miércoles, 1 de junio de 2016

UNA SOLA OFRENDA, VARIOS SACRIFICIOS (Parte VI)

(Levítico 1 a 7)
"A Jesucristo, y a éste crucificado" (1 Corintios 2:2).



2. LA OFRENDA VEGETAL (Levítico 2; 6:14-23)


La sal del pacto
La sal representa ante todo la fuerza preservadora de lo que es divino, el poder santificador que nos mantiene separados de la corrupción. La sal no faltaba en la vida de Cristo. También exhorta a sus discípulos a tener sal en sí mismos. Muy diferente será el ambiente en el que se encuentren dos o tres creyentes que no temen mostrar a Quién pertenecen y dar testimonio en favor del bien y en contra del mal. Mientras estén pre­sentes, no se atreverán a comportarse como cuando están ausentes. "Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno" (Colosenses 4:6).
Pero la sal del pacto nos hace también pensar en la fidelidad que requieren las relaciones que Dios ha establecido con los suyos en la época en que se encuentran. La vida debe ser puesta en armonía con la ofrenda. Es necesario tener el deseo de reflejar a Cristo, y no —a causa de nuestro andar—, contradecir nuestras palabras y nuestras alabanzas respecto a él. Sin duda, siempre sentiremos lo lejos que estamos de la verdadera ofrenda vegetal, pero lo que cuenta es la decisión del corazón. ¿Cómo podemos hablar con bellas frases de toda la devoción de Cristo por los intereses de su Padre, de su obediencia a su voluntad, de sus compasiones y de su bondad, y, un instante más tarde, mostrarnos duros y viles con nuestros hermanos, y buscar exclusivamente nuestros intereses personales? "No harás que falte jamás de tu ofrenda la sal del pacto de tu Dios" (Levítico 2:13).
¡Que podamos nutrirnos verdaderamente de esta ofrenda vegetal! Se les enseña a los niños los relatos de los evangelios; se les narra los milagros del Señor y las parábolas que pronunció; todo tiene su lugar, pero alimentarse de él en su perfecta vida es otra cosa. Hace falta verlo con los ojos del corazón; hace falta sentir en nuestra propia alma algo de lo que él sintió; hace falta, en alguna medida, ahondar en la comunión de los sufri­mientos del "varón de dolores".

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