domingo, 5 de julio de 2015

CONFUSIÓN Y ORDEN

El Señor encontró un estado de triste y humillante y variada confusión en la tierra que recorrió día a día. Pero ello sólo brindó la ocasión para que Su senda resplandeciese más — ya que se trataba de luz y sólo luz, no empañada por las tinieblas e ininterrumpida por la confusión que existía a todo su alrededor.
El estado de la política y de la religión exhibía, en aquel día, esta confusión. La autoridad de los Romanos estaba allí donde Jehová debiera haber sido supremo; la imagen de César circulaba por la tierra de Emanuel. Y Él tuvo que ver con los Herodianos, los Saduceos, y los Fariseos, con sus propios parientes según la carne, en la ignorancia de ellos, con doctores de la ley y escribas en su soberbia y pretensiones, con las multitudes en su egoísmo e inconstancia, y con la baja condición de Sus propios discípulos.
Él tuvo que recorrer regiones tales como Galilea, Judea, y Samaria —diversas, quiero decir, no en cuanto a lugar, sino en cuanto a carácter. Ya que Samaria era la contaminada, Galilea la racional, Judea la religiosa. Vemos esto en Juan capítulos 4 y 5.
Galilea le recibiría, porque ellos habían visto los milagros que Él había obrado; pero ellos no creerían sin señales y prodigios, Al igual que la Cristiandad, y su andar de cada día, Galilea le brindó su fe y aceptación históricas. Ellos creyeron basados en un testimonio competente; pero no hubo ningún ejercicio de alma, ni tampoco un despertar de la conciencia.
Judea, o Jerusalén, se ocupaban de su templo y su día de reposo. La religión, o la observancia de ordenanzas, el mantenimiento de los que les honraba a ellos mismos en su propio lugar como la casa o centro de la adoración de la nación, era esencial para ellos y prevaleció para cegarlos y no ver los hechos del Hijo de Dios[1].
Samaria era inmunda. No tenía ningún carácter que mantener, ningún honor religioso que vindicar y defender. Pero allí, la conciencia fue despertada. Ningún milagro se había presenciado allí, pero no se buscó allí milagro alguno. Jesús fue recibido allí debido a que Sus palabras habían alcanzado sus almas.
Esto era Galilea, esto era Judea, y esto Samaria; Galilea la racional, Judea la religiosa, y Samaria la contaminada. Pero toda esa variada confusión sólo contribuyó a glorificar la senda de Aquel que supo de qué manera responder a cada hombre.
Herodianos y Saduceos y Fariseos, Sus parientes y Sus discípulos, los doctores de la ley, los escribas, y las multitudes, Galilea, Judea, y Samaría, todos a su manera y a su tiempo recibieron su respuesta de Él. Él no resistiría, pero aun así, escaparía de la trampa. Su voz no se oiría en las calles, y no obstante, Él los dejaría incapaces de responderle una palabra. Él no remedió la confusión, sino que pasó a través de ella, sólo glorificando más a Dios a causa de ella.
Y   ver esto es nuestro consuelo. Ello nos dice que las escenas en que nos vemos involucrados día a día no son nada nuevo, y no son, necesariamente, una sorpresa para nosotros. Ellas pueden ejercitarnos, y podemos caer bajo las mismas, y para nuestra humillación, pero no nos deben sorprender ni tampoco descorazonar. No necesitamos esperar remediarlas; sino, al igual que el Maestro, tenemos que pasar por ello. El juicio hará su obra en su momento, y la confusión cesará. Pero el tiempo del juicio no ha llegado aun plenamente. Jesús juzgó siempre al enemigo del pecador, pero nunca a los Suyos. Él contendió por nosotros contra Satanás, pero nunca contendió por Sus derechos contra el romano o el judío. Esa fue la combinación de debilidad y fortaleza en Él; pasando siempre por alto los errores de los Suyos, pero juzgando todo el poder del enemigo del pecador, destruyendo las obras del diablo.
Y   el orden vendrá después del juicio, tal como el juicio viene después de la paciencia. A su tiempo, esto existirá, ciertamente, así como la confusión existe ciertamente ahora. Su mano formará y moldeará una escena de orden en los días del reino venidero. Y de este orden Él ya ha dado, por medio de Su Espíritu, una y otra vez, en el progreso de Su gracia y sabiduría, promesas y muestras. Y mientras consideramos esto por un momento, tendremos que decir, ¡De qué manera más hermosa toman su lugar correcto las cosas cuando el Espíritu de Dios viene a regularlas! Y esto se lleva a cabo, puedo decir, silenciosamente —tal como la creación de antaño asumió todo su orden bajo el mismo Espíritu.
Yo veo un ejemplo de esto en Génesis 18. Jehová había acordado consigo mismo que revelaría un asunto a Abraham. Tras eso, los dos ángeles que le habían acompañado a Mamre, se alejan, mientras Abraham, por otra parte. Se acerca. ¡Qué sencillo, y sin embargo, que hermoso fue eso! La escena, sin ruido o esfuerzo, toma su debida forma. Los objetos que la llenan se ubican en sus lugares correctos —los ángeles dejando el lugar en posesión de aquellos que tenían un secreto entre ellos, mientras que ellos mismos, dejados a solas, se acercan uno al otro.
