sábado, 10 de diciembre de 2016

Los cuatro evangelistas (Parte III)

Juan Marcos

Aunque estamos acostumbrados a hablar del “Evangelio según Marcos”, es bueno recordar que el escritor de aquel Evangelio tenía dos nombres. En Hechos 12.12 es “Juan que tenía por sobrenombre Marcos”, Juan siendo su nombre judío y Marcos, o Marcus, su nombre romano y de uso corriente. Ya hemos señalado que escribió con lectores romanos en mente, y de toda probabilidad desde la ciudad imperial. De que tenía a gentiles por delante es evidente por ciertos detalles secundarios.
Por ejemplo, en el 2.18 él explica que los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunaban, cosa que los judíos sabrían bien pero no así los gentiles. En el 11.13 dice que no era tiempo de los higos, un comentario innecesario para los moradores de Palestina. Y, uno observa la peculiaridad de Marcos de omitir casi de un todo citas del Antiguo Testamento pero de interpretar términos hebreos que serían extraños para lectores gentiles. Hay ejemplos en 5.41 y 7.11, 34, donde traduce “Talita cumi”,  “Corban” y “Efata”.  El 11.17 habla de la casa de oración para todas las naciones, pero Mateo y Lucas no incluyen esa descripción.
El Evangelio de Marcos es el más reducido de los cuatro. Es un registro de hechos y no de palabras; los discursos encontrados en Mateo se omiten o se condensan. El Bendito Señor pasa ante nosotros como el incansable Siervo de Jehová y casi no podemos dejar de recordar las palabras proféticas de Isaías 42.1: “He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones”.
Se nota que el Evangelio no comienza con una tabla de genealogía. La tal cosa puede ser necesaria para probar la realeza de Cristo en Mateo y su parentesco en Lucas, pero a uno no le interesa la genealogía de un siervo; lo importante es su capacidad para el trabajo.
Marcos comienza con una referencia pasajera al bautismo del Señor en el Jordán, ya que fue el punto de partida de su ministerio público: “...el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros comenzando desde el bautismo de Juan”, Hechos 1.21, 22. Luego se ocupa de una vez con las actividades del Siervo. Hay un sentido de urgencia en su narración. De las ochenta veces en el Nuevo Testamento que se emplea términos como “luego”, “en seguida”, e “inmediatamente”, la mitad están en este Evangelio. [Nota del traductor: En la Reina-Valera, como en el inglés que el autor usó, a veces se suprime el “luego”. Por ejemplo, el 1.21: “inmediatamente / luego entrando en la sinagoga...”.]
En el primer capítulo uno encuentra una serie de eventos en secuencia rápida: el bautismo del Señor, su tentación en el desierto, el encarcelamiento del Bautista, el llamado de Pedro y Andrés, el de Jacobo y Juan, la curación del inmundo, la sanidad de la suegra de Pedro, la escena contemplada en el himno, “De noche al descender el sol...”, la sanidad de un leproso, y finalmente “venían a él de todas partes”.
La misma nota de servicio compasivo e incansable está difundida a lo largo del registro de Marcos, y bien puede ser resumida en el tributo expresado por Pedro en Hechos 10.38: “Jesús de Nazaret... anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”. Está hermosamente acorde con el carácter de este Evangelio el hecho de que sus últimas palabras sean: “Ellos —los apóstoles— saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían”. El servicio activo continuaba.
¿No es llamativo que sea Juan Marcos, quien al comienzo era un siervo muy imperfecto —ya que les abandonó a Pablo y Bernabé en su primer viaje misionero— el escogido por el Espíritu de Dios para proporcionar el relato del Señor Jesús como el Siervo perfecto? Si Marcos hubiera estar vivo hoy, es de temer que sus hermanos no le darían una segunda oportunidad, pero la gracia de Dios perdona y restaura como muchos del pueblo del Señor no hacen, y el honor para esta tarea le fue concedido a este Juan Marcos.
