lunes, 5 de septiembre de 2016

Meditación.

“No injuriarás a los jueces, ni maldecirás al príncipe de tu pueblo”
(Éxodo 22:28).
Cuando Dios le dio la Ley a Moisés, incluyó una prohibición específica en contra de hablar reprochando o faltando al respeto de aquellos que ocupan posiciones de autoridad. La razón es clara: estos gobernantes y líderes son representantes de Dios. "No hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas" (Romanos 13:1). El gobernante es: "servidor de Dios para tu bien" (Romanos 13:4). Aun cuando este gobernante no conozca al Señor personalmente, sin embargo es el hombre del Señor oficialmente.
El vínculo entre Dios y los gobernantes humanos es tan cercano que la Escritura se refiere algunas veces a ellos como dioses. Por esta razón, leemos en otra versión: "No injuriarás a los dioses", lo que puede significar autoridades gubernamentales. Y en el Salmo 82:1, Salmo 82:6 el Señor se refiere a los jueces como dioses, no significando que sean deidades sino que simplemente son agentes de Dios.
A pesar de los ataques asesinos del rey Saúl contra David, este último no permitió a sus hombres que hicieran daño al rey en forma alguna, porque era el ungido del Señor (1 Samuel 24:6).
Cuando el apóstol Pablo sin darse cuenta reprochó al sumo sacerdote, presuroso se arrepintió y disculpó, diciendo: "No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: no maldecirás a un príncipe de tu pueblo" (Hechos23:5).
El respeto por las autoridades tiene vigencia también en el reino espiritual. Esto explica por qué el arcángel Miguel no se atrevió a proferir juicio de maldición contra Satanás, sino que sencillamente le dijo: "El Señor te reprenda" (Judas 1:9).
Una de las marcas de los apóstatas de los últimos días es que desprecian el señorío, y no temen decir mal de las potestades superiores. (2 Pedro 2:10).
La lección para nosotros es evidente. Debemos respetar a nuestros gobernantes como siervos oficiales de Dios aunque no estemos de acuerdo con su política o no aprobemos su carácter personal. Bajo ninguna circunstancia debemos decir jamás lo que dijo un cristiano al calor de una campaña política: "El presidente es vil y sinvergüenza".

Además debemos orar así: "por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad" (1 Timoteo 2:2).

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