martes, 10 de julio de 2012

La eterna seguridad del creyente


“…Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen; y yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano..." (Juan 10: 21-31).
            Me propongo decir algunas palabras sobre este pasaje de las Escrituras y pasar luego a considerar dos o tres versículos más de la Palabra de Dios, pasajes sobre los cuales se discute mucho, citados muy a menudo por los que no creen que los que son salvos una vez, salvados son para siempre. Cuando recurrimos a las Escrituras debemos examinar los distintos lados de la cuestión.
            Conocida es la historia de los dos hombres que dispu­taban por un escudo. Mientras el uno sostenía que era de oro, el otro afirmaba que era de plata. Comenzaban ya a lanzarse miradas siniestras, y a usar de un lenguaje descortés, cuando apareció un tercero y les preguntó por el motivo de la disputa. Este escudo es de oro, y este hombre sostiene que es de plata", dijo el uno y el otro muy airado contestó: „Este escudo es de plata, y este hombre persiste en afirmar que es de oro". En­tonces el tercero dijo: „Los dos tienen razón: sólo que el uno mira una cara y el otro la otra; el escudo es de oro de una parte y de plata de la otra".
            Vamos, pues, a examinar nosotros la cuestión
POR LOS DOS LADOS,
y antes de terminar llamaré su atención sobre algunos textos de la Escritura que tratan de este asunto y que son mal interpretados, muy a menudo, por los creyentes.
            Para comenzar (me dirijo a aquellos que confían en nuestro Señor Jesucristo para la salvación de sus al­mas), diré que no avanzaremos ni un solo paso en lo que a nuestras almas tiene relación, si no creemos firmemente que este Libro, la Biblia, es el Libro de Dios divinamente inspirado, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Este Libro es semejante a un arco: quiten una sola piedra al arco y todo caerá. No podemos eli­minar un solo libro de los que forman la Biblia, sin dañar todo lo restante. ¿Un libro, dije?, ni un solo ver­sículo. Sólo el que conoce bien el Antiguo Testamento podrá comprender el Nuevo. No es posible entender la Epístola a los Hebreos sin tener conocimiento de los cinco libros de Moisés. Ni es posible comprender la Epístola a los Romanos, sin estudiar la Ley y la Historia de los hijos de Israel.
            Sentados estos principios, damos por aceptado que la Escritura no se contradice a sí misma: que es comple­tamente imposible que un versículo contradiga a otro: aunque, juzgando de ligero, así parece en algunos casos. Los Incrédulos buscan contradicciones en la Biblia. Y al encontrar un punto donde creen existe, como por ejemplo, cuando una profecía dice que el rey Sedequías sería llevado cautivo a Babilonia (Jer. 32:41. mientras que otra dice del mismo que jamás vería Babilonia (Ez. 12:13): el incrédulo exclama enton­ces: ¿Puede ir Sedequías a Babilonia v al mismo tiempo no verla? Y sin embargo, esta objeción, que les parece Incontestable, tiene una explicación suma­mente sencilla: Sedequías fue hecho prisionero v lle­vado cautivo, mas el rey de Babilonia mandó arrancarles los ojos, de manera que fue llevado allá en cauti­verio, pero no vio la tierra (2Reyes25:6.7). Por lo tanto, en este como en otros puntos que pueden citarse no existe contradicción.
            Aquellos que van a Jesús con fe, y esperan en El, han de progresar. Los cristianos recién convertidos, muchas veces quieren comprender toda la Biblia de una vez. Que estén agradecidos por lo que comprenden, que procuren instruirse más cada día, y confíen en que Dios les enseñará su voluntad y sus propósitos.

LA ESCRITURA NO PUEDE CONTRADECIRSE
            Partamos de este principio: „Toda la Escritura es in­spirada por Dios". Tengamos la certeza de que es así, desde el primer hasta el último versículo. Hemos leído algunos versículos del capítulo 10 del Evangelio de Juan y podemos estar seguros de que ninguna otra parte de la Escritura contradice estas dulces palabras salidas de la boca de nuestro Señor Jesús.
