viernes, 27 de marzo de 2026

EL VERBO “HABLAR” EN LA ESPISTOLA A LOS HEBREOS

 1.       Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo. Hebreos 1:1–2

Nuestro Dios es el Comunicador por excelencia, y su Palabra siempre es poderosa, eficaz y maravillosa. El Hijo de Dios creó todas las cosas (v. 2) y las mantiene constantemente mediante la palabra de su poder (v. 3). Dios creó y sostiene todas las cosas a través del Hijo. Juan 1 nos presenta al Verbo como el Creador y Sustentador, y también revela el misterio insondable de la encarnación. Cuando Jesús fue concebido en el vientre de María y luego nació, “aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Jn 1:14). Ya sea como un pequeño Niño en el pesebre, o como un Niño en el templo o como aquel que fue “obediente hasta la muerte”, él siempre fue y será “en forma de Dios” (Fil. 2:5–11).

Dios ha hablado de muchas maneras diferentes, utilizando diversos instrumentos. Sin embargo, en el momento adecuado, habló directamente por el Hijo (v. 2). En el tiempo antiguo, Dios se comunicaba a través de eventos, símbolos, figuras, profetas y otras formas, pero cuando “el Verbo fue hecho carne”, Dios comenzó a hablar directamente, ya no más a través de intermediarios. Ahora Dios habla a través de Aquel que es Dios, ¡misterio insondable!

En el Antiguo Testamento, tanto el ángel de Jehová como Jehová mismo hablaban. En los Evangelios, el Señor Jesús, “el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos” (Ro. 9:5), habló y reveló los pensamientos de Dios, pero su pueblo lo rechazó (véase Jn. 1:11). Luego envió a los doce apóstoles, y después a setenta discípulos, para que hablaran y actuaran en su nombre (véase Lc. 9 y 10). Después de la cruz, la muerte y la resurrección, Jesús fue glorificado y ahora habla desde el cielo (He. 12:25). ¡Es de suma importancia que lo escuchemos!

¡Poderoso Creador, sustentador de todas las cosas!

Alabado seas, Señor Jesús, por todo lo que existe.

                                                            G. W. Frazer

 

2.       Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme… ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron. Hebreos 2:2–3

El Antiguo Testamento relata cómo los ángeles hablaban en nombre de Dios. Después de 4.000 años, el Hijo, que es Dios mismo, vino a presentar “una salvación tan grande”. Confirmó su mensaje con numerosas señales, milagros y prodigios, pero su pueblo lo rechazó y lo crucificó. Sin embargo, al tercer día resucitó de entre los muertos. El Libro de Hechos nos habla acerca de él, quien fue exaltado a la diestra de Dios y actuó en esta tierra, primero a través de sus apóstoles Pedro y los que estaban con él, y más tarde a través de Pablo. El Señor Jesús, desde el cielo, confirmó su mensaje, permitiendo que realizaran obras de poder y señales que apuntaban a él. Estas maravillas requerían la atención de todos, ya que el Señor, en su gloria, trabajaba junto con sus siervos.

Hebreos 2:2–4 describe tres etapas en el comienzo. (1) Mientras estuvo en la tierra, el Señor Jesús habló acerca de “una salvación tan grande”. (2) Aquellos que lo escucharon confirmaron su mensaje a otros. (3) Luego, desde el cielo, el Señor llamó a Saulo de Tarso (Hch. 9:3), quien formaba parte de la tercera etapa. Saulo no había estado con el Señor en la tierra ni con aquellos que lo escucharon. Saulo se convirtió en el apóstol Pablo, quien escribió esta carta a los Hebreos.

En una visión, mientras Pablo estaba en el templo de Jerusalén, el Señor Jesús le reveló que la nación judía no aceptaría su testimonio (véase Hch. 22:18), tal como lo hicieron con su Maestro. Sin embargo, a pesar de esto, Dios, en su gracia, continúa extendiendo su mano hacia ellos, y lo seguirá haciendo, ya que siempre habrá un remanente en Israel que acepte su salvación. En un futuro cercano, llegará el momento en que toda la nación de Israel será salva (véase Ro. 11:5, 26). En ese momento, el “mundo venidero, acerca del cual estamos hablando”, no estará sujeto a los ángeles, sino al Hijo del hombre.

3.       Así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Hebreos 5:5

Esta es la octava vez que el verbo hablar es utilizado en la Epístola a los Hebreos. En griego, la frase “el que le dijo” se lee literalmente ‘el que había hablado’. La cita de hoy proviene del Salmo 2:7: “Yo te engendré hoy”. Esta cita se aplica principalmente al nacimiento de Jesús y a Dios hablándole como representante de un nuevo orden en el Hombre (véase Lc. 2:10–14). El Salmo 2 también está relacionado con su resurrección, tal como Pablo lo demostró en Hechos 13:33–35. Además, Hebreos 1 relaciona este mismo pasaje con la futura introducción del Mesías en el mundo venidero (véase He. 1:5–6).

Aunque no se registra en las Escrituras, se puede considerar que Dios pudo haber hablado con su Hijo, siendo el Padre eterno y el Hijo eterno, mientras el Hijo se ofrecía sin mancha a Dios a través del Espíritu eterno. ¡Dios halló plena complacencia en el Hijo y en su obra (véase Mt. 17:5; Jn. 19:30)!

Dios le dijo al Hijo: “Tú eres sacerdote para siempre” (v. 6). El Hijo sirve a los intereses de Dios como Sacerdote. El término “para siempre” aparece siete veces en esta epístola, y destaca la satisfacción de Dios en la obra consumada por Cristo, la cual es suficiente y perfecta.

Además, el Hijo se presenta como un modelo para una familia de hijos sacerdotales, un tema importante en esta carta. Como discípulo de Dios en la tierra, Jesús experimentó sufrimiento y aprendió el significado de la obediencia. Ahora nosotros aprendemos de él. Es asombroso pensar que Aquel que está por encima del universo fue un discípulo en la escuela de Dios, aprendiendo lo que significaba obedecer. La Epístola a los Hebreos está dirigida a los creyentes que sufren persecución y se sienten desanimados y cansados (v. 11). Aunque podrían haber sido maestros, necesitaban comenzar de nuevo para disfrutar de las cosas relacionadas con Cristo en el cielo. El Mesías, quien fue rechazado y glorificado, es suficiente para los creyentes de ayer y de hoy.