Información acerca de la vida de este hombre no está a la superficie; tenemos que cavar para encontrarla, y aun deducir en algunas partes. Pero está allí, y digna de confianza.
Consideremos 14.51, 52, donde se nos presenta “cierto joven” en un relato que tan sólo Marcos narra. Juan Marcos ha debido ser testigo de los acontecimientos acaecidos más temprano aquella tarde. Era el primer día de panes sin levadura, cuando la pascua debía ser realizada. Con gran deseo el Señor quería comer aquella pascua con sus discípulos antes de ir a la cruz. Dos de ellos (Lucas explica que eran Pedro y Juan) fueron instruidos a proceder a Jerusalén con cautela (ya que el Señor sabía que sus enemigos buscaban su vida) y preparar la fiesta. Parece evidente que el Señor ya había hecho preparativos provisionales para utilizar una casa en la periferia de la ciudad, adyacente al Monte de Olivos. Esto lo entendemos por el hecho que los discípulos serían dirigidos al sitio apropiado.
Un hombre llevando un cántaro de agua —una cosa poco común, tratándose de una labor para mujeres— fue la seña preestablecida. Es más, las palabras del 14.14 [como figuran, por ejemplo, en la Nueva Versión Internacional] “¿Dónde está mi aposento?” dan a saber que una cámara había sido puesto aparte para su uso. Era una pieza amplia en la segunda planta, y un sitio histórico, por cuanto fue no tan sólo la escena de la última pascua sino también a la postre del nacimiento de la Iglesia de Dios sobre la tierra.
Fue en esta misma cámara que los discípulos se reunieron al haber encontrado vacío el sepulcro, y parece haber sido su acostumbrado sitio de reunión. Fue aquí en la tarde del primer Día del Señor que el Señor resucitado se presentó súbitamente y les mostró sus manos y sus pies.
Fue a este “aposento alto” que volvieron los discípulos una vez ascendido el Señor, y por lo menos algunos de ellos moraban allí, Hechos 1.13. Parece que fue a este mismo lugar que acudió Pedro al haber sido librado milagrosamente de la cárcel, encontrando que una reunión de oración estaba en progreso. Es en relación con este evento que se nos cuenta que se trataba de la casa de “María la madre de... Marcos”. Nada se dice en Hechos 12 del padre de familia, pero Marcos 14 sí hace mención específica de “el señor de la casa”. Se puede conjeturar que se trata de un núcleo de seguidores secretos de Jesús y que uno de ellos murió en el intervalo. La señora era de la misma fe que su esposo y, difunto él, puso la casa a la orden de los discípulos.
Ahora, consideremos por un momento dónde Marcos entra en el relato. Ya hemos visto que era un joven cuando se celebró la pascua en casa de su padre, y es de pensar que se dio a escuchar la conversación. Lo que oyó habrá dejado una impresión indeleble en su mente. Fue casi a medianoche que se marchó el grupo, y este joven —estamos sugiriendo que fue Juan Marcos— fue tras ellos. Vestía solamente un sindon, o sea, interiores de lino que usaba la gente acomodada, 14.51. Tal vez salió aquella noche por curiosidad, pero más probable por cierta convicción, basada en lo que vio y oyó, que algo grave iba a suceder.
Aparentemente continuó hasta el Getsemaní; vio los discípulos dormidos; vio que el Señor se retiró parte; escuchó el “gran clamor y lágrimas” de “Padre, aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú”. Luego entró la banda de malvados; sucedió el forcejeo en la oscuridad, cuando Pedro sacó su espada; y, la huida ignominiosa de los discípulos. De alguna manera el joven se encontró envuelto en el encuentro. Los soldados intentaron apresarle, pero él huyó, dejando su sindón como “rehén”, y llegó asustado a la casa paterna. ¿Podemos negar que la noche de la traición haya significado una profunda crisis espiritual en la vida de Marcos?