            ¿Cómo se estudia muchas veces la Biblia? Se nota que un versículo parece estar en oposición con otro, pero se halla un tercer versículo que parece calificar el sentido del segundo y, al unir los tres y compararlos, deducen lo que ellos llaman el sentido general. No es, sin embargo, así que se debe proceder. Cada versículo de la Escritura puede responder por sí. En esto vemos el distintivo de las ovejas del Señor Jesús, el cual es: Oyen su voz y le siguen. Algunos de mis lectores han oído ya la voz del Buen Pastor y desean seguirle. Al­gunos de ustedes, mirando hacia atrás, recuerdan el tiempo en que no les importaban estas cosas, ni las comprendían, ni deseaban comprenderlas, pero más tarde la gracia de nuestro Señor Jesucristo conquistó sus corazones y un día oyeron su voz decirles: Venid a Mí,
CONFIAD EN MÍ
            Y Uds. dijeron: „Señor, oigo tu voz y busco tu gracia para seguirte". Desde aquel Instante no siguen a cier­tos credos, siguen a Cristo; no siguen teorías, siguen a una Persona.
            Sobre una cosa no discuten los cristianos. Todos están de acuerdo acerca de Jesús. Su Nombre hace vibrar la cuerda sensible de su corazón, si son cristianos, sean quienes sean y estén donde estén. Hay algunos que hace pocas semanas oyeron por primera vez la voz del Buen Pastor. Quizás algunos han sido atormentados por dudas y temores ¿quién sabe? Con todo, sepan que sus quejas son muy comunes, y propias de todos los países del globo. He estado en los dos lados del Atlántico y en todas partes he oído lo mismo. Nuestro corazón es muy engañoso y el diablo es muy astuto y procura Inducirnos a mirar dentro cuando deberíamos mirar fuera. El corazón humano es igual en todo el mundo.
            Examinemos la Palabra de Dios y que sus palabras, re­vestidas de suprema autoridad, sean así recibidas por nuestras almas.
            ¿Qué dice el Buen Pastor referente a sus ovejas? “Yo les doy vida eterna, y
NO PERECERAN JAMAS".
            ¿No es esto suficiente para reanimarles? Quizás al­guien abriga el temor de carecer un día de esta ben­dición. ¿Oyeron la voz del Señor Jesús y procuran seguirle? Escuchen, pues: „Yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás". ¿No basta esto para reanimar sus almas? El Buen Pastor dio su vida por sus ovejas, lo cual es una seguridad; pero tenemos una seguridad todavía en que confiar. ¿Preguntan Uds. qué quiero decir con esto? El murió en la cruz para salvarles, pero vive ahora en la gloria por Uds. Leemos en Romanos 5: 10: Porque si siendo enemigos, fuimos recon­ciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida". El Señor Jesucristo está vivo para salvarnos, y como acertadamente dijo un viejo cristiano: “Un pastor muerto no puede llevar en sus hombros las ovejas; para esto es necesario un pastor vivo". Cristo, que murió en la cruz, vive ahora en la gloria para sus ovejas. Se ocupa en llevar las ovejas en sus poderosos hombros, hacia las regiones celestiales. Da a sus ovejas la vida eterna y no perecerán jamás.
            Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna". (1 Juan 5:13)
            Vamos a esclarecer este punto valiéndonos de una comparación. Suponga que mañana, al despertar, usted se encuentre con una carta en cuyo sobre están escritas estas palabras: “A vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios". Lee aquella extraña di­rección. ¿Tiene usted derecho a abrirla? La carta va dirigida a los que creen en el Hijo de Dios. ¿Puede abrirla sin cometer una violación? ¿Sí o no? ¿Cree usted en el nombre del Hijo de Dios? ¿Puede decir: “Sí, creo en El de todo corazón"? Si es así, abra la carta, pues a usted va dirigida. Contiene la voluntad de Dios, lo que dice a su alma, léala. „Estas cosas os escribo a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna". ¡Cuán sencillo es, y cuán bendito!
            Hay muchos que equivocadamente leen: “Para que esperéis, si algún día, por la misericordia de Dios, tendréis la vida eterna". No puede existir error sobre este punto.
            Había un operario que se ocupaba en transportar ladrillos al piso alto de una casa en construcción. Se hallaba cargado y listo a subir la escalera, cuando pasa el cartero, le llama por su nombre y le entrega una carta a él dirigida. Nuestro hombre deja al suelo su carga, abre la carta y ve que está firmada por un notario.
            La carta comenzaba con un “Muy distinguido señor mío" y, después de un corto preámbulo le notificaba la muerte de un pariente lejano que le legaba la cantidad de veinticinco mil dólares. Como he dicho ya, la verdad del contenido de la carta estaba garantizada por una respetable firma.