4.       Oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así. Hebreos 6:9

Este versículo se encuentra en un pasaje a menudo malinterpretado y que muchas veces se utiliza para torcer la doctrina cristiana. No obstante, dejemos que sea un estímulo y un desafío para nosotros. La palabra salvación se menciona siete veces en Hebreos. Nuestra posición “en Cristo Jesús” denota una salvación completa, la cual poseemos y gozamos incluso ahora (véase Ef. 2:1–10). Como creyentes en este mundo, al cual ya no pertenecemos, vamos camino al cielo, con la plena certeza de que alcanzaremos nuestro destino. Mientras tanto, estamos expuestos a ataques y amenazas mortales. La salvación de estos peligros, proporcionada diariamente por Dios, es imprescindible. Además, anhelamos que el Señor Jesús, como nuestro Salvador, venga a buscarnos y transforme nuestros cuerpos para que sean semejantes al cuerpo de la gloria suya (Fil. 3:20–21). Esta salvación se llevará a cabo en el arrebatamiento de la Iglesia (véase 1 Ts. 4:16–18; 1 Co. 15:51–58).

El autor de esta epístola destaca la importancia de progresar, algo que solo es factible cuando confiamos en Dios y nos apoyamos en la obra del Espíritu Santo, mientras que al mismo tiempo nos sometemos a la Palabra de Dios (véase He. 6:1–3). En este contexto, el escritor deja en claro que los milagros que Dios había realizado apuntaban al “mundo venidero, acerca del cual estamos hablando” (He. 2:5). Los creyentes ya vamos camino a él (He. 6:11). Es imprescindible tener fe en sus promesas (v. 12) y al mismo tiempo depositar nuestra confianza en Aquel que está en la gloria—dentro velo (v. 19), donde “vemos a Jesús” (He. 2:9). La expresión “aunque hablamos así” alude a las advertencias que el autor dirigió a quienes les dirigió la carta. Estas advertencias eran necesarias, no para cuestionar su sinceridad o intenciones, sino para subrayar su responsabilidad de proclamar a Jesús como Señor. Dicha proclamación podría acarrear persecución, pero también el respaldo del Señor, pues él es nuestra Esperanza, nuestra Ancla y nuestro Precursor, quien nos asegura nuestra llegada al cielo (véase He. 6:18–20).

5.       Porque manifiesto es que nuestro Señor vino de la tribu de Judá, de la cual nada habló Moisés tocante al sacerdocio… habiendo anunciado Moisés todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo… Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio… y muerto, aún habla. Hebreos 7:14; 9:19; 11:4

Moisés, mencionado once veces en la Epístola a los Hebreos, actuaba como portavoz y legislador, transmitiendo la palabra de Dios con autoridad. Aunque la Ley indicaba que Jesús, el Mesías, siendo de la tribu de Judá, no podía ser Sacerdote, Hebreos demuestra que Jesús sí desempeñó este papel: primero, en la cruz durante su obra redentora (He. 1:3; 2:17) y luego como Gran Sumo Sacerdote en el cielo (He. 2:18; 4:14–16; 10:21). Moisés, que no pudo hablar de estos roles, tuvo la oportunidad de hablar con Jesús en el monte de la transfiguración acerca de los sufrimientos que él enfrentaría en la cruz (véase Lc. 9:30–31). En la Epístola a los Hebreos, estos sufrimientos son mencionados como eventos pasados.

Como legislador, Moisés transmitía los mandamientos de Dios al pueblo y los corroboró con la sangre de sacrificios animales, la cual fue rociada sobre el libro de la Ley y sobre el pueblo (He. 9:19). Este acto servía como advertencia del castigo por cualquier transgresión y desobediencia. Esto contrasta con el sacrificio de Cristo, quien nos salvó del justo castigo de Dios al tomar nuestro lugar: ¡Cuán maravillosa es la gracia del Señor Jesús!

Abel comprendió la necesidad de un sustituto para poder acercarse a Dios: este es el motivo por el que su sangre aún habla. Abel honró a Dios ofreciendo un “más excelente sacrificio”: los primogénitos de sus ovejas y su grosura.

Por otro lado, su hermano Caín pensó que había ofrecido algo más excelente, pero se equivocó, pues tomó del “fruto de la tierra”, la cual había sido maldecida por el juicio de Dios (véase Gn. 3:17; 4:2–3). Caín pasó por alto la necesidad de un sustituto, el cual debía ser sacrificado y su sangre derramada. Este es el mismo error que cometen muchas personas en la actualidad.

6.       Habiéndosele dicho: En Isaac te será llamada descendencia. Hebreos 11:18. Os habéis acercado… a Jesús… y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel. Mirad que no desechéis al que habla. Hebreos 12:22, 24–25

El primer versículo de hoy hace referencia a lo que Dios le dijo a Abraham, el padre de los creyentes: “En Isaac te será llamada descendencia”. Por la fe, Abraham entendió que el sacrificio de su hijo Isaac impulsaría a Dios a actuar con el poder de la resurrección para garantizar el cumplimiento de sus promesas (v. 19). Esto nos conduce a ver al Señor Jesús y su sacrificio, pues Isaac es un tipo de Cristo en este aspecto.

El autor de la Epístola a los Hebreos escribió acerca de la fidelidad de Dios y el perfecto sacrificio de Cristo, no sin antes expresar solemnes advertencias en relación con la disciplina de Dios para corregir y restaurar. El punto que él hace es claro: Jesús es el mediador de un nuevo pacto, el cual establecerá con Israel cuando este sea restaurado en el siglo venidero. La sangre de Jesús fue rociada en la cruz y esta habla mejor que el sacrificio de Abel.

El sacrificio de nuestro Señor Jesús marcó el comienzo de un nuevo orden de cosas. Gracias a ello, los creyentes no tienen que esperar al Milenio para recibir las bendiciones asociadas a él, pues han sido conducidos a una realidad mucho más elevada. Sin embargo, esto también incrementa nuestro grado de responsabilidad. Por lo tanto, debemos prestar atención a Aquel que ahora habla desde el cielo (véase He. 12:25). Él habla con gracia, pero no puede alejarse de la verdad y la justicia.

