domingo, 1 de septiembre de 2013

Discipulado: Yo Primero

Si leemos las palabras del Señor Jesús en Lucas 9:57-62 pensamos en el costo de seguir a Jesús. El habló de tres hom­bres que querían ser sus discípulos y dijo que no sería fácil seguirlo. Ellos debían estar dispuestos a renunciar a sus pro­pios planes, a su propia comodidad y a algunas cosas que a ellos los hacían muy felices. Debían estar dispuestos a dar su vida en una cruz. La cruz es el costo de seguir a Cristo. Pensemos acerca de esto.
No podemos entender un versículo de la Biblia sin mirar lo que le antecede y lo que le sigue. Los escritores de la Biblia escribieron de una manera cuidadosa y ordenada. Todos los versículos y partes de la Biblia concuerdan entre sí. Los escritores no siempre pusieron las cosas en el orden en que sucedieron. Esto lo podemos ver claramente cuando com­paramos Mateo con Marcos y Marcos con Lucas. Algunas cosas que son contadas en la primera parte de una versión del Evangelio pueden estar muy cerca del final en otra ver­sión. El Espíritu de Dios controló a los hombres que escribieron el Evangelio para relatar ciertas cosas justamente antes o después de otra.
El capítulo 9 del Evangelio según Lucas es muy impor­tante. Es uno de los más importantes en el Evangelio. En el comienzo del capítulo leemos que el Señor llamó a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre todos los demonios y espíritus inmundos, les dio poder para curar enfermedades y los envió a predicar el Reino de Dios. Las personas que están en el Reino de Dios deben obedecer y hacer lo que él diga. Los discípulos fueron enviados a predicar el Evangelio y a curar enfermos. El dijo a sus discípulos que no llevaran cosas tan necesarias como comida o dinero, ni siquiera una camisa extra. Ellos debían depender de Dios y confiarle a él todas sus necesidades. El les dijo que no debían posar en una casa por un corto tiempo y después pasar a otra. Ellos debían per­manecer en la misma casa hasta que decidieran salir de esa ciudad.
A ellos no les gustaría esto si fueran orgullosos. No nos gustaría ir al hogar de otra persona y permitirle que nos cuidara y se hiciera cargo de todas nuestras necesidades. Nos gusta visitar a la gente, pero salir tan pronto se pueda. Las personas no quieren una estadía larga. El Señor dijo igualmente a sus discípulos que ellos no debían tomar provi­siones o dinero.
En el versículo 7 leemos acerca del rey Herodes. Herodes se preguntaba quién sería realmente Jesús. Algunos decían que era Juan Bautista que había resucitado de entre los muer­tos. Herodes estaba preocupado por esto. Sabemos que estaba preocupado por lo que dice el versículo 9, "A Juan yo lo hice decapitar, ¿Quién pues, es éste, de quien oigo tales cosas? ¿Qué problemas traerá? ¿Qué está sucediendo?" Herodes fue un hombre malvado y no pudo entender a Cristo.
Los Apóstoles no siempre lo entendieron tampoco. Leemos en el versículo 13 que él les dijo que le dieran de co­mer a la gente. Ellos le contestaron: "No tenemos más que cinco panes y dos peces." Note que dijeron: "no tenemos," olvidando lo que sí tenían. Hay una diferencia en­tre la persona feliz y la persona triste. La persona feliz dice: "Mi copa está medio llena" y la persona triste dice: "Mi copa está medio vacía," cuando ambas tienen la misma cantidad en la copa. Los discípulos fueron como la persona triste. Ellos estaban con el Señor Jesucristo pero dijeron: "Tenemos solamente," y luego ellos siguieron hablando de cosas tan sin importancia como el dinero. Esto sucedió justamente antes que hablara acerca de los que desean ser sus discípulos en los versículos 57 al 62.
En el versículo 18, Cristo estuvo orando. Su oración acercó a sus discípulos a las cosas más importantes. Luego, en el versículo 21 él les manda que a nadie digan estas cosas, que el Hijo del Hombre tendría que padecer mucho; ser desechado de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; ser muerto y resucitar al tercer día. Esto le sucedería a él, el Hijo del Hombre. El dijo: "Esto me sucederá a mí; para esto vine yo al mundo." El era Dios y conocía las cosas que sucederían.
No entendemos cómo pensaba él, siendo Dios y hombre a la vez. Lo entenderemos después, cuando estemos en el cielo. El les dijo: "El Hijo del Hombre debe sufrir." Estamos pen­sando del costo de seguir a Jesús, y aquí aprendemos lo que es ese costo. El debería ser rechazado, burlado, humillado y crucificado y él dijo: "Si alguien quiere venir en pos de mí que se olvide de sí mismo, tome su cruz y me siga." Los discípulos querían seguirle, así que él les advirtió cuánto les costaría. Tal vez entendamos mejor lo que dijo el Señor Jesús si lo ponemos en estos términos: debemos olvidarnos de hacer lo que nos venga en gana, resolvernos a hacer únicamente lo que agrada a Dios y hacerlo. Paradójicamente el que renuncia a hacer su propia voluntad en la vida saldrá ganando, en definitiva; como saldo, tendrá una vida mejor que aquel que buscando una vida mejor hace lo que a él le parece que es bueno y conveniente para su vida. Además, aún en el supuesto caso que un hombre sea muy sabio, muy inteligente y muy hábil en las cosas de la vida diaria, y todo le salga bien, y aún en el imposible caso de que ganara todo el mundo, ¿qué habrá ganado si pierde su alma? es decir, si desperdicia su vida en cosas inútiles, absolutamente sin valor para la vida eterna.
Un cristiano podrá ser salvo, como dice el apóstol Pablo: "así como por fuego", pero habrá perdido su vida si va en procura de ganarla a su manera, por sus propios métodos, que serán en definitiva los métodos del mundo, de la carne. Doloroso es decirlo, pero tenemos que admitirlo, que así hay muchos cristianos que pasan por el mundo haciendo su voluntad, negando a Dios el derecho que tiene sobre su vida.
      Pablo no cree que una persona pueda ser salva por un tiempo y luego perder su salvación. Pero dice muy claro: "Golpeo me cuerpo y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros yo mismo venga a ser eliminado " 1 Corintios 9:27. Pablo temía llegar a la triste situación de ser una persona inútil para Dios y que Dios tuviera que marginarlo y aún olvidarlo como persona inútil. Su temor era tal que se sometía voluntariamente a una rígida disciplina, que él compara con la de un atleta.
El Señor dice que es posible llegar a ser inútil y Pablo así lo creía firmemente. Podemos pensar de muchos hombres y mujeres que pueden ser útiles para Dios pero no lo son. Aún pueden tener muy buena reputación en la iglesia, pero sus vidas se están perdiendo lamentablemente y Dios los tiene que apartar de su obra. Dios es todopoderoso, pero hace su obra en este mundo utilizando a los hombres, a los hombres que se pueden utilizar, a los hombres útiles.