            El operario, no pudiendo contenerse del efecto oca­sionado por su grata nueva, echó su gorra al aire y exclamó: “¡Qué felicidad! ¡Ya no tengo necesidad de estar aquí arrastrando esta vida de fatigas! Ahora soy rico; no me verán más acarreando ladrillos". Creyó lo que la carta le decía y abandonó su trabajo. No tenía un solo céntimo en su bolsillo, pero había recibido la agradable nueva de su fortuna, y le dio crédito.
            Usted tiene una carta enviada por Dios y, sin embargo, hace muchos años está llevando una carga de dudas y temores. Hoy Dios le ha mandado una carta. ¿Puede darle crédito? Si así es, eche al suelo su carga y diga: „No la volveré a cargar de nuevo. En vez de ser un miserable pecador, soy un hijo de Dios". Porque, he aquí el contenido de la carta que le envía: „Para que sepáis que tenéis vida eterna". ¡Qué fortuna! No puede haber en esto engaño alguno.
            Reflexionemos sobre una cosa todavía mejor. El dice: „Ni nadie las arrebatará de mi mano", y más adelante añade: „Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos". Estamos en las manos del Hijo y en las manos del Padre. ¿No es esto consolador? Atienda a esta afirmación: Poseemos una doble segu­ridad divina — estamos en las manos del Padre y en las manos del Hijo.
            Se dice que debemos alzar nuestra mano a Cristo. Me parece que es Cristo quien alarga su mano a nosotros. Estamos en las fuertes manos del Pastor. Cristo dice: „Yo y el Padre uno somos": uno en amor, uno en sabi­duría, uno en cuidado para sus ovejas. Esto no deja lugar a dudas, ni recelo alguno, en el corazón del más tímido creyente.
Examinemos otro lado de la cuestión. Algunos dicen: ¿No hay un versículo en Filipenses que dice: ..Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor"? ¿Cómo se explica esto? Se ve, en primer lugar, que estas pala­bras se encuentran en la Epístola a los Filipenses. ¿A quiénes va dirigida? A los cristianos de Filipos. Por consiguiente, no va dirigida a los incrédulos incitán­doles a obrar o trabajar para obtener la salvación,
SINO A CRISTIANOS,
            Exhortándoles a disfrutar de su salvación. Si tuvieran que trabajar para obtener la salvación, no podría de­cirse que ya les pertenecía, como dice la Escritura, al decir…vuestra" — “ocupaos en vuestra salvación"; y más adelante: “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad". Muchas personas interpretan mal este pasaje, interpretándolo como un aviso a los incrédulos para que trabajen a fin de obtener su salvación; pero esto no es así. Es una exhortación a los cristianos para que obren, o den completo desenvolvimiento a lo que ya han alcanzado. La voz  “salvación" no es una palabra vacía, sino de gran significación. Toca no sola­mente a lo futuro, sino también a lo presente. Consuena con la actual salvaguardia del poder del pecado, tanto como la liberación de la futura pena del pecado. Para alcanzar la última, echamos mano una sola vez de la obra consumada de Cristo, por el valor de la cual esta­mos eternamente guardados del juicio. Pero la sal­vación actual es continua y no de una vez para siempre. Esta consiste en una aplicación diaria de la muerte de Jesús a nuestra vida, sabiendo que, para Dios, nuestro viejo hombre (lo que fuimos antes como incrédulos), fue crucificado con Cristo. (Véase romanos capítulo 6).
            Ahora quizás alguien diga: “En Gálatas 5: 4 leemos que algunos caían de la gracia. ¿Qué, pues, significa esto?“ Significa lo que textualmente dice: no han caído de la vida, sino
DE LA GRACIA HABEIS CAIDO".
            Si estudiamos la epístola, veremos que los cristianos de la provincia de Galacia habían comenzado bien su carrera, pero dieron oídos a ciertos judíos que les aconsejaron la circuncisión y que se colocasen bajo la antigua ley, la ley mosaica, y el apóstol Pablo les dice lo siguiente: ¿Por qué os colocasteis bajo la ley? ¡De la gracia habéis caído!
