lunes, 3 de abril de 2017

ALGUNAS MUJERES DEL ANTIGUO TESTAMENTO (Parte XVI)

16 Betsabé, perdonada y favorecida
De un artículo en All the women of the Bible, por Herbert Lockyer

Las escrituras que nos interesan son 2 Samuel 11.2,3, 12.24, 1 Reyes 1.1 al 31, 2.13 al 19, 1 Crónicas 3.5. Betsabé era de buena familia, siendo hija de Eliam, un oficial de honra en el ejército de David. Se casó con Urías, el más fiel de los hombres de ese mismo rey. Muerto él, ella fue tomada como esposa de David y le dio cinco hijos. Uno de ellos murió en infancia; los otros fueron Salomón, Simea, Sobub y Natán. Es por demás digno de mención que ella figure en la genealogía de Mateo 1, y descrita como “la que había sido mujer de Urías”. 
El registro divino insinúa que la asociación de David con Betsabé fue la única mancha en la conducta de este hombre: “David había hecho lo recto delante de los ojos de Jehová, y de ninguna cosa que le mandase se había apartado en todos los días de su vida, salvo en lo tocante a Urías heteo”, 1 Reyes 15.5. Si fue la única mancha, fue una penetrante y una que no se podía borrar en lo que se refiere a su efecto sobre Urías. Si bien Dios perdona ampliamente al pecador, no pocas veces quedan las consecuencias del pecado cometido. Se traza con suma habilidad el trágico lapso en la vida del varón según el corazón de Dios, partiendo de cuando vio por vez primera a esta mujer, y llegando a cuando él se echó en el regazo divino en gran remordimiento.
“David se quedó en Jerusalén”, 2 Samuel 11.1. Los israelitas estaban en guerra contra los amonitas, y ha debido estar con su ejército el rey que antes se había mostrado ser valiente y exitoso en batalla. Pero, hombre maduro ya, veterano de muchas guerras y desde hace doce años rey sobre todo Israel, David se había vuelto complaciente consigo mismo. Consideraba que era hora de dejar los retos para sus oficiales. Pero, con dejar de pelear la batalla para Dios, él se dejó expuesto a los ataques de Satanás, en este caso lascivia, intriga y homicidio.
Relajándose sobre el terrado de su casa, David vio a una mujer bañándose sobre el terrado de casa vecina. Sus pasiones se excitaron. La mujer desnuda, Betsabé, “era muy hermosa”, y a este hombre le agradaban las mujeres.
Aun cuando David iba a confesar la falta como suya no más, uno tiene que preguntarse hasta qué punto ella era cómplice, y aun promotora, en este vergonzoso acontecimiento. Al haber sido mujer modesta y cuidadosa, hubiera averiguado primeramente quién podría observarla desde terrados cercanos, y en todo caso bañarse de una manera más cautelosa. Es más, al haber sido una esposa fiel y una mujer de convicciones, hubiera rechazado la citación del rey. Al darse cuenta de que él estaba deleitándose en su cuerpo, ¿ella no habrá presentido lo que iba a suceder? Aun si no, ha debido rechazar de plano el adulterio.
Tiempo después, una reina pagana de nombre Vasti tuvo el coraje de negar exponerse ante un grupo de hombres estimulados por el licor, y a ella le costó ser expulsada del palacio real. Si Betsabé hubiese estado igualmente resuelta a preservar su dignidad, David, el ungido de Israel, no hubiera cometido el pecado del cual fue culpable. Una vez consumado el acto del adulterio, ella no mostró sentido de culpa, sino volvió a la cámara del rey para ser una de sus muchas es-posas, una vez consumado el homicidio del le-gítimo esposo de ella.
Betsabé tan sólo añadió insulto a su lascivia, entregándose a relaciones con un varón ajeno cuando su propio esposo estaba arriesgando su vida en el servicio del se-ductor. Al saber que ella estaba embarazada, David se apresuró en traer a Urías de vuelta a su hogar, en la esperanza de evitar sospecha sobre quién sería el padre de la criatura. Sin embargo, este soldado devoto, hombre de principios, rehusó tener relaciones íntimas con su esposa. Fracasó el nefasto plan, y la conjuración se complicó. Era preciso eliminar a Urías, y él fue despachado de nuevo al campo de batalla; a Joab se le instruyó a colocar a Urías donde más probabilidad habría de que fuese muerto. El piadoso Urías no sabía que cargaba consigo la carta que sellaba su propia muerte. Así para David se incorporaron en su expediente en secuencia rápida la lascivia, adulterio, engaño, perfidia y homicidio.