No debemos ignorar a Aquel que habla. Mayor luz implica mayor responsabilidad. Vivimos en los tiempos de Laodicea, iglesia en la que el Señor ha sido excluido debido a su autocomplacencia (Ap. 3:20).

Lamentablemente, los cristianos han dejado de prestar atención a Aquel que habla desde el cielo. Aunque Abel todavía habla (He. 11:4), el Señor nos insta a escucharlo a él, que es el que habla (He. 12:25). Señor, ¡ayúdanos a escucharte!

7.       Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe. Hebreos 13:7

Hebreos 2:3 hace referencia a aquellos que tuvieron la oportunidad de ver y oír a Jesús personalmente cuando él estuvo en la tierra. Estos discípulos transmitieron luego el mensaje a la siguiente generación, quienes a su vez nos lo confirmaron. Al hablar de nosotros, el autor de la Epístola se identifica con otros escritores del Nuevo Testamento, con el pueblo de Dios y con los creyentes de la actualidad.

Los testigos que el Señor había designado, tal como se narra en el Libro de Hechos, recibieron de su parte el don de liderazgo para guiar a los creyentes. El término pastores o guías hace referencia a las capacidades morales y espirituales que Dios otorga, mientras siguen a Cristo como su principal modelo y líder. Los creyentes deben reconocer a tales líderes, “a los que trabajan entre vosotros” (1 Ts. 5:12). Este reconocimiento implica estar dispuestos a seguir su guía e instrucción, colaborando con ellos.

El versículo comienza con la palabra acordaos. Este nos sugiere que tales lideres ya habían partido a la presencia del Señor. Debían acordarse de ellos y su liderazgo.

En primer lugar, debían recordarlos porque habían proclamado la Palabra de Dios, no meras palabras o ideas humanas, ni programas ni agendas humanas.

En segundo lugar, debían recordarlos por su fe. Las generaciones futuras debían imitar esta fe, no sus formas, costumbres o prejuicios personales.

En tercer lugar, debían recordarlos por el resultado de su andar espiritual, el cual daba autoridad a su enseñanza. Estos pastores que ya no estaban con ellos, respaldados por su conducta, habían sido ejemplos para grey (véase He. 13:17; comp. 1 P. 5:3).

¡Estas consideraciones son cruciales para quienes aspiran a ser guías o conductores en el pueblo de Dios en la actualidad!

Alfred E. Bouter

Cristo el cumplimiento de las promesas

 

Hebreos capítulo 6


“Por tanto”: Estas palabras las cita el escritor a lo menos ocho o nueve veces en su epístola, para aseverar con el positivo las enseñanzas que viene dando respecto a la superioridad de Cristo a los pactos, las promesas, y a toda la economía Mosaica. Pablo insta al creyente a avanzar “adelante a la perfección”. (v. 1) Cita siete sinuosidades rudimentarias, catequistas que enseñaban como doctrina los rabinos.

De las cosas del principio debe quedar solamente un recuerdo opaco. Una cosa no debemos olvidar y es, “la purificación de nuestros antiguos pecados”, pero no para tener un nuevo remordimiento. Hay pues, una tendencia natural que, si alcanzamos un mayor conocimiento, o alguna prosperidad, nos olvidamos del día de las pequeñeces. Nuestro desarrollo en el conocimiento de Cristo debe ser progresivo. “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado, pero una cosa hago; olvidando cierta mente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está adelante” (Filipenses 3:13). Los versículos 4 al 8 por su solemnidad han sido muy discutidos, dan mucho que pensar, que preguntar, que conjeturar. Mi juicio particular es, que hubo algunos que llegaron a una altura muy elevada, porque subieron verticalmente sin pasar por desiertos, por montañas, por hoyancos, por naufragio, por azotes, por cárcel, por vergüenzas y afrentas donde era necesario ejercitar la fe. Los tales cayeron de sus alturas porque volvieron al formalismo, a las ceremonias y a las obras muertas de sacrificios simbólicos. A veces hemos llegado muy rápido a la cima de una montaña arrellanado en el cómodo asiento de un teleférico, sin considerar los múltiples sufrimientos de aquellos que suben a pie y ayudan a otros a subir también.

Había los fieles que seguían escalando por la fe y la paciencia, imitando al Señor, glorificándole por medio de sus obras y trabajo de amor mostrado a su Nombre. Con su servicio a los santos hacían que otros alabaran al Señor; mientras que los otros lo exponían vituperios.

No es que Abraham no haya cometido sus travesuras de impaciencia, pero en cuanto a su fe no hay quien lo sobrepase; y Dios que vio el fin desde el principio le dio al hombre de fe las más excelentes promesas. Ya mucho antes sin juramento, Abraham había creído a Dios; de modo que el juramento que Dios hizo a Abraham no fue tanto por Abraham, sino por los que más adelante iban a dudar con incredulidad de las promesas de Dios. En los tiempos patriarcales el juramento era el único y todo el honor del hombre establecido y confirmado en su palabra dada; pero en las dispensaciones posteriores y en la era presente, el hombre ha cambiado mucho, ese cambio no se debe al tiempo, mucho menos a la palabra de Dios; la enfermedad radica en el corazón del hombre que es malo desde el principio. Es muy notable que el pueblo de mayores privilegios. donde se vieron las maravillas más portentosas, se distinga como el más incrédulo. El paso a pie por un correas o cintas por indicación de camino abierto en el mar rojo, el maná venido del cielo, la roca herida donde manó corrientes de aguas, los milagros del Señor ante sus ojos, su palabra prodigiosa, su muerte vicaria, su resurrección de entre los muertos, le acreditaron como el Antitipo y cumplimiento de todas las promesas. El pueblo que vio todas aquellas maravillas, es el que dijo: “Quien nos diera a comer carne. Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, los melones. los puerros, las cebollas y los ajos; y ahora nuestra alma se seca, pues, nada sino este maná ven nuestros ojos” (Números 11:4-6). Ahora son algunos de sus descendientes que cayeron de la gracia volviendo a edificar lo que antes destruyeron.

