sábado, 1 de noviembre de 2014

DE LA CRUZ AL CIELO

¿Quién no conoce la historia del así lla­mado, "Buen Ladrón"? En verdad ningún la­drón puede ser bueno, y ciertamente aquel ladrón no lo era, pues la Biblia lo llama un malhechor. Y por ser un malhechor, un la­drón, un criminal, el hombre, juntamente con otro de la misma laya fue, condenado a sufrir el terrible suplicio de la crucifixión.
En medio de los dos malhechores otro Hombre pendía de una cruz, pero este otro era un hombre muy distinto a aquéllos. La Biblia dice que era "santo, inocente, limpio y apartado de los pecadores", un Hombre justo que ningún mal hizo. ¿Quién era este Hombre que sufría allí injustamente? Pues bien, era el Señor Jesucristo, el mismo Hijo de Dios, enviado del cielo para salvar a los pecadores.
Alrededor de las cruces se hallaba una gran muchedumbre de personas que a voz en cuello vociferaba insultos y burlas. Pero ¡co­sa extraña!, los insultos no se dirigían a aquellos ladrones merecedores de su despre­cio, sino al Hombre que ningún mal había hecho. Pero, de repente, en medio de los gri­tos de odio que profería la turba desenfre­nada, se oyó una voz suplicante diciendo: "Acuérdate de mí, cuando vinieres en tu reino". Fue la voz del "buen" ladrón, la pe­tición que aquel moribundo dirigía al Señor.
¡Cuán grata fue la contestación que de inmediato recibió del Señor! "De cierto te digo, que HOY estarás conmigo en el paraí­so". Y si el mismo Hijo de Dios, el Rey de la Gloria, le diera esta promesa tan posi­tiva, luego no cabe duda que el alma de aquel pobre ladrón pasara de la cruz al mis­mo cielo en aquel mismo día.
¡Oh qué maravilla! Aquel criminal que había llevado una vida de pecado y de cri­men, y que había sufrido la bien merecida pena de su maldad, fue trasladado inmedia­tamente de la cruz al cielo. Clavado en aquel madero, ninguna buena obra podría efectuar para lograr la salvación de su alma, ningún mérito podría granjear para obtener el per­dón de sus pecados, y ciertamente ningún dinero podría pagar para conseguir tan gran­de felicidad, no obstante todo esto, pasó de la cruz al cielo.
Sí, aquel ladrón fue al cielo, a aquel bendito lugar donde no hay pecado, ni dolor, ni tristeza, ni lágrimas, ni muerte; entró en aquel país de eterna luz donde no hay más noche, y donde el sol divino brilla sin cesar sobre un paisaje risueño, donde no se ve ni cárcel, ni hospital, ni manicomio, ni cementerio, pues es la patria celestial, donde todos los habitantes pueden decir: "Soy santo, soy feliz, soy SALVO", y cantar ale­gres las alabanzas de su Salvador.
Créalo o no, estimado lector, aquel la­drón salvado no tuvo que transitar por algún camino obscuro y largo entre la cruz y el cie­lo, no tuvo que pasar por un período prolon­gado de penoso sufrimiento antes de alcan­zar la felicidad del hogar eterno. No cabe du­da al respecto, pues el mismo Rey del Cielo le había dicho: "De cierto te digo, que HOY estarás conmigo en el paraíso". "De cierto", ¡qué seguridad! "Que HOY", ¡qué pronto! "Estarás conmigo", ¡qué compañía! "En el paraíso", ¡qué morada! Esta promesa categórica, clara, y reconfortante del Salvador debe bastar para despejar toda duda acerca del paso directo del alma desde la tierra has­ta el cielo. El que no lo cree, echa en duda la veracidad del Hijo de Dios.
Basándonos sobre la palabra veraz del mismo Señor Jesucristo, podemos afirmar que tú lector, así como aquel ladrón pasó de la tierra al cielo, de esta vida de pecado a la otra de perfección eterna, sin ningún in­tervalo de angustioso penar, puedes también tener la misma certidumbre que cuando lle­gares a morir, partirás de la tierra y entrarás inmediatamente en el cielo, ausentándote del cuerpo para estar presente con el Señor. Oye lo que Cristo dice: "De cierto, de cierto os digo, el que oye mi palabra, y cree al que me ha enviado, TIENE VIDA ETERNA; y no vendrá a condenación, más pasó de muer­te a vida". (Evangelio según San Juan, capí­tulo 5: versículo 24). Cuando Cristo dice: "De cierto", es porque lo que dice ES CIER­TO, y cuando dice dos veces "De cierto, de cierto os digo'", es porque nos da su palabra de honor tocante a la veracidad de lo que afirma o promete.
Nuestra salvación no depende de nuestras obras, o nuestros sacrificios, o nuestros sufrimientos, ella depende únicamente de la obra, del sacrificio y del sufrimiento de Je­sús, Señor nuestro. Las Sagradas Escrituras dicen que Cristo "herido fue por nuestras re­beliones, molido por nuestros pecados, el castigo de nuestra paz sobre él, y por su lla­ga fuimos nosotros curados" (Isaías, Cap. 53; vers. 5). Por lo mismo el apóstol San Pe­dro dice: "Cristo padeció una vez por los pe­cados, el Justo por los injustos, para llevar­nos a Dios".
Por esta razón es que aquel ladrón pudo pasar directamente de la cruz al cielo, y por esta misma razón cualquier otro pecador, co­mo tú o yo, puede pasar directamente de la tierra a la gloria, cuando llegare la hora final de nuestra vida aquí.
Pero, ¿qué fue la condición por la cual aquel ladrón moribundo consiguiera tan grande beneficio? ¿Por ser un "buen" ladrón? De ninguna manera, pues él mismo re­conoció su propia maldad y falta de mérito, cuando reprendió a su compañero criminal a quien dijo: "Ni aún tú temes a Dios, es­tando en la misma condenación, y nosotros a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros he­chos".
            Estas palabras revelan su arrepentimiento, y luego su petición. "Acuérdate de mí cuando vinieres en tu reino", revela su fe en el Sal­vador. "Arrepentimiento para con Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo" son las úni­cas condiciones necesarias para que Dios per­done al pecador. Todo aquel que sincera­ mente se arrepiente de su pecado, y confía de corazón en el Señor Jesucristo para la sal­vación de su alma, recibe al instante, sin di­nero y sin obras, la vida eterna, y sabe enton­ces que el d la de su muerte será el día de su entrada en el cielo, pues así nos enseña la pa­labra de Dios.
Contendor por la Fe, Noviembre – Diciembre 1985,  Nº 243-244

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