domingo, 6 de enero de 2019

EL CRISTIANO VERDADERO (13)



En el capítulo 5 de 2a. Corintios, comenzando con el versículo 15, leemos: “Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, más para aquel que murió y re­sucitó por ellos... y todo esto es de Dios, el cual nos recon­cilió a sí por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconcilia­ción. . . así que somos embajadores en nombre de Cristo, co­mo si Dios rogase por medio nuestro; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios”.

Notemos en primer lugar en estos versículos, que nosotros los cristianos somos embajadores de Cristo, y que el minis­terio de la reconciliación de los hombres con Dios, nos ha sido entregado. Nosotros somos quienes, en lugar de Cristo, debemos salir y rogar a los hombres que se reconcilien con Dios. Solamente en la medida en que reconciliemos a los hombres con Dios, predicándoles el evangelio de la gracia del Señor Jesucristo, han de ser salvos. Esta es nuestra responsabilidad, y nuestra misión aquí en la tierra.
El que quiera ser un cristiano verdadero, debe ser un em­bajador de Cristo. Un embajador de Cristo es un hombre que sale en lugar de Cristo, y que ruega a sus semejantes que se reconcilien con Dios por medio de Cristo. La tarea de todo cristiano es la de ganar otras almas para el Señor. Si deseas llevar una vida verdaderamente cristiana y que sea del agrado de Dios, pon tu mano sobre el arado y empieza el trabajo de ganar almas.
En el primer capítulo de Juan, se rinde un hermoso tri­buto a Andrés, después que éste hubo encontrado a Jesús como su Mesías y Salvador: “Este halló primero a su her­mano Simón, y dijóle: Hemos hallado al Mesías.” Desde el momento mismo en que Andrés llegó a ser un seguidor del Señor Jesucristo, tuvo el deseo de ir y de traer otros, así que inició el trabajo, ganando para Cristo a su propio her­mano. Es importante notar que su hermano Pedro llegó a ser un discípulo de mayor influencia que Andrés mismo, y prestó servicios más importantes. Este hecho puede serte de aliento. Quizás consideres que eres un creyente sin influen­cia y muy humilde. Sin embargo, es posible que lleves a Cristo a alguna persona que pueda ser el medio de alcanzar a miles de almas para el Señor.
La persona que llevó a Cristo a D. L. Moody, por ejemplo, no sabía que estaba guiando hasta el Salvador, a un hombre que a su vez llevaría a miles de almas al cielo. Si quieres ser un cristiano verdadero, sigue el ejemplo de Andrés. Co­mienza la tarea de procurar que otras almas vayan .1 (Insto, e inicia tus trabajos, en el seno de tu propia familia. Notemos cuán sencillo era el testimonio de Andrés. Simplemente dijo: “Hemos hallado el Mesías.” Tú puedes ir a tus amigos y seres queridos, diciéndoles: “He hallado al Salvador.” ¿Será difícil hacerlo? ¿Está más allá de tu capacidad? ¿Quién sabe si el decirle a alguien que has hallado al Salvador, no resulte en su conversión, al igual de que el testimonio de Andrés resultó en la salvación de Simón Pedro!
El Apóstol Pablo, en el capítulo 4 de su carta a los Efesios, dice: “Y él mismo constituyo a unos, ciertamente, apóstoles; y otros, profetas, y otros, evangelistas; y otros, pastores y doctores, para perfección de los santos, para la obra del ministerio, pa­ra la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos llegue­mos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo” (Versión Hispano-Americana). Note­mos en este pasaje, que la gran Cabeza de la Iglesia, Jesu­cristo, le ha dado a todo cristiano algún don o alguna habili­dad. Y para cada uno de ellos existe alguna tarea que cum­plir. Este versículo dice que ha dado diversos dones a los cristianos, a fin de equiparlos en forma completa para el tra­bajo de servirle. 
