sábado, 10 de diciembre de 2016

UNA SOLA OFRENDA, VARIOS SACRIFICIOS (Parte XII)

(Levítico 1 a 7)
"A Jesucristo, y a éste crucificado" (1 Corintios 2:2).
(Continuación)
4. EL SACRIFICIO DE PAZ (Levítico 3; 7:11-36)


El real sacerdocio
Estos capítulos del Levítico nos mostraron cómo los israelitas llevaban ofrendas a Dios. Ahora, los cre­yentes somos piedras vivas; somos edificados como casa espiritual, como sacerdocio santo para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Bajo la ley, se podía presentar a Dios lo que él demandaba, y nutrirse de los sacrificios; pero la parte del cristiano es más amplia. Sin duda, lo más importante es ofrecer a Dios sacrificios espirituales: adorarlo por lo que él es en sí mismo, bendecirlo por todo lo que hizo por nosotros; luego gozarnos en su presencia y nutrirnos del infinito amor de su Hijo.
Pero, bajo la ley, época del "vallado", del "redil" judaico (Marcos 12:1; Juan 10:1, 16), Israel ignoraba el real sacerdocio: "Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Pedro 2:9). Si bien nuestro primer privilegio es ofrecer a Dios sacrificios espirituales, también somos invitados a anunciar a los demás las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Al salir del santuario, podremos dar a conocer al mundo de donde hemos sido sacados, esta gracia, este amor, esta luz de que gozamos.
Es lo peculiar de la gracia, de esta gracia que nada retiene, pero que se extiende hasta los confines de la tierra según la promesa hecha por el Señor Jesús mismo por medio de la voz profética: "Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra" (Isaías 49:6).
Que podamos responder al pensamiento de Dios ofreciendo sacrificios espirituales y nutriéndonos de Cristo, a la vez que proclamando a nuestro alrededor las maravillas de su gracia.
G. André

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