lunes, 8 de agosto de 2016

Joab: Capaz y malintencionado (Parte III)

Contra los jebuseos

    A Joab se le asignó formalmente el mando de las fuerzas de David en reconocimiento de la proeza que manifestó al subyugar a los jebuseos. Esa gente había continuado en la tierra, viviendo entre los israelitas desde que Josué había conducido al pueblo de Dios a Canaán siglos antes. Ahora estaban haciendo ver de nuevo la verdad de las palabras pronunciadas por el ángel de Jehová en Boquim: “Serán azotes para vuestros costados, y sus dioses os serán tropezadero”, Jueces 2.1 al 5.
Fue justamente en la ocasión que David había sido aceptado por fin por los ancianos de todo Israel y ungido rey en Hebrón, que estos jebuseos mostraron su desprecio y desobediencia. Al verle presentarse como cabeza de una nación reunida, le desafiaron: “Tú no entrarás acá”, 2 Samuel 5.6. Enojado ante semejante actitud, David ofrece el más alto título militar al primer oficial que encabece un ataque exitoso.
Pero Joab no se conformó con aplastar al enemigo. Leemos que, ocupado David en fortificar el cuartel Milo: “Joab reparó el resto de la ciudad”,1 Crónicas 11.7. (La llamaron la Ciudad de David, a saber, Jerusalén). Para Joab no bastaba una ruina despoblada; él consideraba que despojarla de los incircuncisos era sólo el primer paso, y el complemento de su victoria debería ser la restauración del territorio conquistado.
Los hijos de Israel se habían conformado con la presencia de los jebuseos en su territorio; habían estado allí tanto tiempo que no parecía algo anormal. Esta conformidad con los jebuseos espirituales entre nosotros es fatal. Tantas veces dejamos de protestar una doctrina sospechosa o una tradición de hombres, no queriendo correr el riesgo de agitar la superficie de las aguas. Pero Juan es firme en su mandamiento: “Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido!” 2 Juan 10.
Hay muchos de los tales en nuestros tiempos y generalmente un verdadero creyente los puede identificar. ¿Pero qué de las herejías que se han hecho casi una moda en algunas partes? ¿Las toleramos porque algunos hermanos las abrazan? Lejos esté de cualquier hermano con un sincero interés en el bienestar del pueblo de Dios, sentarse tranquilamente a un lado y dejar a otros, por bien intencionados que sean, pervertir la plenitud del evangelio de la gracia. Que estas enseñanzas, y estos maestros, sean tratados con franqueza y con base en las Escrituras.

En esto Joab puede ser ejemplo. Él venció al enemigo y luego compuso el desorden que encontró. Esta capacidad es exigida al que aspira hacer la obra de anciano, llevando en mente la exhortación que Pablo da en Tito 1.9: “Es necesario que el obispo sea … retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario