miércoles, 1 de junio de 2016

Meditación.

“¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?” (Lucas 17:17).
El Señor Jesús sanó a diez leprosos pero sólo volvió uno a darle las gracias, y ése era un samaritano menospreciado.
Una de las experiencias más valiosas que podemos tener en la vida es la de encontrar ingratitud, porque entonces podemos tener parte, aunque sea en un grado minúsculo, en las aflicciones de Dios. Cuando damos generosamente y no se nos reconoce, podemos valorar más profundamente a Aquél que dio a Su Amado Hijo por un mundo ingrato. Cuando derramamos nuestra propia vida en un servicio incansable por los demás, nos unimos a Aquél que tomó el lugar de esclavo por una raza de ingratos.
La ingratitud es uno de los rasgos más desagradables del hombre caído. Pablo nos recuerda que cuando el mundo pagano conoció a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias (Romanos 1:21). Un misionero en Brasil se encontró con dos tribus que no tenían palabras para decir: “Gracias”. Si un hombre era bondadoso con ellos, le decían: “Eso es lo que quería” o “Eso me será útil”. Otro misionero que trabajaba en el norte de África, encontró que aquellos a quienes ministraba nunca expresaban gratitud porque le estaban dando la oportunidad de ganar méritos con Dios. Era el misionero quien debía estar agradecido, pensaban, porque estaba obteniendo favores a través de la bondad que les mostraba.
La ingratitud impregna toda nuestra sociedad. Un programa de radio llamado “Centro de Trabajo del Aire” consiguió encontrar trabajos para 2.500 personas. El presentador informó más tarde que solamente diez de ellos se tomaron la molestia de agradecerlo.
Una dedicada maestra de escuela había dado su vida enseñando a cincuenta grupos de estudiantes. Cuando tenía ochenta años, recibió una carta de uno de sus antiguos alumnos en la que le decía cuánto apreciaba su ayuda. Había enseñado cincuenta años y ésta era la única carta de aprecio que había recibido.
Decimos que es bueno experimentar la ingratitud porque ésta nos proporciona un pálido reflejo de lo que el Señor experimenta continuamente. Otra razón de porqué ésta es una experiencia valiosa es que nos enseña la importancia de ser agradecidos. Con mucha frecuencia nuestras peticiones a Dios pesan más que nuestras acciones de gracias. Damos muy por sentado Sus bendiciones, y demasiado a menudo fallamos en expresar nuestro aprecio unos a otros por la hospitalidad, instrucción, transporte, provisión e innumerables actos de bondad. En realidad esperamos estos favores casi como si los mereciéramos.
El estudio de los diez leprosos debe ser un constante recuerdo para nosotros, que mientras muchos tienen grandes razones para dar gracias, muy pocos tienen el corazón para reconocerlas. ¿Estaremos entre los pocos?

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