La
Luz del Mundo” es el título de un cuadro famoso de Holman Hunt, pintor
británico del siglo 19, que representa al Señor Jesucristo, coronado de
espinas, con una lámpara en su mano izquierda, tocando a una puerta cerrada.
Sin duda que Holman Hunt se inspiró en las palabras del Señor: “He aquí, yo
estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él,
y cenaré con él, y él conmigo.” (Apoc. 3:20). Él desea entrar en tu corazón
para disipar las tinieblas y traerte la luz, la salvación y la vida eterna.
Para hacer esto posible, el Señor tuvo que soportar indecibles sufrimientos,
siendo azotado, coronado de espinas y crucificado por sus propias criaturas.
Pero lo más terrible fue el castigo que llevó de parte de un Dios infinitamente
santo por causa de nuestros pecados.
Se
dice que cuando el pintor terminó el cuadro, lo mostró a unos amigos, quienes
alabaron los méritos de la pintura. Uno de ellos señaló lo que consideraba una
omisión de parte del pintor. “No pusiste manilla a la puerta”, le dijo a Holman
Hunt, quien respondió inmediatamente: “Te olvidas – la manilla está por
dentro”. Así es con la puerta de tu corazón: está trancada por dentro, y
solamente tú la puedes abrir. El Señor se limita a tocar la puerta, pero no va
a forzar la entrada. Si abres tu corazón para recibirle, Él entrará trayendo
salvación, y llegarás a ser un hijo de Dios. “Mas a todos los que le
recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos
de Dios” (Juan 1:12). Pero, ¿qué pasará si tu no le abres? ¿Seguirá tocando
para siempre? Llegará el momento cuando no tocará más a tu puerta, y será
demasiado tarde para ti ser salvo.
Se
cuenta de un conocido predicador llamado Harold St. John, que estaba
contemplando pensativamente el cuadro “La Luz del Mundo”, cuando de repente el
silencio se rompió por un grupo de turistas guiados por un hombre con una voz
estridente. Después de una explicación apresurada del cuadro, anunció: “El
original de este cuadro fue vendido por diez mil dólares”. Sin vacilar ni por
un momento, el Sr. Harold se adelantó y dijo tiernamente: “Damas y caballeros,
¿les puedo decir que el verdadero Original de este cuadro fue vendido por
treinta piezas de plata?” Después de unos momentos de silencio, el grupo salió
sin decir ni una palabra.
Sí,
ese fue el valor que le asignaron los principales sacerdotes al Señor
Jesucristo, y por el cual Judas estaba dispuesto a entregarle. Pero, ¿por
cuánto estás vendiendo tú al Señor Jesucristo? Tal vez no es por plata u oro,
sino por una amistad impía, uno de los placeres temporales del pecado, o una
bagatela de este mundo. Por esa miserable suma no solo estás vendiendo al
Salvador que sufrió la cruz para ofrecerte la vida eterna – estás vendiendo tu
propia alma. Y “¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere
su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mat. 16:26).
A tu puerta Cristo está.
Ábrele.
Si tú le abres, entrará.
Ábrele.
Tu pecado quitará,
Luz y paz derramará,
Día alegre te será. Ábrele.
Ábrele, oh pecador. Ábrele.
Abre ahora al Salvador.
Ábrele.
Te ofrece salvación,
Del pecado el perdón.
Saciará tu corazón. Ábrele.
¡Oh! no le hagas esperar. Ábrele.
Tal vez pronto marchará. Ábrele.
¡Qué dolor después tendrás,
Cuando en vano clamarás,
Y perdido te hallarás! Ábrele.
Sana Doctrina,
Julio-Agosto, 2007
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