Cuando Pedro, posterior a su negación, fue restaurado al Señor y al liderazgo entre los discípulos, parece que haber tenido la casa de la madre de Juan Marcos como el hogar suyo, y parece que fue el medio para llevar a éste al Señor, por cuanto habla en 1 Pedro 5.13 de “Marcos mi hijo”. Con el tiempo floreció una amistad estrecha entre el mayor y el menor, y la mayoría de los estudiosos de la Biblia creen que fue de Pedro que Marcos recibió mucha de la información que está entretejida en su Evangelio. Es evidente que se trata de eventos conocidos a un testigo ocular —lo cual Marcos no era— y el lector cuidadoso notará un toque petrino en el escrito de Marcos. 
Él fue destinado a servir con dos otros hombres destacados: Bernabé y Pablo. Ellos habían ido a Jerusalén para entregar el donativo de la asamblea en Antioquía —un gesto loable de parte de una joven iglesia de gentiles hacia creyentes judíos en un momento de angustia— y, como Bernabé era tío de Juan Marcos (algunos comentaristas dicen que era primo hermano), ¿qué sería más probable que visitasen en casa de la madre de Marcos en su viaje?
Posteriormente, estos dos emprendieron su primer gran viaje misionero, y sin duda fue en respuesta a su propia solicitud insistente que a Marcos le fue permitido acompañarles como asistente. El mismo ardor que años antes le condujo a salir de casa a medianoche para seguir hasta el Getesemaní, ahora le impulsó a ofrecerse como colaborador de estos dos veteranos en su viaje arriesgado que a la postre les llevó a través de las temidas montañas de Taurus donde abundaban bandoleros y otros peligros.
Juan Marcos no había contado el costo como ha debido hacer, y por esto se echó para atrás, para regresar a la casa materna, tan pronto que llegaron a la costa de Panfilia. Aquel comienzo insatisfactorio bien ha podido eliminar cualquier posibilidad de ser de utilidad en el futuro, pero parece que fue más bien el comienzo de mejores tiempos. Qué examen propio de su corazón él habrá tenido al reflexionar sobre su cobardía, no podemos saber, pero nosotros que hemos fracasado de una manera parecida deberíamos comprender.
Lo que sabemos es que cuando Pablo y Bernabé contemplaban la posibilidad de otro viaje, Juan Marcos quiso ser incluido de nuevo. Si bien es cierto que esto dio lugar a un serio desacuerdo entre los dos consiervos, Juan Marcos no era culpable; al contrario, manifestó una buena actitud al ofrecerse para lo que el viaje podría involucrar. Bernabé, el hijo de consolación según Hechos 4.36, era el más tierno de los dos. Cuando Pablo no quería la compañía de Marcos, Bernabé le tomó, y la tradición afirma que el menor estaba presente cuando el mayor murió como mártir.
Hay cierto indicio que Pablo se apresuró en su juicio y llegó a reconocerlo. Lo cierto es que tuvo la gracia de escribir, años más tarde, “... Marcos, el sobrino de Bernabé, acerca del habéis recibido mandamientos, si fuere a vosotros, recibidle”, Colosenses 4.10.
En su última carta desde la cárcel romana, escrita a Timoteo poco antes de morir, Pablo piensa de nuevo en Marcos. “Toma a Marcos y tráele conmigo, porque me es útil para el ministerio”, 2 Timoteo 4.11. Algunos que afirman que un hueso puede llegar a ser más fuerte que era antes de haber sufrido una fractura. Sea como fuere, este hombre llegó a ser una ayuda idónea precisamente en el ministerio en el cual una vez había fracasado, y yergue para nosotros como gran estímulo a proseguir aun si una vez nos hayamos extraviado del camino.
Al leer el segundo Evangelio, reflexionemos sobre el trasfondo y experiencias de su escritor. El presenta al Siervo de quien se profetizó en Isaías 42.4: “No se cansará ni desmayará”.

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