martes, 3 de julio de 2018

SALVACIÓN Y RECOMPENSA (Parte IV)



2 Timoteo 4 es un capítulo mara­villoso, escrito por un viejo cansado en una celda romana para los condenados a muerte, donde esperaba ser llamado para el último acto de un martirio que ya había durado la mitad de una vida normal. Pro­bablemente fue escrito desde el calabozo de la cárcel “Mamertinum” en Roma. Tuvo algunos años de libertad después de su primer encarcelamiento, pero fue arrestado otra vez y sentenciado a muerte por el crimen terrible de predicar “a otro rey, Jesús”. Su vida había estado llena de penalidades increíbles por causa del evangelio, y ahora en la cárcel se acabó el día de libertad y avanzaba una noche de oscuridad y desánimo sin alivio.
Pero el viejo apóstol no parecía considerarlo. Fueron lo que fueron aquellos sufrimientos, él veía la gloria más allá. Y su carta final a su compañero de muchos viajes y conflictos termina con una nota de triunfo cual el mundo ha escuchado pocas veces.
“Yo ya estoy para ser sacrificado”, exclama, pensando en sí como una vícti­ma lista para ser colocada en el altar de sacrificio; “y el tiempo de mi partida está cercano”. La palabra para “partida” es literalmente: “éxodo”, la misma palabra que Pedro emplea en 2 Pedro 1:15 donde habla de su muerte. Para estos varones de Dios, la muerte no era un estado inconsciente, sino una salida del cuerpo para estar presente con el Señor.
Mirando atrás y considerando su lar­ga historia, Pablo puede decir sin afectación:
“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guar­dado la fe” (v. 7).
No solamente había peleado bien. Ciertamente lo había hecho, pero él dejará que sea el Señor quien dice esto. Lo que declara aquí es que la batalla en la cual había estado involucrado es una causa buena, en oposición al mal. El artículo definido hace resaltar esto más claramente.
Y ahora, ¿qué del futuro? Mirando adelante, ¡todo lo ve resplandeciente!

"Por lo demás, me está guarda­da la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (v. 8).
¿No es correcto decir que esta última expresión nos da el secreto de la devoción de pablo a la causa de la justicia? Él amaba apasionadamente la gloriosa manifestación del Señor Jesucristo; por lo tanto, podía considerar todo lo demás como basura, para ganar la aprobación de Cristo en el día de Su manifestación.
Todos los creyentes son “hechos justicia de Dios en él” [Cristo] (2 Co. 5:21). A todo aquel que ha depositado su confianza en Él, Cristo es Jehová Tsidkenu: “Jehová Nuestra Justicia”.
Pero la corona de justicia es la recompensa, a distinción del “don de justicia”. Adornará la cabeza de cada uno que ha manifestado justicia práctica en la vida y devoción a los intereses del Salva­dor en este mundo. Esto es cómo mostrar que verdaderamente amamos la venida de nuestro Señor Jesús.

“Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn. 3:3).

Nada conduce tanto a una vida de integridad ante Dios y justicia ante los hombres como el sentido constante en el alma de la cercana venida del Señor. El que verdaderamente espera del cielo al Hijo de Dios será hallado sirviendo diariamente al Dios vivo y verdadero.
Una cosa es profesar la doctrina premilenaria de la venida de Cristo. Pero es otra cosa ser realmente impulsado y controlado por este pensamiento. Aquel cuya vida es injusta, cuyo espíritu es mun­dano, cuyo punto de vista sobre la vida es carnal y egoísta, todavía no ha aprendido a amar Su venida. Tampoco los tales ob­tendrán corona de justicia en aquel día. Es solamente para aquellos que estiman el vituperio de Cristo mayores riquezas que los tesoros de este mundo, y vivan ahora en vista de entonces, porque como Moisés, tienen “puesta la mirada en el galardón” (He. 11:26).
¡Oh, en aquel día cuán pequeños e insignificantes parecerán las cosas por las cuales viven los del mundo! Que amemos verdaderamente Su venida tanto como para seguir ahora felizmente Sus pisadas.

“A Ti, oh Forastero, fuera del campamento,
Vamos sin temer peligros, fuera del campamento.
Tu vituperio nos es más tesoro que todo el placer de Egipto,
Atraídos por amor infinito, fuera del campamento”.


     Entonces, cuando el Señor venga, ¡qué gozo abundante nos dará recibir de Sus manos traspasadas una corona de justicia, la cual será evidencia eterna de Su aprobación y reconocimiento de una vida de justicia!

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