Así también Abraham nuevamente en Génesis 21. Él había sido distinguido recién por el favor divino. Había obtenido a Isaac y su casa fue establecida por Jehová. El Gentil viene a procurar su amistad. Abraham se la concede sinceramente — pero en la ocasión él asume el lugar del mayor, mientras Abimelec, aunque era rey, y Ficol, príncipe de su ejército que acompañaba a su amo, sin murmuraciones, asumieron el lugar del menor. Este fue otro testimonio de almas que encuentran su relación correcta el uno con el otro bajo la mano del Espíritu de Dios, estando todo entre ellos en el orden y la armonía de 'una esfera silenciosa'.
Lo mismo se ve, y eso, también en un campo de visión más amplio, en Éxodo 18. Las tribus de Israel redimidas se encuentran con Jetro en el monte de Dios. Aarón está allí, y Moisés está allí, cabezas de Israel, cabezas sacerdotal y real. Pero Jetro, no obstante, asume el lugar del mayor. Él era nada más que un extraño, visitando, en compañía de la mujer Gentil de Moisés, el Israel de Dios. Pero él era celestial —su persona y su lugar nos dicen eso — y él asume de inmediato, sin pedir permiso, y aun así sin equivocación, los derechos del celestial; y Moisés y Aarón le ceden instintivamente el lugar del mayor, tanto en el santuario como en el trono.
¡Oh, cuando el espíritu obra, qué final se da a la contienda, y a la emulación (o, imitación)! ¡y qué alivio para el corazón trae consigo una expectativa tal!
La entrevista de Salomón y la Reina de Saba demuestra lo mismo. Pedro, en la presencia del Señor, toma las relaciones mutuas en el mismo espíritu en Juan 13.
Pedro hizo señas, a la distancia, a Juan, y Juan, ante esas señas, estando cerca, presiona nuevamente el pecho del Señor; y juntos así consiguen el secreto de aquel pecho. No hay aquí celos, ninguna provocación. Uno apenas sabe en cual deleitarse más, si en las señas de Pedro a Juan, o en la presión de Juan sobre el pecho de Jesús, en Pedro usando a su hermano, o en Juan 'usando' a su Señor. Se trata de una escena exquisita — hermosa de contemplar, de feliz expectativa — pensar acerca de una comunión según semejante modelo, cuando ninguna envidia o provocación mancharán los intercambios de corazón con corazón, cuando no se oirá más la pregunta acerca de quién de ellos iba a ser el mayor (Marcos 9: 33-37), cuando la confusión provocada por las pasiones y los caracteres desaparecerá para siempre.
Y a estos dos casos del poder hermoso y regulador del Espíritu Santo debo añadir el de nuestro Señor y los dos discípulos en el camino a Emaús, en Lucas 24.
Jesús, un forastero, se unió a ellos en el camino, y ayudó a sus pensamientos, y alivió, de ese modo, los corazones. El camino era un terreno común. Pero cuando llegaron a casa de ellos, el forastero no importunará. Él puede unirse a ellos en el camino del Rey, pero el hogar de ellos era el castillo de ellos. No obstante, ellos no pueden permitir esto. Le deben demasiado como para dejarle marchar tan pronto, y Le apremian para que entre. Pero tras esto, cuando la fe se orienta hacia Él, si bien no tiene aún su conocimiento acerca de Él, de inmediato Él toma Su lugar apropiado. Él se convierte en el anfitrión en lugar de ser el huésped, el Señor de la fiesta dispensando sus mejores provisiones, mientras ellos, en la plenitud de sus corazones, una vez despiertos para conocerle, agradecidos y felices, reconocen Su título.
Todo está en su debido orden, Desde el principio hasta el final esto fue así. La escena en el camino común, la escena en la entrada de la morada, y luego la escena en el interior de la casa — todo es orden.
Y puedo decir, ciertamente, que todas estas cosas son atisbos pasajeros, en los días patriarcales o en los días evangélicos, de días felices por venir, cuando nuevamente las armonías de 'una esfera silenciosa', no unísonas, se dejarán oír, y provocarán el gozo de miles de corazones unidos. Porque al final, tal como al principio, en la escena de la redención final (Efesios 4:30; Romanos 8:23), así como en la de la creación al principio, todo estará en orden tanto en el cielo como en la tierra, bajo el poder del Verbo y el Espíritu de Dios. En la tierra, "Efraín no tendrá envidia de Judá, ni Judá afligirá a Efraín." (Isaías 11:13). "El lobo y el cordero serán apacentados juntos.” (Isaías 65:25). El buey y el asno ararán juntamente (véase Deuteronomio 22:10). Las naciones se complacerán en reconocer las glorias de Sion, y le suministrarán a ella, lo mejor que puedan hacerlo, Geba y Sabá, Nebaiot y Ceda. Y en los cielos todo será compactado y unido como en el misterio del "un cuerpo"; principados y potestades, y dominios y tronos pueden ser diversos (Colosenses 1:16), pero aun así, son dignidades coherentes y armoniosas.
Así, en los lugares del reino venidero. Sean terrenales o celestiales. Las cosas estarán en hermosura y orden — orden moral así como también natural. Los dos palos serán uno. (Ezequiel 37: 15 - 28). Judá e Israel morarán juntos bajo la misma vid y la misma higuera, y las naciones tomarán el segundo lugar, el lugar del "menor", y lo tomarán gozosamente.
«Todos los millones de sus santos allí
Se unirán en un cántico,
Y cada uno la dicha de todos verá
Con infinito deleite.»