¿No es esto lo que algunos de los gálatas estaban haciendo? Tampoco es extraño si algunos hoy llamados hermanos, en su desobediencia a la palabra de Dios uniéndose en yugo desigual, van a un religioso romanista para que les haga la ceremonia religiosa de su matrimonio. Otros volviéndose a las fábulas encienden velones a los demonios, usan medallones de José Gregorio Hernández, o de la Coromoto, se cruzan el cuerpo con correas o cintas por indicación de brujos espirituales.

En cuanto a los fieles dice: “A fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas”. (v. 12) Sigamos escalando, subiendo, subiendo. Nuestra carrera es cerro arriba; el corazón firme, robusto, siguiendo las directrices de la cabeza que es Cristo, “en virtud de quien todo el cuerpo nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios”. (Colosenses 2:19) Muchos han llegado a la cima, muchos más van subiendo y subiendo. No sueltes, pues, la mano del ancla al cual estás asido. “Ya que el Señor entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre”. (vv 19,20)

José Naranjo

La Mujer que agrada a Dios (9)

La Mujer en el Hogar                                                                  Fay Smart y Jean Young 

RELACIÓN CON EL MARIDO

Ya hemos estudiado la relación de marido y esposa en Efesios 5:22-25: "Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella." Otros pasajes exhortan a la esposa a estar sujeta a su marido (Col. 8: 18; I P. 3: l). ¿Qué significa estar sujeta? El diccionario dice: “Someterse a la autoridad o dominio de otro.”  ¿Degrada esto a la mujer? No, de ninguna manera; es simplemente lo ordenado por Dios, diseñado para el bienestar de la humanidad.

Las distinciones entre lo masculino y femenino, según las determinó Dios, son importantes. El movimiento actual para anularlas es una amenaza para el matrimonio y para la sociedad, porque el matrimonio es fundamental para una sociedad firme y estable. El mandato de Dios para la esposa es sumisión, no servidumbre; para el marido es autoridad modelada en Cristo "quien se dio a sí mismo" El ideal es la consideración amorosa del uno para el otro y el respeto mutuo. Esta actitud se promueve cuando hay un espíritu de franqueza y diálogo. El marido y la esposa que comparten la misma meta en la vida: vivir para agradar a Dios, y que regularmente leen la Biblia y oran juntos como "coherederos de la gracia de la vida", tendrán poca dificultad con los conceptos de sumisión y autoridad. Cuando ambos están rendidos al Señor, todas las otras relaciones caerán en su lugar apropiado. El matrimonio cristiano es la unión de un hombre y una mujer, iguales en valor, complementándose en función y en armonía el uno con el otro porque Dios tiene el primer lugar en la vida de cada uno.

En el caso de una pareja en la cual el marido está fracasando en el Cumplimiento de su deber como lo indica Efesios 5:25, la esposa, aun así, debe ser obediente a su deber indicado en Efesios 5:22. De igual manera, si la esposa fracasa en su obligación, el marido no obstante deberá ser fiel a la suya. El deber de cada uno es claro y no depende de lo que haga el otro. El mandato para cada uno es sencillo y se deberá cumplir en obediencia al Señor, no importa cuál sea el comportamiento de uno o del otro.

Alguien dijo: " Si el marido desea ser tratado como un rey, debe tratar a su esposa como en a una tratarlo reina.  Si él trata a su esposa como reina, ella no tendrá dificultad de tratarlo rey."  Debe a su esposa haber como respeto reina, mutuo ella (Ef. 5:33; I P. 3:7), consideración mutua en las relaciones conyugales (l Co.7:3-5), y reconocimiento de interdependencia (1 Co. 11:8-12).

La esposa debe cumplir sus responsabilidades en el funcionamiento del hogar tan fielmente como ella espera que su marido cumpla las suyas en su empleo diario. Proverbios 14: 1 dice: " La mujer sabia edifica su casa." Tomar todas las piezas que componen su vida y darles forma de un modo creativo es un reto. Ciertamente hay tareas rutinarias y poco placenteras en el trabajo de ama de casa, pero ningún trabajo es degradante. Se nos ordena trabajar con nuestras manos (1 Ts. 4:11; Ef. 4:28). Nuestro Señor lo hizo y el apóstol Pablo también. El hacer las cosas con amor, el dar de nosotras mismas sin resentimiento, hará cualquier tarea más liviana.

RELACION CON LOS HIJOS

No es una responsabilidad pequeña ser esposa y madre piadosa. Si bien un niño recibirá sus conocimientos de Dios por conducto de ambos padres, la influencia de la madre es mayor en los primeros años de su vida. Los años preescolares son formativos y la importancia de la instrucción y el ejemplo piadoso de la madre no se pueden sobreestimar. Hemos visto ejemplos de esto en los hijos de Jocabed y Ana.

De manera creciente se nos hace entender la importancia que tiene el amor en el desarrollo total de un infante. Sin embargo, los medios de comunicación con mucha frecuencia traen noticias de niños rechazados. Verdaderamente, como mujeres cristianas, debemos derramar nuestro amor, no tan sólo sobre nuestros hijos sino también sobre cada uno de aquellos con quienes nos encontramos, particularmente sobre los que tienen necesidades especiales. "El que recibe en mi nombre a un niño como éste, me recibe a mí", dijo el Señor Jesús (Mt. 10:42; Mr. 9:37).

En nuestros días, cuando tantas mujeres trabajan fuera del hogar, hacemos bien en detenernos a examinar esta práctica. En caso de necesidad económica, y hay muchos casos así, no hace falta discutir el asunto. Pero cuando la madre trabaja sólo para poder obtener algunas cosas suplementarias para la familia o la casa, o para lograr un nivel de vida más alto, ella debe estar bien segura de que no está perdiendo más de lo que gana. Una persona que se encarga de cuidar a los niños o un centro de cuidado de niños no puede tomar el lugar de la madre para amar y educar al niño. Los días preescolares son de mucho valor y en total muy pocos. La madre debe tener tiempo para llevar a su hijo en paseos al aire libre y desarrollar en él un amor hacia la naturaleza, para leerle, cantar y orar, para jugar, para elevar cometas, para compartir su entusiasmo por las cosas que va descubriendo diariamente en el mundo que lo rodea, para enseñarle la diferencia entre el bien y el mal, para mostrarle que él es una persona importante, hecha por Dios y de valor para Dios. Esos primeros días de intercambio y comunión son necesarios si la comunicación ha de conservarse en y a través de los trece a los diecinueve años. Siempre que sea posible la madre debe encontrarse en el hogar cuando sus hijos estén allí.