Tú estás en condiciones de servir en alguna parte de la obra del Señor, en la tarea de ganar almas. Y fíjate que la finalidad última de todo el trabajo es la edificación del cuerpo de Cristo. A la medida que los cristianos en todo el mundo estén empeñados en la tarea de ganar almas para Jesucristo, el cuerpo de Cristo será edificado, es decir, com­pletado. Y entonces, cuando la última alma necesaria sea ganada, Jesús volverá a la tierra. ¡Qué estímulo para que salgamos a buscar almas para él! ¡Quién sabe si no ha de ser tu especial privilegio ganar la última alma, y luego vendrá el Señor, y nos tomará, para que estemos con él en el aire!
En el capítulo anterior, dijimos mucho acerca de la ne­cesidad de que tú dieses un testimonio audible de tu fe en Cristo. Deseamos ahora expresar que el objeto primordial de tu testimonio debe ser ganar a otros para el Señor.
Desde luego, es cierto que queremos confesar al Señor Jesucristo aquí en la tierra a fin de que él nos confiese en el cielo a la diestra de su Padre; pero, por otra parte, lo que agrada más al Señor, lo que debe ser el mayor deseo de nuestros corazones es que podamos ser el medio de traer a otras almas a Cristo.
Como hemos de notarlo en la cita de 2 Corintios 5, no debemos vivir para nosotros mismos, para nuestros placeres y ocupaciones personales, sino para Cristo. Y la vida que es de mayor agrado a Cristo es aquella dedicada a ganar a las almas perdidas para él. Cuando él les dijo a sus discípulos, según lo leemos en Hechos 1, que debían ser sus testigos hasta lo último de la tierra, el gran objeto de ese testimonio era poder ganar para Jesucristo hombres y mujeres de todas las razas y lenguas, y pueblos y naciones.
Cuando fuiste a Cristo como pecador perdido, sin duda tu propósito principal era el de salvar tu alma; pero ahora que has sido salvado, el objeto primordial de tu vida debe ser buscar la salvación de los demás. Ninguna otra finalidad ha de cuadrarte bien como cristiano, ni agradar a tu Señor. La razón por la cual Cristo tiene tanto deseo que le confesemos delante de los hombres, es a fin de que por medio de nuestra confesión otros puedan llegar a conocerle como su Salvador.
Si el Señor no tuviese dicho propósito para nuestras vidas aquí en la tierra, sería mejor que nos llevara al cielo inme­diatamente después de nuestra conversión, pues así nos aho­rraríamos muchas tribulaciones y se ahorraría el Señor mucha pena. Pero él tiene un propósito para nosotros aquí en la tierra. Quiere que nuestras luces alumbren delante de los hombres, a fin de que quienes están en las tinieblas lleguen a conocerle como su Dios. Si eres un cristiano joven, Dios tiene grandes propósitos para tu vida, y si te permite vivir muchos años en la tierra, sólo será a fin de que, por medio de ti, muchos lleguen a conocerle. Si ya eres entrado en años y hace mucho que le conoces, el único propósito que tiene al dejarte en vida hasta ahora es sencillamente que otros, por medio de ti, puedan llegar a conocerle. ¿Se ha cumplido ese propósito en tu vida? ¿Has decepcionado a tu Salvador?
En el capítulo quince del evangelio de Juan tenemos la hermosa ilustración que nos da el Señor, de nuestra relación con él: la de la vid y los sarmientos. Dice en el versículo 5: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que está en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque sin mí, nada podéis hacer”.
La lección principal que nos está enseñando por medio de esta figura es que él es indispensable para nosotros. Del mismo modo que la vid resulta indispensable para el sarmiento, Cristo es indispensable para su pueblo. El mismo dice: “sin mí nada podéis hacer”. Como el sarmiento nada puede hacer sin la vid, así nosotros no podemos hacer nada sin Cristo. Es indispensable para la salvación de nuestras almas. Es indispensable para que llevemos frutos espirituales. Es in­dispensable para nuestra vida y salud espirituales. Es indis­pensable para nuestra fuerza. Fácil resulta comprender esta verdad.

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