La Reina de Saba fue demasiado feliz al ver la gloria de Salomón como para envidiarle por poseer dicha gloria. Y Pedro, en el monte santo, estuvo tan satisfecho en el poder de aquel lugar, que incluiría en su feliz actividad el hecho de servir a los que estaban por sobre él. ¡Qué alivio proporciona una perspectiva semejante! Ya es hora de cansarse y avergonzarse de toda la vanidad, la envidia, y la contienda, a las que somos sensibles en el interior y alrededor. La mujer Siro fenicia respiró el espíritu más alegre del reino venidero, cuando deseo tan sinceramente estar en segundo lugar después de Israel, agradecida de recibir la porción de los perrillos debajo de la mesa donde los hijos eran saciados. (Marcos 7: 24-30).
¡Bienaventuradas son las personas que están en ese caso! Bienaventuradas por el hecho de anticipar un estado de orden moral, santo, orden de la gracia, mantenido en el poder de la presencia de Dios, Las Escrituras prometen y presagian un orden como estos. Y es bueno que nosotros, amados, si podemos, pasemos a través de la confusión que está a nuestro alrededor, en algo de la luz y la pureza de la mente de Cristo, hasta que llegue esta época de orden.



[1] Una multitud de gente discapacitada permanecía en Betesda, aunque el Hijo de Dios anduvo sanando todo tipo de enfermedades, haciendo la obra de Betesda en una manera mucho mejor que Betesda. (Juan 5: 1-18)

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