Alguien ha dicho: "El hogar debe estar impregnado de una fragancia amorosa" y se refería a los aromas que salen de la cocina. El hogar debe ser un sitio de bienestar y amor, cálido y acogedor, un lugar de belleza ya que el amor nos debe ayudar a realizar las cosas con hermosura. ¿Qué recuerdos de su hogar llevarán nuestros hijos en el transcurso de su vida? Ser ama de casa puede ser la ocupación de mayor creatividad y satisfacción que una mujer sea capaz de desempeñar.

Parte sumamente importante de la labor de una madre es el entrenamiento y la disciplina de sus hijos. Es responsabilidad mutua del padre y la madre, pero como el padre no está en el hogar todo el día, gran parte de la carga necesariamente recae sobre la madre. Su guía debe ser la Palabra de Dios y es tan sólo por medio de la oración y la dependencia en el Señor que llega a ser capaz para afrontar esta responsabilidad.

Deuteronomio 6:6, 7 dice: "Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes." Estas son instrucciones que Moisés dio a Israel, pero las mismas son igualmente aplicables en el día de hoy. La palabra de Dios debe estar primero en nuestros corazones. "La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros" (Col. 3: 16), Ninguna madre puede permitir que le falte su tiempo a solas con el Señor, leyendo la palabra y orando día tras día. ¡Qué privilegio es enseñar a nuestros hijos acerca del Señor! Esto debe comenzar en la infancia y debe ser una parte natural de la vida diaria: hablar a Dios mientras se está en la casa, se camina al aire libre, a la hora de acostarse y en la mañana al levantarse, como Deuteronomio lo recomienda. También debe haber un tiempo cada día cuando toda la familia se reúne para leer la Biblia y orar. Esto puede ser a la hora del desayuno, la comida o en cualquier hora conveniente, pero debe ser una parte regular del programa de la familia, cuidadosamente planificado y observado.

Disciplina es una palabra que rechazamos. Significa fijar los límites de conducta para nuestros hijos. Si el niño deliberadamente cruza los límites marcados debe ser castigado. El conocer las reglas y saber desobediencia siempre será castigada, le da al niño un sentimiento de seguridad. Efesios 6:4 dice: "No provoquéis a ira a vuestros hijos" No regañe sin cesar para así provocar su ira o resentimiento. Debemos formular cuidadosamente nuestros propios valores y normas para la familia, para después instruir a nuestros hijos en estos principios bíblicos para que ellos comiencen por sí solos a tomar decisiones correctas en base de lo que ellos han aprendido. Esta es nuestra meta para ellos.

Sobre todo, debemos orar por nuestros hijos. En esto tenemos el ejemplo de Abraham (Gn. 17: 18) y David (1 Cr. 29:19). Se nos advierte en contra de la demostración de parcialidad: amar a un hijo más que a otro, por medio de los ejemplos tristes de Isaac y Rebeca (Gn. 25:28 Jacob (Gn. 37:3). Esto causa estragos en la vida familiar. También somos advertidos en contra de la indulgencia y la falta de corrección a nuestros hijos mediante el ejemplo del desastre familiar que se produjo en la familia de Elí, donde el juicio cayó "porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado" (1 S. 3:13).

VECINOS

La influencia de un hogar cristiano debe traspasar las paredes de ese hogar. ¿Es nuestro estilo de vida diferente al de nuestros vecinos? ¿Pueden ellos ver en nuestra familia algo de lo que ellos carecen y que les gustaría tener? La atmósfera de un auténtico hogar cristiano debe ser algo totalmente nuevo para los amigos de sus hijos que entran y salen de su casa y para los vecinos que lo visitan. Una familia feliz Y unida, en un hogar lleno de amor, no es un cuadro muy común en estos días.

La primera parte de esta lección concierne a las esposas y las madres, no atañe a la mujer soltera; pero las mujeres solteras tienen algún tipo   de hogar y vecinos a quienes ellas pueden mostrar el amor de Cristo Una amistad sincera y una voluntad dispuesta a ayudar y servir a otros siempre son apreciadas.

CARACTER Y ROPA

Dos pasajes que hablan de la mujer cristiana son 1 Timoteo 3:11 Y 2:3-5. Un resumen de los adjetivos que se mencionan allí incluye honestas, sobrias, prudentes, castas, buenas, cuidadosas de sus casas reverentes en su porte.

En cuanto a la ropa, I Pedro 3:3, 4 destaca, no el adorno externo más bien la belleza del espíritu. 1 Timoteo 2:9, 10 requiere ropa decorosa y modesta, sin ostentación y sin atracción indebida hacia nosotras. Busquemos en este asunto, así como en todos los otros, ser agradables a Dios. Seamos cuidadosas de dedicar más tiempo al desarrollo de la belleza interna del carácter que el que dedicamos a adornar nuestros cuerpos.

DEL HOGAR PARA EL SEÑOR

La hospitalidad es un ministerio que es altamente estimado por el Señor por su pueblo (l P. 4:9; Heb. 13:2). No es necesario tener una casa grande, bien equipada y ofrecer comidas espléndidas. Una persona soltera, viviendo en una sola habitación, puede mostrar hospitalidad. Un recibimiento afectuoso y una comida sencilla pueden brindar gozo y las mujeres solteras que practican la hospitalidad tienen vidas mucho más abundantes. 

Mucho servicio cristiano puede realizarse en el hogar. Aquí hay algunas sugerencias:

l. Clubes de niños. Muchos niños han llegado a conocer al Señor a través de clubes de niños en el hogar. Aquellas que sienten que no pueden enseñar, pueden ofrecer el uso de sus hogares una tarde a la semana y ayudar a la maestra en distintas formas.

