(continuación)
¿Qué
decir, entonces, cuando la ciencia pretende decretar fuera de su competencia,
prejuzgar acerca de lo inmaterial, decidir respecto a si el universo es finito
o infinito, o en cuanto a la existencia o no existencia de Dios? El ser, la
eternidad, la vida, la muerte, el problema de los orígenes como la angustiosa
cuestión de los fines últimos, todos los grandes interrogantes subsisten. Esta
esfera de lo incognoscible aparece más cerrada que nunca a la inteligencia
humana.
Nuestro
propósito no es, sin embargo, replantear el perpetuo debate de la ciencia y de
la fe, por más necesario que sea recordar que es propio de la ciencia
cuestionarlo todo sin sacar conclusiones definitivas, mientras que es propio de
la fe concluir según las conclusiones de Dios, el único que lo conoce todo. El
punto sobre el cual insistimos, porque es capital, es éste: la fe viene de la
misma Palabra de Dios. Por ella, la fe comprende que la posición de la criatura
fallida es reconocer su caída, y que sólo la gracia de Dios la establece sin
pecado en una nueva creación. He ahí la parte y la posición del cristiano. Ella
está fundamentada en la obra de Cristo. Para él no se trata de hacer comprender
su fe —la que siempre será locura para la sabiduría humana— sino de vivir su
fe, como está escrito en Santiago 2:18: "Yo te mostraré mi fe por mis
obras". Y las explicaciones racionales pierden toda fuerza para el que
vive de la vida de Cristo. Decirse cristiano y negar a Cristo venido en carne,
muerto y resucitado, y luego glorificado, es un contrasentido, porque el
cristianismo está fundado sobre esos hechos, los más increíbles de todos: la
encarnación, la muerte expiatoria y la resurrección, hechos de los cuales sólo
la Biblia habla, y sólo ella puede hacerlo porque solo ella es la Palabra de
Dios. Pero está llena de tales hechos. Tengan cuidado con la voz mentirosa:
"¿Conque Dios os ha dicho?" (Génesis 3:1). Sepamos responder:
"Escrito está" (Mateo 4: 4, 6, 7 y 10; Lucas 4: 4, 8 y 10).
3)
Esto que acaba de ser recordado es suficiente para hacer considerar como una
empresa peligrosa y vana la de lanzarnos a polémicas científicas para dar razón
a la Biblia, y construir teorías para dar a los singulares hechos bíblicos una
explicación que Dios no ha estimado conveniente dárnosla. Así se trate de la
formación y de la historia de la tierra (geología), de los fenómenos propios
de los seres vivientes (biología), de la constitución íntima de la materia
(ciencias físicas y químicas), todos son temas perfectamente legítimos en sí
mismos, pero corrientemente utilizados contra Dios y la Palabra de su poder.
Nos exponemos, oponiendo hipótesis que nos parecen plausibles a las teorías
forjadas por los incrédulos —de las cuales muchas son seductoras para el
espíritu humano— a ponernos en mala postura y finalmente desacreditar a la
Biblia que queremos defender. La Palabra de Dios misma es su propia arma. Y
debe ser, ella sola, la nuestra. ¿Vamos a poner una espada de cartón en la mano
de un Gedeón que tiene "la espada de Jehová"? (véase Jueces 7: 20).
Jesús, tentado por Satanás, no discute con él para demoler su argumento, sino
que le responde simplemente: "Escrito está".
Quisiéramos
suplicar a nuestros hermanos que sopesen estas cosas. Nuestra fe, repitámoslo,
no se alimenta de teorías ni tampoco obra mediante teorías. Las nuestras,
incluso relacionadas por algún punto en común con la Biblia, son tan vacilantes
y pasajeras como las otras, las que pretenden suplantar a los mitos paganos y
son tan decepcionantes como ellos. Una rechaza a la otra, después de haber
traído a la luz, es cierto, algunas nociones nuevas, descubrimientos permitidos
por Dios en la esfera de las cosas creadas, pero que no cambian en nada el
estado moral del hombre y le da la ilusión de progreso. Las ideas que él se
hace del mundo material descansan sobre cierta hipótesis que tarde o temprano
deja el lugar a otra.
Nuestro
siglo ha visto, en el campo fisicoquímico, por no hablar más que de éste
(aunque domina otros muchos) una acumulación de descubrimientos que han barrido
doctrinas tenidas por inatacables en el siglo precedente. El descubrimiento de
la radiactividad ha abierto el camino para penetrar la estructura íntima de la
materia, el complejo sistema de los núcleos atómicos, su desintegración que libera
una energía hasta entonces ignorada. Han sido formuladas teorías prestigiosas,
de las cuales la de la relatividad y la de los «cuantas» respaldan una nueva
física. Pero ellas ya van vacilando. Éstas harán lugar a otras, y así será
mientras dure este mundo. Ellas lo habrán marcado con su paso, conjuntamente
con todas las aplicaciones prácticas de la electrónica y la utilización de
esta energía atómica (o nuclear) que a la vez maravilla y aterra a los hombres,
sin darles, desgraciadamente, ningún otro objetivo más que la satisfacción de
los deseos de un corazón cada vez más alejado de Dios. "Seréis como
Dios", dice aún el Mentiroso.
Cristianos,
profundicemos nuestra fe, no por medio de la sabiduría humana, sino
alimentándonos de la Palabra de Dios, "permaneciendo en mi palabra"
dice Jesús (Juan 8:31), teniéndola siempre presente con su autoridad y su
poder. Que los jóvenes creyentes desconfíen de una búsqueda de la verdad que
desvíe, por poco que sea, de esta Palabra. Y que el inconverso a quien Dios
busca sepa que irá de decepción en decepción, de obscuridad en obscuridad, si
piensa lograr la fe de otro modo que no sea escuchando la Palabra de Dios.
Ella
siempre será locura para la locura de la sabiduría humana. Ella no tiene nada
que hacer con esta sabiduría. Se opone con frecuencia la razón a la fe, pero,
la fe da a la razón su empleo más espléndido. Cuando el Espíritu de Dios
ilumina la razón y ella se deja iluminar, es puesta en contacto con el Dios
vivo y verdadero. Creyentes, dejad a la Palabra actuar en vosotros (1
Tesalonicenses 2: 13), para que seáis "renovados en el espíritu de
vuestra mente" (Efesios 4:23). Creerla, implica reconocer humildemente que
ignoramos muchas cosas y que, sobre todo, reconocemos que el hombre natural es
incapaz, a causa del pecado, de conocer lo que únicamente importa: Dios
revelado a los niños como Padre por medio de Jesucristo. Encontrar a Dios, a
solas con él... "Mas ahora mis ojos te ven" dijo Job (Job 42: 5); al
conocer a Dios, toma él por propia iniciativa el lugar que conviene, el
arrepentimiento en el polvo y la ceniza. ¡Y fue entonces que para él brotó el
manantial de bendiciones, para gloria de Dios!
En
resumen, la Biblia no tiene necesidad
— ni de la garantía de hombres de prestigio en
este mundo;
— ni de ser confirmada por su acuerdo con la
ciencia de los hombres;
— ni de ser demostrada como verdadera por teorías
cimentadas o no sobre ella.
Ella
es "la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre" (1 Pedro
1: 23).
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