán que no les es posible encontrar tiempo para los ministerios que se han mencionado, pero hay aún otras cosas que se pueden hacer desde el hogar, tales como: a) Hablar por teléfono con quien está enferma o sola. b) Hacer galletas o cocidos para ayudar a una familia o una enferma que está en necesidad (o sólo para decirles "te quiero" de un modo práctico). c) Usar una destreza a como misioneros coser o tejer para hacer cosas para otros. d) Escribir cartas a misioneros o enfermos contando algo de la familia, de la iglesia o de los amigos. e) ¡Orar! Este último es del más grande de todos los ministerios y tal vez el más descuidado. Pero “todo lo que hagáis, hacedlo todo para la gloria de Dios (1 Co. 10:31).


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