2. Hora del café para mujeres. Estas han probado ser muy efectivas en alcanzar a las inconversas y también en ayudar a las jóvenes cristianas a crecer. Una vez más, aquellas que sienten que no pueden enseñar, pueden abrir sus hogares, invitar a sus vecinas, suministrar el café y apoyar con la oración a la hermana que esté dirigiendo al grupo.

3. Estudios para matrimonios. Parejas que se reúnan una noche a la Semana para estudiar la Palabra y orar, crecerán unidas aprendiendo juntas verdades eternas y formando amistades profundas y dura-

4. Otras actividades. Tal vez algunas sentirán que no les es posible encontrar tiempo para los ministerios que se han mencionado, pero hay aún otras cosas que se pueden hacer desde el hogar, tales como: a) Hablar por teléfono con quien está enferma o sola. b) Hacer galletas o cocidos para ayudar a una familia o una enferma que está en necesidad (o sólo para decirles "te quiero" de un modo práctico). c) Usar una destreza a como misioneros coser o tejer para hacer cosas para otros. d) Escribir cartas a misioneros o enfermos contando algo de la familia, de la iglesia o de los amigos. e) ¡Orar! Este último es del más grande de todos los ministerios y tal vez el más descuidado. Pero “todo lo que hagáis, hacedlo todo para la gloria de Dios (1 Co. 10:31).


COSAS QUE DIOS NO PUEDE HACER

 ¿De veras hay cosas que Dios no puede hacer? ¿No puede Dios hacerlo todo? Examinemos la Biblia para ver lo que Él mismo dice:

1.       Dios No Puede Mentir

“Pues sí”, dices, “está claro que Dios no puede mentir”. Esta puede parecer algo obvio o incluso de trampa, pero aun así es absolutamente cierta. La misma Palabra de Dios lo expresa así. “Dios, que no miente” (Tit. 1.2). Dios es el único que puede afirmar eso. Aun Balaam sabía esto, pues en Números 23.19 declaró: “Dios no es hombre, para que mienta”. Hebreos 6.18 declara: “Es imposible que Dios mienta”.

2. Dios No Puede Cambiar

“Por supuesto que no”, dices, “Dios no puede cambiar”. Esto también es una verdad obvia. Dios la afirma en Su Palabra, en Malaquías 3.6, “Yo Jehová no cambio”. Esta es otra característica que pertenece solamente a Él. En Hebreos 1.10-12 leemos: “Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, más tú permaneces; y todos ellos se envejecerán como una vestidura, y como un vestido los envolverás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no acabarán”.

3. Dios No Puede Permitir Que Los Pecadores Entren Al Cielo

“Bueno”, dices, “esto no lo tengo tan claro. NO sé si lo creo o no”. Pero, ¿cómo sabemos que esto es absolutamente cierto? Porque es Dios mismo que nos lo asegura, y recuerda, Él no puede mentir, como tampoco puede cambiar. Entonces, si Dios lo ha dicho, es verdad, y será así para siempre. Jesucristo dijo en Juan 3.3 y 5, “De cierto, de cierto [sin duda] te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios... De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”.

Con razón uno podría dudar de la veracidad de lo que los hombres afirman. Pero lo que encontramos en la Palabra de Dios (la Biblia) es absolutamente verdad, y verdad para siempre (Salmo 119.89). Ahora bien, si Dios no permitirá a los pecadores entrar en el cielo, es una noticia muy mala para todos nosotros, porque Él también declara que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3.23). Puede ser difícil aceptar eso, pero hay que afrontarlo. Quizás antes creías que no eras mala persona, pero ahora, por lo que Dios ha dicho, sabes que eres pecador. La Biblia dice en 1 Juan 1.10, “Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él [a Dios] mentiroso”. Pero, ¿acaba aquí la historia? ¿No existe ninguna manera de llegar al cielo? Vamos a seguir viendo las palabras de verdad que Dios nos ha dado. En Juan 14.6, Jesucristo dice: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. Explica que no hay varios caminos, sino uno solo, y es Jesucristo mismo, porque solo Él murió por nuestros pecados. “Siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5.8). Sabemos que es así, porque Dios lo ha dicho, y Él no miente ni cambia. “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4.12). La salvación es solo por Jesucristo.

En una escena en la Biblia un hombre preguntó: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” La respuesta fue: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16.30-31). Si preguntas: “Pero, ¿no hay que hacer nada más?”, Dios responde: “Por gracia sois salvos por medio de la fe... no por obras” (Efesios 2.8-9). Simplemente cree a Dios, y confía en el Señor Jesucristo. Su Palabra es eternamente verdad (Salmo 119.160). Ahora sabes que eres un pecador condenado; sabes que no hay salvación por medio de buenas obras, rezos, o sacramentos. Sabes que Jesucristo llevó tus pecados en Su cuerpo, y murió por ti. Sabes que debes confiar en el Señor Jesucristo para ser salvo. Esas verdades están en la Palabra de Dios, y Él no miente ni cambia.

Pero hay que hacer más que saberlo. Hay que responder. Jesucristo manda: “Arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1.15). Dios promete perdón y vida eterna a todos los que, arrepentidos, confían en el Señor Jesucristo.

Tiempo devocional matutino

 Hazme oír por la mañana tu misericordia, porque en ti he confiado; hazme saber el camino por donde ande, porque a ti he elevado mi alma. Salmo 143:8

Al buscar la presencia del Señor cada mañana, ciertamente experimentaremos el pleno gozo de sentir su bondad amorosa, la cual refrescará, alimentará, animará y fortalecerá nuestras almas. Entonces seremos capaces de enfrentar cualquier necesidad o prueba que tengamos que afrontar durante el día.

Por otro lado, nuestras oraciones matutinas siempre deberían centrarse en buscar la clara dirección de Dios para nuestro camino diario. Debemos reconocer que nuestra sabiduría personal no es suficiente para guiarnos, incluso en los asuntos más triviales. Algunos pueden pensar que Dios no se interesa por los pequeños detalles de nuestra vida diaria, pero eso no es así. Dios se preocupa por cada detalle de la vida del creyente, así que debemos acudir a él con confianza, pidiéndole que nos guíe claramente en todo. Cuando hayamos entregado todo a él, no necesitaremos preocuparnos por cada detalle, sino que podremos confiar en que Dios responderá a nuestras oraciones y nos guiará de la manera que él considere más adecuada.

