domingo, 6 de enero de 2019

DIGNO DE CONSIDERAR

El viaje que emprendemos, lo que es un símil de la vida cristiana, nos encontramos con distintos tipos de personas, como lo hacía el protagonista de la inmortal obra de Bunyan “El Progreso del Peregrino”, y cada uno de ellos tiene sus propias características. En nuestro viaje como cristianos, nos encontraremos con hermanos con distintos temperamentos, que en algún momento provocarán un tras pie, y cuyo resultado será que nacerá una enemistad entre los hermanos, es decir, como Pablo lo denominaba, surge una “Raíz de Amargura” (Hebreos 12:15), y de este modo contravenimos el mandamiento de nuestro Señor Jesucristo, “que nos amemos unos a otros” (Juan 13:34; 15:12).  


Tengamos presente que ese hermano, que ya no nos habla, que se cambia de camino para no encontrarse con nosotros NO ESTÁ AMANDO a su hermano como corresponde a un hijo de Dios, ha dejado que el “viejo hombre” opere en su vida, y éste impide que reconozca que ha pecado contra el hermano.
Pablo en la epístola a los Filipenses (4:2) menciona a dos mujeres creyentes que estaban enemistadas, de modo que el interviene para que la unidad que debe existir ese Cristo se reestableciese en ellas. Esta epístola, a mi parecer, esta escrita para que ellas pudiesen reconciliarse y volviese a existir es lazo de unidad que debe haber entre los que dicen amar al Señor Jesucristo.
El mismo Señor indicó a los suyos que: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35). Si en entre los hijos de desobediencia se nota cuando existe una enemistad entre congéneres, ¿Cuánto más se percibe entre los que son hijos de Dios? Deberíamos ser reconocidos porque el amor entre hermanos abunda y se desborda, pero en muchas ocasiones hay mas amor entre los que no son creyentes que en el pueblo de Dios.
Como hermanos debemos tolerarnos y soportarnos unos a otros, pero esto no da libertad a uno u otro para actuar como siempre lo ha hecho, y no le da libertad para ofender a otro, porque su carácter es así, sino todo lo contrario, este hermano debe aprender a tener dominio propio (templanza), y la única manera de lograrlo es poniendo al “viejo hombre“ en sujeción al  Espíritu Santo (cf. Gálatas 5:16; 6:8).
El hermano que ha recibido la ofensa, puede simplemente perdonar todas las veces que sea necesario (Mateo 18:21-22), ya que, si no lo hace, su propia oración no es escuchada por el Padre (cf. Mateo 18:23-35; Lucas 11:4; Mateo 6:12).
Y si existe una interrupción de la comunión de un hermano con otro, producto de pecado, el mismo Señor declara los pasos necesarios para poder ponernos de acuerdo:

Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.  (Mateo 18:15-17)

El Señor nos muestra los pasos a seguir para que la comunión en la asamblea no se vea perturbada por el conflicto de dos hermanos:
1.    Conversación personal con el hechor de la falta. Si hay reconocimiento del pecado, esto termina aquí.
2.     Si no lo escucha en lo privado, el siguiente paso es una conversación con testigos. Si hay reconocimiento del pecado, esto termina aquí
3.    El paso siguiente es llevar ante la asamblea el caso y confrontar al hechor y conminarlo al arrepentimiento. Si reconoce su falta, esta causa termina aquí. Si no lo hace, debería el infractor ser puesto fuera de comunión.

      Por último, procuremos ser lo suficientemente humildes como el Señor lo fue, ya que, si Él nos dio ejemplo para que siguiésemos sus pisadas, entonces sigámosle tal como lo enseñó (Juan 13:13-16; 1 Corintios 11:1).

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