En el libro de Ester, Mardoqueo le dice a Ester: "Dios nos salvará de nuestros enemigos, pero él usará a alguien más para salvarnos si tú no hablas al rey por nosotros" Ester 4:14. El quería decir que Dios usaría a Ester para salvar a los judíos si ella estaba dispuesta a colaborar. Pero Dios usaría a alguien más si Ester no estaba dispuesta a hacer lo que Dios le dijera. Ella sería la culpable del asesinato de ella misma y de su familia por tratar de salvar su propia vida. Esta es exac­tamente la misma verdad que enseña el Señor Jesucristo en Lucas 9:24. El que pierde su vida por causa de Cristo realmente la conservará. Esto es verdad porque Dios lo dice y además es muy sencillo y simple.
Algunas veces oramos para que Dios nos guarde de pensar como piensa el mundo. Estamos exactamente en gran peligro de pensar como piensa el mundo a nuestro alrededor. Queremos que nuestros niños piensen como niños. Queremos ser hombres y mujeres importantes en el mundo porque otros quieren serlo también, pero Cristo no piensa con esta lógica. El dice que seamos diferentes. Deberíamos tener otros deseos, por eso el Señor Jesús dijo claramente: "no se puede servir a dos señores " Lucas 16:13. El Señor Jesús no dijo: "No trates de servir a dos señores," sino que di­jo: "que no podemos." Un señor nos pediría ir en una direc­ción y el otro señor, en la dirección contraria. Los dos señores quieren diferentes cosas por lo cual no podemos servirlos a ambos. Necesitamos ser honestos con nosotros mismos cuando pensamos en servirnos y en servir a Cristo. Si queremos vivir como Cristo quiere que lo hagamos, podemos decir honestamente a Dios: "Esta es tu voluntad para mi vida. Cristo vivió de acuerdo a tu voluntad y otros lo han hecho, así que yo sé que es posible." Deberíamos orar a Dios y decirle que queremos vivir de acuerdo a su plan y luego vivir realmente nuestra vida para Dios, lo cual es posi­ble cualquiera que sea nuestro trabajo u ocupación.
Debemos advertir que no será fácil obedecer a Dios. Necesitamos pensar en lo que tenemos que hacer y luego consultar la Biblia y ver lo que Dios quiere que hagamos. Se necesita estar listo a ir en la dirección indicada por Dios. ¿Qué es lo que significa realmente vivir para nosotros mismos? Debemos entenderlo bien. El Señor Jesús dijo: "Ganar todo el mundo y perderse a sí mismo." Dios nos ha comprado con la muerte del Señor Jesús para usarnos para su servicio. Perderemos nuestra vida en cosas inútiles si vivimos y desperdiciamos nuestra vida en nosotros mismos y al final nos encontramos avergonzados en la presencia del Señor. Será muy triste para nosotros en el cielo si nadie puede decir: "Me alegro que me hayas hablado acerca del Señor Jesús."
            Pronto seremos llamados al cielo y el Señor Jesús juzgará nuestras vidas. En cualquier momento el Señor Jesús puede venir y llevar consigo a su iglesia y lo que hará enseguida según dice la Biblia, es juzgar a su pueblo, 2 Corintios 5:10. No olvidemos que esto puede suceder en cualquier momen­to, ni tampoco olvidemos que inmediatamente después seremos juzgados. Pablo dijo: "Tenemos al Señor, por lo cual, tratamos de persuadir a los hombres." E in­mediatamente antes había dicho: "Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo," versículo 10. Pablo sabía que él estaría en pie delante del Señor Jesucristo para ser juzgado por él. Por eso, se preocupa grandemente y hacía con gran empeño la obra que le había sido encomendada.
¿Estamos satisfechos de la manera como hemos empleado nuestro tiempo y nuestras energías? ¿Estamos satisfechos de nuestra vida y de las cosas que estamos haciendo? Pensemos que pronto estaremos de pie en la presencia de Cristo para ser juzgados por él. ¿Cómo viviríamos si supiéramos que hoy es nuestro último día sobre la tierra y que pronto se­remos juzgados por Cristo? Es necesario vivir de tal manera el día de hoy como para que no nos avergoncemos en el día de mañana. El Señor dijo: "Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" Lucas 9:23, y luego en el versículo 57 un hombre vino a Jesús y le dijo: "Te seguiré a dondequiera que vayas." Todo lo que leemos entre estos dos versículos dicen algo de seguir a Cristo.
Un hombre vino y dijo: "Te seguiré." El Señor dijo en el versículo 23 que un hombre debe tomar su cruz diariamente si quiere seguirle. Se ha escrito y dicho mucho acerca de lo que significa tomar nuestra cruz. Algunos dicen: "Mi cruz es como la de cualquier otro cuando pierden algo o algo les sale mal." Otros dicen: "Ese pobre hombre carga una pesada cruz en su vida."
Debemos entender correctamente lo que el Espíritu Santo nos quiere decir. El está hablando acerca de verdades espirituales. El perder dinero o tener problemas en la vida no es ninguna cruz y además no hay diferentes clases de cruces. Dios puede estar enseñándonos algo a través de los pro­blemas y sufrimientos, pero ellos no son cruces.
Lo que la Biblia enseña es esto: la cruz significa morir a nosotros mismos. Un hombre iba a la muerte cuando salía de Jerusalén llevando la cruz a sus espaldas. Iba a morir lentamente con gran dolor, pero iba a morir. Podemos pensar que ciertamente no iba llevando su cruz con una sonrisa y no era fácil para el llevar la cruz en la cual iba a morir y creemos que entendía muy bien que pronto iba a morir en la cruz que él estaba llevando y quizás pensaba: "la cruz que llevo es el fin de mi vida y ya no puedo vivir más."
Pablo dijo: "Yo muero cada día " 2 Corintios 15:31, y Romanos 8:36 dice: "Somos como ovejas dirigiéndose al matadero." El entendía que moría cada día por causa de los creyentes de Corinto. Entonces recordemos que la cruz significa muerte. Este es el significado bíblico y no algunas pocas dificultades, sino la muerte misma, el fin de sí mismo, lo cual es muy distinto.
El hombre dijo: "Te seguiré a dondequiera que vayas." Pero el Señor le replicó: "Las zorras tienen guaridas y las aves nidos." Es normal que los animales tengan lugares donde descansar. El Creador les ha dado este derecho y la habilidad para hacerlo, pero el Hijo del Hombre no tiene donde recostar su cabeza. Esta palabra recostar se usa solamente tres veces en los Evangelios. Cuando el Señor vino al mundo, su madre le envolvió en pañales y lo recostó en un lugar donde la gente ponía alimento para el ganado, Lucas 2:7. El descansó de esta forma cuando era niño. Cuando estaba en la cruz dijo: "Todo está consumado. Entonces in­clinó su cabeza y murió " Juan 19:30. La palabra inclinó significa recostó su cabeza sobre su propio pecho. Es la misma palabra de Lucas 2:7, cuando su madre lo recostó en un pesebre. El nunca encontró un lugar donde realmente descansar en paz y tranquilidad en este mundo. Otras per­sonas iban a sus casas, pero Jesús iba al Monte de los Olivos, Juan 7:53 y 8:1. Este era el camino de la cruz. El no tuvo lugar donde descansar desde su nacimiento hasta su muerte.