Además de orar con verdadera confianza, Dios espera que meditemos en su Palabra, ya que es ahí donde realmente aprendemos su voluntad para nosotros. Si descuidamos esto, estamos ignorando la única y verdadera fuente de instrucción que Dios nos ha dado. Aunque no encontremos instrucciones específicas o detalladas para un asunto particular en nuestro camino diario, los principios de la Palabra de Dios quedarán grabados en nosotros de tal manera que no nos costará discernir su voluntad en todos estos asuntos cotidianos. “Tú me enseñaste… De tus mandamientos he adquirido inteligencia; por tanto, he aborrecido todo camino de mentira. Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sal. 119:102, 104–105).

L. M. Grant

Lecciones que aprendí en mi asamblea (1)

Conversión y primeras experiencias

 Peter Fleming

Fui conducido al conocimiento del Señor en los días gloriosos del Gran Avivamiento y de cosecha espiritual que arrasó las Islas Británicas en 1859 y 1860. ¡Qué tiempos aquellos! Se palpaba en aquel movimiento una fluidez y plenitud del poder del Espíritu en la predicación como nunca más he visto. No había mucha exposición de la doctrina del Evangelio sino mucha advertencia del juicio venidero y el peligro de descuidar la necesidad de una reconciliación con Dios. ¡Qué aprehensión tenía la Palabra al ser predicada!

Y, el regocijo de los convertidos no conocía límite. Los cantos eran maravillosos, tal vez no desde el punto de vista musical, sino como melodía que salía del corazón, de la cual habla el apóstol en Efesios 5.19. No se empleaba un coro de cantantes selectos, sino que todos cantábamos y el canto de corazones llenos de Cristo tenía un gran efecto sobre los inconversos. Me emociono al recordar aquellas grandes reuniones de miles de oyentes que atendían a la invitación de la honorable Duquesa de Gordon en Huntly, virtuosa dama sumamente interesada en ellas. Parecía que cielo y tierra se unían mientras entonábamos alabanzas a Dios en aquellas verdes colinas escocesas. Uno de los presentes en estas reuniones escribió hermosamente:

Acaso recordamos aquellos cantos,

aquella dulce melodía,

¡cómo podemos olvidarnos!,

que al cielo y tierra unían.

 

Sí, cantado hemos los mismos

cantos pero nunca, jamás diría

que olvidar esos primeros cantos

nuestro corazón podría.

 

Pero, esos primeros días de frescura y celo por el evangelio pasaron. La marea alta de la bendición cedió, y los creyentes nuevos tuvimos que buscar orientación y ayuda en las cosas espirituales en cualquier lugar donde pudiéramos encontrarla. Donde yo vivía en ese entonces,

hace sesenta años ya, toda persona que se llamaba a sí misma cristiana era muy cumplida en asistir a una iglesia protestante. Algunos iban a las reuniones de una denominación y otros a las de otra, pero todos insistían en ser miembros de alguna “congregación”, como decíamos.

Nunca se oía esa palabra bíblica asamblea, aun cuando ésta es la única traducción verdadera del término griego ecclesía que el Nuevo Testamento emplea para describir el pueblo que Dios ha separado del mundo en derredor.

 

Reverendos

Unos pocos reverendos de las iglesias establecidas se habían incorporado plenamente en la ola de despertar y avivamiento, regocijándose en la salvación de muchas almas y participando en las bendiciones derramadas. La mayoría del clero cristiano hacía caso omiso de todo eso y algunos se oponían amargamente. En ese movimiento de 1859 y 1860 Dios tuvo a bien usar mayormente a los llamados laicos para conducir las almas a Cristo. Estos eran llamados así por el clero para distinguirlos de esos ministros de religión que habían recibido su título de una universidad o seminario y habían sido “autorizados” por hombres para ser ministros de la Palabra de Dios.

Estoy convencido de que Dios usó en aquel avivamiento a todo tipo de hombres precisamente para aflojar el apretón del clero sobre su pueblo en las diversas denominaciones. Los trabajadores que Él empleó eran de la nobleza y de las minas de carbón; eran terratenientes y peones; abogados y barrenderos; militares y oficinistas.

Fueron ellos los que llevaron el evangelio a sus prójimos, y los ojos de muchos cristianos fueron abiertos para ver que todo el sistema del clero era algo inventado por hombres y no por Dios. Se dieron cuenta de que el esquema de “los ministros de religión” era un estorbo en vez de un medio divino para la realización de su obra.

Por supuesto, había en aquel entonces, como hay ahora, hombres espirituales y capacitados entre los reverendos o ministros “autorizados”. Pero su éxito en ganar almas o alimentar y cuidar a los convertidos se debía a la gracia que Dios les dio y el don que el Espíritu les concedió, y no a algo aprendido en una universidad ni algo recibido por la ordenación de sus autoridades eclesiásticas.

Uno de los mejores de ellos me dijo una vez: “Si yo no hubiera renacido antes de comenzar en la escuela de teología, jamás habría sabido de mi necesidad estando allí. Y, si el Señor no me hubiera dado un corazón de amor por las almas, y alguna capacidad para ganarlas, jamás la habría conseguido por el estudio de idiomas muertos y teologías secas”.

 

Asistencia a la iglesia

Así, uno asistía a la iglesia cada domingo y a veces recibía algo que le ayudaba en la vida cristiana. Pero lo más común era un balde de agua fría para apagar nuestro “fervor avivamentalista” y muchas veces una arenga contra “la presunción de los que dicen estar seguros de ser salvos”. La experiencia nos enseñó a no esperar algo mejor en nuestras iglesias tradicionales del protestantismo.

Se daban casos de momentos de refrigerio, pero éstos se marchitaban pronto, y volvíamos al sermón seco, el discurso teológico y el evangelio de obras al estilo de los gálatas. No había una verdadera explicación de la Palabra de Dios ni un esfuerzo por trazar bien la Palabra. Lo cierto es que había poca exposición bíblica en el ministerio corriente.