            Suponga que un rico encuentra a un joven de 17 años, le lleva a su casa, le adopta como a hijo y le dice: Desde hoy eres mi hijo, y los criados tienen la obligación de servirte. Puedes mandar por el coche cuando quieras o disponer de todo como si efectiva­mente fueses mi hijo". Al día siguiente pregunta: “¿Dónde está mi ahijado?" Y uno de los criados, son­riendo, contesta: “Está en el zaguán limpiando las botas de la familia". Va a verlo y, en efecto, le halla así ocupado. Le pregunta: „¿Por qué haces esto?" y él contesta: “Reconocíme tan indigno del lugar a que me había elevado, y he querido hacerme merecedor de mi estancia en esta casa". Entonces su corazón se en­tristece viendo el poco aprecio que aquel muchacho hace de su bondad y favor, que en vez del rango que le señalaba se suma en el número de los criados.
CAYÓ DE LA GRACIA,
mas no cesa de ser su hijo adoptivo, porque su hecho lo hizo tal. Fue él quien por un hecho suyo se privó de gozar de esa posición. Esto es lo que podemos aprender del versículo de la Epístola a los Gálatas.
            El que cae de la gracia no es, como muchos imaginan, una persona que vuelve al mundo y se entrega de nuevo a los vicios, sino por lo contrario, es una per­sona que habiendo creído en Cristo para su justi­ficación, pretende mantenerse en el favor de Dios por su vida ejemplar y su observancia de la ley.
            Alguien me dirá: “¿No le parece que debemos guardar los diez mandamientos?" Yo opino que debemos hacer más que esto. Supongamos que tengo dos medidas, una de un metro y medio de altura y otra de dos metros. Si llego a la que tiene dos metros, es natural que llegue también a la que tiene un metro y medio. Cristo es la medida del cristiano. Si se ama a Cristo, sin duda ha de cumplir la ley, aunque ésta no sea la medida del cristiano ni su regla de vida, - „para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu" (Ro­manos 8: 4). El Espíritu no une nuestros corazones al legalismo, sino a Cristo. Hay un gran contraste entre las obras de la ley y el fruto del Espíritu.
            ¿Qué le parece si un príncipe al casarse regalara a su esposa un ejemplar de los
REGLAMENTOS DE POLICIA
y las últimas leyes aprobadas por el parlamento?
            No, un hombre no hace semejante regalo. El sabe que es amado; ella participa de su posición, desea man­tener la dignidad de su esposo y de seguro jamás ocurrirá al esposo obligar a su esposa a acatar las leyes. De igual manera nuestra posición no es la de siervos. La gracia de Dios nos llama a ser compañeros de Cristo. Somos hijos de Dios. Debemos procurar seguir a Cristo. Si volvemos al pasado y procuramos ganar el favor de Dios por el servil medio de guardar la ley, hemos caído de la gracia, estamos privados de disfrutar los beneficios que en Cristo nos pertenecen, dejamos de realizar que es por Cristo que “tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes" (Romanos 5: 2).
            En Romanos 7: 4 leemos: «Vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo". Ahora, todo se encierra en Cristo. No agradamos a la carne; no hacemos nuestra voluntad, sino la de Cristo. Esto nos recuerda al ciego Bartimeo, cuyos ojos le fueron abiertos. Lo primero que vio fue la faz de Aquel que le volvió la vista. Jesús le dice: „Vete"; pero ¿qué hace él? “Seguía a Jesús en el camino".
            Se dice que esto es dejar hacer al hombre su propia voluntad, pero,
¿CUAL SERA LA VOLUNTAD DE TODO CRISTIANO?
            Hacer lo que a Cristo agrada. Bien sé que la salvación es libre, libre como el aire que respiramos, mas al conocimiento de la salvación sigue una vida constante y fervorosa. La fe y las obras van siempre juntas.
            Los que son salvos sienten en su corazón impulsos de amor y gratitud hacia Cristo, y el Espíritu Santo que en ellos mora, les alienta en el deseo de servir a Dios, seguir a Cristo y hacer su voluntad.
            Puede que alguien diga: “¿No hay en la Epístola a los Hebreos, capítulo 6, un versículo que habla de re­caer?" Lea en este capítulo citado con mucha atención los versículos 4 al 6. Dice en ellos que es imposible que los que recaen sean de nuevo renovados para el arre­pentimiento. Esto significa que no hay misericordia para los que recaen. La perdición de los tales es tan cierta como la del diablo, pues que dice: „Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados... y recayeron, sean otra vez renovados para arrepen­timiento". Creo que estas palabras se refieren a ciertos judíos que profesaban el cristianismo y recayeron al judaísmo, como creo también que su profesión era una impostura. Volvieron al antiguo régimen, crucificaron de nuevo a Cristo, exponiéndole al vituperio, pues renegando de la misma fe, volvieron a declarar que Cristo era un impostor, quitando todo interés de ocu­parse de El.