Pablo y Silas fueron azotados y golpeados y sus espaldas estaban sangrando, pero ellos cantaban y adoraban a Dios en la prisión en Filipos, Hechos 16:25, y estuvieron orando y cantando hasta media noche y después el carcelero quiso ser salvo. Es curioso que ellos no le pidieron una cama para dormir o agua para lavarse. Ni le dijeron que hablarían con él de la salvación a la mañana siguiente. Probablemente ellos no habían descansado durante el día, pero durante la noche oraban y cantaban y luego explicaron el Evangelio al hombre que los había golpeado. Ellos no descansaron en toda la noche y en la mañana siguiente cuando fueron liberados, Pablo fue a Corinto y los confortó.
Podríamos esperar que otros nos confortaran si hubiéramos sufrido como Pablo y Silas; pero Pablo dijo: "los creyentes de Filipo estarán tristes por mí, así que iré y les diré que estoy libre de nuevo." Regresó a casa de Lidia y confortó a los creyentes aunque su espalda estaba sangrando. Luego fue a Tesalónica y Berea para predicar el evangelio aunque no había dormido por dos días y dos noches.
¿Y por qué Pablo no se detuvo a descansar? Porque seguramente pensaba: "No estoy aquí para descansar sino para predicar y ¡Ay de mí! si no lo hago. El había tomado su cruz y había seguido a Cristo.
El Señor dijo a otro hombre: "Sígueme," pero el hombre dijo: "Permite Señor que primero vaya y entierre a mi padre." Es asunto de poner a alguien primero, antes que Cristo, darle más importancia a otra cosa. O sea, que no podemos decirle SEÑOR y luego decirle, YO PRIMERO. Debemos entender que él tiene control sobre nosotros antes de que pueda usarnos como sus siervos, él está PRIMERO, no yo.
El Siervo del Señor a menudo encuentra difícil saber cuán­to puede hacer por los seres queridos y aún obedecer al Señor. El Señor dijo: "El que ama a padre, o madre, o hijo o hija más que a mí, no es digno de mí " Mateo 10:37. Es duro amar más a Cristo que a nuestro padre o madre, hermana o hermano, pero es necesario.
Un misionero en África recibió una carta de un médico del Canadá donde le decía que su madre estaba muy enferma. El médico deseaba que el regresará al Canadá a visitar a su madre antes que ella muriera, pero habían muchos pro­blemas en África en ese tiempo y era difícil para él dejar el trabajo del Señor. El médico había escrito que viajara pronto si deseaba ver viva a su madre. El era hijo único y sintió que debía ir, pero era muy difícil llegar a una decisión.
El misionero mostró la carta a un amigo y le pidió consejo. El amigo dijo: "Nuestras madres saben que nosotros no podemos estar con ellas en la hora de su muerte para darles consuelo. Desde el momento en que nos entregamos al Señor, ellas comprenden esto. Éramos jóvenes cuando salimos del hogar y dejamos a nuestras madres para servir al Señor sin pensar que llegaría un día en que ellas se llenarían de canas y nosotros tan lejos en otro país."
El misionero decidió quedarse en África y su madre murió sola en un hospital. El deseaba ir a ver a su madre, pero el trabajo del Señor era más importante. No fue una decisión fácil, pero estuvo seguro que hizo lo correcto. Muchas veces pudo recordar las palabras de su amigo: "Nuestras madres saben que ellas pueden morir mientras nosotros estamos le­jos en otro país."
El mismo misionero tuvo un hijo que decidió servir al Señor y se fue lejos de su casa. Es difícil para el padre, pero el desea que su hijo vaya a servir al Señor. Es muy duro aceptar que el hijo se va y el padre tuvo que hacer la misma decisión que su propia madre había hecho. Hubiera sido hermoso tener a su hijo cerca y llevando una vida ordinaria, pero la voluntad de Dios es más importante y él es digno de todo lo que hacemos y sufrimos por él. En Lucas 9, el hombre dijo: "Señor, permíteme ir y cuidar a mi padre, y después te seguiré." Pero Jesús le dijo: "Sígueme ahora."
Otro hombre dijo: "Te seguiré, pero antes, debo ir a despedirme de mi familia. Quiero reunir a mi familia y pasar con ellos un tiempo agradable antes de irme y dejarlos." Pero el Señor le dijo: "No, esto te quitará mucho tiempo; el hom­bre que pone su mano en el arado y mira hacia atrás no es apto para el reino de Dios." Dios manda en su reino. Esto es lo que el reino significa. El reino de Dios es la autoridad y la dirección de Dios en la vida de una persona. No es alguna c osa en el futuro, porque Dios está gobernando ahora. Toda otra cosa debe ser sacada de nuestro corazón para que Dios pueda gobernar. Toda otra cosa debe ir después de la volun­tad de Dios.
En Hechos 9:3-9 leemos de la conversión de Saulo. Fue derribado a tierra en el camino a Damasco y fue cegado por la gloria de Cristo. Esto sucedió realmente, no fue imagina­ción. No fue el destello de un relámpago que lo cegó. Algunos cristianos dicen que Saulo no vio una luz real o ver­dadera, sino solamente una nueva verdad. Pablo dijo en 1 Corintios 15:58: "Al último de todos, se me apareció a mí también." El no dijo: "me pareció a mí," sino: "se me apareció a mí." Esto significa que Cristo cegó a Saulo de tal manera que el no pudo ver más, pero se vio a sí mismo como un hombre clavado en la cruz. El murió con Cristo, pero fue resucitado en Cristo y vive en él. El dijo: "Señor, ¿qué quieres que haga?"
Saulo preguntó dos cosas: "¿Señor, quién eres tú?" y "Señor, qué quieres que haga?" Las respuestas a estas dos preguntas estuvieron entrelazadas siempre a través de toda la vida de Pablo y ellas no pueden estar separadas nunca en nuestras vidas. Lo que nosotros pensemos acerca de Cristo controlará lo que hacemos por él. Saulo dijo: "¿Quién eres, tú, Señor?" y Jesús le mostró a Pablo quién era. Nuestro co­nocimiento de quién es Cristo controlará lo que hacemos. El es Cristo; él es Señor; él es digno de todo lo que podemos y debemos hacer por él. Sus discípulos lo adoraron cuando lo vieron, Mateo 28:17 y después ellos salieron a trabajar por él. Nosotros podemos trabajar para Cristo cuando sabemos cuán grande y glorioso es él.
Pablo no sabía cuánto debía sufrir por amor al Señor. ¿Hubiera estado él dispuesto a sufrir tanto si hubiera sabido lo que le esperaba? Estamos seguros que no, pero lo que él mismo escribió en 2 Timoteo puede darnos la respuesta. Pablo fue cristiano por 30 años aproximadamente. Nos sor­prende saber que el pasó 8 años preparándose para estos 30 años de servició al Señor; el pasó 10 o 12 años predicando el Evangelio y pasó otros 8 años en prisión.
¿Podríamos decir: "Señor, tú eres digno de mi servicio," si supiéramos que hemos de sufrir tanto como Pablo? Pablo escribió las cartas a los creyentes de Éfeso, Filipo, Colosas y a Filemón cuando estaba en la cárcel. El escribió 2 Timoteo estando prisionero casi al final de su vida. El sufrió mucho por Dios. ¿Acaso no sabía Dios que Pablo hubiera podido estremecer al mundo si hubiera estado libre para predicar todos los 30 años? Dios sabía lo que era mejor para la vida de Pablo. El no cometió ningún error cuando permitió que Pablo se prepara durante 8 años para su servicio, ni cuando lo guió en la predicación 12 años o cuando estuvo en prisión 8 o 10 años más.