 

Reunión de oración y estudio bíblico

Nos reuníamos una vez durante la semana para orar, y francamente eran ocasiones gratas. Por eso, se propuso llevar a cabo estudios bíblicos, cada cual aportando lo que podía. Aquellas sesiones nocturnas en torno a la Palabra eran ocasiones de verdadera ayuda en nuestra vida espiritual. La exposición —la entrada— de la Palabra alumbra, como dice Salmo 119.130. En esos estudios sencillos vimos verdades que nunca oímos desde la tribuna de la iglesia. Llegamos a esperar más de aquellas reuniones irregulares que de los servicios formales de cada domingo. Pero seguimos en nuestras respectivas iglesias porque no conocíamos otra cosa. No habíamos aprendido lo que sabríamos un poco más adelante por la misericordia del Señor; o sea, que aun aquí en la tierra Dios tenía para los suyos algo mejor que esa condición estéril.

¡A su nombre gloria! Ahora en la vejez me acuerdo bien de aquellos días cuando íbamos poniendo por obra las pequeñas cosas que aprendíamos. Con cada paso recibíamos algo más. Pero, había aquellos que no querían tomar el próximo paso, y ellos retrocedieron, volviendo poco a poco al mundo y perdiendo el gozo de la salvación.

 

Falta de ministerio útil

Fue en esta época que se tomamos como propia la verdad del creyente aceptado por Cristo y unido a otros creyentes a través de Él. Fuimos ayudados por los escritos de varios autores.1 En el sistema presbiteriano había uno que otro hombre anciano, realmente renacido y capaz en la exposición de las Escrituras.2 Y, de vez en cuando recibimos visitas de evangelistas que habían sido usados poderosamente en el Gran Avivamiento.3 Este apoyo lo recibíamos esporádicamente, pero sirvió para permitirnos ver que había mejores cosas que las que conocíamos en nuestras iglesias.

 

Cristo entregado

 

El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, Mateo 17.22.

Veamos cinco motivos por la entrega:


1. Judas entregó a Cristo por treinta piezas de plata a causa de su codicia; véase Mateo 27.3,4.

El terrible pecado de la codicia tuvo su principio en el Edén, cuando Eva codició el fruto del árbol prohibido para alcanzar la sabiduría; Génesis 3.6. ¡Cuán funestas fueron las consecuencias! Ella se rebeló contra su Creador y llevó a su marido consigo a la ruina espiritual. En su desarrollo la codicia engendra la avaricia, uno de los seis pecados mayores que se nombran en 1 Corintios 5.11 que exigen la excomulgación del culpable.

La codicia alcanzó su mayor proporción cuando Judas traicionó al Salvador en manos de sus enemigos. Cristo pronunció su maldición sobre Judas, diciendo: “¡Ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado!” Mateo 26.24. Le llamó “el hijo de perdición”.

El apóstol Pablo denuncia el amor al dinero, diciendo: “Las muchas codicias necias y dañosas hunden a los hombres en destrucción y perdición”, 1 Timoteo 6.9. La codicia es responsable por más crímenes que cualquier otro mal.

2. El motivo por el cual el concilio entregó a Cristo en manos de Pilato fue la envidia; véase Mateo 27.18.

La envidia motivó el primer crimen fuera del Edén, cuando Caín mató a su hermano Abel. En Proverbios 14.30 leemos que la envidia es carcoma, o podredumbre, de los huesos. Hace sus funestos estragos entre jóvenes y ancianos, sea en la familia, entre amigos o en la asamblea.

El colmo fue cuando los mismos judíos, gente de los más elevados privilegios, fueron cegados por la envidia a tal extremo que demandaron la destrucción por crucifixión de su verdadero Mesías. Ese acto les costó la destrucción total de su ciudad y templo además de la matanza despiadada de tantos de ellos y de sus hijos. Debemos orar y velar para que no seamos tentados así.

3. El motivo de Poncio Pilato al entregar a Jesús fue la conveniencia.

El no tuvo valor en sus convicciones. Pilato sofocó la voz de su conciencia, sometiéndose al clamor popular. En Hechos 4.27 su nombre aparece después del de Herodes en las filas de los que se opusieron a nuestro Señor. ¡Infeliz hombre con su decisión fatal! Muchos son los que buscan la salida más conveniente, aunque esté en pugna con su conciencia y su convicción.

Pilato se lavó las manos en agua, diciendo: “Inocente soy yo de la sangre de este justo”. Enseguida azotó a Jesús y le entregó para ser crucificado; Mateo 27.24,26. Fue el primero en sacar la sangre, y el responsable por todo lo que nuestro amado Salvador tuvo que sufrir. Se ve el peligro de apagar la voz de nuestra conciencia y actuar contra nuestras convicciones, sea por complacer a otro o por miedo de sufrir oprobio.

Habiendo notado el lado humano, consideraremos ahora el lado divino en la entrega del Señor Jesucristo a la muerte.

4. El motivo divino fue el amor.

“De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo”. “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo”, 1 Juan 4.9. En Hechos 2.23 leemos que Cristo fue entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios.

Según Romanos 8.32 el Padre no escatimó a su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros. El mismo versículo nos indica que su objeto fue el de darnos todas las cosas con Cristo. Este amor de Dios en su inmensidad ha sido derramado en nuestros corazones por su Espíritu que nos ha sido dado.

¿Cuál debe ser la reacción nuestra a un amor tan inmerecido, inagotable, más ancho que el mar y más alto que el cielo? Debemos amarle con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas y con toda nuestra mente; Lucas 10.27.

5. El amor infinito fue también el motivo por el cual el Señor Jesucristo se entregó a sí mismo a la horrenda muerte de cruz. Dice el apóstol en Gálatas 2.20: “... el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

El amor de Cristo es la potencia mayor en la vida cristiana. Pablo pudo decir que el amor de Cristo nos constriñe. Este motivo fue el secreto de la devoción dinámica y el servicio incansable de aquel ilustre esclavo de Jesucristo. Produjo en él la carrera más admirable en toda la historia cristiana.

“Si me amáis, guardad mis mandamientos”, dijo el Señor. Si queremos descubrir en qué medida hemos alcanzado este objetivo, consultemos 1 Corintios 13. La asamblea de Éfeso dejó su primer amor. Demas abandonó al apóstol en Roma porque había cambiado el amor de Cristo por el amor al mundo. ¡Qué negocio tan fatal!

Santiago Saword