La Mujer en el Hogar Fay Smart y Jean Young
RELACIÓN
CON EL MARIDO
Ya hemos estudiado la relación de
marido y esposa en Efesios 5:22-25: "Las casadas estén sujetas a sus
propios maridos, como al Señor Maridos, amad a vuestras mujeres, así como
Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella." Otros pasajes
exhortan a la esposa a estar sujeta a su marido (Col. 8: 18; I P. 3: l). ¿Qué
significa estar sujeta? El diccionario dice: “Someterse a la autoridad o
dominio de otro.” ¿Degrada esto a la
mujer? No, de ninguna manera; es simplemente lo ordenado por Dios, diseñado
para el bienestar de la humanidad.
Las distinciones entre lo masculino y
femenino, según las determinó Dios, son importantes. El movimiento actual para
anularlas es una amenaza para el matrimonio y para la sociedad, porque el
matrimonio es fundamental para una sociedad firme y estable. El mandato de Dios
para la esposa es sumisión, no servidumbre; para el marido es autoridad
modelada en Cristo "quien se dio a sí mismo" El ideal es la
consideración amorosa del uno para el otro y el respeto mutuo. Esta actitud se
promueve cuando hay un espíritu de franqueza y diálogo. El marido y la esposa
que comparten la misma meta en la vida: vivir para agradar a Dios, y que
regularmente leen la Biblia y oran juntos como "coherederos de la gracia
de la vida", tendrán poca dificultad con los conceptos de sumisión y
autoridad. Cuando ambos están rendidos al Señor, todas las otras relaciones
caerán en su lugar apropiado. El matrimonio cristiano es la unión de un hombre
y una mujer, iguales en valor, complementándose en función y en armonía el uno
con el otro porque Dios tiene el primer lugar en la vida de cada uno.
En el caso de una pareja en la cual el
marido está fracasando en el Cumplimiento de su deber como lo indica Efesios
5:25, la esposa, aun así, debe ser obediente a su deber indicado en Efesios
5:22. De igual manera, si la esposa fracasa en su obligación, el marido no
obstante deberá ser fiel a la suya. El deber de cada uno es claro y no depende
de lo que haga el otro. El mandato para cada uno es sencillo y se deberá
cumplir en obediencia al Señor, no importa cuál sea el comportamiento de uno o
del otro.
Alguien dijo: " Si el marido desea
ser tratado como un rey, debe tratar a su esposa como en a una tratarlo reina. Si él trata a su esposa como reina, ella no
tendrá dificultad de tratarlo rey."
Debe a su esposa haber como respeto reina, mutuo ella (Ef. 5:33; I P.
3:7), consideración mutua en las relaciones conyugales (l Co.7:3-5), y
reconocimiento de interdependencia (1 Co. 11:8-12).
La esposa debe cumplir sus
responsabilidades en el funcionamiento del hogar tan fielmente como ella espera
que su marido cumpla las suyas en su empleo diario. Proverbios 14: 1 dice:
" La mujer sabia edifica su casa." Tomar todas las piezas que componen
su vida y darles forma de un modo creativo es un reto. Ciertamente hay tareas
rutinarias y poco placenteras en el trabajo de ama de casa, pero ningún trabajo
es degradante. Se nos ordena trabajar con nuestras manos (1 Ts. 4:11; Ef.
4:28). Nuestro Señor lo hizo y el apóstol Pablo también. El hacer las cosas con
amor, el dar de nosotras mismas sin resentimiento, hará cualquier tarea más
liviana.
RELACION
CON LOS HIJOS
No es una responsabilidad pequeña ser
esposa y madre piadosa. Si bien un niño recibirá sus conocimientos de Dios por
conducto de ambos padres, la influencia de la madre es mayor en los primeros
años de su vida. Los años preescolares son formativos y la importancia de la
instrucción y el ejemplo piadoso de la madre no se pueden sobreestimar. Hemos
visto ejemplos de esto en los hijos de Jocabed y Ana.
De manera creciente se nos hace
entender la importancia que tiene el amor en el desarrollo total de un infante.
Sin embargo, los medios de comunicación con mucha frecuencia traen noticias de
niños rechazados. Verdaderamente, como mujeres cristianas, debemos derramar
nuestro amor, no tan sólo sobre nuestros hijos sino también sobre cada uno de
aquellos con quienes nos encontramos, particularmente sobre los que tienen
necesidades especiales. "El que recibe en mi nombre a un niño como éste,
me recibe a mí", dijo el Señor Jesús (Mt. 10:42; Mr. 9:37).