Pablo dijo: "Nadie me cause más molestias, porque yo tengo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús" Gálatas 6:17. El dijo estas palabras cuando se acercaba el final de su ministerio para Cristo. Su cuerpo estuvo señalado y mar­cado como el de un esclavo de esos tiempos. Los esclavos eran marcados en la piel para indicar que pertenecían a cierto amo. El cuerpo de Pablo estaba cubierto de marcas y cicatrices. Cada vez que el fue azotado, el látigo dejó una marca en su cuerpo, 2 Corintios 11:24-25. Las piedras de­jaron cicatrices cuando la gente trató de matarlo por causa de Cristo. Los hombres de Listra apedrearon a Pablo hasta que lo creyeron muerto, Hechos 14:19. Así que ahora Pablo podía decir que estas marcas mostraban que el pertenecía a Cristo.
Pablo también dijo: "Mirad cuán grandes letras os escribo de mi propia mano" Gálatas 6:11. El estuvo casi ciego a causa de todos sus sufrimientos. Estuvo un día y una noche en el mar cuando el barco en que viajaba naufragó y en diferentes lugares la gente tuvo puntapiés y golpes para él. Sus enemigos dijeron que él era un hombre pequeño y débil, y aún así, él realmente sufrió todo esto por amor a Dios.
Muchos creyentes que habían recibido la salvación por medio de Pablo, se volvieron contra él al final de su vida. Muchas iglesias rehusaron tener más comunión con él y él mismo escribió a Timoteo que todos en la provincia de Asia se habían puesto en contra de él, 2 Timoteo 1:15. La provincia de Asia incluía, Éfeso, donde Timoteo había estado enseñando y otras iglesias. Esto hizo que Pablo se sintiera muy triste. El Señor Jesús sufrió y fue rechazado por su pro­pio pueblo. Esto es algo muy duro para cualquiera. Ser rechazado y rehusado por aquellos que amamos.
Quizás podíamos decir de Pablo que él sufrió como Cristo, que estuvo muy cerca de alcanzar la cima de la vida cristiana por sus muchos sufrimientos. Que antes que él sufriera estas cosas había muerto en sentido espiritual y había renacido a una nueva vida. Esta es la forma en que debería vivir todo cristiano. El cristiano debe decidirse a sufrir con Cristo por­que ha muerto con él en la cruz en un sentido espiritual y debe dedicar la nueva vida para Cristo. Somos como Pablo y los creyentes de Filipos. Estamos tratando de alcanzar el nivel en donde realmente se vive como Cristo, Filipenses 3:10-11. Eso significa que queremos que la vida de Cristo se manifieste en nosotros ahora. Cristo nos da una nueva vida espiritual cuando somos salvos y ahora nuestro deseo es vivir esa vida diariamente.
¿Estaría Pablo dispuesto a sufrir de nuevo tanto por Cristo? Perdió todos sus amigos. Ahora entendía el significado de las palabras de Cristo: "Yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre" Hechos 9:16. Sus sufrimientos fueron la prueba más grande de su amor por Cristo. El dijo: "Aunque sea derramada en libación sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe, me gozo y regocijo con todos vosotros" Filipenses 2:17. ¿Habría estado Pablo dispuesto a sufrir tanto si hubiera sabido de antemano cuán­to tenía que sufrir? El nos da la respuesta en 2 Timoteo 4.
El escribió este capítulo cuando se aproximaba el día de su muerte y sabía lo que cuesta seguir a Cristo. Timoteo fue la persona preferida de Pablo y a quien le pudo hablar ampliamente. Probablemente Timoteo estaba decidiendo qué hacer en su vida y Pablo le aconsejó qué hacer. Le contó a Timoteo lo que sentía acerca de su servicio a Cristo. El le dijo: "Te encarezco que prediques la Palabra, que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende y exhorta con toda paciencia y doctrina, porque vendrá tiempo cuando los hombres no oirán la verdad" 2 Timoteo 4:1-3.
Pablo nos muestra su propia vida en estas palabras. El predicó la Palabra de Dios, predicó el Evangelio en tiempos buenos y adversos, convenció, encareció y aún reprochó a la gente. Siempre quiso servir a Dios fuera fácil o difícil. Así fue como trabajó y ahora le dice a Timoteo que él debe trabajar en las mismas circunstancias. El amaba mucho a Timoteo y le dijo que sirviera a Dios con todo su corazón. El pudo decir: "Ninguno estuvo a mi lado cuando fui llevado ante el tribunal de César, sino que todos me desampararon. Yo pronto moriré, pero quisiera que tú hicieras lo mismo que he hecho, porque éste es el único sendero para el cristiano."
Estos versículos nos descubren la mente y el corazón de Pablo. El siempre amó a Cristo. Su corazón perteneció a Cristo hasta el final de sus días. Ni aún la muerte pudo cam­biar ese amor. Muy claramente lo expresó en estas palabras: "Estoy listo para ser sacrificado y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he terminado mi carrera. He guardado la fe. El Señor me dará la corona de justicia en aquel día y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida. Procura venir pronto porque Demás me ha desamparado y se ha ido a Tesalónica" 2 Timoteo 4:6-10.
Aquí vemos a tres hombres: uno es Pablo que aceptó la misión de Cristo en el camino a Damasco. Ahora se acerca el final de 30 años de una vida difícil. Ha sufrido mucho por Cristo. El mira ahora hacia atrás y habla a Timoteo, el segundo hombre. Le dice que él quiere que siga sus pisadas. Pero hubo un tercer hombre cuyo nombre es Demás. Pablo amó profundamente a Demás. En una carta anterior dijo que Demás era un siervo que había compartido con él los pro­blemas y las dificultades, Colosenses 4:14. Ahora Pablo estaba triste y dijo que Demás lo había abandonado. No es que Demás se convirtiera en un hombre malo sino que había preferido vivir su vida y no sufrir por Cristo con Pablo.
Pablo estuvo encarcelado y sufrió mucho. Demás prefirió el mundo. Veamos de nuevo el final del versículo 8: "...todos los que aman su venida." Aquí hay dos hombres: uno que ama a Cristo y espera su venida y otro que no espera su venida porque ama al mundo del presente. No se trata aquí de que el mundo sea malo o bueno, no habla de la calidad del mundo sino sencillamente del conjunto de circunstancias de rada hombre aparte de Cristo. Demás prefirió vivir él mismo ñus propias circunstancias.
Decíamos que vemos aquí dos hombres, uno quiso ahorrarse problemas, dificultades y sufrimientos, y por eso aban­donó el camino que el otro siguió hasta el final. El uno amaba más el presente, el otro prefería el futuro y por eso ponía sus ojos en la venida de Cristo y en la corona de justicia. Y ahora, el gran deseo de Pablo es que Timoteo, la persona a quien él más estimaba, siga sus pisadas, con los pies en la tierra pero con los ojos en el cielo, viviendo en el presente pero viviendo para el futuro y le dice en forma gráfica: "Procura venir pronto a verme." O sea: "ven a tomar mi lugar, relévame en la carrera porque yo estoy cer­cano a la muerte." Y de paso le recuerda que es una carrera con obstáculos... soporta las aflicciones... yo voy a ser sacrificado... he tenido que pelear fieramente... mis amigos me han abandonado. Esto es lo que cuesta seguir a Cristo.
      Amigo lector, el Señor es digno de que le sigamos, no im­porta el costo. Que él nos ayude por su gracia y para su gloria. Amén.