Cumplido el acostumbrado período de luto, Betsabé fue reconocida como esposa de David. Nació su hijo sin ser tildado de ilegítimo, pero murió al cabo de una semana. “Jehová hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David”.
La profunda congoja de David a consecuencia de la enfermedad y defunción de la criatura, si bien no le quita su culpabilidad, nos proporciona una mirada fugaz del lado positivo de su carácter y también de su fe en un encuentro más allá del sepulcro. Tal vez ningún otro pasaje de la Biblia ha sido usado tanto para consolar a corazones tris-tes en la hora de la muerte como aquel en que David nos asegura de la inmortalidad. Enlutado sobre su criatura muerta, dijo: “¿Podré yo hacerle volver?” No, no podía. Luego el bálsamo: “Yo voy a él, mas él no volverá a mí”. Tanto David como Betsabé ha debido sufrir agonía al reconocer que la muerte de su hijo, concebido fuera del matrimonio, fue un juicio divino por lo que ellos dos habían hecho.
Divinamente instruido, el profeta Natán le lleva a David al reconocimiento de su maldad y una sincera confesión de su iniquidad. Y este mismo pronuncia: “Jehová ha remitido tu pecado”. Mucho se ha escrito sobre el arrepentimiento evidente en el Salmo 51—un salmo saturado de lágrimas—y del Salmo 32, donde David expresa gratitud a Dios por haberle perdonado en gracia y misericordia. Pero, aun habiendo sido perdonado, ni Dios pudo exonerarle de las consecuencias naturales de la trans-gresión. La perversidad penetró en su propio hogar, 2 Samuel 12.11. Uno de los hijos trajo vergüenza a su padre; 13.4. Otro fue despachado del hogar, 15.19. Otro se levantó en rebelión, 1 Reyes 2. David tendría experiencias de ser traicionado por sus amigos, abandonado por su pueblo y enlutado por los de su propia familia.
¿Y qué de Betsabé? Junto con David, ¿a ella se le hizo consciente de su parte en la inicua transacción? Responsable como él, ¿sus lágrimas de arrepentimiento se mezclaron con las de su marido? Pareciera que sí, porque Dios los bendijo con otro hijo a quien pusieron por nombre Salomón, lo cual quiere decir, “amado de Jehová”. ¿Por qué no fue dado a otra de las esposas de David? Dado así a David y Betsabé, parece que Salomón fue evidencia del amor perdonador de Dios para ellos dos. ¿La inclusión de Betsabé en la genealogía de Jesús—Mateo capítulo 1—no es otra evidencia de que Dios había echado tras sus espaldas aquel pecado?
Restaurada al favor divino, virtuosa ahora además de hermosa, Betsabé crió a su hijo con todo diligencia espiritual. Salomón iba a escribir en Proverbios 22.6, probablemente con referencia a su propia crianza: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”. Una tradición afirma que fue Betsabé quien escribió Proverbios capítulo 31, como admonición a Salomón cuando se casó con la hija de Faraón. Si este es el caso, bien podemos entender las muchas advertencias en el libro de Proverbios contra la mujer extraña.
Una vez nacido éste, el resto de la vida de esta dama está envuelto en silencio. Podemos imaginar cómo se habrá comportado con dignidad de reina. De que guardó su influencia sobre David, se ve por la manera en que le recordó al rey de su promesa de nombrar a su hijo, Salomón, su sucesor. El velo del silencio se corre una vez más cuando Salomón fue hecho rey; Betsabé, a quien Salomón respetaba grandemente, pidió que Abisag—quien cuidó a David en su postrimería—fuese dada como esposa a Adonías, hijo de otra esposa de David.
           Una lección que podemos aprender de Betsabé es que ella, asegurada del perdón de Dios, no dejó que su gran pecado, cometido una vez, echara a perder el resto de su vida. Arrepentida, ella empleó su error como lección para una mejor conducta de allí en adelante. Al ocuparnos con melancolía o amargura de pecados que Dios ha dicho no guardará en contra nuestra, lo que hacemos en realidad es cuestionar la misericordia suya y robarnos a nosotros mismos de poder y progreso espiritual. Lea de nuevo Salmo 51 y luego Salmo 32.

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