miércoles, 5 de agosto de 2015

Cazador Y Pastor

Cuando Noé y su familia salieron del arca, a Noé le fue dada la responsabilidad de gobernar un mundo nuevo. El arco en la nube recordaba el pacto de Dios con la tierra, con “todo ser viviente... por siglos perpetuos” (Génesis 9:12), figura lejana de Aquel que había de venir, la luz del mundo, en quien sería manifestada en detalle, y mejor que los colores del arco, la infinita belleza y fidelidad de Dios.


En vez de tomar a pecho la gloria de Dios, Noé, pese a ser un hombre de fe, buscó su propia satisfacción y, entregán­dose a la corrupción, fue el motivo de la caída de su hijo menor. ¡Cuán solemne es pensar en esto! De hecho, Cam era plenamente responsable de sus actos; pero si su padre no se hubiera comportado de una manera tan lamentable, ¿hubiera caído la terrible maldición que pesa­ría sobre él y algunos de sus descendientes (Génesis 9:24-27)? ¡Cuán importante es, en la práctica, el andar de los creyentes a los ojos de la generación que le sucede!
El capítulo 10 de Génesis nos presenta a esos descen­dientes de Cam. Entre ellos se destaca Nimrod, cuyo nombre significa “rebelde”, quien fue “vigoroso cazador delante de Jehová” (v. 9).
¿Qué caracteriza a un cazador? Que busca su propia satisfacción, su propia gloria a expensas de su víctima. Precisamente lo opuesto del pastor, quien se preocupa por el bien de su rebaño. Nimrod fue poderoso y dominó. Eligió una llanura -no la montaña cerca de Dios- para levantar la gran ciudad de Babel. Con el objeto de hacerse un nombre, quiso edificar una ciudad de ladrillos y “una torre, cuya cúspide llegue al cielo”. Los ladrillos fabricados por la mano del hombre, resultado de su actividad, hacen un contraste sorprendente con las “piedras vivas” (1 Pedro 2:5) que serán edificadas sobre el único fundamento, fruto del trabajo del alma de Cristo y de su obra en la cruz.
Satisfacción personal, propia gloria, orgullo, dominio... ¿qué puede resultar de todo esto sino la confusión? (Géne­sis 11:9; Gálatas 5:15). He aquí el resultado de la actividad del cazador, rebelde a Dios, predominante sobre los hom­bres.
Sin embargo, Dios tenía otro pensamiento, otro designio; no un cazador, sino un pastor. Ya Abel, pastor de los tiem­pos antiguos, había llevado la única ofrenda que podía agradar a Dios. Y en la descendencia de Sem, ¡cuántos pastores hubo! Jacob se sacrificó por su rebaño; como responsable de las ovejas, se dedicó a ellas día y noche. Dijo a Labán: “De día me consumía el calor, y de noche la helada, y el sueño huía de mis ojos” (Génesis 31:38-40). Moisés apacentó el ganado en el desierto, y en la soledad fue formado como el hombre “manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra” (Números 12:3), para conducir al pueblo de Dios, librarlo de la esclavitud y lle­varlo “hacia Dios”. David aprendió, con los corderos de su padre, los cuidados que éstos necesitaban; logró librarlos de la boca de las fieras (1 Samuel 17:34); y cuando llegó la hora, Dios pudo tomarlo “del redil, de detrás de las ove­jas, para que fuese príncipe” sobre su pueblo Israel (1 Cró­nicas 17:7). Después, también de la descendencia de Sem, vino Aquel que pudo decir verdaderamente: “Yo soy el buen Pastor; el buen Pastor su vida da por las ove­jas...” (Juan 10:11). Un pastor reúne, protege y nutre a su rebaño (compárese con Efesios 5:29), exactamente lo contrario del cazador, quien destruye para elevarse.
¿A cuál de los dos nos parecemos? Sin duda, el cazador Nimrod carecía de fe. Él es un tipo del Anticristo quien, más tarde, se levantará contra todo lo que es divino o que es objeto de veneración. Pero, ¿con qué frecuencia, la car­ne, la vieja naturaleza puede producir sus malos efectos, incluso en los verdaderos hijos de Dios? Basta con mirar a nuestro alrededor, pero mejor en nosotros mismos, para discernir esos rasgos, más o menos marcados, del caza­dor o del pastor. El carácter se forma en la juventud; el poder del Espíritu de Dios en el creyente puede transfor­marlo completamente y hacer prácticamente un pastor de un cazador. Pero, si no velamos, el espíritu de dominación puede volver a manifestarse, a menudo a expensas de los demás. “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29, compárese Santiago 3:13).
Es comprensible que un joven creyente no sea llamado para apacentar el rebaño del Señor, así como tampoco David debía reinar sobre Israel antes de que Dios lo llama­ra. No obstante, en su juventud, sin perder nada de su energía y valentía, David aprendió en su retiro a “apacen­tar las ovejas de su padre en Belén” (1 Samuel 17:15). Fue en esos primeros años cuando su carácter se formó, para llevar a cabo la tarea que debía realizar más tarde.
En los años juveniles, cuidémonos de las tendencias que se forman y se acentúan con los años. Más tarde, si el Señor no viene antes y lo juzga bueno, podremos ser de los que buscan el bien de las almas preciadas para su corazón, que proporcionan consuelo y alimento espiritual, de los que con Él reúnen, y no de los que desparraman.

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