sábado, 3 de agosto de 2013

Dirigida a la Iglesia en Esmirna

Esto es dirigido seguramente indicando los días de persecución, los cuales sabemos les fue concedido atravesar después de su declinación desde la pureza apostólica.
            El Señor se presenta a Sí mismo en una manera que había de ser del más profundo estimulo para los santos que estaban siendo perseguidos, incluso hasta la muerte. El está ante todos los que se han levantado contra Su pueblo, y permanecerán cuando los perseguidores han de fallecer para siempre. Si los santos son llamados a enfrentar la muerte se les concede recordar que Cristo estuvo muerto y vivió.
            En Esmirna nosotros vemos los recientes males en que la iglesia había sido atacada; Con tal tribulación el Señor permitió la detención de estos males que crecían; y la devoción de un triunfo individual quien en medio de la persecución, fueron fieles hasta la muerte.
            En este periodo de la historia de la iglesia el esfuerzo de Satanás para corromper la iglesia y manchar todo el testimonio tomando una forma doble. Primeramente, allí estaba el origen de la influencia de la corrupción, dentro del círculo Cristiano, de aquellos que intentaron agregar del Judaísmo al Cristianismo. Segundo, la oposición se había levantado al Cristianismo desde el exterior por los Gentiles perseguidores. Ambos males están trazados por Satanás. En cuanto, a los maestros judaizantes, todo el tiempo que los apóstoles estuvieron en la tierra, todos los esfuerzos de Satanás que eran para tener un Judaísmo reconocido en la iglesia de Dios fueron frustrados. Después de la partida de ellos se levantó no solo individuos judaizantes, sino una determinada facción, aquí llamada la sinagoga de Satanás, que buscó atacar las formas, las ceremonias y los principios del judaísmo al Cristianismo. Este mal ha estado obrando desde siempre, tanto así que hoy día los profesantes del Cristianismo han extraviado su verdadero carácter celestial y se han vuelto a un gran sistema mundano con construcciones espléndidas, con formas y ceremonias que apelan a hombre natural después del ejemplo del sistema Judío.
            En presencia de esta grave partida el Señor permitió que la iglesia atravesara un periodo de persecución que llevó luz, en medio de la creciente oscuridad, a aquellos que confiaron en Él, siendo "fiel hasta la muerte". Los que tienen la seguridad del Señor que Él está sobre todos y que ha establecido un limite a los sufrimientos de Su pueblo. Él galardonará a sus fieles en la muerte con una corona de la vida y la promesa que aún cuando ellos puedan pasar a través de la muerte, ellos nunca "sufrirán daño de la segunda muerte".        
Traducido por Denis Valencia

Los Tiempos de Jonatán

Jonatán pidió de Dios una señal y Dios en gracia se la dio. Los dos hombres propusieron declararse al enemigo y si el enemigo dijera, "Esperad hasta que lleguemos a vosotros," entonces ellos se quedarían en el mismo lugar, pero si el enemigo decía, "subid a nosotros," ellos lo aceptarían como cosa segura que Dios les daría una victoria completa (1 Samuel 14:9, 10). No perdamos la lección de esta señal. "Subid a noso­tros" era el lenguaje de seguridad con complacencia. Una sola roca bien pudo haber destruido a los dos hombres cuando subían el peñasco agudo; sin embargo, ninguna roca cayó sobre ellos; tan seguros se sen­tían los Filisteos, y tan grande fue su menosprecio para los dos hombres que subían. No hay nada más peligroso que confiar en la fuerza y seguri­dad humana; pero nada hay más bendito que el sentido espiritual de nuestra flaqueza y dependencia en Dios. Cultivemos este último senti­do más y más.
Tan pronto como Jonatán y su paje de armas llegaran arriba, empezaron a matar a los Filisteos, y al mismo tiempo, Jehová causó un terremoto. Hubo pánico, y en su temor los Filisteos huyeron por allá y por acá, aparentemente matándose los unos a los otros en su gran cons­ternación. Así Dios obró contra un enemigo tan insólito.
Los centinelas de Saúl reportaron la conmoción, pero el Rey no había participado del secreto. Tampoco el sacerdote, quien al mandato del rey, trajo el arca y principió a inquirir de Dios, pero no recibieron ninguna contestación. Dios no tenía interés en los formalistas religiosos, sino que estaba obrando completamente independiente de ellos, como lo ha hecho frecuentemente, aún hasta hoy día.

El Triunfo Invariablemente Atrae Números.
Los del pueblo de Dios que se habían ido a los Filisteos (el escri­tor inspirado en desprecio los llama "Hebreos", no "Israelitas" - v. 21), y otros que se habían escondido, ahora regresan para tener parte en la victoria. Ambos traidores y cobardes ahora estaban listos a identificarse con el lado de Dios, ahora que ese lado estaba triunfando. Siempre ha sido así, pero es mucho más agradable a Dios la minoría pía que le per­manece fiel y que está lista a aceptar el vituperio y peligro por amor de Su nombre. Los que temían a Dios en Malaquías 3:16 y "los demás que están en Tiatira" (Apocalipsis 2:24) son ejemplos de esto.
El resto de 1 Samuel 14 es más bien la historia de Saúl que de Jona­tán. El pobre Rey casi tornó la victoria en un desastre. Es peligroso el entremetimiento de la carne en los movimientos divinos. Saúl había prohibido que se alimentaran hasta que terminaran con el enemigo, y esa prohibición necia fue motivo de una terrible licencia de parte del pueblo, tal como sucede con todas las prohibiciones necias. Los ojos de Jonatán fueron abiertos por desobedecer a su padre (porque él comió un poco de miel). David dice, por el contrario, "Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es pu­ro, que alumbra los ojos" (Salmo 19:8). Esto quiere decir que el alumbra­miento verdadero se encuentra en el camino de obediencia a Dios.
El Rey todavía reconocía la forma de religión y por eso edificó un altar (el primero que jamás había levantado para Jehová), y mandó al sacerdote que consultara a Dios acerca de un mayor esfuerzo contra los Filisteos. No le vino contestación y viéndose ignorado divinamente, sospechó que Dios se había desagradado en algo, pero estaba tan lejos de Dios que nunca pensó que él era el ofensor. ¡Cuán engañosa es la carne!
Cuando echaron suerte, ¡él positivamente pasó la sentencia de muerte sobre Jonatán! La ignorancia y necedad no podían hacer más. Pero el sentido común del pueblo se rebeló contra la estupidez del Rey. "¿Ha de morir Jonatán, el que ha hecho esta grande salvación en Israel? No será así." Así terminó el asunto. Saúl se fue a su casa y los Filisteos escaparon sin más castigo. El capítulo entero es muy humillan­te pues expone la debilidad y la necedad de la religión de la carne, pero también este capítulo causa alegría en su certeza preciosa de lo que Dios puede hacer con los instrumentos más débiles que tienen corazón recto hacia El y quienes pueden confiar en El completamente.
La historia de Jonatán está entretejida con la de David. Por alguna razón, no tomó parte en la batalla del valle de Ela, aunque parece que estaba en el campo de Israel en ese tiempo. ¿No era él en ese momen­to un instrumento "útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra?" (2 Timoteo 2:21). El hecho que un hombre esté listo para Dios en cierto tiempo, no significa que lo esté también listo en otra ocasión. La fe aun en los santos más fieles fluctúa seriamente. Vemos esto muy distinta­mente en Elias. La soberanía de Dioses la explicación más probable de la inactividad de Jonatán frente a Goliat. Una de las grandes lecciones del Libro de Los Hechos es que Dios actúa cómo y cuándo a El le plaz­ca, usando a quien El desee. Había llegado Su tiempo para introducir a David al pueblo; por consiguiente, el joven fue manifestado en toda la dulce simplicidad de su fe, en un completo contraste con la ponde­rosa formalidad y debilidad espiritual del hombre escogido del pueblo.
Cuando David volvía del conflicto con la cabeza del filisteo en su mano, "el alma de Jonatán quedó ligada con la de David." Después de la muerte trágica de Jonatán, David podía decir de él, "Que me fuiste muy dulce; más maravilloso me fue tu amor que el amor de las mujeres" (2 Samuel 1:26).