            Estoy seguro de que ninguno de mis lectores es lo que puede llamarse un consumado apóstata. El capítulo 6 de hebreos trata de una completa apostasía; trata de individuos que tenían los ojos abiertos a la luz, más perdieron todo su interés por Cristo, no queriendo absolutamente tener nada que ver con El. Sé que hay muchas personas que viven alejadas de Dios, mas en el fondo de su pecho existe cierto respeto por Cristo y no quieren desligarse de El por completo. Estas personas, recordando aquellos tiempos felices, ex­claman: „Daría cuanto poseo para encontrarme como entonces". Esto no es una apostasía; se trata sola­mente de un desvío. Tales personas ambicionan gozar de nuevo de la gracia de Dios, mas necesitan confesar sus pecados para gozar de nuevo su presencia.
            Otro puede decirme: ¿Cómo se compagina esto con lo que se halla escrito en 2 Pedro 2: 22?: “Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno". No dice que la oveja vuelva a revolcarse en el cieno, sino
LA PUERCA LAVADA.
            Se trata únicamente de un incrédulo que se hiciera re­ligioso — una puerca lavada — y así practicaba. Las puercas lavadas no son, en manera alguna, ovejas. Una puerca, aunque intentamos sacarla del lodazal, y con un cepillo, agua caliente y jabón la limpiemos completamente, no muda su naturaleza. Hay personas religiosas que asisten regularmente a la iglesia, parti­cipan de los sacramentos, se alistan a una congre­gación cristiana y son, en apariencia, buenas personas. Mas al conocer sus corazones, uno descubre que su naturaleza no ha sufrido cambio alguno. Asisten a las reuniones, les gusta cantar himnos, pero no son otra cosa que puercas lavadas, y si murieran con el pan de la Cena en la boca, su alma iría al infierno. Judas Is­cariote era una puerca lavada. Simón el Mago era otra, y en los países llamados cristianos se cuentan por millares. He encontrado gran número de ellos. Pre­gunto: ¿Dónde está su religión?
¿DENTRO O FUERA?
            ¿Puede decir que ama a Dios de todo corazón? ¿Puede afirmar que Cristo es para usted el señalado entre diez mil? ¿Son perdonados todos sus pecados? ¿O puede únicamente decir: he sido bautizado, voy a la iglesia y tomo la comunión? No digo esto con intención de ofen­der a nadie, pero es necesario que todos sean lo que profesan ser, y estén bien seguros del lugar que ocu­pan.
            Si hay alguien que esté íntimamente persuadido de no ser salvo, de no estar convertido, de no haber nacido de nuevo, a pesar de su religión, que se empape de esta verdad: no es más que una puerca lavada, pero para él hay misericordia en Cristo.
            Supongamos que voy a visitar a cierto agricultor, y al llegar al lugar de su residencia, veo que hay un gran movimiento. El está en el corral. En la ciudad vecina se celebra una gran exposición agrícola, y nuestro hom­bre quiere exponer en ella algunos de sus productos.    ¿Se ve aquella corpulenta puerca tan engalanada, y aquella linda oveja? Va a exponerlas y, o me engaño mucho, alcanzará el primer premio.
            Sale nuestro amigo guiando sus animales, mas pasan­do cerca de un charco, la puerca da un resoplido de satisfacción, pega un salto, y se hunde en el cieno. Y es que, a pesar de su estado de limpieza y de las cintas que lucía,
SU NATURALEZA ES LA MISMA,
en nada ha cambiado. De un salto se echa al charco y da a la vez un empujón a la oveja que queda igualmente inundada de barro. Entonces ¿qué sucede? La puerca está satisfecha, pero la oveja afligida. ¿Por qué? Por­qué una puerca lavada conserva su primitiva natura­leza, y por lo tanto le gusta revolcarse en el pantano y cubrirse de fango. La oveja se siente afligida por la misma razón de que es una oveja. Del mismo modo una oveja de Cristo, cuando cae en pecado, siente gran aflicción en su alma.