En nuestros días, cuando tantas mujeres
trabajan fuera del hogar, hacemos bien en detenernos a examinar esta práctica.
En caso de necesidad económica, y hay muchos casos así, no hace falta discutir
el asunto. Pero cuando la madre trabaja sólo para poder obtener algunas cosas
suplementarias para la familia o la casa, o para lograr un nivel de vida más
alto, ella debe estar bien segura de que no está perdiendo más de lo que gana.
Una persona que se encarga de cuidar a los niños o un centro de cuidado de niños
no puede tomar el lugar de la madre para amar y educar al niño. Los días
preescolares son de mucho valor y en total muy pocos. La madre debe tener tiempo
para llevar a su hijo en paseos al aire libre y desarrollar en él un amor hacia
la naturaleza, para leerle, cantar y orar, para jugar, para elevar cometas,
para compartir su entusiasmo por las cosas que va descubriendo diariamente en
el mundo que lo rodea, para enseñarle la diferencia entre el bien y el mal,
para mostrarle que él es una persona importante, hecha por Dios y de valor para
Dios. Esos primeros días de intercambio y comunión son necesarios si la
comunicación ha de conservarse en y a través de los trece a los diecinueve
años. Siempre que sea posible la madre debe encontrarse en el hogar cuando sus
hijos estén allí.
Alguien ha dicho: "El hogar debe
estar impregnado de una fragancia amorosa" y se refería a los aromas que
salen de la cocina. El hogar debe ser un sitio de bienestar y amor, cálido y
acogedor, un lugar de belleza ya que el amor nos debe ayudar a realizar las
cosas con hermosura. ¿Qué recuerdos de su hogar llevarán nuestros hijos en el
transcurso de su vida? Ser ama de casa puede ser la ocupación de mayor
creatividad y satisfacción que una mujer sea capaz de desempeñar.
Parte sumamente importante de la labor
de una madre es el entrenamiento y la disciplina de sus hijos. Es
responsabilidad mutua del padre y la madre, pero como el padre no está en el
hogar todo el día, gran parte de la carga necesariamente recae sobre la madre.
Su guía debe ser la Palabra de Dios y es tan sólo por medio de la oración y la
dependencia en el Señor que llega a ser capaz para afrontar esta
responsabilidad.
Deuteronomio 6:6, 7 dice: "Estas
palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus
hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al
acostarte, y cuando te levantes." Estas son instrucciones que Moisés dio a
Israel, pero las mismas son igualmente aplicables en el día de hoy. La palabra
de Dios debe estar primero en nuestros corazones. "La palabra de Cristo
more en abundancia en vosotros" (Col. 3: 16), Ninguna madre puede permitir
que le falte su tiempo a solas con el Señor, leyendo la palabra y orando día
tras día. ¡Qué privilegio es enseñar a nuestros hijos acerca del Señor! Esto
debe comenzar en la infancia y debe ser una parte natural de la vida diaria:
hablar a Dios mientras se está en la casa, se camina al aire libre, a la hora
de acostarse y en la mañana al levantarse, como Deuteronomio lo recomienda.
También debe haber un tiempo cada día cuando toda la familia se reúne para leer
la Biblia y orar. Esto puede ser a la hora del desayuno, la comida o en
cualquier hora conveniente, pero debe ser una parte regular del programa de la
familia, cuidadosamente planificado y observado.
Disciplina es una palabra que
rechazamos. Significa fijar los límites de conducta para nuestros hijos. Si el
niño deliberadamente cruza los límites marcados debe ser castigado. El conocer
las reglas y saber desobediencia siempre será castigada, le da al niño un
sentimiento de seguridad. Efesios 6:4 dice: "No provoquéis a ira a
vuestros hijos" No regañe sin cesar para así provocar su ira o
resentimiento. Debemos formular cuidadosamente nuestros propios valores y
normas para la familia, para después instruir a nuestros hijos en estos
principios bíblicos para que ellos comiencen por sí solos a tomar decisiones
correctas en base de lo que ellos han aprendido. Esta es nuestra meta para
ellos.
Sobre todo, debemos orar por nuestros
hijos. En esto tenemos el ejemplo de Abraham (Gn. 17: 18) y David (1 Cr.