No Hay Sustituto para el Amor
Por muy ingenioso que sea el hombre nunca puede pensar en el algo que tome el lugar del amor. "Las muchas aguas no podrán apa­gar el amor, ni lo ahogarán los ríos. Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarían" (Cantares 8:7). Jehová lamentó sobre Israel, "Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto, en tierra no sembrada. Santo era Israel a Jehová... Así di­jo Jehová: ¿Que maldad hallaron en mí vuestros padres, que se alejaron de mí?... Mas dijiste: No hay remedio en ninguna manera, porque a extraños he amado, y tras ellos he de ir" (Jeremías  2:1-5, 25). En Apocalipsis 2 lee­mos como el Señor reprendió a los de Éfeso, "Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor." En Éfeso tenían las obras; también pureza de doctrina y orden eclesiástico; pero el decaimiento del amor esparció una sombra triste sobre todo.
David regresando de la matanza de Goliat es un tipo del Cristo resucitado. Sólo así Le conoce el cristiano (2 Corintios 5:16). En Su muerte, El hizo la expiación de nuestros pecados; El hizo fin, como ante Dios del viejo hombre de pecado y corrupción; y derribó la fuerza de todos nuestros enemigos. El es ahora el Hombre exaltado en los cielos. Quien una vez descendió a las partes más bajas de la tierra es el mismo quien también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo (Efesios 4:10). ¡Ciertamente nuestras almas se alegran al pensar en El así! Y ciertamente nuestras afecciones Le siguen al lugar a donde El ha ido. ¿Qué lugar puede tener el mundo en la mente y corazón de quien tie­ne el conocimiento bendito de Aquel que aunque rechazado aquí, es honrado allá?

Jonatán Amó a David…
…como a su propia alma, y sin dilación dio prueba de su amor al despojarse de todo para él. La magnitud de su rendición es notable. "Jonatán se quitó el manto que llevaba, y se lo dio a David, y otras ropas suyas, hasta su espada, su arco y su talabarte." (1 Samuel 18:4). Fue algo muy gran­de dar a David su manto y otras ropas, pero siendo un soldado, y a más de ello un príncipe real, entregar también sus armas fue algo muy extra­ordinario. ¡Cuán grande entonces era el amor de Jonatán para David!
En Filipenses 3 encontramos a Pablo en el cuarto de despojamiento. Ninguna otra persona en su día podía jactarse en la carne, como él. Tenía todas las ventajas, sea de raza, de religión, o de moralidad. Pero la primera vista del Cristo glorificado echó por tierra para siempre todo lo que él consideraba valioso. "Pero cuantas cosas eran para mí ganan­cia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo." No fue para él un acto impulsivo de entusiasmo momentáneo, sino el solemne cálculo de un hombre quien había aprendido de Dios el valor de las cosas de arriba y las de abajo. Pablo nunca se apartó de su primera devoción a Cristo; Jonatán tampoco menguó su devoción a David. Ambos amaron su objeto hasta el fin de su vida. Después de años de sufrimiento sin paralelo y de reproche por Cristo - la historia abreviada se encuentra en 2 Corintios 11 - Pablo podía decir, "Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cuál lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en El" (Filipenses 3:8, 9).
"Las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron" (Romanos 15:4). Hermanos, ¿qué hemos aprendido de Jonatán y de Pablo? El segundo escribe a todos nosotros, "Sed imitadores de mí" (1 Corintios 11:1), y añade, "así como yo de Cristo", y en Filipenses 3:17, dice "y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en noso­tros." Examinemos nuestra senda cristiana. En verdad, ¿a qué hemos renunciado por Aquel a quien profesamos amar? ¿Cuántos ídolos que­ridos hemos abandonado por El? ¿Hasta qué grado hemos compartido Su rechazamiento? Es muy evidente que Pablo y sus compañeros andu­vieron un camino de pérdida; él podía decir, "Hemos llegado a ser espec­táculo al mundo, a los ángeles y a los hombres" (1 Corintios 4:9). ¿Puede verse esto en nosotros? Qué Dios por Su bendito Espíritu ejercite nues­tros corazones y conciencias en estas cosas.
Verdades Bíblicas Noviembre – Diciembre 1975, Nº 323-324