            No quiero, en modo alguno, desanimar al más flaco creyente que lea estas palabras. Al tal le digo: ¿Oyó la Invitación de Cristo: „Venid a Mí"? ¿Dice que sí, que confía en El en cuanto a su salvación, y procura se­guirle? ¿Desea ser más celoso en seguir sus caminos? Lo mismo deseamos todos nosotros, pero nuestra sal­vación depende de la confianza en el Señor Jesucristo como Salvador. Hacemos bien si deseamos servirle mejor y seguirle más de cerca, pero la salvación se basa en Su obra consumada y Su sangre derramada.
            Que estas palabras salidas de la boca de nuestro Se­ñor Jesús penetren en sus corazones: „Yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás". He aquí una almohada donde puede reclinar su cabeza. Puede decir antes de entregarse al sueño: „Si yo no despierto en este mundo, despertaré en la presencia del Señor Jesu­cristo".
            Entre los creyentes del Antiguo Testamento, y los del Nuevo, existe una diferencia parecida a la que hay entre los barcos de vela y los de vapor. Los creyentes de los tiempos del Antiguo Testamento son como bu­ques de vela; los del Nuevo Testamento como los vapores. El Espíritu de Dios vino sobre los creyentes antiguos, mientras que el Espíritu habita en los creyen­tes de ahora. El poder, como en el barco de vapor, está en el interior.
            Hallándome una vez en el Estado de Florida, EE. UU., tuve necesidad de ir al archipiélago de Bahamas, que dista de dicho punto cerca de
QUINIENTOS KILOMETROS.
            Me informé sobre el tiempo que un barco de vela em­plearía para hacer este trayecto y obtuve la siguiente respuesta: “Con un viento favorable se verifica el viaje en tres días, pero si el tiempo es adverso, puede durar hasta dos semanas". Evidentemente se trataba de un negocio muy incierto.
            Esta misma incertidumbre la notamos en los creyentes del Antiguo Testamento. Tenemos, por ejemplo, el caso de Sansón: “Y el Espíritu de Jehová comenzó a mani­festarse en él" (Jueces 13: 25). Pero, desde la ascen­sión de Jesús, el Espíritu Santo descendió a la tierra y vino a habitar dentro de los creyentes, y ahora, así como los barcos de vapor tienen su fuerza dentro de sí mismos, que les habilita para andar contra el viento y marea, de un modo semejante el cristiano tiene un poder interno, que le habilita a vencer todas las opo­siciones del mundo.
            Por lo tanto, ahora podemos aprovecharnos de esta sencilla lección: “Yo les doy vida eterna, y no perece­rán jamás". Además, en Lucas 15, hallamos que el Buen Pastor pone la oveja sobre sus hombros y la lleva a su casa. ¿Sabe cuántas manos tiene una oveja? Hemos hecho esta pregunta a mucha gente y muchos han contestado: cuatro.
UNA OVEJA NO TIENE MANO ALGUNA.
            Entonces, pues, ¿cómo ella puede asegurarse? Le es imposible hacerlo, mas el pastor la asegura, la coge por las cuatro piernas, la pone sobre sus hombros y la lleva a su casa. Estamos en las manos del Hijo y en las manos del Padre. Quiere decir que tenemos una doble garantía del amor divino, y son estas las pa­labras del Señor Jesucristo: „Yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás". Que estas palabras penetren en su corazón, y le proporcionen una verdadera paz para lo futuro, por amor de Cristo. Amén.
MÁS QUE VENCEDORES
            Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que con­forme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre mu­chos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que Mamó, a éstos tam­bién justificó; y a los que justificó, a éstos tam­bién glorificó.
            ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por no­sotros, ¿quién contra nosotros? El que no es­catimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que tam­bién intercede por nosotros. ¿Quién nos sepa­rará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angus­tia, o persecución, o hambre, o desnudez, o pe­ligro, o espada? Como está escrito:
            Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero.
            Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potesta­des, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos po­drá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.  Romanos, cap. 8 v. 28 a 39

NADIE LAS ARREBATARÁ DE MI MANO
Volvió, pues, Jesús a decirles: De cierto, de cierto os digo: Yo soy la puerta de las ovejas.
Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos.
Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas.
Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me co­noce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas.
Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perece­rán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.
Juan, cap. 10 v. 7, 9, 11, 14-15, 27, 28-29

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