29:19). Se nos advierte en contra de la demostración de parcialidad: amar a un
hijo más que a otro, por medio de los ejemplos tristes de Isaac y Rebeca (Gn.
25:28 Jacob (Gn. 37:3). Esto causa estragos en la vida familiar. También somos
advertidos en contra de la indulgencia y la falta de corrección a nuestros
hijos mediante el ejemplo del desastre familiar que se produjo en la familia de
Elí, donde el juicio cayó "porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no
los ha estorbado" (1 S. 3:13).
VECINOS
La influencia de un hogar cristiano
debe traspasar las paredes de ese hogar. ¿Es nuestro estilo de vida diferente
al de nuestros vecinos? ¿Pueden ellos ver en nuestra familia algo de lo que
ellos carecen y que les gustaría tener? La atmósfera de un auténtico hogar
cristiano debe ser algo totalmente nuevo para los amigos de sus hijos que
entran y salen de su casa y para los vecinos que lo visitan. Una familia feliz
Y unida, en un hogar lleno de amor, no es un cuadro muy común en estos días.
La primera parte de esta lección
concierne a las esposas y las madres, no atañe a la mujer soltera; pero las
mujeres solteras tienen algún tipo de
hogar y vecinos a quienes ellas pueden mostrar el amor de Cristo Una amistad
sincera y una voluntad dispuesta a ayudar y servir a otros siempre son
apreciadas.
CARACTER
Y ROPA
Dos pasajes que hablan de la mujer
cristiana son 1 Timoteo 3:11 Y 2:3-5. Un resumen de los adjetivos que se
mencionan allí incluye honestas, sobrias, prudentes, castas, buenas, cuidadosas
de sus casas reverentes en su porte.
En cuanto a la ropa, I Pedro 3:3, 4
destaca, no el adorno externo más bien la belleza del espíritu. 1 Timoteo 2:9, 10
requiere ropa decorosa y modesta, sin ostentación y sin atracción indebida
hacia nosotras. Busquemos en este asunto, así como en todos los otros, ser
agradables a Dios. Seamos cuidadosas de dedicar más tiempo al desarrollo de la
belleza interna del carácter que el que dedicamos a adornar nuestros cuerpos.
DEL
HOGAR PARA EL SEÑOR
La hospitalidad es un ministerio que es
altamente estimado por el Señor por su pueblo (l P. 4:9; Heb. 13:2). No es
necesario tener una casa grande, bien equipada y ofrecer comidas espléndidas.
Una persona soltera, viviendo en una sola habitación, puede mostrar
hospitalidad. Un recibimiento afectuoso y una comida sencilla pueden brindar
gozo y las mujeres solteras que practican la hospitalidad tienen vidas mucho
más abundantes.
Mucho servicio cristiano puede
realizarse en el hogar. Aquí hay algunas sugerencias:
l.
Clubes de niños. Muchos niños han llegado a conocer al Señor a través de clubes
de niños en el hogar. Aquellas que sienten que no pueden enseñar, pueden
ofrecer el uso de sus hogares una tarde a la semana y ayudar a la maestra en
distintas formas.
2.
Hora del café para mujeres. Estas han probado ser muy efectivas en alcanzar a
las inconversas y también en ayudar a las jóvenes cristianas a crecer. Una vez
más, aquellas que sienten que no pueden enseñar, pueden abrir sus hogares,
invitar a sus vecinas, suministrar el café y apoyar con la oración a la hermana
que esté dirigiendo al grupo.
3.
Estudios para matrimonios. Parejas que se reúnan una noche a la Semana para
estudiar la Palabra y orar, crecerán unidas aprendiendo juntas verdades eternas
y formando amistades profundas y dura-
4.
Otras actividades. Tal vez algunas sentirán que no les es posible encontrar
tiempo para los ministerios que se han mencionado, pero hay aún otras cosas que
se pueden hacer desde el hogar, tales como: a) Hablar por teléfono con quien
está enferma o sola. b) Hacer galletas o cocidos para ayudar a una familia o
una enferma que está en necesidad (o sólo para decirles "te quiero"
de un modo práctico). c) Usar una destreza a como misioneros coser o tejer para
hacer cosas para otros. d) Escribir cartas a misioneros o enfermos contando
algo de la familia, de la iglesia o de los amigos. e) ¡Orar! Este último es del
más grande de todos los ministerios y tal vez el más descuidado. Pero “todo lo
que hagáis, hacedlo todo para la gloria de Dios (1 Co. 10:31).
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