PEDRO SOBRE LAS AGUAS

(Léase Mateo 14:22-33)
Hay dos aspectos bajo los cuales podemos considerar este interesante pasaje de las Escrituras. En primer lugar, lo podemos leer desde un punto de vista dispensacional, en relación con el tema de los tratos de Dios con Israel. Y, en segundo lugar, lo podemos leer como una porción que atañe directamente a nuestro diario andar práctico con Dios.
          Nuestro Señor, una vez que alimentó a la multitud y se despidió de ella, “subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo”. Esto corresponde precisamente a su posición actual con referencia a la nación de Israel. Él los dejó y subió a lo alto para emprender la bendita obra de la intercesión. Mientras tanto, los discípulos —tipo del remanente piadoso— estaban siendo sacudidos por el borrascoso mar durante las lóbregas vigilias de la noche, pasando por profundas pruebas y ejercicios, en ausencia de su Señor, quien, no obstante, nunca los perdió de vista siquiera por un momento, nunca apartó sus ojos de ellos; y, cuando se acercaban al límite de sus posibilidades, por así decirlo, sin saber qué hacer, Jesús se hace presente para aliviarlos, apacigua los vientos, calma el mar y los lleva a su deseado puerto.
          Baste lo dicho en cuanto al aspecto dispensacional de esta porción de las Escrituras, al cual, aunque es de lo más interesante, no lo seguiremos desarrollando, por cuanto nuestro propósito, en este breve artículo, es presentar al corazón del lector la preciosa verdad revelada en el relato de Pedro sobre las aguas, verdad que —como lo hemos dicho— atañe directamente a nuestra propia senda individual, sea cual fuere la naturaleza de esa senda.
          No requiere ningún esfuerzo de la imaginación ver, en el caso de Pedro, una notable figura de la Iglesia de Dios colectivamente o del cristiano individual. Pedro dejó la barca ante el llamado de Cristo. Él abandonó todo aquello a lo que el corazón podía apegarse y se echó a caminar sobre el tempestuoso mar, en pos de una senda ubicada más allá y por encima de los límites de la Naturaleza; una senda de fe; una senda en la que nada sino la simple fe podría vivir una sola hora. El secreto para todos cuantos son llamados a recorrer esa senda es Cristo o nada. Nuestra única fuente de poder consiste en mantener los ojos de la fe firmemente fijos en Jesús: “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2). Ni bien apartemos nuestros ojos de él, comenzaremos a hundirnos.
          Huelga decir que no se trata aquí de la salvación —de alcanzar la orilla para estar a salvo. De ninguna manera; estamos hablando ahora del andar del cristiano en este mundo; de la carrera práctica de aquel que es llamado a abandonar este mundo, a renunciar a todo aquello en lo que la mera naturaleza busca apoyarse o depositar su confianza; a desprenderse de las cosas terrenales, de los recursos humanos y de los medios naturales a fin de andar con Jesús por encima del poder y de la influencia de las cosas visibles y temporales.
          Tal es el elevado llamamiento del cristiano y de toda la Iglesia de Dios, en contraste con Israel, el pueblo terrenal de Dios. Nosotros somos llamados a vivir por la fe; a caminar, con calma confianza, por encima de las circunstancias de este mundo; a avanzar, con santo compañerismo, junto a Jesús.
          Tras eso precisamente suspiraba el alma de Pedro cuando profería estas palabras: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas” (v. 28). Aquí estaba el secreto: “si eres tú”. Si no era él, el error más descomunal que Pedro habría podido cometer hubiera sido dejar la barca. Pero, por otro lado, si ciertamente era a él mismo, a ese bendito, gloriosísimo y graciable Jesús, al que vio allí andando apaciblemente sobre la superficie de las agitadas aguas, entonces, seguramente, lo más excelente, lo más dichoso, lo mejor que podía hacer era abandonar todo recurso terrenal y natural, a fin de salir en pos de Jesús y probar el inefable gozo de la comunión con él.
          Hay una inmensa fuerza, profundidad y significación en estas cláusulas: “Si eres tú”, “manda que yo vaya a ti”, “sobre las aguas”. Nótese que es “a ti sobre las aguas”. No se trata de que Jesús viniera a Pedro en la barca —algo muy bendito y precioso— sino de que Pedro saliese al encuentro de Jesús sobre las aguas. Una cosa es tener a Jesús viniendo en medio de nuestras circunstancias, apaciguando nuestros temores, aliviando nuestras ansiedades, tranquilizando nuestros corazones, y otra muy distinta lanzarnos nosotros mismos desde la orilla de las circunstancias o desde la barca de los recursos humanos para andar con calma victoria sobre las circunstancias a fin de estar con Jesús donde él está. Lo primero nos recuerda a la viuda de Sarepta (1 Reyes 17); lo segundo, a la sunamita (2 Reyes 4).
          ¿Acaso no apreciamos la excelente gracia que exhalan estas palabras: “¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!”? Lejos esté de nosotros este pensamiento. Estas palabras son muy preciosas. Y, además, Pedro las habría probado; sí, se habría deleitado en su dulzura, aun cuando nunca hubiera puesto siquiera un pie fuera de la barca. Es bueno que distingamos entre estas dos cosas. Ambas se confunden demasiado a menudo. Todos nosotros somos propensos a descansar en el pensamiento de tener al Señor con nosotros, y a sus misericordias acompañándonos a lo largo de nuestra senda cotidiana. Nuestra visión no va más allá de las relaciones naturales, los gozos de la tierra, tal cual son, la amplia gama de bendiciones que nuestro bondadoso Dios derrama tan generosamente sobre nosotros. Nos aferramos con tesón a las circunstancias, en lugar de anhelar un más íntimo compañerismo con un Cristo rechazado. En esta senda sufriremos inmensas pérdidas.
          Sí, lo decimos con fuerza: inmensas pérdidas. No es que debamos apreciar menos las bendiciones y misericordias de Dios, sino que debemos apreciarle más a él. Creemos que Pedro habría sido un perdedor si se hubiese quedado en la barca. Algunos pueden pensar que actuó bajo el influjo de su impaciencia e impulsividad; por nuestra parte creemos que su proceder fue fruto de su vehemente anhelo por su muy amado Señor, un intenso deseo de estar cerca de él a toda costa. Vio a su Señor andando sobre las aguas y se sintió impulsado por el deseo de andar con él, y su deseo fue legítimo; grato al corazón de Jesús.
          Además, ¿no actuó bajo la autoridad de su Señor al dejar la barca? Ciertamente que sí. La voz de mando —”ven”—, una voz de intensa fuerza moral, alcanzó su corazón y lo hizo salir de la barca para ir al encuentro de Jesús. La palabra de Cristo era la autoridad para entrar en esa extraña y misteriosa senda; y la presencia viva y sentida de Cristo constituía el poder para avanzar en ella. Sin esa orden, él no se habría atrevido a partir; sin esa presencia, no habría podido avanzar. Era algo extraño, inexplicable, sobrenatural andar sobre las aguas; pero Jesús estaba andando allí, y la fe puede andar con él. Así lo creyó Pedro, y entonces, “descendiendo de la barca”, “andaba sobre las aguas para ir a Jesús” (v. 29).
          Ahora bien; ésta es una notable figura de la verdadera senda de un cristiano: la senda de la fe. La garantía para emprender esa senda es la palabra de Cristo. El poder para avanzar en ella consiste en mantener los ojos fijos en Cristo mismo. No es una cuestión de si está bien o está mal. La pregunta es: ¿En qué ponemos la mira? ¿Es el firme intento de nuestro corazón estar lo más cerca posible de Jesús? ¿Ansiamos de veras probar una más profunda, más estrecha y más plena comunión con él? ¿Es él suficiente para nosotros? ¿Estamos dispuestos a dejar de lado todo aquello a lo que la mera naturaleza se aferra, y a apoyarnos solamente en Jesús? En su infinito y condescendiente amor, él nos hace señas para que vayamos a él. Nos dice: “Ven”. ¿Nos negaremos? ¿Vacilaremos y nos quedaremos atrás ante su voz? ¿Nos asiremos de la barca mientras la voz de Jesús nos dice “ven”?
          Tal vez podría objetarse que Pedro cayó y que, por lo tanto, habría sido mejor, más seguro y prudente quedarse en la barca que hundirse en el agua. Es mejor no tomar un lugar prominente que, después de haberlo tomado, fracasar en él. Bien, es absolutamente cierto que Pedro fracasó; pero ¿por qué? ¿Fue porque dejó la barca? No, sino por dejar de mirar a Jesús. “Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!” (v. 30). Así sucedió con el pobre Pedro. Su error no consistió en dejar la barca, sino en mirar la fuerza del viento y de las olas, en mirar a su alrededor en vez de clavar la mirada en Jesús. Había entrado en una senda que sólo podía ser atravesada por la fe, una senda en la cual, si él no tenía a Jesús, no tenía absolutamente nada; ni barca, ni bote, ni salvavidas ni siquiera un tablón del que agarrarse. En una palabra, se trataba de Cristo o de nada; de caminar con Jesús sobre las aguas o de hundirse en lo más hondo sin él. Nada sino la fe podía sustentar el corazón en tal carrera. Pero la fe pudo sustentarlo, pues la fe puede vivir en medio de las olas encrespadas y de los vientos más borrascosos. La fe puede caminar sobre las más agitadas aguas; la incredulidad no lo puede hacer sobre las más calmas.
          Pero Pedro fracasó. Sí; ¿y qué hay con eso? ¿Acaso ello prueba que hizo mal en obedecer el llamado de su Señor? ¿Acaso Jesús le reprochó que hubiese dejado la barca? ¡Ah, no!, eso no habría sido propio de Él. Jesús no podía decirle a su pobre siervo que viniera, y luego reprenderlo por haber venido. Él sabía y podía condolerse —como lo hizo— de la debilidad de Pedro, por lo que leemos que “al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”. No le dijo: «¡Hombre alocado y precipitado! ¿Por qué dejaste la barca?». No, sino: “¿Por qué dudaste?”. Tal fue la tierna reprimenda. Y ¿dónde estaba Pedro cuando oía estas palabras? ¡En los brazos de su Señor! ¡Qué lugar! ¡Qué experiencia! ¿Acaso no valía la pena abandonar la barca para probar semejante bendición? Sin duda que sí. Pedro estuvo acertado en dejar la barca; y, aunque resbaló en esa altísima senda en la que había entrado, ello no hizo más que conducirlo a tomar mayor conciencia de su propia debilidad e insignificancia, como así también de la gracia y del amor de su Señor.
          Lector cristiano, ¿cuál es la lección moral que extraemos de todo esto? Simplemente que Jesús nos llama a salir de las cosas temporales y de los sentidos naturales para que andemos con él. Nos insta a abandonar nuestras esperanzas terrenales y todas nuestras seguridades humanas — respectivamente los puntales y los recursos sobre los que se apoya nuestro corazón. Su voz puede oírse mucho más fuertemente que el estruendo de las olas y los rugidos de la tempestad, y esa voz nos dice: “¡Ven!”. ¡Oh, obedezcámosla! ¡Accedamos de todo corazón a su llamado! “Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio” (Hebreos 13:13). Jesús quiere tenernos cerca de él, caminando con él, apoyados en él y no mirando las circunstancias que nos rodean, sino mirándole sólo y siempre a él.

Meditaciones (IV)

I.                    “Salva, oh Jehová, porque se acabaron los piadosos; porque han desaparecido los fieles de entre los hijos de los hombres”  (Sal 12:1).
Los fieles son una especie en peligro de extinción; están extinguiéndose rápidamente de la raza humana. Si David lamentaba su desaparición en aquellos días, a menudo nos preguntamos como se sentiría si viviera hoy.
Cuando hablamos de una persona fiel, nos referimos a aquella que es digna de confianza y segura. Si hace una promesa, la cumple. Si tiene una responsabilidad, la cumple, si tiene que ser leal, lo es inquebrantablemente.
El hombre infiel hace una cita y a la postre, o no la cumple o llega inexcusablemente tarde. Se compromete a enseñar en la clase de la escuela dominical y no previene quién le remplace cuando no puede estar presente. Nunca se puede depender de él. Su palabra no significa nada. No es de extrañar que Salomón dijera: “Como diente roto y pie descoyuntado es la confianza en el prevaricador en tiempo de angustia” (Pro 25:19).
Dios está buscando hombres y mujeres fieles. Desea administradores que sean fieles cuidando Sus intereses (1Co 4:2). Aspira a tener maestros que sean fieles transmitiendo las grandes verdades de la fe cristiana (2Ti 2:2). Anhela creyentes que sean fieles al Señor Jesús, compartiendo Su vituperio y llevando la cruz. Quiere gente que sea inflexiblemente fiel a Su Palabra inspirada, inerrante e infalible. Se complace en los cristianos que son fieles a la asamblea local, en vez de vagar de iglesia en iglesia como vagabundos religiosos. Dios ve con buenos ojos a los santos que son fieles a otros creyentes y fieles también a los que no son salvos.
Como en todas las otras virtudes, el Señor Jesús es nuestro ejemplo supremo. Él es el Testigo fiel y verdadero (Apo 3:14), un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere (Heb 2:17), fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad (1Jn 1:9). Sus palabras son verdaderas, Sus promesas son infalibles y Sus caminos son totalmente seguros.

Aunque los hombres no valoren suficientemente la lealtad, Dios sí. El Señor Jesús alababa la fidelidad de sus discípulos con las palabras: “Pero vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas. Yo, pues, os asigno un reino, como mi padre me lo asignó a mí” (Luc 22:28-29). Y la recompensa máxima a la fidelidad será escuchar Su alabanza: “Bien, buen siervo y fiel... entra en el gozo de tu Señor” (Mat 25:21).

Meditaciones (III)

I.      “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”  (1 Juan 4:10).
                                                           El amor es esa cualidad de Dios que le hace prodigar ilimitadamente Su afecto a los demás. Este amor se manifiesta dando buenas dádivas y dones perfectos a los que ama.
            He aquí algunos versículos de los miles que hablan de ese amor: “Con amor eterno te he amado; por tanto te prolongué mi misericordia (Jeremías 31:3). “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó...” (Efesios 2:4). Y, por supuesto, el más conocido de todos: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).
            Cuando Juan dice que “Dios es amor” (1 Juan 4:8), es importante ver que él no está definiendo a Dios, sino insistiendo en que el amor es uno de los elementos claves de la naturaleza divina. No adoramos al amor, sino al Dios de amor.
            Su amor no tuvo principio y tampoco tendrá fin. Es ilimitado en sus dimensiones, absolutamente puro y sin mancha de egoísmo o cualquier otro pecado. Es sacrificado y nunca repara en el coste. Busca solamente el bienestar de los demás, y no espera nada a cambio. Tiende su mano al agradable y al repugnante, al enemigo y al amigo. Este amor no se da como premio a las virtudes de aquellos que lo reciben; viene solamente de la bondad del Dador.
            Las implicaciones prácticas de esta sublime verdad son evidentes: “Sed, pues, imitadores de Dios” dijo Pablo: “como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros” (Efesios 5:1-2a). Nuestro amor debe ascender al Señor, fluir a nuestros hermanos, y extenderse al mundo perdido.
            La contemplación de Su amor debe inspirar también la adoración más profunda. Cuando caemos a Sus pies, debemos decir repetidamente:

¿Cómo puedes amarme como me amas
Y ser el Dios que eres?
Oscuridad es a mi razón
Pero sol a mi corazón.

Meditaciones (II)

I.     “Dios... sabe todas las cosas” (1Juan 3:20).
            La omnisciencia de Dios significa que tiene un conocimiento perfecto de todas las cosas. Nunca le fue necesario aprender y jamás lo hará.
            Uno de los grandes pasajes sobre el tema es el Salmo 139:1-6, donde David escribió: “Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, Y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda. Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; Alto es, no lo puedo comprender”.
            Del Salmo 147:4 aprendemos que Dios cuenta el número de las estrellas y las llama por nombre. La maravilla de esto se acrecienta cuando Sir James Geans nos informa que: “el número total de las estrellas en el universo es probablemente algo parecido al número total de granos de arena que hay en todas las playas del mundo”.
            Nuestro Señor les recordó a sus discípulos que ni un gorrión cae a tierra sin el consentimiento de nuestro Padre. Y en el mismo pasaje se señala que los cabellos de nuestra cabeza están contados (Mateo 10:29-30).
            Es evidente que: “todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:13). Esto hace que nos unamos con Pablo para exclamar: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” (Romanos 11:33).
            La omnisciencia de Dios está llena de significado práctico para cada uno de nosotros. Nos advierte: Dios ve todo lo que hacemos, no podemos hacer nada a Sus espaldas.
            En la omnisciencia de Dios hay consuelo. Conoce todas nuestras aflicciones, como dijo Job: “Mas él conoce mi camino” (Job 23:10). Cuenta nuestras huidas y pone nuestras lágrimas en su redoma (Salmo 56:8).
            En la omnisciencia de Dios hay ánimo. Nos conoce por completo, y a pesar de eso nos salvó. Percibe los sentimientos que no podemos expresar cuando oramos y adoramos.

            En la omnisciencia de Dios hay asombro. Aunque Dios es omnisciente, puede olvidar los pecados que ha perdonado. Como decía David Seamands: “No sé cómo la omnisciencia divina puede olvidar, pero lo hace”.